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domingo, 26 de octubre de 2014

EL ESPEJO, UN AMIGO SINCERO

Mi rostro envejece (mi cuerpo también, pero no lo veo en el espejo), algo que jamás pensé que pudiera aceptar. Pero tengo que rendirme a la evidencia: me estoy poniendo viejo y la vejez es irreversible. Todavía nadie ha inventado nada que pueda detener el envejecimiento, detenerlo sólo puede ocurrir en la literatura, en la ficción, en el deseo de quienes nos acercamos a la cuenta atrás, a ese viaje de ida solamente del que nadie ha regresado ni regresará jamás.
De los seres humanos y de todo lo creado por ellos (por nosotros) el espejo es lo único que no nos miente: mirarse en su cristal azogado es enfrentarse a la realidad que ni el mejor amigo nos diría. La sinceridad, que se está perdiendo a pasos largos, permanece en el espejo: nos dice cómo somos y cómo estamos, pero también lo que somos, pues en la cara se refleja la personalidad inocultable cuando estamos solos y no tenemos que fingir, aunque abundan quienes se engañan a sí mismos, pero la evidencia es inobviable: lo que vemos en el espejo es la realidad, lo demás es una tontería que no genera nada positivo: despertar de un sueño bello es peor que no haberlo soñado.
La cruda realidad que a veces me niego a aceptar: esto es lo que soy actualmente (frente al espejo), lo que he llegado a ser tras una larga vida que se me escapará algún día sin que yo me dé cuenta, porque no querré darme cuenta. Pero el espejo me sacude y me obliga a poner los pies en el suelo, en firme, y dejar de soñar: lo que se fue no volverá, lo que perdí no podré recuperarlo, así viva 100 años (cosa que no creo que ocurra), aquel que un día fui ya no seré jamás. Afrontar la verdad, la única verdad en que puedo creer porque viene de quien nunca me ha mentido -el espejo-, es una opción que no admite sucedáneos: vivir con esa sensación de que me falta algo, de que todo pudo ser distinto, es engañarme inútilmente: todo fue como fue y el pasado, lo he dicho muchas veces, no puede repetirse ni cambiarse ni olvidarse. Entonces la única actitud inteligente es aceptar el presente, porque en realidad el pasado no existe (existió y se esfumó tan rápido como el tiempo en que lo viví) y el futuro no sé si existirá: lo veo tan frágil, tan poco promisorio, tan espeluznante, que mejor ni recordarlo.
Basta. El espejo está ahí para privarnos de la ilusión de creer que todavía somos jóvenes y podemos hacer lo que no podemos hacer y deseamos con tanta vehemencia. Ante ese adminículo diabólico que nos alerta sin miramientos para que no nos engañemos, sólo nos queda decir sí, tienes razón, mejor vivir mientras podamos y no seguir soñando para a la larga despertar abruptamente y al darnos cuenta de que, como dijo don Pedro, "los sueños, sueños son", lamentarnos de haber caído en la ingenuidad de intentar engañarnos a nosotros mismos...
¿Cuántos de quienes me honran leyendo estas notas podrían subscribirlas como suyas? ¡Ah! Estoy convencido de que si fueran sinceros a cabalidad, serían muchísimos...

Augusto Lázaro

@augustodelatorr
foto: yo, en la actualidad

 



domingo, 19 de octubre de 2014

LA LENGUA, ESA AMIGA PELIGROSA

He llegado a la inobjetable conclusión de que todos los seres humanos disfrutamos hablando mal de otros. Es (casi) imposible que en una reunión de 2 o más personas no se mencione a alguien que no está presente, y (casi) siempre resaltándole algún defecto o algún desliz que haya cometido, que quizás no es tan grave como el que cometen a diario quienes lo están juzgando, pero en ese momento lo que importa es rajar del aludido, sacarle los trapitos sucios y reírse un poco si se encuentra alguna faceta cómica que permita ahondar más en la crítica a que es sometido. No me diga que usted no es de ésos, pues a quien engaña es a usted mism@. Pero no se preocupe, si usted es un ser humano y terrícola, es normal que hable mal de otros seres humanos y terrícolas a los que usted conoce. Y le digo más: según estadísticas dignas de crédito (como todas las estadísticas, vamos), por cada comentario favorable que se hace en grupos sobre un ausente, se sueltan diez desfavorables, porque el morbo radica en eso: hablar bien de alguien no hace falta: todos conocen sus virtudes. Ah, pero hablar mal... tiene un sabor a jalea que no puede rechazarse.

