miércoles, 28 de diciembre de 2011

LOS TIEMPOS DE LAS CARTAS EN PAPEL

Recuerdo que cuando me establecí en Santiago de Cuba, mi madre, que vivía en Pinar del Río, me enviaba una carta todas las semanas, que nunca me faltó, hasta su último día de vida. Una carta escrita por su mano, simple y sencilla, repitiéndome las cosas que siempre me decía y dándome los consejos que nunca se cansó de darme, porque para una madre siempre somos niños a los que hay que cuidar y proteger, y si la distancia la separa de nosotros, entonces acude a cualquier medio posible para no perder ese contacto ten lleno de amor que desde lejos nos parece aún más hermoso.
En mi adolescencia (una época sin dudas muy difícil) y mi primera juventud, con amigas y exnovias solía escribirme desde la distancia, a veces corta, a veces larga, en cuyas cartas yo encontraba siempre un mensaje de amistad o de amor, algunas incluso con perfume en el papel, en ocasiones especiales en colores, o con hojas secas y otros adornos que yo agradecía, porque me hacían sentir bien, a pesar de lo que para otros resultara algo ridículo.
Eran cartas en papel, a lápiz o bolígrafo, con sobres y sellos de correos, que mantenían el romance que siempre anhelaba cuando estaba separado, por alguna circunstancia de mi vida, de aquellas muchachas con las que había vivido mis mejores momentos de amor y de ternura, ambas cosas realmente escasas a día de hoy. Con el tiempo las manos fueron convirtiéndose en teclas de máquinas de escribir, sobre todo en mí, que enseguida me acostumbré a decir las mismas cosas que decía en letra manual en esos aparatos que ya hoy no se fabrican en ningún país. De muchas de ellas también comencé a recibir cartas hechas en Remingtons, Underwoods, o cualquier otro aditamento favorecedor de la rapidez en el tiempo y la dejadez en el romance.
Hoy todo eso no es más que un recuerdo: vivo rodeado de cables, mandos a distancia (telepilots), teclas, botones, aparatos y equipos sofisticados hasta lo increíble a los que apenas me alcanza un pedazo de tiempo para atender y para usar, y mi relación con amigos y gente conocida es puramente virtual, mecánica, cibernética, tanto así que a veces, cuando escribo a alguien en mi ordenador (computadora) me parece que es a una máquina a quien estoy contando las cosas que antaño diría en un papel o mediante un teléfono normal a esa persona. Y me temo que dentro de muy poco tiempo se hará realidad esa novela de Isaac Asimov titulada El sol desnudo (The naked sun) en la que los seres humanos se comunicarían en burbujas, frente a frente y casi tocándose, sin hacerlo, porque uno de ellos estaría en Australia y otro en Ecuador, por ejemplo, mientras sus imágenes se verían (sin sentirlas físicamente) dentro de esas burbujas que terminarían sustituyendo a todo tipo de relación digamos de carne y hueso. Me pregunto cómo haríamos entonces para reproducirnos sin tocarnos. Pero eso lo dejo a quienes deseen conocer la novela de Asimov. Créanme, vale la pena, aunque al final a algunos nos dé ganas de llorar...
Augusto Lázaro

sábado, 24 de diciembre de 2011

LA PREGUNTA INOCENTE

Era apenas un mocoso que comenzaba la Secundaria y solía visitar a su familia materna, donde se entretenía registrando la enorme biblioteca en el fondo de la casona antigua, y sobre todo, con los cuentos que le hacía su tío don Pancho, con el que pasaba largos ratos oyendo las anécdotas, las historias, los chistes, y riéndose con lo que llamaba "las cosas de tío Pancho".
Su madre tenía como segundo apellido Gómez, pero el hermano, o sea, su tío don Pancho, tenía otro muy distinto: nada menos que Bustamante, curiosidad que siempre le había llamado la atención. Y aquel día del acabose se le ocurrió formular la pregunta fatal:

--¿Y cómo es eso, tío Pancho, que siendo usted hermano de mi mamá, ella lleva el apellido Gómez y usted Bustamante?

Para qué fue aquello. Don Pancho se quedó como en éxtasis, dejó caer el periódico que siempre leía, sentado en su poltrona favorita (porque sólo había una en la sala), puso los ojos en blanco, y lanzó un bramido estrepitoso que hizo retumbar las descascaradas paredes, llegando incluso a derribar un falso gobelino que adornaba una de ellas, y que al chocar contra el suelo agregó un sonido seco al producido por la garganta y las cuerdas vocales del jefe de la familia, y que más tarde Fefa declararía a los vecinos que le había parecido una de las bombas que hacían etallar los grupos de revolucionarios que combatían al dictador de turno.

--¡AAAJJ@@000$$$JPAFPOM%%%CRONNN&&&¿?=PAMPUMBOOOOOM... RECOÑO DE SU MADRE!

La reacción en cadena fue inmediata: Fefa salió del baño en sus paños menores dando gritos estentóreos y diciendo palabrotas que jamás solía decir, Panchita se quemó en el fogón, revolviendo unas albóndigas que por el olor parecían estar deliciosas, a Dominga se le cayó una olla repleta de potaje que se desparramó en el suelo de la cocina, regando frijoles por todos los mosaicos, La Nena se pinchó el dedo gordo de su mano izquierda, con la que sostenía la bufanda que estaba cosiendo a ganchillo casero, a Emilio le entró “el salto” que ponía sus nervios a cien y sus brazos y piernas a temblar, los niños se abalanzaron hacia la escalera y fueron a parar a la calle dando berridos y chocando con las personas que por allí pasaban, y como era de esperar, el joven de la pregunta comenzó a reírse sin parar y así estuvo hasta que un enfermero de atención llamado por una vecina asombrada de tanto aspaviento le dio una cachetadita que lo volvió a la realidad...

Cuando pasó la furia y se calmó el paisaje, el tío le confirmaría la razón: “bueno, la pregunta que me hiciste, sobrino... es que esa fue una de las tantas estupideces que cometió mi padre, al casarse con la madre de tu madre”... y diciendo esto se encaminó hacia su poltrona con un periódico en las manos dispuesto a enterarse de lo bien que marchaban las cosas en el país y en todo el mundo.

Cuando el muchacho regresó a su casa y le contó a su madre lo ocurrido, aumentándole escenas y añadiéndole énfasis y su poco de dramatismo, tuvo que soportar la descarga de la asombrada mujer que como no podía echársela al hermano porque no lo tenía delante, no encontró otro desahogo que cogerla con el pobre chico que escuchaba impávido pero asustado los improperios que su madre le decía que a su vez le diría al cretino de su hermano tan pronto se encontrara con él allá en su casa, “que seguro que cuando se casó con su primera esposa no cometió ninguna estupidez el cabrón viejo peleón ese que lo único que sabe hacer es sentarse a leer el periódico y llenar la casa de peste a tabaco en esa vieja y desvencijada poltrona que huele a mil demonios porque el hombre no suele asearse con mucha frecuencia y...” y otros cariños similares que dejaron al hijo mudo por un largo rato, entretenido con los muñequitos que le compraba su padre todas las semanas en el quiosco La Colosal, en plena calle principal de la ciudad, propiedad del muy ilustre miembro de la cofradía de masones “Hermanos de la Sinceridad”, don Antonio Lara y Melapones...

Augusto Lázaro

NOTA: agradezco a Anónimo sus comentarios a varias entradas de mi blog y respeto su deseo de no identificarse, aunque confieso que me gustaría que lo hiciera.
augustorre1938@yahoo.com

martes, 20 de diciembre de 2011

UN BRINDIS POR DON CLARITO

Le pasó el cepillo a los zapatos, se ajustó el nudo de la corbata, se puso la chaqueta de paño inglés color gris ceniciento, se encasquetó el mini sombrero redondo, se miró al espejo por última vez, y complacido con la imagen reflejada, dio unos pasos hasta la puerta de la calle, y salió. Caminaba despacio, con una ligera inclinación hacia un lado que apenas se notaba, pero siempre más erecto que una estaca de cerca. Se dirigió, como era su costumbre, al bar LA ALAMEDA, situado en la avenida del mismo nombre, frente a la Escuela Normal para Maestros de Pinar del Río, su ciudad natal, vital y posiblemente mortal, pues don Clarito no era de los que gustaban subirse a un avión en busca de nuevos horizontes que le cambiaran su statu quo acostumbrado y eterno. Eso se lo decía su esposa, que descansaba en paz en el cementerio católico de la ciudad.

Clarito era viudo de la única mujer que había conocido y con la cual, según sus amigos más íntimos, tras una larga etapa de noviazgo, había contraído nupcias religiosas y civiles, como Dios mandaba, para ser felices, como lo fueron mientras ella vivió, sin dejarle ni siquiera un vástago que inmortalizara su estirpe.

--Buenas noches, señores.

Era su saludo habitual, al que todos los parroquianos respondían, porque Clarito caía bien y los asiduos a LA ALAMEDA disfrutaban de sus certeros comentarios sobre temas de actualidad.

--¿Qué tal, don Clarito? Puntual, como siempre.

--Muy bien, gracias. La puntualidad, querido Lázaro, es una virtud que lamentablemente se está perdiendo.

Clarito siempre tomaba lo mismo, por lo que el dueño del bar no tenía que preguntarle, y le colocaba sus copitas con el vino tinto preferido acostumbrado, siempre dos, para mantenerse sobrio y ayudar a la estabilidad del organismo, como decía a sus amigos.

--¿Qué le parecen las declaraciones del alcalde? –le preguntó un parroquiano.

--Pues que los alcaldes siempre declaran lo que la gente quiere que declaren, aunque sabiendo que no van a cumplir nada que hayan prometido. La política no es más que eso –Clarito se empinó la copita con el último sorbo, saboreándolo como si fuera el manjar más apetitoso del universo-: decirle a la gente lo que la gente quiere oír, aunque al día siguiente tanto quien lo dijo como quienes lo oyeron se hayan olvidado de todo lo dicho y lo oído.

Era una definición exacta y sintética de la política, según decía Juancho, el dueño del bar, a sus asiduos, cuando mencionaban la sagacidad de don Clarito para expresar lo que quizás todos pensaban con otras palabras. Los amigos le llamaban, generalmente, en privado, pero con mucho respeto, “Lloviznita”, que según investigó Juancho una vez, tal apodo le venía de su misma cuñada, que le confesó una vez a una vecina que tenía la lengua más larga que la esperanza del “bobo de la yuca”, que se le había ocurrido

--porque es que lo veo así, tan esmirriadito, tan calmado, tan poquita cosa el pobre, que eso es lo que me parece: una lloviznita.

Pero la mujer, que se reía a carcajadas, quería mucho a don Clarito, porque eso sí, “ha hecho feliz a mi hermana y tiene un corazón de oro, es servicial, solidario, le hace un favor a cualquiera y sin mirar quién es ese cualquiera”. Cuando la esposa se enteró se echó a reír, apoyando, ¡qué remedio!, la definición de su hermana que encontró en realidad muy certera.

--¡Ah, don Clarito! Cuánta razón tiene. ¿Hasta cuándo padeceremos a esos manengues en esta Cubita bella?

