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domingo, 25 de enero de 2015

LO QUE HAY QUE OIR... Y VER

Lo que más me gusta del día es precisamente cuando deja de ser día, o sea, cuando anochece: me encanta la noche, aunque no soy noctámbulo, pues paso todas las noches en mi casa, en lo mío, que a nadie le interesa lo que hago por las noches como a mí tampoco me interesa lo que hacen los demás ni por la noche ni por el día, qué carajo. Pues bien, me encanta la noche porque a esa hora el edificio está en calma y tal parece que no  hay nadie, el frío se disfruta a plenitud, los pájaros se retiran a sus nidos, y yo saboreando mi adorada soledad. Pero también me gusta el amanecer. Ah, ver salir el sol desde una ventana en un cuarto piso, alucinante.
Dice la portera que no se explica cómo siendo yo como soy puedo dormir tan poco y estar en pie desde las 07.00 de la madrugada (en invierno) o de la mañana (en verano), y cuando le pregunto por qué me responde que tipos (así mismo dice, tipos) como yo siempre suelen levantarse al mediodía y acostarse tarde (me olvidé decir que yo me acuesto entre las 00.30 y la 01.00, porque a esa hora, tras ver una película sin anuncios a los que soy alérgico, es que me entra el sueño.
La portera es un personaje, es la única a quien le concedo el dudoso honor de dirigirle la palabra más de tres minutos. A veces estoy conversando con ella durante unos 10 ó más, no llevo la cuenta. Creo que es porque es sincera y siempre está de buen humor, aparte de que no pertenece al bando mayoritario del club de la cretinancia a la que se refirió el gran físico cuando dijo que “en la vida sólo hay dos cosas infinitas: el Universo... y la estupidez humana". Y eso. Lástima que mi madre no conoció al personaje (a la portera, claro), estoy seguro de que hubieran hecho buenas migas de pan recién horneado, pero eso sería otra historieta que no es el momento de recordar ni el lugar para escribirla.
Algo digno de estudio, la estupidez humana. Y digo humana porque creo que nosotros los bípedos hemos superado con creces a los demás animales en estupidez: ni los patos que tienen fama de eso, están por encima. Ajá. No es nada nuevo, sólo que los miembros no oficiales (también los oficiales, para qué obviarlos) del club han aumentado su número de forma geométrica mientras la inteligencia merma de forma astronómica. Lamentable. O no. Porque bien mirado quienes saben mucho nunca llegan arriba: mucha envidia, mucha inquina, mucha maledicencia con sus acciones colaterales y demás. Habría que escribir un poema largo sobre la estupidez. Me acuerdo de lo que tuve que oír una tarde en la oficina de Presentación de Documentos Oficiales (creo que se llama así o algo parecido y rimbombante) cuando fui a testificar y acreditarme como persona viva y existente para recibir el estipendio mientras no me llegaba la pensión. Si se lo cuento a alguien, no lo va a creer:
Llego. Saco el papelito. Mi turno. Mesa 4. Me atiende una señorita que parece recién salida de una peluquería A. Le entrego mis documentos. Los mira por arribita. Se detiene en uno, el que dice la fecha de mi llegada a esta ciudad. Mueve la cabeza en negativo. Y me dice: "perdone, pero este documento tiene fecha atrasada, no está actualizado, tiene que traerme uno que esté actualizado" y me lo devuelve con una sonrisa.
O sea, que el documento lo único que tenía era la fecha de mi llegada a la ciudad, y si se actualizara diría lo mismo, pues esa fecha no varía como una mudanza o un nuevo estado civil. ¿Qué hacer? ¿Explicárselo? No, hombre, no estoy para perder el tiempo intentando desburrologizar a ningún tipo de funcionarios públicos (ni privados, que para el caso es lo mismo) que miran sus relojes y se impacientan porque el solicitante no se levanta y se larga de una puñetera vez. Y después hay que aguantar que me digan que me estoy volviendo misántropo...