En Santiago de Cuba nos reuníamos en varios locales apropiados donde podíamos permanecer hasta altas horas de la noche, artistas y escritores miembros de la organización que nos agrupaba. Recuerdo varias veces en que estábamos cómodamente sentados en la UNEAC (unos 7 u 8) y habla que te habla, y café o té o cualquier otra bebida, mientras el reloj caminaba sin detenerse... y las 11, las 11.30, las 12... nadie quería ser el primero en marcharse a su casa. El por qué era muy sabido: cuando alguien decidía retirarse de la grata compañía y ocupar el agradable tiempo para irse a dormir, ya sabía que enseguida que cruzara la puerta principal, los que se habían quedado comenzarían a hablar de él (o de ella), pero resaltando lo negativo, lo ridículo, lo temperamental, y todo lo que pudiera catalogarse como digno de criticar, desde su risa incontenible, por ejemplo, hasta la manera de caminar del ausente. Anécdota que refrenda lo dicho en el párrafo anterior, y que no quede duda.

Hablar mal de la gente es como una especie de deporte digamos lEngüístico: darle a la sin hueso y hacer del semejante la víctima de nuestros dardos (a veces realmente venenosos) es una costumbre tan natural como darle una palmada o un apretón de manos a un amigo o conocido cuando nos lo encontramos en la calle. Así que siga usted haciendo polvo a esos que conoce, que se lo tienen merecido, qué caray. ¿Acaso esas personas no se dan gusto rajando de usted en su ausencia? Pues como decía el doctor Lecter: quid pro quo...

Augusto Lázaro

@augustodelatorr

http://elcuiclo.blogspot.com.es


domingo, 12 de octubre de 2014

PRENSA A LA CUBANA

Por mucha propaganda que se le hace a los llamados e-books, o sea, a los libros electrónicos, sigo prefiriendo (disfrutar de) los libros en papel, y no sólo los libros: los periódicos, las revistas culturales que son las que leo, y cualquier separata donde pueda encontrar algo que me interese, entre la vorágine de basura que además de la política, la televisión, los anuncios, el fútbol, etc., atosigan al más pinto. Por eso compro un periódico alguna que otra vez, sobre todo los fines de semana, que traen suplementos y demás. ¡Ah!, disfrutar del placer de leer libros y periódicos en papel no puede compararse con un adminículo que siempre será igual, trate de lo que trate, carente de variedad en su forma y diseño, y sin emoción, como algo inanimado y frío.
Claro que leer periódicos es como ver una película que ya se ha visto una docena de veces, y de la que sabemos hasta en qué lugar del cuerpo tiene la protagonista un precioso lunar color de chocolate. O sea, que todos los periódicos dicen lo mismo, con la diferencia de que lo que para unos es muy  bueno, para otros es pésimo: es el mismo perro, el collar es otro y nada más. Lo que no entienden muchos es tan sencillo como lamentable: los periódicos publican su versión de los hechos y su opinión sobre los mismos de acuerdo con las órdenes del dueño y jefe del diario, que no es más que una vía de las órdenes del dueño y jefe de la empresa o asociación que patrocina y edita dicho órgano de prensa. Y el salario de los periodistas depende de lo que publiquen. Eso del periodismo independiente es un cuento para abuelas enfermas. Independiente como periodista... habría que ser un periodista sin órgano, sin jefe, para escribir y expresar lo que le saliera de salva sea la parte. ¿Y dónde va a publicarlo? Si lo publica en un diario o en una revista, olvídense, sus opiniones nunca estarán en contra de la dirección del mismo o de la misma.
Pero dentro de toda esta parafernalia mediática (me olvidé citar que no sólo la prensa se edita en forma de periódicos, también está la radio, la televisión, Internet, y algún que otro ejemplar que trasmita lo referido arriba) en las últimas semanas, en España, se ha caído en un peligroso error mediático que tendremos que lamentar todos algún día: la consulta para conocer la opinión de los catalanes sobre si se quiere realmente la independencia de España o si se desea seguir formando parte de este país. Se ha cerrado la puerta con candado y bloqueo a toda opinión que no esté en contra de dicha consulta, ignorando (incluso personas de cultura e inteligencia –lo que no me extraña, pues esas personas también están a favor del salvaje espectáculo de las corridas/torturas de toros-) que con esa medida ridícula y absurda, sólo se logrará:
--que España demuestre a ojos extranjeros que tiene una idea muy rara de la democracia y que desconoce la etimología de ese término
--que el pensamiento único y la falsa unanimidad sólo pueden conducir a la opresión totalitaria y contraproducente de mantener a alguien en casa que no quiere estar, volviéndose ese alguien enemigo fuerte y con más odio y rencor hacia quien no le permite largarse, e inevitablemente surge la comparación (nada odiosa en este caso) con el método castrista o kimista de no permitir que el pueblo se exprese libremente, inventando excusas como lo de la Constitución, que no es más que un papel redactado por varias personas no perfectas ni infalibles, y que puede en cualquier momento (y debería urgentemente) ser analizado, desmenuzado y totalmente transformado, por su ya clara ausencia de actualidad...
Pero ya se sabe que quien manda, manda, y quien no tiene el mando, obedece, si no le da por otra cosa que mejor no imaginarla...

