lunes, 18 de septiembre de 2017

ANTES Y AHORA


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En un diálogo a 3, en los bajos del edificio donde vivo, mi amiga Esther afirmaba con rotundidad que siempre, en la historia, ha habido casos de estupros, incestos, maltratos a mujeres, etc., y que todo esto se desconocía porque antes no había radio, televisión, Internet, móviles, etc., y la gente vivía al tanto sólo de lo que ocurría en su entorno. Sí, interesante observación con cierta tónica de veracidad. Pero, aunque estoy de acuerdo con su apreciación, puedo citar varios ejemplos que la niegan en su totalidad: cuando yo fui un estudiante de primaria, secundaria y estudios superiores, recuerdo que si un profesor entraba en el aula todos nos poníamos de pie, todos lo tratábamos de doctor (aunque no lo fuera), y ningún alumno le tiraba pelotitas de papel, ni le faltaba el respeto, ni mucho menos, cuando el profesor lo regañaba, le iba con el cuento al padre, que acudía, hecho una furia, al centro, a entrarle a golpes al profesor por haber tratado mal a su hijo o (¡qué horror!) suspenderlo en una asignatura... hoy es todo lo contrario. O sea, que no puede asegurarse que siempre todo ha sido igual, porque pecaríamos de ilusos que tendríamos que cambiar el refrán tan fallido de "cualquier tiempo pasado fue mejor" por uno que dijera: "cualquier tiempo pasado fue igual al presente". Y quienes no somos ignorantes sabemos que eso no es cierto...

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Pero las discusiones, en pareja o en grupos, siempre terminan igual: los participantes en la misma se separan, cada cual pensando lo mismo,  pues es muy difícil, casi imposible, que alguien cambie de opinión por otra opinión distinta a la suya, de donde se deduce que discutir no es más que perder el tiempo que bien podría emplearse en “empeños mayores”, como decía mi suegro en Santiago de Cuba. Aunque al parecer, a la gente le gusta discutir, y cuando entras en un bar, por ejemplo, te encuentras a grupos de clientes que combinan su consumo con distintas opiniones que a veces terminan en bronca. Lo más sano, ya lo dije, es mantenerse al margen de estas “peleítas” dialécticas que no van a dejarnos ningún beneficio y sí algún que otro disgusto tan fácil de evitar, ayudando con eso a nuestra salud mental y física...

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Discutir es, al parecer, cosa habitual en los seres humanos. Y en las discusiones en las que no se gana ni se pierde nada, hay siempre una eminencia que intenta (y muchas veces lo logra) imponer su opinión sobre la de los demás, que la aceptan porque piensan que esa eminencia no va a hablar por hablar, que es lo que precisamente está haciendo. En mi diario bregar me he dado cuenta de que evitar las discusiones no sólo ayuda a mantener una buena salud y también una buena relación con los semejantes, sino que es más provechoso escuchar que hablar: de este modo, obviando las necedades o estupideces que pueda decir no sólo esa eminencia, sino algunos otros del grupo formado espontáneamente, siempre se aprende algo. Al menos, en muchos casos, se aprende a… no ser como la eminencia de turno en el uso de la palabra veraz y certera. O sea, que como hizo Fouché la madrugada antes de mandar a Robespierre a la guillotina (y es lo que hacía siempre), aprender a callar, cosa difícil, nos da mejores resultados que enredarnos en una discusión sin ton ni son que no va a reportarnos más que sinsabores, molestias y problemas… Contradicciones, ¿eh? Bueno, como todo ser humano…