--Es difícil saberlo, amigo mío. Aquí los políticos le han cogido la vuelta al vivir bien y aspiran al jamón para eso, para vivir bien y al pueblo que lo frían, y los que llegan al jamón se aferran tanto a él que ni dándole candela como al macao se despegan. Bueno, ustedes saben eso tan bien como yo.

--Es cierto, aunque yo creo, don Clarito, que eso pasa en todas partes, porque yo creo que los políticos son todos iguales y que de ellos nada bueno puede esperarse.

Y así corría la noche entre opiniones, comentarios, tragos de vino unos, de cerveza otros, de ron los menos, hasta que al fin la charla giraba para el otro tema principal del país: el béisbol, o sea, la pelota, como le llamaban al deporte nacional. A veces las discusiones sobre el tema beisbolero se pasaban de castaño oscuro y se convertían casi en broncas encendidas, porque en Cuba todo el mundo era maestro de política y de pelota, y de algunas cosas más que no solían discutirse en los bares. Después de unas dos horas de estancia y de pasarlo bien en compañía de los parroquianos, con los cuales intercedía cuando las voces se alzaban más de lo acostumbrado, Clarito miró su reloj pulsera que llevaba desde el tiempo de las trompetas, como le decía su cuñada, y se despidió de amigos, conocidos y clientes no habituales, así como de don Juancho Tellería, saliendo de LA ALAMEDA a la noche tranquila de regreso a su casa. Clarito se encasquetó el sombrero que se había quitado al entrar, se abrochó el saco de paño viejo pero decoroso, y sonriendo, como cada noche, se dirigió a su casa, a encontrarse otra vez con su eterna y a veces demasiado pesada soledad...

Augusto Lázaro

viernes, 16 de diciembre de 2011

TODO LO QUE SOBRA

Mi amiga M.E. (no escribo su nombre porque ella me ha pedido que no lo haga y respeto las razones que tendrá) me preguntó recientemente para qué servía la UNION EUROPEA. No tuve que pensarlo.

--Para nada. Absolutamente para nada, al igual que la ORGANIZACION DE NACIONES UNIDAS, a no ser para mantener a quienes acuden a sus reuniones en representación de sus países miembros, con un altísimo nivel de vida al ser perceptores de sueldos astronómicos, viáticos, viajes y demás privilegios que concede el sentarse en sus escaños para “arreglar el mundo”, como si realmente les interesara arreglarlo, aunque al mundo no puede arreglarlo nadie. Y eso ellos lo saben.

¿Por qué entonces existen esas organizaciones y muchas otras que como las citadas no sirven para nada, porque nada resuelven? Buena pregunta. Pero pienso que si dejaran de existir la humanidad apenas lo notaría. En el caso de la ONU, ese organismo está dominado por 5 grandes potencias que son las que mandan en todas las decisiones que se tomen, aunque a él pertenecen además nada menos que otros 188 países corifeos que aunque hablan, protestan, proclaman, piden, plantean, demandan, en definitivas sus votos nada valen si uno o varios o los 5 grandes los vetan. En el caso de la UE, más de lo mismo. A día de hoy son dos países los que mandan y sin ellos no puede hacerse nada: Alemania y Francia, dejando al resto, o sea, otros 25, el papel de corifeos con voz que nadie oye y voto que de nada vale en el momento de ejecutar algún plan.

Pero hay otras muchas organizaciones que sobran, porque su función sólo consiste en celebrar reuniones del llamado “alto nivel” para que decenas de políticos, empresarios, dirigentes sindicales, religiosos, sociales, etc., vociferen sin sustancia, creyéndose que están dando una clase de sabelotodismo ante un auditorio que apenas los oye y que por supuesto, no los toma en cuenta.

En cuanto a los políticos, Bélgica ha demostrado que el mundo puede vivir sin ellos, porque ha permanecido 18 meses sin gobierno real y el pueblo ha disfrutado de vivir sin esa plaga que bienvive a su costa, dándole a la lengua y prometiendo villas y castillos para tan pronto asumir sus cargos desproporcionadamente remunerados olvidarse de aquellas palabras que como en la novela de Mitchel, se fueron con el viento.

Y en el sector administrativo pudiéramos preguntarles a esos señores que, si en los países occidentales democráticos existen 3 poderes: el Ejecutivo (o sea, el gobierno), el Legislativo (o sea, el Congreso de Diputados que discute y sanciona las leyes), y el Judicial (o sea, el encargado de impartir y hacer cumplir las leyes en vigencia), ¿para qué entonces existe un Ministerio de Justicia (en Estados Unidos no hay ministros, sino Secretarios, pero es lo mismo aunque no se escriba igual) si la justicia es, debe y tiene que ser independiente?

Y en España el despilfarro de dinero y recursos roza lo inaceptable: el Tribunal Constitucional (con el Supremo debería bastar) -que cuenta en su historial la desvergüenza de haber metido a los terroristas en las dependencias del Estado-, el Consejo de Estado, que nadie conoce ni sabe dónde está ni lo que hace ni para qué sirve, el Senado, un ente administrativo que nada pinta, porque cuando le llega alguna disposición del Congreso, aunque la rechace, ésta vuelve al Congreso, allí se aprueba y ¡que viva la pepa! Y ni hablar de los miles de liberados sindicales que no son más que “vividores” que no hacen nada y cobran por no hacer nada sino usar la lengua y la boca (para hablar y comer) y si acaso formar piquetes en las huelgas para amedrentar a quienes no las siguen, o claques en los mítines cuando el pueblo no acude a oír las mismas tonterías que aburren. Y no sigo, porque este espacio no alcanza para enumerar lo que no debería existir. Ni aquí ni en ningún otro país donde se dilapida el dinero de los contribuyentes en edificios, guardias de seguridad, vehículos, equipos eléctricos y electrónicos, viáticos, pagas extras, etc., para en definitivas no resolver ni hostias ante ningún acontecimiento que discutan en sus innumerables asambleas.

Hombre, si se eliminara todo eso, casi seríamos ricos en todo Occidente. Y sin ninguna crisis económica. Y si se eliminaran las guerras y el costo de las mismas... ¡millonarios seríamos, sin dudas! Y mucho más felices, sin tantas muertes que jamás podrán ser justificadas por ningún mandamás.

Augusto Lázaro

domingo, 11 de diciembre de 2011

¿VICTORIA DEL MAL?

En la Feria Internacional del Libro (FIL) que se celebró en Guadalajara (México), el filósofo alemán Rüdiger Safranski afirmó rotundamente que "el mal es normal en el ser humano". Y a continuación detalló sus fundamentos para tal aseveración que dejó a algunos boquiabiertos. Si nos ponemos a pensar en esa aseveración de Safranski, llegamos a la conclusión de que el mal, si no es totalmente normal en el ser humano, sí se esconde entre las entrañas de cualquier ser humano, pudiendo destaparse y salir en un momento determinado por las circunstancias, la situación, el estado anímico, etc. Pero esos casos se producen sólo en personas que generalmente no son “malas” de por sí. Porque hay personas cuya característica principal es la maldad.

Principios del siglo XXI: el panorama que se presenta no es como para tirar cohetes en cuanto a la bondad se refiere. El mundo está perdiendo la batalla contra el mal, aunque le parezca todo lo contrario a personas supuestamente bien informadas. Las guerras proliferan y se extienden provocando infinidad de sufrimientos, destrucción, sangre y muerte en todos los teatros de operaciones. Y yo pienso que las guerras son la peor manifestación del mal, aparte de que quienes las generan no pueden ser personas bondadosas, sino todo lo contrario, y detrás de cada acción bélica se esconde la ambición de los que promueven ese horror para beneficiarse. Y hasta ahora, no hay fuerza capaz de eliminar de una vez semejante barbarie.

Si nos atenemos a un solo ejemplo, digamos España, que puede ser punto de comparación con el resto del planeta, encontramos que el mal se ha afianzado en algunos sectores de la sociedad, sin que esto quiera decir que España sea un país de malvados ni nada que se le parezca. Sólo que, tal como planteara Safranski, el mal se va posesionando lentamente y si no lo atajamos a tiempo, terminará ganándonos esta batalla en alguna década del actual siglo. Algunos ejemplos bastan para dar fe de los avances del mal en nuestro bello país: De Juana Chaos, asesino de 25 seres humanos, está en la calle. Troitiño, asesino de 22 seres humanos, está en la calle. Algunos de los asesinos de Sandra Palo, Marta del Castillo, Mari Luz Ortiz, y otros adolescentes que han sido brutalmente golpeados y asesinados por jóvenes que parecen engendrados por monstruos y no por seres humanos, están en la calle o saldrán pronto, en lugar de permanecer el resto de sus días para evitar así que sigan haciendo daño a tantos inocentes que pudieran convertirse en nuevas víctimas. ¿Por qué están en la calle? Porque en esos casos ha triunfado la maldad. Y es bueno recordar las palabras de José Martí: “los malos imperan donde los buenos son indiferentes”.

¿Es indiferente la sociedad española ante esos crímenes? ¿Es indiferente el mundo ante la barbarie que se extiende por sus puntos cardinales? ¿Es que en nuestra esfera terrestre no hay fuerza de bondad suficiente para atajar y eliminar semejantes atropellos? Alguien debería responder a estas preguntas, porque de continuar como vamos, muy pronto los criminales y los delincuentes no tendrán castigo, hagan lo que hagan, y los magistrados que padecemos los pondrán de patitas en la calle si son detenidos, y si no lo son, podrán pasearse por las calles de nuestras ciudades como cualquier hijo de vecino, cuando sus delitos “prescriban” y nada pueda hacerse contra ellos.

¿Quién tiene el coraje, la dignidad, la decisión, de poner freno a esta ignominia?

Augusto Lázaro

martes, 6 de diciembre de 2011

LAS "UBRES" CAPITALINAS

Comienza diciembre. El frío aparece en todos los rincones de Madrid. Yo, como me gusta el invierno, camino sin cansarme por las calles de esta urbe que se ha convertido en ubre, porque cada día hay más habitantes que quieren o deben o tienen que vivir de lo que da de generosa la ciudad. El desempleo es preocupante, pero no el único causante de que muchos forasteros (y también muchos del patio) vean en Madrid la solución de sus problemas. Y su principal problema (el de esos muchos) es tan simple que apenas se nota: vivir sin trabajar.

Es evidente que muchos de esos cinco millones de desempleados se están acostumbrando a no tener trabajo. Problema grave este, porque se crea una legión de personas, sobre todo jóvenes, que viven de la prestación que reciben y se las arreglan para sobrevivir, quizás con carencias y sin los recursos que desearan tener, pero con una situación en cierto modo acomodada que les permite llevar una vida tranquila sin mayores problemas y con la seguridad de que no necesitan trabajar para vivir con el mínimo nivel que en un estado de derecho pueden contar. Y en algunos casos, generando situaciones delictivas en su intento por tener más y así elevar su nivel económico/vital.

Peor aún es la cantidad de personas que se ven obligadas a pedir, aunque muchas de ellas piden sin necesidad, porque le han cogido el gusto a buscarse un dinerito con el cuento, ya que siempre algunos caen y les dan, en los metros, en los trenes, en las estaciones, etc., donde practican todo género de habilidades para que ingenuos e inocentes piquen y les echen la moneda que parece poca cosa, pero que al llegar el día a su final suma euros y con eso tienen para no morirse de hambre ni de calamidades, como piensan algunos que alimentan su permanencia como pedigüeños de profesión.