Augusto Lázaro

@augustodelatorr
próxima entrega: pensamientos dudosos de la Encarni

 

domingo, 18 de enero de 2015

A VECES ME DA ASCO

A veces, al levantarte, asomarte a la ventana, conectar el transistor y oír cómo va el mundo, te dan deseos de gritar ME DA ASCO ESTE MUNDO, y si no lo haces es por respeto a los vecinos que casi todos todavía duermen, y además, porque sabes que cuando reacciones te darás cuenta de que debes refrenar tus instintos anti-mundo, que sólo te conducirán a un estado depresivo que no puedes permitirte. Porque como dijo el cantautor cubano Pedro Luis Ferrer:
sé que en el mundo hay dolor
pero no es dolor el mundo...

Aunque a veces el mundo, representado por algunos de sus habitantes, se empeña en molestarte con algunos detalles y acciones desagradables, precisamente a un hombre como tú que no molesta a nadie NUNCA.

La cuestión es simple: no te metes en la vida de nadie ni te importa lo que hace cada cual con ella. No entras en ningún tipo de chismografía, dimedirete, maledicencia, calumnia, injuria, te dedicas a lo tuyo y lo demás al carajo. Por tanto, tu mayor placer es la soledad, te sientes pletórico de felicidad cuando estás solo y no tienes que cruzar una palabra con nadie, así vives muy bien y no necesitas mucho más, no aspiras a la fama ni a la fortuna, y detestas ser reconocido cuando sales de tu espacio y tienes que cruzarte con personas que conoces o que te conocen y por educación, que la tienes porque tus padres te la inculcaron desde niño, las saludas y a veces conversas unos minutos o sueltas algunas frases comunes y tontas como qué frío y qué tal está su madre y esas cosas.
Eres así, el que quiera que te acepte así y el que no, pues nada, que te ignore. No le pides a nadie que tenga el más mínimo contacto contigo, la más frugal relación, el más ínfimo trato. Tu ideal sería que nadie te dirigiera la palabra, así como suena, que te sentirías feliz y sin temor a enfrentarte a algún problema generado por tratar a personas que se dedican a enredar la pita con el primero que se encuentren en su camino y tú no estás por la labor. Lo tuyo es, ya lo dijiste y lo repites: paz y tranquilidad, tus dos tesoros, encuadrados por tu tiempo, del que eres dueño y señor absoluto y total, y el único esfuerzo que realizas es para defender tu derecho a que nadie te obstaculice nunca lo que haces con tu tiempo. Y punto.
Por supuesto que hay muchas personas encantadoras y tú conoces unas cuantas, pero no hay que engañarse pensando que todo ser humano que nos pasa por delante es lo mejor que existe. Porque no lo es. Si todo el mundo fuera como Doña María (no escribo su apellido por discreción), o como Don Avelino, por citar 2 vecinos que merecen no unos minutos sino muchas horas de compañía, este mundo no fuera la mierda que es y que cada día se incrementa más en todas partes. Porque se equivocan los que dicen que España esto, España lo otro: amigos, la estupidez está en todas partes, lo dijo Einstein y lo refrendo yo, que no soy más que un vecino de a pie: esa “virtud” no es privativa de este país. Ojalá lo fuera, así tendríamos 199 países no estúpidos... ja ja ja... pero por desgracia, hay 199 países con mayoría de estupidez, en los que la sabiduría es cada día más un artículo de lujo...
Augusto Lázaro
@augustodelatorr

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domingo, 11 de enero de 2015