Augusto Lázaro

@lazarocasas38


lunes, 11 de septiembre de 2017

VERDADES NO ACEPTADAS

los nombres propios
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Monterrey Tomás tenía dos características (entre otras) que llamaban la atención a sus maestros y a sus compañeros de escuela, en la que yo estudié la primaria hasta el grado sexto. Una de esas dos características era su propio nombre, pues lo lógico hubiera sido llamarse Tomás Monterrey. Sin embargo, él se llamaba así mismo: Monterrey de nombre y Tomás de apellido, por eso le decían, algunos con cariño y otros con recelo, "oye, Monte, préstame tu libreta de matemáticas, para ponerme al día", o "Montuno, mira lo que traigo en mi mochila", y así. En todo Pinar del Río, mi ciudad natal y donde radicaba la escuela del cuento, no creo que hubiera otro niño con aquella disposición para aprender y ser siempre el primero en su clase, además de que nunca vi a ninguna maestra (casi todos eran mujeres experimentadas en trabajar con infantes) regañarlo por algo mal que hubiera hecho. Lo que más le gustaba era llenar su libreta de Estudios de la Naturaleza con pequeñas fotos de animales, según los temas que se iban tratando. Una mañana recuerdo que la maestra de esa asignatura tomó su libreta y la mostró a los demás alumnos como ejemplo curioso de dedicación y gusto por el conocimiento. Así era Monterrey Tomás. Muchos años han pasado desde entonces y no sé si todavía estará vivo ni si seguirá en Pinar o en Cuba, pero nunca lo he olvidado, ni a él ni al resto de mis compañeros en mis comienzos a enterarme de qué cosa era la vida... ¡Ah!, y la segunda característica de Monterrey Tomás, que tenía a algunos patidifusos y a otros con cierta envidia saliéndosele por los ojos abiertos del todo era que Monterrey Tomás era... ¡negro! Tanto como el charol. Y muchos se preguntaban cómo era posible que el primer alumno de la clase, en cada materia estudiada, fuera ¡negro! Claro que entonces, y como éramos niños, no lo decíamos con la fuerza y el desprecio con que hoy se habría dicho, o quizás peor, le hubieran hecho la vida difícil, porque no era (no es para muchos todavía, vergonzosamente) lógico que un negro pudiera alcanzar ese tremendo mérito de ser el primer alumno de ninguna escuela...
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los “rectificadores”
Los hay en todas partes, se proliferan con los adelantos técnicos y electrónicos, pero sobre todo con el mal de la megalomanía equívoca. Siempre atentos a lo que tú digas, a las cosas que hagas, a cualquier afirmación que puedan refutar: son los que se dedican a enmendarles la plana a los demás, sin dejar pasar una sola errata (porque errores ni se diga). Sí, amigos: son los “rectificadores”, esas personas que creen saberlo todo, saber de todo, y que tienen el poder y la sabiduría suficientes para rectificarte cada vez que abres la boca. Y lo más curioso: casi siempre se trata de personas que saben menos que tú, que han estudiado menos que tú, y que no están preparadas ni de prácticas para decirte “no, eso no es así” o “estás equivocado” o “perdona, pero no es lo que tú dices”, etc. Se necesita tiempo para estar atentos a las “faltas” de los demás y por eso no lo tienen para el trabajo por el que les pagan. Y sobre todo, se necesita estómago para aguantarlos, pues si entablas una discusión con alguno de ellos (o de ellas), además de perder el tiempo, cabrearte por gusto, pasar un mal rato y demás, lo único que vas a lograr es enemistarte con esa persona con la que discutes. Lo mejor es cortar por lo sano: “hola, buenos días, qué tal, cómo estás, qué bien te ves, bueno, hasta luego”, o en todo caso aplicar la fórmula mágica de L Q T D Q (lo que tú digas, querid@)... Y se acabó la discusión... antes de comenzarla...
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los envidiosos
Creo que fue Arturo Pérez Reverte quien dijo que “el deporte favorito de España es la envidia”. Quizás exageró, pero es cierto que existen personas que sienten ese pecado capital por quienes están por encima de ellos en alguna actividad, y aunque muchos no lo tomen en cuenta, esas personas pueden hacer daño, pues intentan en su iniquidad desacreditar a quienes entienden que no son dignos de su trato o alabanza, y siempre encuentran a algunos que les hacen caso y divulgan calumnias, mentiras o cosas que perjudican la reputación de los “envidiados”. O sea, que hay que cuidarse, pero no sólo de los “enemigos” declarados, sino de las personas con las que por alguna razón tenemos contactos y a veces apreciamos sin saber que realmente no son ellas las dignas de nuestra atención ni mucho menos de nuestra amistad…
Augusto Lázaro

@lazarocasas38

lunes, 4 de septiembre de 2017

LOS POLITICOS, ¡AY!