El mal es difícil de eliminar. Una vez me acerqué a una joven sentada en el suelo a la puerta de un hipermercado, pidiendo limosnas. Le pregunté por qué hacía eso y me di cuenta de que se trataba de una extranjera de Europa del Este, posiblemente rumana. Me miró sin abrir su boca y enseguida intentó desentenderse de mí. Entonces le pregunté:

--¿Tan mal estabas en tu país que prefieres venir aquí a pedir limosnas?

Quizás mi pregunta fue cruel, pero creo que no hacemos ningún bien si ayudamos con nuestro dinero a este montón de jóvenes que adornan nuestras calles pidiendo dinero, comida, ropas u otras cosas, porque no puedo admitir que en sus países de origen (en el caso de los extranjeros) su situación esté por debajo de esta indigencia que tan mal imagen da. Y en el caso de los españoles, a pesar de la crisis existen todavía locales habilitados para que esos llamados “pobres de solemnidad” reciban las mínimas condiciones para que vivan como seres humanos, que por supuesto también están abiertos para los extranjeros. ¿Por qué lo hacen, pues?

Sin dudas, España es un país receptor de inmigrantes de cualquier latitud, y considero que eso es saludable. Pero no beneficia al país ni a su desarrollo mantener a miles de personas que nada producen y que se dedican, en el mejor de los casos, a pedir limosnas a la entrada de un mercado o de una iglesia, y en el peor, a formar y fomentar bandas de delincuentes que aumentan la inseguridad y el rechazo de nuestros habitantes ante su crecimiento al parecer incontrolable.

En el caso de los nacionales, esa plaga de pedigüeños (aunque no tan numerosa) y de delincuentes (esa sí muy numerosa) se benefician de la suavidad, por no decir tolerancia y apoyo, de unas leyes que parece han sido confeccionadas y aprobadas por los mismos delincuentes que las disfrutan sin pudor ante el asombro y la impotencia de una sociedad que ve con rabia cómo los enemigos, los malos, los criminales, resultan respaldados y a veces ayudados por quienes deberían estar encargados de impartir la justicia, que muchas veces brilla... por su total ausencia.

Entre sus primeras prioridades, el nuevo gobierno debería tomarse muy en serio eliminar esta penosa y peligrosa situacioón que se está convirtiendo en un problema tan serio que ya muchas personas están pensando en hacer las maletas, tomar sus pasaportes, y encaminarse hacia algún aeropuerto que los saque de esta especie de “paraíso de la delincuencia”. Y dentro de esa delincuencia están algunas personalidades públicas que gozan de la aceptación de una parte de la sociedad que no sólo los soporta, sino que los respeta, y hasta los admira. Casos hay, demasiados, que lo prueban.

Augusto Lázaro

jueves, 1 de diciembre de 2011

¿LOS DUEÑOS DEL FUTURO?

--Pues como lo oyes: he decidido convertirme en un corrupto.

Me sorprende una vez más mi querido amigo Juan Maguey, y lo miro moviendo la cabeza de izquierda a derecha (y viceversa).

--Vamos, Juan, que la mañana no está para chistes sin gracia.

Y como no me río y me dispongo a pedir nuestros dos consabidos cafés, Juan insiste, ahora muy serio:

--¿Así que no me crees? Claro, es normal, cuando uno dice la verdad es cuando no lo creen.

--Hombre, Juan, ¿cómo voy a creer que te vas a convertir en un corrupto, tú que eres un hombre honrado y cabal? Y en caso de que me lo creyera, ¿cómo piensas convertirte en un corrupto, si se puede saber?

--Parece que tú vives en Tahití... –y enciende su no menos consabido pitillo-. ¿No te das cuenta de que para progresar aquí en este país hay que ser un corrupto? La gente honrada cada día lo tiene más difícil.

--Explícate.

--Es muy fácil: ¿quiénes son los que viven mejor y con más lujo, con más comodidades?

--Hay mucha gente que vive con lujos y comodidades y no es gente corrupta.

--Cierto, las excepciones siempre se encuentran, pero en general, ¿has visto algún pobre que por medios honrados llegue a millonario? Y además, fíjate que últimamente ningún corrupto, sobre todo los políticos, paga sus culpas. Todos salen de rositas y no hay ley ni justicia que pueda condenarlos.

Y pienso que Juan tiene razón en esto último, porque es cierto que los políticos, por muy corrompidos que estén, siempre salen indemnes, hagan lo que hagan.

--Bueno, vamos a ver, Juan: cuéntame tus planes para hacerte rico cuando seas un corrupto, y cuéntame cómo te vas a corromper, que es lo principal.

Entonces mi buen amigo me lanza una serie de acciones que incluyen el asalto a un banco como última medida, si antes no triunfa un negocio muy oscuro en el que piensa meterse de lleno con falsificaciones documentales, proyectos que no se cumplirán, sociedades con elementos mafiosos, comerciantes dudosos e industriales fichados, y algunas etcéteras que casi no oigo por el ruido alrededor, pero que imagino claramente, porque parecen los proyectos de algún político de turno que está en vías de forrarse. Pero entonces le suelto la pregunta clave:

--¿Y... suponiendo que te cojan con las manos en la masa?

--No me cogerán, en todo caso me imputarán, palabrita que se usa mucho últimamente.

--Muy bien, pero ¿qué harás si te imputan de los delitos cometidos?

--¡Ah! –se ríe, terminando su café- eso es lo más fácil: si me veo envuelto en algún lío con la Justicia en que mi libertad peligra, me voy a Francia y...

--¿A Francia?

--Bueno, quien dice Francia dice Suiza. Me largo y allí espero, con la pasta obtenida, hasta que mi delito prescriba. ¡Ah! Prescriba. Adoro ese término que se hizo sin dudas para proteger a los que como yo dentro de poco, ya son corruptos consagrados que viven la dulce vida tras prescribir sus delitos y no poder ser juzgados por los mismos... Bendito sea quien hizo esta ley de la prescripción de los delitos. Gracias a él, o a ellos, voy a bañarme de lujo y de comodidades, y ¡que viva la pepa!

Augusto Lázaro

sábado, 26 de noviembre de 2011

UN VIEJO PESCANDO

Una muchacha estudiante que participaba en el taller literario José María Heredia de Santiago de Cuba, me dijo, al devolverme la novela EL VIEJO Y EL MAR, que yo le había prestado, que no había podido terminar de leerla, porque
--es muy aburrida... un viejo pescando y nada más.
Lo curioso del caso es que la muchacha tenía razón: la novela de Hemingway (1898-1961) es “sólo eso”: un viejo pescando, sólo que ella no supo adentrarse en la maravilla de esas cosas tan simples que pueden llenarnos la vida hasta el punto del disfrute que sentimos cuando tenemos delante de los ojos una obra de arte. Y El viejo y el mar (The old man and the sea), no tengo dudas, es una obra de arte, cuyo principal mérito es su sencillez, el tratamiento de esas cosas simples y sencillas que pueden sucederle a todo el mundo y que sin ellas, la vida sería un verdadero bodrio.

Boris Vian (1920-1959) expresó: “he intentado escribir sobre cosas de las que nadie había hablado. ¡Menuda estupidez! La gente sólo quiere leer acerca de aquello que ya conoce”. Quizás el norteamericano tomó de su contemporáneo francés esa sentencia y la aplicó a sus obras, que por lo general se destacan por esa manera de tratar los hechos más comunes a la humanidad, siempre de una forma de narrar que está al alcance de cualquier lector. Esa afirmación de Vian y esta manera de escribir de Hemingway contrasta con infinidad de opiniones que discrepan por considerar que “escribir para el pueblo” es una tontería, porque así podría escribir cualquiera. Particularmente pienso todo lo contrfario: una novela como PEDRO PARAMO, o unos cuentos como los del autor mexicano, estoy convencido de que no podrían haber sido escritos por cualquiera. Y menos con esa eficacia con la que estos autores citados nos han regalado esas joyas literarias que serán recordadas por un tiempo indefinido.

La mestría con que Hemingway recrea los intentos del viejo pescador en las corrientes del gulf stream por regresar cada día con una presa digna de ganarse el respeto de la comarca donde vive, sólo es propia de los grandes escritores. 84 días de mala suerte no amedrentan al viejo, cuya tenacidad de no rendirse hasta lograr su objetivo, jamás desanimado y mucho menos vencido, muestra su férrea voluntad de imponerse a la fuerza de la Naturaleza, luchando contra ella por alcanzar su fin: pescar un pez enorme, como al fin lo hace, que lo colme de la alegría que nunca ha perdido tras esos larguísimos 84 días de “ mala suerte”, aunque en el viaje de regreso su presa sea pasto de los tiburones y sólo llegue su esqueleto a la playa que lo espera en su día 85. Y es otro acierto, de los muchos de la obra, esa mención casi constante del pescador que echa de menos al muchacho que siempre suele acompañarlo y que hoy no está para presenciar su lucha y su triunfo al capturar su gran presa: “¡ah!, si el muchacho estuviera aquí”...

Descripciones notables tiene esta novela (apartándonos de algunos términos técnicos usados en la pesca nada difíciles de entender por un lector común) calificada quizás por el mismo autor como “una novela corta o un cuento largo”, siendo ambas cosas al unísono, como esta que hace del pescador: “todo en él era viejo, salvo sus ojos, y éstos tenían el color mismo del mar y eran alegres e invictos”.

Una pieza literaria que se lee rápido y con deleite por quienes están acostumbrados a enfrentarse a lo que parece que ha sido escrito de un tirón cuando es todo lo contrario. Me recuerda a CONVERSACION EN SICILIA, de Elio Vittorini, que posee igualmente esa característica de convertir en arte la vida por sí misma, enalteciendo las cosas que nos pasan cada día y que suelen pasar por nuestras horas sin que nos parezcan importantes, cuando en realidad son lo más importante que puede sucedernos.

No creo que el ilustre Premio Nobel de Literatura de 1954 haya obtenido el galardón tan mal dado muchísimas veces sólo por esa obra. Pero si así fuera, yo, siendo jurado, no hubiera vacilado en concedérselo por haber creado una obra maestra de la literatura moderna que una vez leída no puede olvidarse. Como no puede olvidarse jamás el pescador Santiago, ese ser tan simple y tan humano que vive en nuestros corazones una vez conocido, con el candor y la nostalgia que concedemos a quienes saben, con su arte, conmovernos.

Augusto Lázaro

martes, 22 de noviembre de 2011

¡ESTOS APARATOS!

No recuerdo el primer equipo eléctrico que vi en mi casa, siendo niño. Recuerdo que a medida que crecía iba descubriendo nuevos aparatos para mí fascinantes: el refrigerador de donde mi madre sacaba la leche, los refrescos, el agua que nos tomábamos siempre fría... el radio con el que oíamos los partidos de béisbol y algunos programas musicales como el de Barbarito Diez que mi madre jamás se perdía, así como novelas, y mi padre las noticias que además leía por las mañanas en los dos periódicos que traían a casa: EL PAIS y EXCELSIOR, con rotograbados los domingos y muñequitos en colores los fines de semana, con los que yo me deleitaba, disfrutándolos en mi habitación, a veces acostado en la cama, imaginando las aventuras, las acciones, los viajes, las regiones que aparecían, de las que prefería las de nieve, que soñaba con ver algún día, pensando que sería algo con lo que se podía jugar como un juguete más... y si acaso alguna batidora en la cocina para uso exclusivo de mi madre. No había más aparatos, al menos mientras yo cursé la primaria, hasta que cuando llegó la adolescencia aumentó la familia de la electricidad con un ventilador y un televisor en blanco y negro que opacó la emoción de los partidos de béisbol en la radio.