COMO SER UNA PORTERA CHIC

La portera, un personaje. Controla como el Gran Hermano a todos los vecinos del edificio, y sabe de memoria lo que suele hacer cada uno y cada una, sobre todo cada una, pues las mujeres son las que más  fácilmente divulgan, comentan, riegan, informan, y así mantienen enterados a todos y especialmente a la portera, que las conoce bien y sabe cómo sacarles lo que saben y hasta lo que no saben pero se lo imaginan. Qué interesante y qué movida es la vida en un edificio de apartamentos, lleno de historias y de historietas que algún día me encargaré, si me animo a la empresa, a registrar en este aparato a ver si, iluso que soy todavía, alguna editorial barata se digna a publicar mi obra maestra.
Sí, porque el ser humano es el único ser viviente que se golpea dos o más veces con la misma piedra (y a veces hasta en el mismo lugar). Si yo fuera un perro no se me ocurriría escribir no una novela sobre un edificio donde hay una portera que se entera de todo, no señor, ni siquiera una cuarteta rimada que dijera algo así como
mi mamá me quiere mucho,
yo la quiero mucho a ella
y estoy mirando una estrella
que se parece a un cartucho...
Genial la cuarteta, pero de eso nada, perder horas sentado (o parado como en mi caso) frente a una pantalla en blanco, dando tecla como un poseso, pensando coño, soy un genio, con esto me gano por lo menos el Nobel, y... no no no, eso se acabó. La literatura es como la política, que se dice que es el oficio de los que no tienen oficio, y creo que habría que añadir este otro oficio que no rinde. Mejor fontanero, repartidor de pizzas a domicilio, vendedor de billetes de lotería (jugadores viciosos habrá siempre) y así. Como dijo el colombiano para dar punto final a su novela: "ahí les dejo esta mierda", y la mierda, según él, era y es -para él y para millones más- la literatura. Quien la toma en serio no escribirá jamás una gran obra. Para lograr una más o menos regularcita, hay que tirarla a guasa, reírse de  ella, y escribir cuando no se tenga nada mejor que hacer.
¿Contradictorio? ¿Y quién no? O sea, que a escribir o de eso nada. Da lo mismo. Toda acción que realiza un ser humano a la larga se convierte en un tiempo perdido. Filosofía de bar de tapas, lo sé, pero el tiempo, que es el más caro tesoro de que disponemos, no puede dilapidarse haciendo cosas que después, cuando la sesera vuelva a funcionarnos tras el sarampión entusiasta, nos hará decirnos: ¡pero qué imbécil soy! Y quizás tengamos razón y al menos una vez, seremos sinceros con nosotros mismos...

Augusto Lázaro

@augustodelatorr

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domingo, 4 de enero de 2015

ENCARNI EN MI TIEMPO

Comenzaron las citas y comenzaron los retrasos. Como las películas de la TV que nunca comienzan a la hora en que están programadas. Yo creo que a ella le gusta esa jodedera de tenerme esperando en cada cita. Ah, pero un día me da por devolverle el favor y me aparezco 15 minutos después de la hora, sólo 15 minutos, y... ¿qué me encuentro? Claro, no me acordé de lo que podía encontrarme: ella no había llegado, o sea, que no se enteró de que yo había llegado tarde. Tuve que reírme y algunos viajeros (nuestras citas casi siempre eran en la estación del Sur, pues ella vive cerca, dice que le gusta el ruido de los trenes cuando pasan, que es cada pocos minutos, pero para gustos...) me miraron posiblemente pensando que cada día hay más locos sueltos en la calle, y en fin, siempre en fin.