Siendo todavía adolescente, cayó en mis manos un libro titulado PSICOLOGIA DE LAS MULTITUDES, cuyo impacto en mi formación intelectual fue definitivo. Yo apenas tenía nociones de asuntos políticos. Recuerdo que mis padres iban a votar en las elecciones, no sé por qué partido ni por qué iban a votarlo, pues más tarde me enteré de que todos los partidos eran lo mismo y ninguno merecía ser votado, pero eso es otra historia. Volviendo al libro, con él aprendí lo fácil que resulta manipular y movilizar grandfes masas de gente, si se sabe cómo hacerlo, y saber cómo hacerlo es la principal especialidad que tienen los políticos, verdaderos maestros en eso que después supe que se llama demagogia (actualmente le han agregado el epíteto de "populismo", vaya ocurrencia)...
Oí (o leí, no estoy seguro) a un escritor que a la vez, cosa rara, era un político (y no de los peores) algo así como que “es casi imposible convencer a una sola persona que esté reunida contigo, pero convencer a miles, a cientos de miles de personas concentradas en una plaza, es lo más fácil que un político puede hacer”. Me puse a pensar en eso durante varios días, y comencé a interesarme por la política y por los libros que hablaban del tema. En aquellos tiempos en mi país los llibros que se publicaban, sin censura, procedían fundamentalmente de la difunta Unión Soviética, y algunos de otros escritores, siempre de países donde gobernaban los comunistas. Leyendo y viviendo mi propia vida con mis propias decisiones, también aprendí que nunca ningún gobierno comunista había llegado al poder vía elecciones libres y democráticas. Y así, poco a poco, me fui desengañando de los políticos y recordando con fijeza aquellas palabras de mi tío por línea materna, Pancho Casas, cuando me dijo que “de los políticos no esperes nada, porque to`s son peores”. ¡Cuánta razón tenía mi querido tío!...
Otro de los postulados que oía decir con frecuencia era que “la política es el oficio de quienes no tienen oficio”, a pesar de que los medios llamadlos informativos (mejor sería llamarlos desinformativos) dedican casi toda su labor a divulgar y comentar asuntos relacionados con “el arte de engañar a las masas” (y esto no recuerdo si pertenece a algún filósofo, sociólogo o buscavidas de turno), pero me siguió alimentando mis “ansias” de dominar ese “arte” y así conocer mucho mejor lo que más tarde yo también viviría como propia experiencia: el dominio de las masas cuando están juntas a montones oyendo al demagogo correspondfiente y aplaudiendo a mares, aunque después, cuando estén tranquilas y en sus casas, y sobre todo, cuando no tengan que disimular porque nadie las esté vigilando, piensen y digan todo lo contrario a sus aplausos y sus vivas enardecidos entre la muchedumnbre...
Y esa es la política, de la que no podemos librarnos. Por eso lo mejor que podemos hacer es ignorarla. La ignorancia tiene una gran fuerza para derrotar adversarios. Porque si no lo hacemos así, tendríamos como única opción la sentencia que horroriza pero que muchos la tomarán en un futuro bastante cercano: “si no puedes vencer al enemigo, únete a él”... Y entonces este país sería el primer país gobernado por comunistas de toda Europa. ¿Qué sucedería si eso pasa?