Con los años, que pasan demasiado rápido, en mi casa fue creciendo la familia eléctrica desde que comencé a trabajar, hasta llegar a la electrónica, modernizándonos un poco hasta donde podíamos vía recursos económicos. Hoy, muertos mis padres y yo esperando a la pelona que por ahora me ha dicho que tranquilo, que no me tiene en su lista de pedidos, vivo rodeado de artículos y equipos de distinta presencia y de variado uso: computadora, impresora, televisor, DVD, horno, ventiladores, aire acondicionado, calefacción, reloj fosforescente, afeitadora eléctrica, cámara fotográfica, lámpara de noche (que a veces uso de día), tensiómetro, equipo de música, mandos a distancia, etc.

Y si me detengo a calibrar el valor de cada uno de ellos, el verdadero, que es el valor de uso, me pregunto: ¿qué tiempo tengo para dedicarle a tantos?, si el día sólo tiene 24 horas y de ellas hay que descontar las del sueño, el aseo personal, la alimentación, el trabajo, el transporte, las salidas para las gestiones imprescindibles, la vida social, la lectura en papel, y... ¡casi nada! La respuesta está clara: a algunos de esos aparatos muy poco o ninguno, lo que los convierte, con el tiempo de no-uso, en objetos decorativos o inútiles que ocupan espacio y requieren que de vez en cuando les pasemos cuando menos un paño para limpiar sus superficies.

Cada día nos parecemos menos a Diógenes (el cínico, que suele confundirse con Laercio por personas aparentemente curtidas, por no decir cultas), que no necesitaba para ser feliz más que el aire que respiraba y el sol que lo calentaba y endurecía sus huesos. El mercado y la publicidad han logrado convertirnos en una especie de homo-consumiens que sólo piensa en comprar, en adquirir, en almacenar artículos y equipos a los que atenderá con entusiasmo la primera semana, relegándolos muy pronto a atención secundaria, hasta que al final los coloque en su definitivo sitio, envueltos en polvo y soledad.

Porque un ser humano tiene preferencias y utilidades y sólo dedica una parte de su tiempo a lo que de verdad le interesa o le produce placer o beneficio, como digamos un lector voraz que suele pasar muchas horas leyendo algún libro, un melómano, haciendo lo mismo con la música, o un coleccionista de sellos, a cuya contemplación y engrose dedica buena parte de su día normal. El resto del tiempo, si acaso, minutos casi siempre, a aquel proyector que compró y que no necesitaba, y que muestra a algún amigo que lo visita de pascuas a San Juan como objeto de su escasísima atención, y que engrosa junto a los demás no favoritos o preferidos, el listón de cosas innecesarias en las que ha gastado un dinero que quizás le pese ahora, cuando ya no hay remedio para su mal de consumir sin freno.

No en balde decía mi padre que el que gasta en lo superfluo... carece de lo necesario. Y quizás por haber adquirido el proyector aquel que no nos sirve para nada, ahora estemos lamentando que no tengamos el dinero para comprar el edredón que realmente nos sería muy útil cuando el frío apriete...

Augusto Lázaro

jueves, 17 de noviembre de 2011

LOS GATOS Y LOS TOROS

Se rumora que se llevarán los 32 gatos que habitan en el patio de la basílica de San Francisco El Grande, que recientemente mencioné detallando a su madrina bienhechora Isabel, que solía alimentarlos cada tarde con un amor digno de celebrar en estos tiempos en que el odio se está imponiendo en la mitad del mundo.

--¿Y por qué se los llevan? -le pregunto a Conrado, un residente que cuida con esmero las flores que adornan uno de los muritos que separa el corredor del mencionado patio.

--Pues porque aquí van a hacer una especie de jardín o algo por el estilo, un lugar para el disfrute de vecinos y usuarios -me dice, con su clásico pitillo en la boca y una mirada algo nostálgica.

--¿Y qué van a hacer con ellos? ¿Acaso van a matarlos?

Y la pregunta lo sorprende, aunque me contesta, sin lograr del todo calmar esta preocupación:

--No, no van a matarlos, creo. Hay gente que anda en busca de gatos como mascotas, a ellos los darán seguramente.

Y me pongo a pensar que en realidad me gustan los animales. Mi mamá creía que los animales eran mejores que las personas y a veces yo me lo llego a creer, viendo las salvajadas que actualmente se cometen y se quedan impunes, como en el caso de la entrada señalada hace unos días en este mismo blog.

En España se condena el maltrato y la ejecución (particular) de los animales, sobre todo de mascotas como perros, gatos, etc. Y es curioso cómo alguien que mate un cachorro puede ser condenado hasta a días en la cárcel, mientras se celebra como "la fiesta nacional" el espectáculo salvaje de las torturas que le hacen a los toros con su posterior asesinato: los hacen correr, sudar, sofocarse, los pinchan constantemente durante media hora, y les clavan varas de metal en sus carnes, provocándoles dolores intensos y derramamientos de sangre que corre por sus lomos furiosos e impotentes, y al final les entierran una espada que les parte el corazón, provocándole la muerte, que se celebra con gritos y aplausos a un “héroe” (de los tantos que abundan en este país) por parte de un público enardecido que quizás condenaría a un individuo dándole golpes a un perro.

Confieso que no acabo de asimilar que haya políticos, periodistas e instituciones que incluso se atrevan a decir que ese espectáculo es un bien cultural. Quizás yo esté equivocado, pero torturar a un animal, provocarle dolores y hacerlo derramar chorros de sangre, atormentarlo y castigarlo con golpes durante 30 largos minutos, en los cuales corre, se sofoca, suda, sangra, para mí resulta un espectáculo realmente degradante. Ya habíamos superado el lanzamiento de una cabra desde un quinto piso para verla estrellarse y reventar en el suelo (otra salvajada al fin eliminada por clamor popular), pero seguimos deleitándonos con estas corridas que atraen a miles y miles de fanáticos (es la palabra exacta) que van a las plazas a gozar, a gritar, a aplaudir a unos personajes disfrazados de no se sabe qué, dedicados a torturar y matar como si fuera un show de la televisión basura creado para hacer reír a los televidentes con las “gracias” (los pujos) de sus presentadores y concursantes.

Pienso que un perro es exactamente lo mismo que un toro, no puede separarse, como no puede separarse asesinar a un chino de asesinar a un marroquí. Ambas muertes son asesinatos. Igual sucede con los animales. Ambos maltratos, golpes, torturas y muertes, no son más que eso: asesinatos, llámese a un venado, un gato, una foca, una ballena, o un toro.

Augusto Lázaro

viernes, 11 de noviembre de 2011

EL ULTIMO ENCUENTRO

La cita fue en el Centro de Ocio de Príncipe Pío. Un espacio limpio, fresco, agradable, bonito, al que generalmente acuden personas decentes y muchos jóvenes en busca de artículos variados en sus numerosos comercios, sobre todo de vestir, así como a consumir todo tipo de alimentos en meriendas, almuerzos o cenas. Y a pasar un buen rato. Por eso lo había escogido. Ella me dijo: "eres listo, Augusto, lo escogiste porque sabes que allí no se puede fumar". Porque en ese tiempo ella fumaba, quizás lo único suyo que me desagradaba. Ya hoy ha dejado ese vicio que tan mal olor obliga a soportar a quienes no lo padecemos. Pero ya hoy no nos citamos en ningún lugar...

Antes de llegar al punto donde la esperaba, dentro del Centro, me llamó por el móvil diciéndome que se acercaba, que estaba buscando un lugar donde aparcar su coche, que no me impacientara y esas cosas. Cuando la vi venir hacia mí, con esa figurita aparentemente frágil y liviana (sólo aparentemente), mi sonrisa se abrió a su tan ansiado encuentro. Nos abrazamos y enseguida nos dirigimos a alguna de las cafeterías que abundan en comida rápida, pues yo tenía hambre. Nos sentamos y pedimos, ella 2 cañas que no acompañé, pues no suelo consumir alcohol. Y comenzamos a pasar el tiempo.

Pero yo no me sentía bien del todo, pues era la primera vez en varios días que iba a comer algo fuerte, por una indigestión padecida que me atreví a obviar mientras disfrutaba de su compañía. Quizás por eso el encuentro no fue lo que yo esperaba. Y quizás para ella tampoco. No me porté como acostumbro en este tipo de citas, porque mientras la miraba y me embebía de sus ojos azules como un mar en calma, de pronto me machacó una idea que no pude rechazar, y me dije: “¿qué hago yo aquí con esta muchachita de menos de treinta años, cuando ya estoy en el ciclo final de mi vida?”. Nunca como en ese instante la quise tanto: ella había sido muy generosa conmigo, me había tratado con mucho cariño, acudía al encuentro quizás esperando pasar una tarde como no pasamos, y después el tiempo... Ninguno de los dos podía descifrar el misterio de esa cita que algunos pudieran encontrar ilógica o absurda, aunque a ella parecía no importarle que yo le aventajara en casi 40 años: su aire de sencillez y de nobleza me arrastró a un amor que de entrada no podía fructificar en positivo. Al menos, al regresar a mi casa y pensar mucho en ella, como siempre pensaba mucho en ella, llegué a esa conclusión.

No hubo otros encuentros, aunque continuamos comunicándonos por la magia de Internet y de los móviles, y nunca pude decirle estas cosas que ahora escribo y que quizás ella las lea con ese noble corazón que descubrí desde sus primeras palabras cuando llegó a mi edificio y refrescó el espacio, salvándome de caer en una depresión (ya casi había caído) que nada bueno presagiaba. Ella me ayudó a volver a desear vivir, me llenó de la alegría de vivir que ya había perdido, colmó mi ansiedad de encontrar un amor que, aunque “imposible”, sería el más hermoso que jamás había sentido. ¿Cómo no amar a alguien capaz de convertir la decepción en esperanza? A alguien que, como le escribí en una cuartilla apresurada, era (y siempre será para mí) “la que recoge el sol de los domingos / y nos trae, cada lunes, su calor y su luz / prendidos en el sol de su sonrisa”...

Hoy al fin ya sabes, querida, por qué no respondí a tus quizás aspiraciones de pasar una tarde como tú merecías pasar, y no solamente oyendo tonterías con un viejo hambriento devorando un par de huevos fritos con alitas de pollo y dos vasos de leche, todo eso tan ajeno a lo que tú deberías haber recibido de mí...

Augusto Lázaro

martes, 8 de noviembre de 2011

CRIMENES IMPUNES

Cuando era un niño que todavía almacenaba en su cabeza infinidad de creencias y un montón de fe en el ser humano, contemplaba en la iglesia donde mis padres me bautizaron una imagen de María ante el cadáver de su único hijo, Jesús. Era tal la angustia reflejada en aquel rostro que había que tener el corazón como una piedra de molino para no conmoverse. El tiempo me fue endureciendo poco a poco ante los avatares de un derrotero no escogido por mí, en cuya trayectoria, sin embargo, pensé que no volvería a verme ante una imagen que mostrara un dolor capaz de conmoverme como aquél de mi tan lejana infancia.