Augusto Lázaro

@augustodelatorr
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domingo, 5 de octubre de 2014

Y DALE CON ENCARNI

Cuando decidimos salir a respirar aire puro (cosa difícil en esta ciudad) nos damos gusto discutiendo a ver si nos ponemos de acuerdo en cuanto hacia dónde dirigir nuestros pasos, como toda pareja que se respete. Si yo fuera machista no habría que discutir nada, le diría vamos al parque a coger fresco y se acabó. Pero yo no soy machista (lo juro) y además estoy seguro de que si lo fuera ella me hubiera mandado a la mierda desde el primer encuentro, porque la Encarni parece medio tonta (o le gusta aparentar la tontería) pero tiene un carácter de amazona salvaje que cuando le da por lucirse con él hay que salir corriendo.
--¿Qué te parece si vamos a ver esa película que...
--No no no, de cine nada, que en el cine lo menos que hacemos es ver la película.
--Pero ¿qué dices? Si cuando salimos hasta la comentamos.
--Comentamos algunas escenas, porque lo que es de la película completa, ni nos enteramos de qué va.
--Cómo te gusta exagerar.
--Y a ti replicarme. Eres un replicón, eso es lo que eres. A todo lo que te digo siempre tienes que replicar.
--Parece que te aprendiste esa palabrita hace poco, porque en los últimos días me la sueltas cada 3 minutos.
--Pues no, la sabía desde que nací, no la usaba porque tenía otros calificativos para aplicártelos.
--Bueno bueno, pero en fin... ¿vamos o no vamos al cine?
--No vamos al cine. No tengo ganas hoy de ir a ningún cine.
--¿Entonces?
--Entonces ¿qué?
--Entonces, ¿a dónde carajo vamos?
--Te estás poniendo, además de gruñón, grosero. ¿Qué manera es ésa de hablarle a una dama?
Ante tales argumentos irrebatibles, lo mejor es aplicarle las siglas que aprendí de una amiga que también parece tonta pero no lo es: L Q T D Q, o sea, lo que tú digas, querida, que según don Mariano El Sobrio, usuario principal del bar AQUÍ TE ESPERO, son las últimas palabras que él siempre dice en su casa cuando discute con su mujer, que es un día sí y otro quizás. Aunque con la Encarni, que es mi mujer, pero que no vive conmigo en mi casa, sino en la suya propia que a veces compartimos (quizás por eso hemos durado más de 6 meses), esas siglas no funcionan, porque si está de venas, como hoy, puede replicarme con otras que no sé de dónde las sacó, pero que en estos casos resultan contundentes: A T P C, o sea: a tomar por culo... y ante tanta ternura  no hay nada que puedas decir... ni hacer...

Augusto Lázaro

@augustodelatorr

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domingo, 28 de septiembre de 2014

Y SEGUIMOS VOTANDOLOS

1

¿Es imprescindible la hipocresía? Si juzgamos por las personas que suelen hacer uso de ella (casi toda la humanidad) diría que sí: es imprescindible. La cuestión es en qué momento, situación, circunstancia, se debe practicar esa virtud que otros denominan defecto o viceversa. No conozco a nadie que no haya sido alguna vez (o muchas veces, o siempre) en su vida un hipócrita. Creer que hay personas real o totalmente sinceras es como creer que hay personas totalmente buenas o totalmente malas, y eso no es así, pues en las personas buenas hay matices malos y en las malas hay matices buenos: lo que prima es lo que la define como buena o mala persona. Pues lo que prime en la hipocresía de cada cual, o sea,
la cantidad que se imponga en su característica, es lo que define a esa persona: algunas veces hipócrita, pero sólo algunas veces, el resto del tiempo sincera, pues es una persona a la que no puede catalogarse de hipócrita porque un día, una vez, o algunos días, algunas veces, haya sido hipócrita. Gloso a Cristo: quien nunca haya sido hipócrita que me escupa la cara.