Augusto Lázaro


@lazarocasas38

lunes, 28 de agosto de 2017

LA MANADA

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De niño, oí decir a alguien de mi familia, campesino robusto y quemado por el sol que trabajaba "desde el amanezco" hasta que las gallinas comenzaban a subirse a los árboles: “mira, sobrino, lo más duro de esta puñetera vida es que los demás comprendan tu trabajo en lugar de criticaarte tanto por cualquier metedura de pata". En aquel momento no pensé en esas palabras, sólo muchas décadas después me di cuenta de cuánta razón tenía aquel tío lejano en su muerte apacible, que con tanto cariño me trató siempre que mis padres me llevaban al campo a la casa de mi familia materna. Sus palabras he tenido oportunidad de comprobarlas demasiadas veces a través de los años: por cada elogio que recibes (si es que recibes alguno) caerán sobre ti miradas y palabras de desaprobación por cosas que quizás tú sabes y quienes te "machacan" ignoran. O quizás no, aunque esta última opción es minoritaria. Mi experiencia lo dice. No es que yo esté tocado por la estúpida megalomanía, es que la gente habla demasiado, y habla demasiado sobre cosas que desconoce, y cuando nota que alguien que sí conoce de lo que habla, lo habla, entonces saca las uñas y "a machacarlo"...
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Ser “distinto” a la manada sólo puede traerte disgustos, problemas y hasta enemistades. La manada no tolera que alguien se separe de su modelo de ser común que habla de lo mismo, que entiende lo mismo, y que emplea su tiempo en lo mismo. Y siempre está al acecho de cualquier detalle para atacar al “distinto”. Para ello emplea su solidaridad: se unen (más que los que no entran en su juego) para machacar al que se destaca por algo que la manada no tiene o no puede demostrar. Por eso las discusiones con la manada son estériles y estúpidas. Es como darle palos a un mulo que no quiere moverse: se parte el palo, duele mucho el brazo, y el mulo sigue ahí, inmóvil y riéndose (a su modo) del paleador que ha perdido su tiempo y no ha logrado su empeño. La comparación no es en este caso odiosa, porque la manada se comporta como el mulo del cuento: firme ahí, sin moverse un centímetro, a pesar de razonamientos (o palos), y así seguirá, hasta que la muerte se encargue de que no se joda  tanto a quien piensa, siente, habla y actúa de forma distinta. Conclusión: deja tranquila a la manada y ocúpate de tus cosas. Y sobre todo, ignórala, que esa es la bofetada que más le va a doler... y humillar...
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No hay que convertirse en un macao, metido en su concha a todas horas y asomándose sólo unos minutos para retornar a su hogar que lleva a cuestas (feliz él) porque lo que ha visto en segundos le ha parecido demasiado horrible. Pero lo más recomendable para alejarse de la manada y vivir un poco más feliz, es seleccionar minuciosamente a los amigos y a los tratantes, que también pueden echarle a perder un día a cualquiera que no entre en la manada todopoderosa. O sea, vivir aislado de lo que nos jode la vida, y olvidarse de ese mito de solidaridad con todos, aunque no se la merezcan, que no todos podemos ser la Madre Teresa de Calcuta ni tampoco el teléfono de la esperanza. No ser un antisocial, pero tampoco pecar de Crisanto Buenagente, del que ya mencioné algo en una entrada anterior. Término medio y justo, y sobre todo: para ayudar a alguien, primero hay que ayudarse uno mismo, y no hay mejor forma de ayudarse que vivir lejos de esa turba que sólo acepta a quienes piensan y viven como ella, anulando cualquier valor social y humano que una persona que no forme parte de la manada pueda tener...