Me equivoqué: en muchas ocasiones tuve que pasar por el dolor de ver, como ahora mismo, reflejado en unos ojos que dicen toda la verdad que no puede decirse con palabras, la angustia de una madre a la que han arrebatado a su hija, sin siquiera concederle el consuelo, si es que a una madre que ha perdido a su hija puede haber algo capaz de consolarla, de enterrar el cadáver de lo que más ha amado en su vida.

Conocía la historia que me había impresionado antes cuando me sentí, quizás como muchos, impotente ante los bárbaros que cometieron el crimen y que no recibirán el castigo que merecen, que en cualquier otro país sería, cuando menos, el resto de sus vidas entre rejas. Sin embargo, España se ha vuelto un país donde se puede asesinar impunemente y donde existe, hasta el colmo de la desfachatez, un número bastante elevado de magistrados, jueces y autoridades e instituciones que supuestamente amparados por leyes que parecen ser elaboradas y sancionadas por seres desprovistos de dignidad, ponen a estos hijos de la gran en la calle sin que sus conciencias les impidan dormir a plenitud cada noche junto a sus familias. Porque la conciencia no puede remorder a quienes no la tienen.

Marta del Castillo duerme su eternidad cortada brutalmente en algún lugar desconocido, porque sus asesinos no quieren confesar dónde la arrojaron tras cometer su repugnante crimen, y porque las autoridades no son capaces de sacarles la verdad, y se dejan ridiculizar por esos mozalbetes que deberían pasar el resto de sus miserables vidas en una cárcel que de verdad lo fuera, no como las cárceles españolas que parecen hostales, a veces de lujo, para que quienes sólo merecen escupitazos de desprecio pasen poco tiempo en la mayor comodidad: casos como el de De Juana Chaos abundan en esta península.

Me gustaría que todos los españoles, pero sobre todo los magistrados que deberían impartir la justicia tan escasa en nuestras instituciones judiciales, y lo que hacen es poner en la calle a estos engendros de la Naturaleza para que continúen cometiendo delitos y segando vidas inocentes, miraran esta foto. La miraran un rato, observaran bien esos ojos de madre cuyo dolor no podrá ser reparado con nada, que la miren mucho rato, detenidamente, hasta que se cansen de ver ese rostro de mujer machacada por la tolerancia frente a la maldad, y después se fueran a sus casas y se acostaran a dormir... quizás algunos podrían dormir en paz y tener sueños dorados, pero quizás los haya, y no pocos realmente, cuyas conciencias no les permitan cerrar los ojos y creerse que han cumplido su deber...

Augusto Lázaro

foto: Eva Casanueva, madre de Marta del Castillo.

viernes, 4 de noviembre de 2011

LAS BOMBAS EN LOS TRENES

El retorno del sargento Gilad Shalit a Israel a cambio de más de mil palestinos, algunos de los cuales son y seguirán siendo terroristas activos que podrían matar a muchos israelíes en un futuro próximo, demuestra que "los malos" están ganando en todo el mundo. No me convence que, por muy valioso que sea un soldado israelí, pueda dejarse en libertad a terroristas que podrían matar a muchos soldados y civiles israelíes. Porque en el grueso de esos más de mil palestinos, se esconden algunos terroristas, y eso no hay que tener más de dos dedos de frente para comprenderlo y aceptarlo. Soy partidario de que Palestina tenga su estado propio, sin ninguna duda, siempre que acepte la existencia del estado judío, para que se enfríe de una vez la caldera caldeada de ese polvorín en el llamado "oriente medio". Pero no hay que obviar, como hacen siempre algunos medios de la izquierda, que Israel es la única democracia en esa zona, rodeada de enemigos, y que nunca ha declarado que desea borrar del mapa a ningún estado colindante, como sí ha hecho Irán, que desea y quisiera borrar del mapa al estado hebreo. O sea, la diferencia es demasiado notable para ignorarla, y para ignorar quiénes son los enemigos, porque en España, sobre todo en España, hay miles de personas que no se han dado cuenta todavía de que no fueron los israelíes quienes colocaron la bombas en los trenes... ni creo yo que algún día pudieran colocarlas.

Y creo que la mayoría de esos miles entregados a cambio de Shalit son personas normales que merecen vivir libres. Pero de ahí a lo otro hay un trecho que nadie puede justificar ni ocultar. Ha ganado Hamás, ha perdido Israel. La democracia en esa zona siempre caliente ha recibido un duro golpe del que no se recobrará durante mucho tiempo. Copio un fragmento de un recorte de prensa que atestigua que mi preocupación, que no es sólo mía, tampoco es superflua:

“...más de mil muertos arrastran los presos que quedaron libres. Hay
nombres “incomprensibles” como el de Walid Anajas, que en 2002 mató 12
civiles en un pub de Jerusalén, condenado a 36 cadenas perpetuas, o el de
Nasser Yataima, otras 29 cadenas perpetuas, que reventó el hotel Park de
Netanya, dejando 30 asesinados. Musad Hashlemon mandó a dos suicidas a
atentar contra un bus en Beersheva en 2004, matando a 16 personas, y
condenado a 17 penas de vida. Una mujer, Ahlam Tamimi, con sólo 16
años, mató a 15 personas en una pizzería de Jerusalén en 2001...”

Y con esos y otros terroristas se ha pagado la liberación de un solo hombre... Sin embargo, en todo el planeta la situación no es nada halagadora: los malos se aprovechan de la débil democracia occidental, a veces tan endeble que se convierte en protección, abrigo y ayuda de esos malos, que poco a poco se están apoderando de entradas, medios, lugares, empresas, situaciones, etc., y llegan hasta a presentarse como demócratas ante unas autoridades tan ingenuas que los aceptan como tales. El caso de los terroristas islámicos lo demuestra: ellos sí, nosotros no. Ellos hacen y deshacen, nosotros lloramos y hacemos concentraciones silenciosas. Ellos nos usan intentando someternos, nosotros toleramos que nos usen sin hacer otra cosa que condenar verbalmente sus acciones criminales.

Y como colofón de este lamento por la ingenuidad de muchos que habremos de pagar todos en un futuro quizás más próximo de lo que esos muchos creen, una noticia que no es única, pero que puede ponerse como solo ejemplo de lo que puede esperarse de esta democracia endeble y exageradamente tolerante: Moutaz Almallah, el último imputado por los atentados del 11-M en España, ha sido puesto en libertad. Apaga y corre, que ahí viene el lobo, como dirían los niños inocentes que juegan en un parque...

Augusto Lázaro

lunes, 31 de octubre de 2011

OTRA VEZ LOS PREMIOS

Al conocer el nombre del galardonado con el PREMIO NOBEL DE LITERATURA 2011, mi primera reacción fue recordar a las grandes figuras de la literatrura universal que murieron sin obtener esa distinción como Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, James Joyce, y unos cuantos más que sin dudas hubieran honrado a la institución encargada de premiar cada año a quienes, según los miembros del Jurado, merecen el premio. Y recordar a otros, ya muy mayores, que quizás morirán sin obtenerlo, como el mexicano Carlos Fuentes, por ejemplo, nombres que denuncian la arbitrariedad, el despiste, la injusticia, y la estupidez de la Academia que durante más de un siglo concediendo galardones en literatura, ha dado muestras de que esos premios muchas veces responden no a la calidad de cada autor, sino a otras cuestiones que no quiero mencionar aquí, ya que son conocidas de todos los amantes de la literatura en el planeta.

Hace algún tiempo escribí en este blog que hay un libro titulado precisamente EL PREMIO NOBEL, de Irving Wallace, que pone al descubierto los entretelones y las ausencias del premio, así como los premiados sobrantes que no alcanzan la categoría de un Vargas Llosa, por ejemplo. Esa obra, escrita como un testimonio novelado y a la vez muy crítica con la Academia, desnuda certeramente las manipulaciones que han determinado gran parte de las concesiones literarias suecas, reconociendo los valores de muchos y a la vez la falta de los mismos de otros. Pero eso se ha extendido por todo el planeta (con minúscula, por si acaso, porque con mayúscula hay similitudes innegables), y encontramos actualmente que la mayoría de los premios llamados "serios" responden a la misma manipulación.

En España pueden contarse con los dedos de una mano las instituciones que conceden un premio importante a quien realmente lo merece. Es de opinión múltiple que en este país todos los premios (quizás se exagera diciendo "todos") importantes ya están dados de antemano, y nunca a alguien desconocido, porque, como dicen en los pasillos de las recepciones literarias, "para darte a conocer tienes que publicar, pero para publicar tienes que ser un conocido", y este intríngulis ni Jesulín el torero sería capaz de descifrarlo. Es, como diría el diestro, "im - presionante", sólo "dos" palabras para definirlo.

Dice el refrán que “en todas partes cuecen habas”, pero a mí me interesan mucho más las habas que se cuecen en mi país de adopción, que lastran el buen desenvolvimiento de la creación literaria, pues es una realidad que nadie puede negar que aquí los premios literarios se manipulan a discreción y ha habido casos en que se ha adelantado algún premiado (o premiada) aun antes de darse a conocer el resultado por los Jurados encargados por la editorial determinada. Y me pregunto entonces ¿para qué participar en concursos a sabiendas de que no se va a obtener ningún premio?

Y presentar un libro en una editorial, si no se es una figura “con un nombre” es otra tontería que muchos cometen, que parece que esperan el milagro del burro que tocó la flauta, o quizás no sepan (¿quizás no lo sepan?) que sus libros les serán devueltos tal y como los entregó, porque en la mayoría de los casos, ni siquiera van a ser leídos. Anécdotas las hay a montones, pero hay una de alguien cuyo nombre prefiero callar, que no tiene desperdicio:

A presentó una novela en la Editorial B, en persona, entregándole el paquete a C, que le sonrió, sin darle siquiera un acuse de recibo, aunque A no lo solicitó. A los 3 meses A volvió a la Editorial y cuál sería su sorpresa al ver que la señorita C extraía su libro de la misma gaveta donde lo había guardado en el momento de su recepción. Y no sólo eso, sino que... sé que no lo van a creer... ¡el paquete estaba sin abrir!

Otra pregunta mejor y sin respuesta: ¿para qué escribir literatura? Si alguien tiene una respuesta, me adelanto en decirle ¡muy agradecido!

Augusto Lázaro

jueves, 27 de octubre de 2011

¿PARA QUE LAS GUERRAS?