--Hola, querido (nos besamos, menos mal que le importa un pitoflauta que nos vean en esas manifestaciones públicas de cariño).
--Te falta algo.
--¿Qué? ¿Que me falta algo? ¿Algo de qué?
--Se te olvidó preguntarme ¿hace mucho que me esperas?
--Tú siempre con los detalles que no tienen sustancia.
--¿Y cuáles son los que según tú tienen sustancia?
--Bueno... pues... oye, ¿a qué viene todo este rollo?
--Olvídalo, tienes razón, no tiene sustancia.
--Muy bien (pausa para aliviar su sofocación, siempre corriendo y siempre sofocada). Tengo un hambre feroz. ¿Vamos a comer?
--Pues sí, porque yo tengo un hambre que parecen dos.
Esto me suena a mi padre, que siempre decía “hace un calor que parecen dos”, pero como ella no conoció a mi padre, supongo que no me lanzará ningún refrán propio, porque tampoco es muy aficionada a pasarse más de 3 minutos leyendo algún papel impreso. Entramos en la cafetería de la terminal, amplia, ventilada, y siempre con mesas disponibles, además de la barra, y en ultima instancia la verticalidad, que tanta sentadera no es buena para la próstata, me lo dijo mi médico del ambulatorio, para ella no sé si será también perjudicial, aunque en eso ella no tiene problemas, pues no está sentada mucho rato en la misma posición. Nerviosa que es, eso es. Pedimos a la camarera de turno, nos da una varita con un número y nos dice que nos sentemos -como si viniéramos de la Cochinchina y no supiéramos que tenemos que sentarnos para comer tranquilos y disfrutar de la suculenta-, que nos llevará el pedido y muchas gracias al cobrar y eso, porque hay que pagar por adelantado, si no nos gusta la comida nos devuelven las gracias por la visita y ya, de dinero nada y ¿para qué vas a armar un follón? A mí al menos nunca me ha sucedido que no me guste la comida y mucho menos que se me ocurra la peregrina idea, en caso de que no me gustara, de ir a reclamar a la mozuela que me tomó la orden.
--Me gustaría ir a ver esa tienda electrónica que abrieron en la Plaza.
¿Qué te parece? –se me queda mirando, en espera de mi respuesta afirmativa, como siempre.
--No me digas que piensas comprarte una tableta.
--No, una tableta de chocolate sí me voy... o nos vamos a comprar después que salgamos de la tienda, eso sí.
--Dos señalamientos, querida: eso de “nos vamos”, ¿cómo sabes que yo también estoy deseoso de comer chocolate ahora?, y ¿por qué estás tan segura de que vamos a esa tienda nueva de electrónica en la Plaza? Porque yo no te he dicho ni sí ni no.
--Pues si no quieres ir... tendré que ir yo sola. Y si no quieres chocolate, me comeré mi tableta y la tuya, y entonces engordaré un poquito y tendré que aguantar tus reprimendas y que me digas Encarni Golosita y toda esa bobería...
Y como dijo el bardo, "así pasan las Encarnis de este mundo" para regocijo de quienes como yo disfrutan de su compañía. Descontado que fuimos a ver esa tienda de electrónicos y después nos comimos dos tabletas de chocolate. Ya lo dijo Ramón Grau San Martín: "las mujeres mandan...". Pues eso, claro...