Augusto Lázaro


@lazarocasas38

lunes, 21 de agosto de 2017

LA AMBICION DEL PODER

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La lucha por el poder es el comienzo de un proceso que más tarde o más temprano termina corrompiendo al que logra alcanzarlo. Muchas veces me he preguntado por qué tantas personas viven obsesionadas con alcanzar el poder. ¿Es por amor al pueblo y su afán de dedicar sus vidas a servirlo? Eso no se lo cree ni Jacinto el loco. ¿Es porque no saben hacer otra cosa y no encuentran un sitio adecudo a su “no saber hacer nada”? En muchos casos es posible. ¿Es porque aman la política, como otros aman el tennis o el ajedrez? Bueno, esta hipótesis es algo más creíble, porque en verdad la política es fascinante, interesante, y no hay ningún ser humano que pueda sacarla de su vida, directa o indirectamente: todos los medios la mencionan y le dedican demasiado tiempo. Incluso si usted ve un telediario, notará que el 90% (y me quedo corto), excluyendo al fútbol y a algunos minutos de variedades, está dedicado a asuntos que tienen que ver (o están relacionados) con la política. Entonces, el aspirante a político activo sabe 3 cosas fundamentales: si logra su sueño: 1) ganará muchísimo más dinero, y tendrá poder, 2) será famoso y ocupará primeras planas en periódicos, revistas, televisión y noticias radiales, y 3) disfrutará, claro que con las molestias que tendrá que afrontar como críticas, burlas, etc., de un altísimo nivel de vida del que no disfrutan los demás sectores de la población, excepto los futbolistas y algunas celebridades de la farándula. Pues eso, que no le doy más vueltas y declaro mi convencimiento de que la afición a la política parte de uno de estos 3 puntos, o quizás de los 3 juntos...
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Los políticos mienten porque eso es una condición sine qua nom de sus características. No conozco ningún político que nunca haya mentido: en eso le va su cargo y todo lo que esto implica. Pero ellos saben que el pueblo acepta cualquier cosa que le digan, porque el pueblo quiere oír ciertas cosas y los políticos se las dicen, endulzadas y preparadas, sin ninguna espontaneidad. Un discurso de cualquier político, si se lee con detenimiento, nos descubre esto que les he escrito. Háganlo y verán que no exagero ni mucho menos miento, aunque yo he mentido algunas veces, lo confieso, pero yo no soy político ni de mis decisiones depende nada que tenga que ver con un conglomerado humano, y ahí radica la diferencia entre mentir desde un cargo importante y una persona cualquiera que sólo está conversando con amigos en un bar, sin dañar a nadie ni poner en peligro la estabilidad de ninguna región o país...
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Y en esto último sí hay que detenerse a pensar el daño que puede ocasionar un político, sobre todo en 2 casos: a) un imbécil con poder, que hace más daño que una bomba atómica, y b) un tipo que aspire a perpetuase en el poder indefinidamente implantando una dictadutra, sobre todo comunista, que es la que eterniza a un gobernante. Es muy lamentable que en pleno siglo XXI todavía existan dictaduras (de todo tipo, incluyendo dinastías como los KIM en Corea del Norte), que mantengan a sus pueblos bajo el terror, la miseria, el hambre, la opresión, etc., sin que hasta el momento se perciba una solución que acabe con esa plaga de una vez en todo el planeta. Y eso es lo peor, que tenemos que vivir con ella (con la plaga) no sabemos por cuánto tiempo. Por suerte, o por desgracia, yo no veré el fin del totalitarismo en este planeta. O quizás el fin del planeta mismo, que puede suceder, como dijo Allende, “más temprano que tarde”... y ojalá que no. Pero...