¿Qué sucedería si el señor Barack Hussein Obama, Premio Nobel de la Paz, decidiera retirar todas las tropas de Estados Unidos destacadas en Afganistán, Iraq, Libia, Siria, Líbano, y en todos los demás países donde Estados Unidos mantiene ejércitos regulares, siempre en tareas bélicas, y siempre con goteros de cadáveres que son enviados a su patria envueltos en la bandera norteamericana y con mensajes de condolencia a sus seres más queridos? Pues voy a correr el riesgo de parecer un extremista antibélico, y que muchos se burlen de mi punto de vista, pero ahí les va lo que yo creo que sucedería, sin ninguna duda:

--el 90% de los ciudadanos de Estados Unidos celebraría esa decisión.
--los "americanos" serían mucho menos odiados en todo el mundo.
--Estados Unidos se reafirmaría como una súper potencia a la que ninguna fuerza (y ahora ninguna sorpresa) pudiera atacar impunemente.
--dentro de la crisis que atraviesa, volvería otra vez a alcanzar los más altos niveles de vida que siempre tuvieron, por encima, bien distante, de cualquier otro país, sin temor a una nueva recesión jamás.
--el señor Barack Obama recuperaría parte de la estima que poco a poco ha ido perdiendo entre la población de ese país.
--se ahorrarían miles de valiosas vidas caídas en empeños casi siempre inútiles, avalados por supuestas convicciones y necesidades inexistentes de actuar como si fueran los "salvadores" de la humanidad que tienen el deber idealizado tontamente de acudir a cualquier sitio del planeta donde los políticos crean que el país debe actuar por esta u otra razón, defendiendo la libertad, la democracia, los derechos humanos, etc., que se defenderían muchísimo mejor resguardando las fronteras y aplicando otra política, manteniendo la más poderosa economía de La Tierra, y con eso obviando la solución militar tantas veces aplicada sin seguridad de victoria, como es el caso de Afganistán, como solo ejemplo, actualmente.

Pero eso no sucederá: la mentalidad de los políticos de Estados Unidos está acostumbrada, asimilada y adaptada a enviar y mantener tropas que originan gastos materiales y humanos y críticas en todo el mundo, y es casi imposible imaginarse, sólo imaginarse, un nuevo dirigente que piense primero en su patria y en los ciudadanos que gobierna y que no quieren guerras, sino paz, trabajo, progreso y bienestar, y desactive esa obsesión militar que tanto daño ha hecho, mucho más que el beneficio que pudiera compararse en esas aventuras descocadas en donde se han involucrado, sin siquiera la seguridad de un triunfo que no obtuvieron en Viet Nam al igual que no obtendrán en Afganistán donde miles de soldados no son capaces de evitar atentados, bombas, golpes arteros al gobierno elegido y tan débil que con sólo soplarlo se dobla. Y no hablemos de Iraq, donde diariamente (¡diariamente!) mueren personas, entre ellas norteamericanos, por las mismas (atentados, bombas, golpes arteros, etc.), sin que esa enorme cantidad de tropas pueda evitar esas fábricas de cadáveres que caen supuestamente por defender una libertad que no existió antes ni existe ahora ni existirá cuando tengan que salir esas tropas de ambos países, por la propia característica de esas sociedades.

Creo que Estados Unidos debe ser un baluarte de la libertad en todo el mundo y ayudar, además de económicamente, militarmente, a un país amigo y aliado si éste se encuentra ante una amenaza real de invasión por otro, al que no pueda vencer con sus propios medios. Eso es lealtad con los amigos, con los aliados. Pero de ahí a dedicarse a invadir territorios donde tras una ocupación formal o consensuada pasa el tiempo y no se ven progresos, más bien al contrario, como los casos de Iraq y Afganistán, pienso que no es más que una estupidez que no tiene ningún sentido ni beneficiará a la gran nación americana ni ahora ni nunca. Y que no puede justificarse con el consabido sonsonete de “si sacamos las tropas qué será de ese país”, argumento que no se sostiene ante la situación y el resultado de mantenerlas, como hasta ahora.

Sería muy positivo que el señor Obama y su equipo de gobierno analizaran cuidadosamente esta situación y tomaran una medida que, si no en su totalidad, retornara a la mayoría de sus tropas a la patria, tan enlutada con tantas muertes inútiles que a nada bueno pueden conducir, y eso se está viendo en una población cansada y aburrida del abandono en que se ve sumida en aras del llamado "destino manifiesto", fracasado ante la opinión mundial que cada vez se hace más crítica con esas intervenciones por decisión solitaria, muchas veces sin consultar a las naciones que pretenden "liberar" y no terminan liberando, porque en esta época, sin lugar a dudas, los "malos" nos están ganando la batalla en todos esos territorios...

Augusto Lázaro

Nota: ya había terminado de escribir esta entrada cuando Obama anunció el total desplazamiento de las tropas en Iraq. Quizás estemos viendo el principio de mi solicitud, que es la solicitud de millones de norteamericanos.

domingo, 23 de octubre de 2011

¿HA VALIDO LA PENA?

Hace años, no sé cuántos, vi un documental de Harry Belafonte titulado A VECES MIRO MI VIDA, donde el gran artista analizaba la trayectoria de toda su existencia, cuestionándose algunos aspectos de lo que había hecho al enfrentarse a situaciones trascendentales en las cuales no estaba totalmente seguro de que había hecho lo correcto. Al regresar a mi casa me puse a pensar, y recordando el documental decidí yo también echar un vistazo a mi vida, desde que tuve uso de razón y de memoria. Y al final me atenazó una sola pregunta: ¿valió la pena?

En el aspecto personal, o sea, en las decisiones y ejecuciones que sólo dependieron de mí, me reafirmé lo que siempre me repito que ya pasa a ser un disco rayado: si pudiera volver a vivir, todo lo haría distinto, y aquí entran mis fracasos matrimoniales, mis cambios de trabajo, mis estudios de Economía que de nada me han servido después por no haberme dedicado a ese giro, y otras cosas que mejor sería descartarlas por inutilidad en su recuento.

Pero en el aspecto social o general, o sea, en aquello que no dependió de decisiones propias, la pregunta cae con mucho más peso. En el último medio siglo de vida en mi país de origen, tanto sudor, tanto sacrificio, tanta dedicación a una causa perdida de antemano que jamás había dado ni daría resultados positivos en nignún punto cardinal, tanta ilusión inútil, tanta confianza en ideales irrealizables, tanto dejarse embaucar por aquellos nuevos (y actuales / eternos) salvadores supremos que nos llenaron el raciocinio de mentiras hermosas sobre un futuro luminoso que yo no pude ver, que mis hijos no han podido ver, que quizás mis nietos no podrán ver nunca... todo eso, ¿valió la pena?

Porque la vida se nos va demasiado rápido, a veces casi sin darnos cuenta de que se nos ha ido, y cuando llegamos a esa edad que algunos pretenden vendernos como "hermosa", la visión del pasado martilla implacable, concientes de que ese pasado, además de no poder cambiarlo, no podremos repetirlo, para vivirlo como hubiéramos querido vivirlo, sin tantos errores cometidos y sin tantos sacrificios inútiles padecidos por no saber a tiempo tomar decisiones que quizás hubieran cambiado nuestra vida y actualmente no estaríamos arrepintiéndonos de no haber hecho lo que una vez pudimos hacer y no hicimos.

No es un juego de palabras: cualquier persona que pase de la media rueda desearía, al seguro, haber vivido otra existencia, sobre todo en el aspecto de los errores cometidos que provocaron que su derrotero fuera por un camino que no había sido el mejor. Y Cuba es una muestra fechaciente de cuán inútil resulta enfrascarse en un proyecto que no tiene futuro, sino una repetición de la misma promesa adornada con la misma justificación por no cumplirla. Después de medio siglo de "ilusiones perdidas", sometimiento, sacrificio, carencia, espera y desengaño, volver a aquella realidad que dejamos atrás hace cincuenta años, mientras que durante el sueño convertido en pesadilla cayeron infinidad de amigos, familiares, conocidos, gente que muy bien podía haber vivido en otra realidad de no ser por la impuesta que logró engañar "a una parte del pueblo casi todo el tiempo".

Y dentro de esa pérdida vital está mi vida, como la de tantos que ahora, demasiado tarde para recomenzar un nuevo itinerario, tienen que conformarse con observar en silencio el inminente e inevitable retorno a lo que fuimos algún día, tan lejano ya en el horizonte del recuerdo que casi no nos acordamos. Pero sobre todo, casi no nos acordamos de cómo todo eso pudo suceder...

Augusto Lázaro

miércoles, 19 de octubre de 2011

¿VUELVE LA POLITICA?

--¿Por qué ya no escribes casi nunca sobre la política?
--Porque la política me da asco. No sabía que te interesara.
--No me interesa, pero me gustaban tus comentarios, algunos acertados, otros no.
--¿Y por qué no me escribiste en el mismo blog tus opiniones sobre los desacertados?
--Bueno... soy haragana para ponerme a escribir opiniones. Prefiero decirlas, aunque en este caso, como nunca nos vemos, no he podido cumplir con mi preferencia.
--Estás a tiempo, ahora mismo, si quieres. Oye, ¿has probado el helado de turrón?

Mi amiga M. E. no había probado el helado de turrón, ni siquiera sabía que existía un helado hecho con turrón de Jijona, ese al que llaman blando. Lo pidió, y desde el primer contacto con su paladar quedó encantada del encuentro con ese sabor nuevo para ella que la embriagó tanto que decidió repetir.

--Cuidado con la gula, que el helado engorda. Y además, puedes pescar una indigestión.
--¿Desde cuándo tú eres especialista en gastronomía? ¿O es alguna de tus virtudes entre comillas que yo también desconocía?
--Sigues siendo tan irónica como siempre. Deberías hacerte socia mía en el blog, contigo en el dúo causaríamos sensación. A la gente le hace falta el humor, pues España está tan vapuleada por los políticos que el humor se está haciendo imprescindible, para ver si se calman los ánimos.
--Vaya, llegó la política. Desde luego que no podemos prescindir de ella en la conversación.

Pero nos despedimos sin darle cuerda al tema, porque lo que le dije lo siento de verdad: la política me da asco, aunque como me decía Manuel en nuestros encuentros añorados por su desaparición por causas ajenas a ambos, supongo, "la política es fascinante", repitiéndole yo constantemente que no le veía esa fascinación por ninguna punta del ovillo.

--Si no se la vieras no hubieras escrito tantas cosas sobre la política, ni hubieras hablado tanto sobre el asunto.

No me quedó más remedio que aceptarle la observación. Pero tenía otros argumentos y así se los expuse.

--Pues mira, ¿sabes lo que pienso? Que puede vivirse sin políticos perfectamente. Creo que seríamos mejores y más felices sin esos especímenes que tanto nos machacan.
--Estás mal de la chola, chaval.

Pero mi última aseveración lo dejó patidifuso:

--Y te digo más: incluso creo que la sociedad puede darse el lujo de vivir sin gobierno (aquí lanzó una carcajada y me miró con lástima, pensando que yo estaba de ingreso, pero le di el golpe mortal con sólo 5 palabritas). ¿Qué me dices de Bélgica?

Manuel me dio una fuerte palmada en el hombro que casi me rompe la clavícula, y movió la cabeza, de izquierda a derecha y viceversa. Al seguro que pensó que yo no tenía remedio.

Augusto Lázaro

sábado, 15 de octubre de 2011

SOLO 24 HORAS

Leo en Internet que según información de fuente digna de crédito, en el mundo se publica un libro cada medio minuto. O sea, que si usted leyera un libro diario, dejaría de leer diariamente cuatro mil títulos. Hablo de las ediciones en papel. Pero en Internet pueden leerse millones de libros, textos literarios, entrevistas, blogs, entradas referentes a la literatura, opiniones, suplementos, separatas, cuadernos, revistas, etc., que dedican sus páginas web a asuntos literarios o relacionados con la literatura. De ahí a llegar a la triste conclusión de que escribir es algo así como

machacar en hierro frío, / predicar en un desierto / y echarle jeringa a un muerto... / es todo tiempo "perdío"...