2

¿Es necesario mentir? Pues a veces sí, y me contradigo con lo que expresé en un post hace algunas semanas, de que mentir es una rama de la hipocresía (¿o al revés?) y que siempre puede eludirse la mentira, o sea, la hipocresía, pues dándole vueltas al asunto me he dado cuenta de que es imposible no mentir jamás: en alguna ocasión lo hemos hecho, al igual que con la hipocresía, que en alguna ocasión la hemos practicado. Eso no significa que seamos mentirosos ni hipócritas, sino que dentro de cada personalidad humana se esconde una oportunidad en que lanzamos al aire una mentira o nos comportamos como hipócritas delante de personas con las que nos relacionamos, sin poder (o sin querer) evitarlo, por razones tan variadas que sería muy extenso señalar. Otra cosa es engañar: me parece que en el engaño se esconde una intención y que nunca es espontáneo: no se engaña a nadie sin tener, aunque no se reconozca, una motivación definida dentro de la intención con que se hace. Pero esa tela da para muchos cortes.

3

Cuestión, que llegamos a la conclusión de que el ser humano es, por naturaleza, una suma de virtudes y defectos, y que cada cual tiende a juzgar a sus semejantes priorizando sus defectos, que siempre se encuentran, porque cada ser humano los tiene, y algunas veces a montones. Pero lo interesante y a la vez preocupante es que actualmente la humanidad está avanzando en el camino de la impostura: la sinceridad se ha vuelto peligrosa y lo que más se logra practicando esa virtud es buscarse problemas, o malentendidos, o que a la persona “tan” sincera siempre se mire con desconfianza, por la naturaleza escasa que muestra al decir siempre y con crudeza lo que piensa. Decir lo que se piensa no es muy agradable para quien lo oye, y si lo que se piensa afecta al que lo oye, peor todavía. Nos buscamos enemigos diciendo siempre la verdad sin tapujos. Y sin embargo, mintiendo, raras veces caemos mal y no vemos enemigos entre quienes nos escuchan mentir. El clásico ejemplo es un político cualquiera, que miente sin cesar y a pesar de eso recibe aplausos, vivas, asistencia a sus mítines, y lo mejor (o lo peor): recibe votos que lo llevan al altar del poder para que siga mintiendo, engañando, prometiendo lo que todo el mundo sabe que no va a cumplir, aunque muchos aparenten creerlo. Me pregunto si es que la humanidad se ha vuelto totalmente idiota...

Augusto Lázaro

@augustodelatorr

pd: próxima entrada: ¿se acuerdan de Encarni? Pues aquí estará otra vez


domingo, 21 de septiembre de 2014

UNO MAS

Obstinado es poco. Harto se queda corto. Hasta las narices todavía suena suave. Tendría que buscar una palabra justa, certera, correcta, para denominar la sensación que siento al enfrentarme diariamente y en cada lugar a donde voy por necesidad con eso que Einstein calificó como infinita: la estupidez humana. No doy más, mi paciencia está agotada, mis nervios a millón, mi cansancio a todo tren, mi cuerpo se rinde a la evidencia: la estupidez es inmortal, y no sólo es inmortal, sino que crece a la velocidad de la luz (300,000 kms. x segundo), y según el cálculo informático que acabo de terminar, dentro de menos de 25 años el 90% de la humanidad será estúpido. Entonces tendremos por fin el añorado paraíso terrenal, porque según consenso científico, sólo los estúpidos son felices, y si el 90% de la humanidad es feliz, ¿quién negará que esto es un paraíso? Sin embargo, me pregunto qué sucederá con ese 10% que no será estúpido. No quisiera imaginarme lo que me estoy imaginando, pero pudiera ocurrir que los estúpidos decidieran eliminar a ese 10% y... en fin, que yo no lo veré, por suerte. O quizás por saber morirme a tiempo. Porque si no lo logro, mis opciones no son muchas:
--sufrir un IAM (infarto agudo de miocardio)
--convertirme en un amargado
--ser declarado aguafiestas o rompegrupos
--perder el apetito y otros deseos igualmente deliciosos
--hacer que otros se rían de mí por estar obstinado sin remedio mientras ellos gozan de los placeres de la vida que podrán gozar los miembros del 90%
--empecinarme en el suicidio liberador de la obstinación
Así que pensándolo bien, como dice ese refrán (los refranes a veces nos salvan): “si no puedes vencer al enemigo, únete a él”, y como en este caso el enemigo es la estupidez, y probado está que es inmortal e invencible, a partir de hoy mismo decido unirme al 90% sin esperar 25 años: arriba, corazones, desde hoy cuentan con un estúpido más engrosando sus crecientes y geométricas filas. Oh la la!