Augusto Lázaro

@lazarocasas38

lunes, 14 de agosto de 2017

¿CRIAR CUERVOS? NUNCA

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Uno de los pocos que me dedican varios minutos de su tiempo me  preguntó por qué había cambiado totalmente el contenido de mis tweets. Se refería a que antes, hasta hace sólo dos semanas más o menos, mis tweets hablaban de la situación de España y del resto del mundo, sobre todo en los aspectos políticos, sociales, económicos, etc. Lo invité a que me acompañara a tomarnos un cafecito que tan bien cae a la hora en que nos encontramos en la calle, y en ese lugar tan acogedor le expliqué que, como él bien sabía, yo, siendo pesimista y escéptico a pesar de mi sonrisa y mi altísimo sentido del humor, me había cansado de repetir lo que tantos otros dicen y proclaman, y total, nada de nada: el mundo sigue (y seguirá) igual, de mal en peor, y por eso creo que la cuenta que tiene alguien a nombre de Jorge Luis Borges en Twitter, es la que debo seguir yo: hablar de lo realmente importante (al menos para mí) y dejar a otros especialistas que repitan mil veces lo del referendum, Venezuela, la UE, Corea del Norte, los jueces enemigos de la justicia, el yihadismo, los comunistas apoderándose de las instituciones, los políticos que sólo se ocupàn de sí mismos, y etc. Nos tomamos el café, mi amigo se quedó meditabundo (esa es la palabra), nos despedimos, y cada cual siguió su vida, yo quizás preocupándome menos ahora de todas esas cosas de las que tanto me he pasado la vida preocupándome sin lograr siquiera una respuesta cuando he cometido la tontería de enviar un escrito a alguien o a alguna publicación. Y eso es todo. Feliz semana y no coman demasiado, que eso es muy malo para la salud según dicen quienes saben lo que dicen, que son pocos, pero buenos...
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Ponerse a pensar en la cantidad de cosas (interesantes, claro) que se publican vía Internet, además de los millones de libros, cuadernos, separatas, revistas, sueltos, etc., que se publican en papel, es tentar a la locura pasajera. Demasiado. Y el día sigue  teniendo 24 horas y nuestras vidas cuanto más 80 años. Imposible satisfacer nuestros deseos de lecturas. Sobre todo para los jóvenes, que ven en aparatos electrónicos y otras “diversiones” mucho más interés que “perder” su tiempo leyendo digamos un libro. Pero al entrar en una gran librería y ver cientos y cientos de publicaciones siempre me pregunto (nunca me respondo) qué hacen con tantos títulos, porque todo el que no sea tonto de naciiento sabe que la mayoría de esos libros no se venden, y sin embargo, los editores, los autores y demás, tienen que ganar algo, de lo contrario, no sería lógico tanto papel invertido junto al esfuerzo, el trabajo de revisión, y todo lo que implica la publicación de un libro. O sea, ¿por qué se publican más libros de los que la población puede y desea consumir? ¡Ah! Otro de los muchos misterios del mundo de la cultura en general que nadie acaba de explicar o mejor desentrañar. Cuestión, que publicar un blog o tener una cuenta en Twitter es algo así como ponerse a jugar a los palitos chinos en solitario. ¡Nadie te va a leer!
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Entre los consejos, sugerencias, opiniones sobre mí (pocas, pues cada día quedan menos sinceros que te dicen la verdad), siempre copio los que me parecen certeros y saludables, aunque nunca entablo discusiones sobre aquellos que no juzgo conveniente seguir, pues las discusiones (eso sí lo noté hace mucho tiempo) ni cambian ningún punto de quienes discuten ni resuelven ninguna situación discutida, y sobran ejemplos en todos los aspectos vitales. Pero de vez en  cuando aparece alguna observación que lamento no haberla seguido de inmediato, lo que me ha traído problemas y hasta enemistades por no oír lo que con tan buen tino me dijo alguien una vez: “ocúpate de tus asuntos y de tus problemas, y deja al mundo que siga como va, que tú no vas a arregarlo, ni siquiera a mejorarlo, aunque te destarres intentándolo”. Sólo le faltó decir a quien me dijo semejante verdad que si yo “caigo” (en desgracia o en muerte), los demás se quedarán riéndose y viviendo su vida sin importarles mi “sacrificio” y a los 3 días (si acaso) ya mi nombre no se pronunciará ni por casualidad en la fecha de mi cumpleaños, si alguien todavía la recuerda. ¿Qué parezco un misántropo? Pues sí, lo reconozco, pero como ya cantó Jeanette hace muchos años: “porque siempre sin razón  / me negaron todo aquello que pedí / y me dieron solamente incomprensión”... ¿Tenía razón la jovencísima que engalanó mis oídos con PORQUE TE VAS en la película del gran director español Carlos Saura CRIA CUERVOS? Bueno, yo, porsia, no pienso criar ninguno: ya he recibido bastantes picotazos de los que he tenido la errática afición de criar.Y vamos, que aprender del perro es de sabiduría: “jamás se da un segundo golpe con la misma piedra”. ¡Qué distinto yo mismo, que me he dado tantos!
Augusto Lázaro