¿Por qué se ha destapado en las últimas décadas, más bien en los últimos lustros, ese afán casi enfermizo por escribir y publicar literatura?, me pregunto. Y no encuentro respuesta. Hasta los presentadores televisivos suelen publicar al menos un librito al año. Y los periodistas, al finalizar la temporada, reúnen sus trabajos o artículos y los publican en forma de libro. Ya sólo falta que El Tato también nos lance al mercado de las estanterías su libro, quizás titulado, de acuerdo con el personaje, algo así como ¿Y POR QUE YO NO?

Lo que no entiendo (y confieso mi ignorancia matemática) es qué sucede con tantos libros editados y publicados por decenas de editoriales grandes, medias y pequeñas a lo largo de cada año. Porque hay realidades que nadie puede negar:

1) es imposible que todos los libros que se publican sean comprados y leídos por sus presuntos lectores

2) y si esto es así, ¿qué ganan las editoriales publicando hasta a Juanito Cuartilla que presentó su "última" novela titulada LA MUJER QUE NO GRITABA?

Quizás yo esté errado (sin hache) y todos los libros que se publican se venden y se leen, y esta sociedad (hablo lo mismo de España que del mundo entero) sea tan culta e ilustrada que dé gusto vivir en este mundo, pero cuando me pongo a escribir para mi blog o para algún otro trabajo creativo, a veces me detengo, en seco, y me cuestiono si vale la pena. Porque como ya dije en un blog anterior: ¿cuántas personas leen lo que escribo?

--¡Cuatro gatos! -me dijo Juan Maguey un día memorable, incluyéndose él como uno de los gatos ilustres que se dignan en dedicar cinco minutos a "degustar" mis "genialidades" de pacotilla.

Por eso pongo en duda esos blogs que publican que son visitados y leídos diariamente por miles y miles de seguidores. Hombre, que los casi 7 mil millones que tiene ya el mundo, junto a las 24 horas de cada día, y las conexiones a Internet, todas unidas, me parece que no alcanzarían para cubrir de verdades tantas exageraciones. Pero en fin, que las exageraciones no son otra cosa que imaginerías de escritores (díganmelo a mí) y para tratarse de los creadores de ficción, nadie puede negar que estamos ejerciendo el espíritu evocador de nuestro trabajo, que en algunos casos es nuestra razón de ser o de vivir o de seguir viviendo. Y óiganme, que eso no es poco, vamos.

Augusto Lázaro

martes, 11 de octubre de 2011

¡OH LOS INGENUOS!

BIENAVENTURADOS LOS INGENUOS que en el mundo piensan:

que la ORGANIZACION DE NACIONES UNIDAS (ONU), a la que pertenecen 193 países, cumple una función necesaria y eficaz para el mantenimiento de la paz en toda La Tierra

que Estados Unidos va a ganar la guerra en Afganistán

que el gobierno comunista cubano va a hacer cambios absolutos en su sistema social, en su ideología, en su política, y en su dirigencia histórica mantenida en el poder durante casi 52 años

que Europa sigue siendo el corazón del planeta y que la UNION EUROPEA (UE) y la moneda única (el euro) han sido y son útiles, necesarios, imprescindibles y eternos

que las agrupaciones de grandes e importantes países como el G-8, el G-20, el G-X, así como los grupos regionales como la ORGANIZACION DE ESTADOS AMERICANOS (OEA), la ORGANIZACION PARA LA UNIDAD AFRICANA (OUA, ¿todavía existe?), el ALBA, la ALALC, el cuarteto, el tripartito, etc., van a resolver los problemas acuciantes de cada región o de todo el universo

que el terrorismo va a ser derrotado con tolerancia y buena voluntad

que el hambre en la Tierra se va a eliminar por la voluntad de los políticos

que en un futuro próximo en todos los países va a existir igualdad entre hombres y mujeres

que el capitalismo va a desaparecer y en su lugar va a establecerse un nuevo sistema con justicia, igualdad, trabajo, educación, sanidad, vivienda, y todas las necesidades de los ciudadanos (y ciudadanas) se van a ver cumplidas

BIENAVENTURADOS LOS INGENUOS que en España creen:

que las querellas presentadas por políticos o personalidades de diversos sectores van a prosperar

que las peticiones de comparecencia que piden los políticos a otros políticos se van a realizar

que las solicitudes de dimisión de sus cargos a algunos políticos van a ser atendidas por éstos

que los ricos van a rebajarse sus ingresos

que los delincuentes que detiene la policía van a permanecer en la cárcel mucho tiempo

que las órdenes de alejamiento a los maltratadores de sus ex mujeres van a servir para algo y ser atendidas por esos salvajes

que las leyes, medidas, decisiones y órdenes emitidas por los tribunales de justicia van a ser respetadas y cumplidas por todos

que los indignados son grupos de jóvenes bienintencionados que desean salvar al país de la ruina total

que las manifestaciones, protestas y huelgas van a resolver algún problema

que los ricos van a dejar de ser ricos y los pobres van a ser menos pobres

que el subministerio de Igualdad va a eliminar el maltrato y los crímenes contra las mujeres

BIENAVENTURADOS SEAN TODOS LOS QUE PIENSAN Y CREEN TODO ESO... PORQUE DE ELLOS SERA EL REINO DE LA INOCENCIA...

Augusto Lázaro

viernes, 7 de octubre de 2011

¿VIVIR DE LOS RECUERDOS?

¿Recordar es volver a vivir el tiempo que se fue? ¿Por qué el tiempo no puede repetirse? ¿Por qué tenemos que cargar con lo que hicimos dentro de él toda la vida sin poder hacerlo de otro modo? Porque al menos yo desearía no haber hecho tantas cosas que hice y que ahora tengo que recordarlas, porque no puedo perder la memoria como tantas veces he deseado para no tener que recordar lo que no quiero recordar. El recuerdo no deseado es un puñal que penetra en la materia gris, lacerando la estabilidad cuando creemos que la hemos alcanzado.

Pero al igual que el tiempo, que no puede detenerse, los recuerdos no pueden olvidarse, sólo los amnésicos pueden permitirse ese “lujo”. Estoy seguro de que hay millones de personas, por no decir todas las personas vivas del planeta, que desearian olvidar muchos momentos de sus vidas, por supuesto desagradables, que les hacen regresar a una etapa, quizás a unos días, unas horas, que tuvieron la dudosa virtud de enclaustrarse en su cerebro definitivamente para no salir de él por mucho tiempo que viviera esa persona que no quiere acordarse y no puede evitar acordarse de esos momentos, o días, o semanas, o meses, y en algunos casos hasta años.

Sin embargo, los recuerdos agradables ayudan a seguir viviendo, sobre todo cuando se tiene cierta edad en la que otros estímulos se ven reducidos o incluso eliminados de la vida diaria. Esto es lo que le sucede a muchas personas de avanzada edad, con las que hablo y me confiesan que si siguen viviendo (quizás exageren, aunque quién sabe) es por los recuerdos de sus tiempos buenos, bonitos, agradables y positivos, y cuando los ejercitan (o sea, cuando recuerdan esos pedazos de sus vidas) se sienten como si en verdad los estuvieran viviendo otra vez.

En el aspecto amoroso (erótico, sexual), los recuerdos pueden servir de complemento a experiencias actuales o recientes, o a la carencia de esas experiencias, y hay personas que se los guardan para sí mismas (y solas), pero hay otras que gustan de confiarlas a amigos de cierta intimidad, y con esas “confesiones” al menos se reconfortan pensando, como aquel que lanzó la frase histórica y popular: “¡que me quiten lo bailao!”. Porque, está claro que “lo bailao” es lo único que sólo la muerte puede quitarle a quien lo haya recordado, solo o con alguien de su confianza.

Y existe un detalle muy curioso dentro de los recuerdos, que es la música. Porque la música acompaña muchos momentos que hemos vivido, malos o buenos, sobre todo buenos, y si cuando hemos vivido esos momentos (en nuestras relaciones amorosas mucho más) oímos alguna pieza musical, esa pieza ya no nos abandonará jamás, y cada vez que recordemos el momento de disfrute en que la oímos, recordaremos también y quizás tararearemos mentalmente esa pieza. Alegrándonos, o quizás poniéndonos un poco melancólicos, pero con esa dulce sensación de sentir que otra vez vivimos lo que tanto placer nos dio, un tiempo atrás que no se borra. Ni se quiere borrar.

Augusto Lázaro

lunes, 3 de octubre de 2011

NOTICIAS BUENAS

Una señora de esas que se consideran como "mayores", a la que me encuentro a veces en la parada del autobús 148 en la Plaza de El Callao, y con la cual converso retacitos de tiempo, porque no me habla del calor ni de lo cara que está la vida ni de la situación financiera europea, sino de cosas más o menos interesantes y curiosas, acaba de decirme que ha puesto en práctica una idea que le surgió de pronto, cansada de ver en la televisión y oír en la radio sólo cosas desagradables:

--He mandado un anuncio a los periódicos ofreciendo cinco euros por cada noticia agradable que pasen en sus elementos informativos. ¿Qué le parece a usted?

Me le quedo mirando y pienso cómo reaccionarán los periódicos, las radios y las televisiones, que la buena señora parece no saber que viven del morro de las malas noticias, porque las buenas, a estas alturas de esta sociedad, no interesan, no venden, no comercian.

--¿Y no ha pensado que si aceptan su ofrecimiento, usted se va a gastar un pastón con tantas cosas buenas que va a disfrutar en la pantallita?

Y me sorprende la reacción, no de los periódicos, sino de la señora, que me mira asombrada y sonriente:

--¡Ah, vaya! Entonces, usted cree que mi idea es buena y que la van a aceptar.

Y seguimos valorando su idea, mientras yo, entre líneas del diálogo, pienso en los medios informativos, que se han convertido en una especie de aguafiestas o de rompegrupos, de esos individuos que antes, cuando se acercaban a un grupo de ciudadanos en algún lugar de charla, alguien comentaba bajito, para que el tipo no se percatara: “por ahí viene Agripino, chicos, la peste el último”, y el grupo se disolvía rápidamente.

Subimos al autobús y nos sentamos en asientos separados. Observo a la señora y me sonrío, sacando la cuenta del gasto que su idea le traería, en caso de que los canales y las emisoras aceptaran su encargo. Pero me pongo serio, porque sé, y de eso estoy más convencido incluso que de mi propio nombre, que ni unos ni otras van a aceptar la idea, porque a los medios informativos, actualmente, no les interesa un jardín lleno de rosas, ni la risa de un niño jugando en un parque, ni el descubrimiento de una píldora que restituya la salud en los seres humanos. A los medios sólo les interesa joderle la vida a quienes pierden su tiempo viéndolos y leyéndolos, molestarlos, preocuparlos, ponerlos cejijuntos y cabizbajos, metiéndoles en las cabezas que el Apocalipsis está cerca y que, como dice la leyenda en LA DIVINA COMEDIA (que de divina en verdad tiene muy poco): “lasciate ogni speranza”... Porque de eso viven, en una sociedad en que parece, tristemente, que la alegría y el optimismo están en fase terminal...