Augusto Lázaro

@augustodelatorr
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domingo, 28 de diciembre de 2014

MEJOR 2 FAVORES

Tener que soportar a personas que me encuentro sin tener las mínimas ganas de encontrármelas, pero que es inevitable encontrármelas en el ascensor o en las escaleras o en la planta baja del edificio, a las que tengo que saludar, porque esa es la educación que recibí de mis padres y de mis maestros desde la primaria, y aunque me haya prometido a mí mismo montones de veces volverme cada día más ácido con la humanidad, no me queda más remedio que tener ese contacto con ella (con la humanidad) representada por estas personas con las que me encuentro día a día, que no sé qué pensarán de mí, quizás lo mismo que yo de ellas, que me gustaría no tener que encontrármelas en ningún lugar y así saldría a la calle con una sonrisa casi oculta tipo monalisiada y no necesitaría ejercer esa diplomacia que para mí no es más que hipocresía, de decir buenos días, señora Tales, ¿cómo sigue su marido?, y la señora Tales lo menos que tiene es ganas de decirme cómo sigue su marido que debe estar ya en la última fase de su itinerario vital, según comentarios que oigo al pasar, porque no me interesa detenerme y enterarme de lo que le sucede al marido de esa señora ni al edificio en pleno, pero tengo que oírlo de refilón después de saludar a los inquilinos que conversan en los bajos antes de salir o al llegar de la calle.
Cuando salgo, no me detengo en los bajos ni siquiera un minuto, porque no me interesa conversar con nadie sobre ningún asunto, enseguida estoy en la calle dispuesto a pasar un día más como pasé ayer el día de ayer y como pasaré mañana el día de mañana, sin apenas cruzar varias palabras con algunos vecinos o si por mala suerte me encuentro en la calle con algún conocido con el que tenga que intercambiar saludos y frases sin ton ni son ni nada, porque ningún tema me llama la atención y lo que deseo es no ver a nadie que conozca, seguir hacia la parada del autobús, recorrer mi trayecto y así matar el día, hasta que me dé por regresar y entonces ya no volveré a salir en lo que queda de jornada.
Así me siento bien, pero cuando no tengo que hablar con nadie me siento mejor. Solitario empedernido, me dijo un día la portera, que siempre está atenta a ver si descubre alguna arista que le permita zarandearme un poco, porque dice que deperdicio mi pobre existencia en el dolce far niente (se ve que no se imagina cuánto tiempo dedico a no desperdiciar mi vida, leyendo los libros de la biblioteca, entre otras tantas cosas que hago, pero no pienso informárselo, hay que tener cuidado en esto de informarle a los demás algunas aristas íntimas de la vida, pues son armas que un día pueden volverse contra quien informa por pecar de gente abierta, extrovertida, simpática, etc.), y la portera, pues bueno, parece que su marido le da más importancia al fútbol que a sus deberes como tal, o será por el desgano que da una relación matrimonial de tantos años en la que como en casi todas el amor eterno que quizás se juraron sólo duró un par y ahora lo que quisieran es largarse cada uno con su música a otra parte y adiós, pero permanecen juntos porque no se atreven a romper la relación, el uno porque en vez de esposa tiene una sirvienta que le cocina, le lava, le plancha, le limpia la casa, y la otra porque aunque ya no aguanta más hacerlo todo mientras el huevón se tira en la cama cuando no está viendo la TV o si acaso leyendo el periódico, sentado muy cómodo, y cuando quiere darse un trago le dice a ella que le traiga un buchito de cualquier brebaje y a gozar descansando o viceversa, sabe que de quedarse sola le será muy difícil a su edad y con su estampa encontrar a alguien que se haga cargo del paquete con todo lo que implica: hacerse cargo de otras cosas no muy alentadoras, como los hijos ajenos, por citar un solo complemento.
Eso es la pareja moderna cuando pasan los primeros años, edulcorados con ilusiones y mentiras, como las que nos disparan esas organizaciones para mayores que se empeñan en enseñarnos lo hermosa que es la vejez que ellos llaman la tercera edad. Vaya mierda de tercera edad... Nada, que no tengo remedio, lo acepto y lo confieso y asumo las consecuencias que vivir como vivo dicen algunos que me traerá algún día. Quién sabe. Pero qué voy a hacer, mi mamá me lo decía a cada rato: "hijo, mueres en tu ley". Palabras sabias y certeras. Por madre y por vieja.
Pues desde que leí EL EXTRANJERO me sentí al absoluto identificado con Meursault, y entonces recordé de pronto lo que mi padre me repetía para que se me quedara interpretado (esta palabrita es de mi madre) en el meollo y que yo he convertido en la raíz de mi filosofía de café con leche (la mejor filosofía porque está acompañada de esa tan rica combinación alimenticia disfrutable): "hijo, oye esto: el que me saluda me hace un favor... el que no me saluda, me hace dos" y yo me reía, siendo niño, sin darme cuenta de la real enseñanza que tenían sus palabras que ahora son mías  y aplicables diariamente, deseando que cada persona que conozco me haga dos favores, en lugar de uno...

Augusto Lázaro

@augustodelatorr

próxima entrada: otra vez Encarni, ¿hasta cuándo?