@lázarocasas38

lunes, 7 de agosto de 2017

LOS MALOS Y LOS OTROS


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La monotonía y la rutina parecen sinónimos, aunque en realidad no lo son. En el mundo las estamos viviendo las dos, sólo que un pequeño grupo de privilegiados que se compran yates de lujo que cuestan nada menos que €14m, no entran en esa definición, a pesar de que si los miramos con lupa, sus vidas tampoco son estimulantes para nadie con sensatez. Pero en nuestra sociedad sólo valen los atractivos físicos y económicos: los feos y los pobres no tienen nada que hacer aquí, salvo vivir de las ayudas oficiales o de las limosnas que siempre les dan en los transportes públicos o en las calles donde se esfuerzan por ganarse la vida, porque quieren seguir siendo honrados, que según don Macareno de la Palma Real no es más que una estupidez, porque el refrán lo dice muy claro: "en la tierra a que fueres, haz lo que vieres", y en esta hermosa tierra lo que más se ve es la corrupción. Y no sólo eso, sino que también se ve que los corruptos son quienes mejor viven, aunque algunos POCOS de ellos caen un día en la cárcel (no por mucho tiempo) y así están y seguirán estando las cosas. Parece que para que haya mundo tiene que haber de todo. Sí, de todo lo malo...

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El problema no es que haya gente buena, muy buena (eso lo creo), sino que los buenos están perdiendo la batalla día tras día, porque los más listos (de los buenos) hacen suya la máxima de que ser bueno es ser tonto, mirándose en el ejemplo de la TV y de los demás medios que siempre ensalzan a quienes deberían machacar. Lógico. Y para más INRI, el mismo gobierno tiene la genial idea de eliminar requisitos fundamentales en cualquier país que se respete, para que pasen de nivel escolar los estudiantes aunque tengan varios suspensos y no sepan ni qué cosa es España (una estudiante de Secundaria me dijo un día que España era una Comunidad de gente que vive en el mismo lugar) y con esa medida lanzamos a la calle a miles de burros (con perdón de esos nobles equinos) que lo que van a hacer es hundir más este país, porque no saben hacer lo que dice su diploma de graduación que se supone que saben. No quiero imaginarme a un cirujano en un quirófano que no sepa lo que tiene que hacer en ese momento tan importante para la vida de quien está acostado, anestesiado e ignorante de que quien lo va a operar suspendió varias asignaturas cuando etudiaba medicina en la Universidad...

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El “buenismo” se ha convertido en tabla de medir para muchas personas y hasta instituciones. No les falta razón a quienes piensan que el buenismo es una tontería que debe evitarse, al igual que el uso del NO que tanto sufrimiento evita, y que también se aparta de cualquier acción sin meditar las consecuencias que puede tener decir SI a todo, sin pensarlo un minuto siquiera. La misma Sor Juana Inés de la Cruz dijo una vez que nos buscamos más problemas por las plegarias atendidas que por las no atendidas (o algo así) y nosotros los mortales contemporáneos nos negamos a aprender de quienes nadie puede negar su valía y bondad, como es el caso de Sor Juana. Y en el caso nuestro, mejor viviriamos si no tuviéramos esa tendencia de ayudar a todo el mundo, incluyendo a los criminales por quienes tantos piden mejoras en su reclusión carcelaria o en su persecución y trato. Y sobre todo, pensar que no todo el mundo puede ejercer el oficio de la Madre Teresa de Calcuta. Dejemos un poco de altruismo a quienes de corazón, y no buscando prebendas, fama o fortuna, se dedican a hacer el bien... a quienes realmente lo merecen...

 

Augusto Lázaro


@lazarocasas38