Augusto Lázaro

jueves, 29 de septiembre de 2011

DOMINGOS DE RECUERDOS

Domingos: días demasiado largos en los que el reloj parece caminar en cámara lenta. Todo el día en casa, haciendo todo lo que no hago los demás días: cambiando la funda de la almohada, limpiando la afeitadora, echándome audispray en los oídos, tomándome la tensión arterial, limpiando mi habitación, ordenando la papelería, revisando mis trabajos literarios o periodísticos, trabajando con la computadora (el ordenador), leyendo más de lo habitual, y viendo algún programa en la televisión si es que alguno me interesa, hasta que alrededor de las diez de la noche me pongo a ver una película en mi DVD, si en los canales que las pasan sin anuncios no hay ninguna que me llame la atención. Creo que soy alérgico a la publicidad.

A pesar de todo lo anterior, el día se me hace demasiado largo. Por eso no me gustan los domingos, días pesados en que el tiempo parece congelado. El ruido y la bulla de las calles cercanas se reducen tanto que a veces paso varios minutos sin oír ni siquiera mi propia respiración. Y dentro de mi espacio nada altera el orden establecido por mí, y si nadie viene a visitarme, el silencio se apodera de todos los rincones. A veces pongo algún disco en el equipo de música, o sintonizo alguna emisora radial, pero las que no son musicales sólo trasmiten fútbol y las otras un tipo de música que no me apetece escuchar. Radio Clásica se oye mal en estéreo y Radio 3 no siempre tiene buenos programas. Buenos según mi opinión, mi gusto y mi criterio, no significa que no sean buenos para otras personas.

Un domingo es un día no sólo pesado y demasiado lento, sino que es el único día en que puedo estar las 24 horas sin cruzar una sola palabra con ningún ser humano, a no ser que alguien me llame por teléfono y entonces oiga una voz y entable un diálogo de varios minutos. Sólo de varios minutos. Es entonces en esta soledad silenciosa y apacible cuando los recuerdos se apoderan de mis pensamientos, unas veces para bien, otras para mal, porque me da por pensar en que si pudiera vivir otra vez todo lo haría distinto. Todo, porque soy de los que creen que el pasado nos sorprendió casi sin darnos cuenta, y se nos escapó cuando menos lo esperábamos, sin dejarnos ni siquiera una pequeña, muy pequeña oportunidad de vivirlo de otro modo. De rectificarlo quizás. De transformarlo. Y eso es la nostalgia.

Pero a pesar de la enorme pesadez de los domingos (creo que así titulé un viejo poema incluido en una entrada de este blog hace tiempo) me gusta quedarme en mi espacio y pasar de este modo 24 horas dentro, fuera de la calle empapada de ausencia, donde un día como éste no puede encontrarse mucho movimiento ni muchas opciones donde escoger, sobre todo para alguien que, como yo, no es muy amigo de ir al cine o a algún otro espectáculo de ocio, que más fácilmente puede encontrar en casa, aunque algunos amigos, especialmente amigas, me recriminan, diciéndome que me estoy poniendo viejo, como si ya no lo estuviera.

Domingos: días de recogimiento, les digo, y quizás de nostalgia, porque los recuerdos los llevo siempre, cualquier día, a cualquier hora y en cualquier lugar donde me encuentre. Y una muestra es el poema que a continuación les dejo, aunque sé que, lamentablemente, este es un género literario que cada día pierde más simpatizantes...

ESTA CASA MIA DONDE YA NO RESPIRO

tu perfume el perfume que siempre dejabas en la almohada

después del intermedio a un nuevo encuentro

desenfrenado y a la vez tan lleno de ternura en el epílogo

esta casa mía donde sólo ha quedado la rememoración

de nuestro atormentado amor amenazado siempre

por tus nerviosas miradas al reloj y tus impedimentos

para dedicarnos por entero a amarnos sin más paliativos

que la muerte cuando al fin nos separara

aunque nos habíamos jurado en el vórtice

del placer disfrutado hasta el clímax

amarnos hasta después de muertos

¡qué ilusos! ¡qué desatinados tan inmersos

en el escaso tiempo y en el reducido espacio

que cobijó nuestro inusual cariño!

y ahora ¡ay! ya no queda más que el resto

de lo poco que pudimos permitirnos

en esta casa mía tan llena de tarecos

de cosas inútiles que me rodean

cuando inevitable y repetidamente

te echo tanto de menos


Augusto Lázaro

domingo, 25 de septiembre de 2011

SOLO LOS ZAPATOS

Subió en la estación de Atocha. Yo me dirigía a Villaverde Alto, a visitar a unos amigos que hacía meses no veía. La observé en silencio. Me llamó la atención el aire de muchacha tímida que se le notaba por su manera de sentarse y colocar sus manos y sus piernas. Llevaba un bolsito pequeño y un libro, también pequeño, que sacó del bolso. Yo no me imaginaba que se bajaría enseguida, y la observé discretamente. Antes de bajarme, no pude resistir la tentación de acercarme a su asiento y casi murmurarle:

“lo único que no me gusta son los zapatos... en lo demás le doy diez”.

Sólo me respondió con una sonrisa. Me bajé en mi destino y contemplé el tren que se alejaba, que se la llevaba de mi vista, quedándome con esa grata sensación que produce lo bello. Y si es lo bello femenino, más. Al menos para mí.

Ya de regreso a casa no pensé en la muchacha. Quizás sería una de las tantas muchachas que veía a diario, en las estaciones, en las paradas, en los transportes que usaba casi todos los días. Y mi vida continuó con su mecánica de siempre, recordando a aquel bardo que exclamó, al paso del entierro de una joven muy joven cuyo cuerpo sin vida llevaban al camposanto:

“un ángel más”

porque antes, un filósofo que vio el cortejo, había exclamado: “uno menos”, sentenciando con esa frase drástica lo poco de valor que tiene una vida cualquiera que termina, lo mismo a los 15 que a los 85 años.

Una semana después, cuando ya no me acordaba de la muchacha, al subir al tren (esta vez en la estación de Méndez Alvaro) me la encuentro, sentada igual que la vez anterior, con su bolsito y su libro, y una ropa parecida, creí recordar, a aquella que llevaba cuando la descubrí en aquel viaje. Me senté frente a ella, sonriéndole por cortesía, mientras ella me devolvía la sonrisa, dejando descansar el libro sobre su regazo. Para mi sorpresa, me miró fijamente y me dijo:

--¿No se ha dado cuenta?

Y me señaló sus zapatos, que no eran los mismos que llevaba aquel día.

Pero mi sorpresa creció cuando me dijo, también casi en un susurro:

--Los tiré. Usted tenía razón: no encajaban con el resto. Muchas gracias. Tiene usted muy buen gusto.

Y sonrió, volviendo a su libro, sin darme apenas chance para agradecerle su amabilidad y no comentar lo que había hecho con sus feos zapatos, lo único feo que había mostrado en el primer encuentro.

Augusto Lázaro

NOTA: una vez redireccionada la configuración, todos los lectores que así lo deseen pueden dejar sus comentarios sobre cualquier entrada o en general sobre el blog. Muchas gracias.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

EL CANDIDATO

Como cualquier persona normal, tengo una cuenta de ahorros en un banco español, y algún dinerito en casa, porsia. Aunque alguna autoridad pudiera acceder a mi cuenta de ahorros, ¿podrían saber qué cantidad guardo en algún lugar donde vivo, o quizás en mi bolsillo o en mi portafolios de forma permanente? Claro que no. Entonces, es una tontería eso de que los señores diputados "declaren" su patrimonio en efectivo, o sea, en dinero, por la misma razón de que nadie podrá saber cuánto dinero guardan en sus residencias. Por tanto, no voy a referirme al dinero que tiene o que puede tener EL CANDIDATO, pues creo que, aparte del mismo, no lo sabe ni Dios.

EL CANDIDATO ha declarado, como los demás, su patrimonio, y el pueblo que ha visto esa declaración en la prensa tiene, ¡qué remedio!, que creerse (una vez más) lo que dicen los políticos, aunque la mayoría sabe que los políticos nunca dicen la verdad. No son tan tontos. Pues analizando las escasísimas posibilidades que tiene EL CANDIDATO para ganar las elecciones y tomar el poder, me he puesto a pensar que esa creencia que tienen los del Partido Popular de que ya tienen el triunfo asegurado corre el riesgo de enfrentarse a una sorpresa, porque EL CANDIDATO ya ha dado muestras de lo que sabe y es capaz de hacer: no hay más que recordar, entre otras cosas, su actuación en marzo de 2004, en que gracias a su inteligencia sobrenatural llevó al poder al que será recordado como el mal mayor en la presidencia del gobierno de España, o sea: José Luis Rodríguez Zapatero. Si a alguien tiene Rodríguez que agradecerle el haber permanecido casi ocho años maltratando a este país, es al CANDIDATO, que ahora, sin estar en el gobierno, es quien gobierna en realidad.

Me gustaría pensar que EL CANDIDATO es un demócrata respetuoso de las leyes de la democracia, pero su actuación en marzo de 2004 dice lo contrario, su actuación durante el gobierno de los GAL dice lo contrario, su actuación en el caso FAISAN dice lo contrario, y así sucesivamente, este hombre de apellido Pérez ha demostrado su poco respeto por la democracia. De ahí que cabe esperar que, sabiendo que no va a ganar las elecciones democráticamente, esté planeando (o pueda planear) alguna fórmula mágica para lograr que el voto hacia el Partido Popular se vuelva en contra, como sucedió en marzo de 2004. Son suposiciones, pero de una persona de esa característica puede esperarse cualquier cosa.

Y cuando digo cualquier cosa quiero decir cualquier cosa, desde preparar alguna acción que cambie la asistencia (o la votación) a las urnas el día de las elecciones, hasta utilizar a “sus muchachos” del 15-M (los llamados indignados) para intentar lograr una especie de “pucherazo” como se conoce este tipo de acciones en la América Latina, tan acostumbrada a ellas. Miren su última gracia: instando al gobierno de Cataluña a que “se cague” (y perdonen la grosería) en la sentencia del Tribunal Constitucional sobre la enseñanza también en Castellano en las escuelas. O sea, que no respeta ni a la democracia ni a las leyes, sobre todo cuando no le conviene respetarlas. Y me pregunto: España está mal, pero ¿cómo estaría con semejante personaje como Presidente del Gobierno? A ver quién me responde.

Pero en fin, que si esto sucediera, ¿qué haría la falsa oposición? ¿Qué harían los periodistas españoles, los medios de información, los sindicatos, las “clases vivas”, las instituciones aparentemente democráticas, etc.? Pues nada. Lo mismo que hicieron en marzo de 2004: ¡nada! Y mientras, el supuestlo seguro vencedor de los comicios, el Partido Popular (que tampoco es la novena maravilla del mundo ni mucho menos), se solaza, echado en la tumbona de la espera, convencido, tontamente, de que EL CANDIDATO es un adversario demócrata, digno de perder las elecciones, incluso con la consabida, deseada y soñada mayoría absoluta.

Ojalá me equivoque, pero las próximas elecciones sin dudas que se desarrollarán en un ambiente calientico. A pesar de que se celebrarán ya avanzado el otoño. Y en caso de que el Partido Popular las ganara, no quiero ni pensar a qué tendría que enfrentarse tan pronto se hiciera cargo del poder...

Augusto Lázaro