lunes, 22 de diciembre de 2014

LA HISTORIA Y LA VIDA

Me gusta la biblioteca: estar dentro y registrar los estantes llenos de libros ordenados, y pasarme horas revisándolos, escogiendo según la lista que traigo donde anoto los títulos que pienso sacar, en caso de que no se los haya llevado algún zoquete que quizás en las primeras páginas los suelte y los deje abandonados sobre alguna repisa polvorienta de su casa y entonces yo tenga que esperar que los devuelva cuando se acuerde. Siempre me detengo frente al estante de las novedades (últimamente, según me dice una de las bibliotecarias de control, con esa estupidez de los recortes por la no menos estúpida crisis, llegan muy pocos libros nuevos, y tienen que colocar algunos no tan nuevos para mantener la ilusión del estante de las novedades que no son tan nuevas como pueden creérselo los que vienen a jugar con Internet en lugar de coger un par de libros y ponerse a leer en sus casas a ver si les entra un poco de cacumen que buena falta les está haciendo) antes de ir a ver la narrativa, que es lo que más saco, y seleccionar hasta 3 que es lo que permiten en la circulante. Y en eso le doy un tiro al tiempo, que se paraliza un poco, aunque enseguida continúa su larga travesía el muy empecinado.
Me gusta la bibliotecaria más delgadita, es como un gorrioncillo que se mueve de un lado a otro, y procuro que sea ella quien me atienda siempre, aunque ahora con esa máquina que han puesto para que el usuario no tenga que pasar por el control ni hablar con ninguna bibliotecaria a no ser cuando va a devolver los libros que antes sacó, que para eso sólo tiene que decirle buenos días y a viaje, me quedo con las ganas de ver su sonrisa y oír su voz de cerca. Cualquier día voy a sacarle una foto con mi móvil sin que se dé cuenta.
En la biblioteca hay de todo, tanto de lo que sería lógico encontrarse en una biblioteca como de lo que es ilógico, además de los empleados que no distinguen entre una novela negra nórdica y un estudio sobre la diversidad del entorno paulatino en la composición de los riesgos de invertir en bolsa, lo que no me sorprende, porque yo tampoco entiendo ni un pisto de ese berenjenal impreso, así que los justifico, o mejor dicho, justifico su ignorancia, que es la misma mía, vamos. Pero es que entre los usuarios los hay de observa y mira, y algunos, creo yo, no parecen muy lectores. Unos con los ordenadores buscando quién sabe qué carajos en Internet, y otros registrando la prensa escrita, para no caer en la ignorancia total de las cosas que pasan en este planeta que no es infinito como afirman tantos. Pero hay otros que vienen por vídeos de películas, que también están en la circulante, y se los llevan para deleitarse en sus casas con las locuras de algún aventurero de cine barato o con el sex-appeal de alguna maravilla corpórea de portada de revistas para personas muy inteligentes... por ejemplo. Como dije, de todo, como en la viña del Señor (no sé a qué viña ni a qué señor se refiere esta frasecita tan repetida, otra laguna que tendré que llenar algún día, y en esto los libros al seguro me ayudan. Creo yo)...

pd: y con este post llego a la hermosa cifra de 300 entradas en La Envolvencia... a ver cuántas más puedo hacer, escapándome de La Pelona, cosa muy difícil como todo el mundo sabe...

Augusto Lázaro

@augustodelatorr

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domingo, 14 de diciembre de 2014

HACIA EL COMIENZO DE LA NADA

La poesía sirve para muchas cosas, entre tantas, para desahogarse cuando se tiene el agua bordeando el mentón y no hay ningún socorrista que lance un salvavidas. Quisiera lanzar al espacio todo el optimismo que cabe en mis entrañas, pero la realidad del mundo que me ha tocado vivir me obliga a poner los pies sobre la tierra y plantar cara en firme a la tendencia romántica de edulcorar la realidad que nos rodea. A veces enfrentarse a la realidad es más saludable que engañarse a sí mismo e intentar, con ello, engañar a quienes conocemos.
García Lorca dejó escrito que “todas las cosas tienen su misterio... y la poesía es el misterio de todas las cosas”. Cierto: porque adentrarse en el mundo mítico de la poesía es conocer el misterio y no intentar descifrarlo, pues en la poesía y en el misterio radica el encanto de no saber, de dejar a la imaginación ese a veces “triste y dulce” encanto de los versos que nos hacen recordar, sentir, y siempre emocionar...
LA NADA ABSOLUTA
Espantado de todo me refugio en nadie.
La nada me rodea y se empeña en machacarme
perforando mi coraza de acero intangible
que no resiste el peso de lo cotidiano,
agobiante y a todas luces inobviable
a pesar de mi todavía latente deseo
de luchar contra ella, inútil lucha
perdida de antemano por la equivalencia
de su  fuerza a favor y de mi loca pretensión
de enfrentarme a lo visiblemente obvio:
he perdido, eso es todo,
así de simple y de terrible,
el haz de luz oscura anocheció mi tiempo
y yo no me di cuenta hasta hace poco
cuando ya no tenía chance
ni oportunidad de intentar un último arrebato
de evadir la derrota... y quizás después
la muerte...

Augusto Lázaro
@augustodelatorr

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