Augusto Lázaro

@augustodelatorr

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domingo, 14 de septiembre de 2014

AL ASALTO!

1

Pues heme aquí, elucubrando, a ver cómo puedo asaltar un banco sin ningún riesgo de que me atrapen, y hacerme con una suma digna de que me respeten hasta en el barrio de La Bibijagua. Asaltarlo no es difícil, incluso ya tenía escogida la agencia propicia: sólo tiene 8 empleados y ningún policía ni vigilante ni perro guardián. Pero precisamente por ser tan pequeña no debe tener mucho dinero en caja ni en los automáticos, y esa es la falla. Además, tengo que averiguar sin equivocarme qué día y a qué hora es que se acumula más dinero, pues si voy cuando han sacado el grueso y sólo puedo llevarme unos tres mil euritos, no vale el esfuerzo ni el riesgo. Cuestión, que tras analizarlo con calma chicha, he decidido buscar otra agencia algo mayor, y ahí está la dificultad: he entrado en algunas, pero tienen muchos empleados y vigilantes, y si soy yo solo, pues a ver cómo podría. Tendría que buscarme 2 cúmbilas y entrar, como en las películas de USA, con las cabezas cubiertas y dando gritos estentóreos: ESTO ES UN ASALTO, AL SUELO TODO EL MUNDO, Y TU, ¿QUÉ COÑO ESTAS MIRANDO? y etc. Nada, está chupado. Sólo que encontrar esos 2 cúmbilas no es tarea fácil: 1) que tienen que ser de total confianza, 2) que la mayoría de los de total confianza son miedosos, 3) que si no son expertos, algo puede fallar y entonces sí que la mula tumbó a Genaro. En fin, que seguiré meditando, aunque no dejaré mi plan de enriquecerme con lo que saque del banco que asalte, yo solo o los 3 mosqueteros, pero eso sí: por menos de 10 milloncitos nada de nada. ¿Arriesgarme por una minucia que no me duraría ni un par de semanas? De eso nada, monina. Ya veré. Algo me saldrá. Pero ya está bueno de ser pobre, coño, que la pobreza no sólo es mala y dura, sino lo peor: que es muy aburrida.

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Hay otra vía para hacerme rico: meterme en política. Pero eso tampoco es tan fácil: ¿cómo convenzo a la gente de que me apoye para formar un nuevo partido (uno más ¿qué importa?) y comenzar a dar discursos prometiendo todo lo que los incautos quieren oír (no se cansan de oír lo mismo desde hace cuatrocientos siglos) y agitando a las masas como buen populisto y mejor fanfarrón (shhh, esto es entre usted y yo, oiga), mencionando siempre a los pobres y desamparados que conmigo serían elevados a la categoría de ciudadanos con todos sus derechos, bla bla bla, etc. Aunque mejor sería ingresar en uno de esos grandes partidos y ya dentro buscar la manera de subir con intrigas, chanchullos, chantajes, cizañas, esas cosas tan comunes en los partidos, y poco a poco irme ganando un sitio en la pequeña nomenclatura de los que mandan más, o sea, los mandamases, y de ahí a la conquista del trono... bueno, me faltaría muy poco y con mi inteligencia no digo yo.

3

Futbolista no puedo ser, por mi edad. Famoso idiota de la TV tampoco, por lo mismo y además porque todavía no me he idiotizado lo suficiente para ganarme un puesto en alguno de esos tantos platós. Gran empresario tampoco, pues no cuento con un capital iniciante para formar algo que dé digamos como Telefónica o algo así. ¡Carajo la vela! No lo tengo tan fácil. Creo que por despeje me está quedando sólo el banco. Total, que suponiendo que me cojan no me van a hacer nada, enseguida saco el DNI y miren, no pueden encarcelarme, si acaso una condenita de consolación como la reclusión domiciliaria, y como no tengo otro domicilio que éste donde vivo que no es un domicilio realmente, pues... en fin. Pues eso, al asalto. A reproducir en vivo y en directo una de esas fascinantes escenas de las pelis de USA, donde casi siempre los asaltantes son vencidos, pero eso en películas, porque aquí en la realidad, es al revés: los asaltantes, lo mismo a un banco que al poder, casi siempre (por no decir siempre) son quienes se llevan el gato al agua, como dice Antonio Jiménez en su aburrido programa...

Augusto Lázaro

@augustodelatorr

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