lunes, 25 de septiembre de 2017

¿ESTO TIENE ARREGLO?


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España está revuelta. ¿Alguien lo duda? Pero la pregunta clave es: ¿podrá arreglarse? Y su continuación: ¿habrá alguien (o alguienes) capaz de acometer tan enorme tarea de arreglar algo que a todas luces parece, si no imposible, sí tan difícil que habría que pensarlo cuidadosamente para poner manos a la obra y no morir en el intento?. A mí se me ocurre una tercera pregunta que no logro contestarme: ¿cómo hemos llegado a esta situación? Quizás tendríamos que remontarnos en la historia sin memoria, pero de eso se encarga Pérez Reverte en su página semanal, y además, no soy historiador ni el más indicado para descifrar el intríngulis del por qué este país está tan revuelto por todas partes y en todos los sectores…

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Un gobierno totalmente incapaz de defenderse (y recordemos que la mejor defensa es el ataque) que sólo hace minúsculos intentos cuando la oposición lo machaca, dejando en manos de la izquierda todas las iniciativas que ésta sí tiene, y no resaltando ningún valor de la llamada (mal llamada) derecha, que los tiene, pero que nadie conoce porque los que dicen tener esa ideología no divulgan nada que pueda llegar a las masas, y no es ése el único problema que presenta este país, cuyo sumario alargaría demasiado este comentario, por lo que lo dejo para otras instancias y quizás otras entradas, que hoy, con la que está cayendo, no siento deseos ni de comerme una uva…

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El caso es que con tantos problemas que tenemos nos empeñamos en rechazar su existencia, y todos (los que detentan el poder o los poderes) están a su aire y por su propia causa: quienes ocupan un despacho en La Moncloa quieren seguir ocupándolo por tiempo indefinido, y quienes no, luchan denodadamente por ocuparlo. Gobierno y oposición: me pregunto si en verdad les preocupa la situación de millones de españoles que lo están pasando mal y con el temor, imposible de evitar, de que pronto lo pasarán peor, a pesar de los avances económicos que tanto se pregonan en los medios, y a pesar de que el 90% de los mismos los controla la izquierda que se resiste a admitir que al menos se ha avanzado algo (o bastante) en la vida en general de los habitantes de este bello país. En fin, que, esperando el dichoso 1ro. de octubre a ver qué pasa, seguimos en stand by confiando, ilusos que somos, que no va a suceder nada “del otro mundo”, mientras el “gordito” de Corea del Norte se demora en apretar el botón que podría acabar con nosotros en menos de 3 días. ¡Qué panorama, eh? Pesimista, sí, pero realista. Y es mejor abrir los ojos a seguir pensando que “estamos en el mejor de los mundos posibles”, como dijo no sé quién (pero ustedes sí)…

Augusto Lázaro

@lazarocasas38

lunes, 18 de septiembre de 2017

ANTES Y AHORA


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En un diálogo a 3, en los bajos del edificio donde vivo, mi amiga Esther afirmaba con rotundidad que siempre, en la historia, ha habido casos de estupros, incestos, maltratos a mujeres, etc., y que todo esto se desconocía porque antes no había radio, televisión, Internet, móviles, etc., y la gente vivía al tanto sólo de lo que ocurría en su entorno. Sí, interesante observación con cierta tónica de veracidad. Pero, aunque estoy de acuerdo con su apreciación, puedo citar varios ejemplos que la niegan en su totalidad: cuando yo fui un estudiante de primaria, secundaria y estudios superiores, recuerdo que si un profesor entraba en el aula todos nos poníamos de pie, todos lo tratábamos de doctor (aunque no lo fuera), y ningún alumno le tiraba pelotitas de papel, ni le faltaba el respeto, ni mucho menos, cuando el profesor lo regañaba, le iba con el cuento al padre, que acudía, hecho una furia, al centro, a entrarle a golpes al profesor por haber tratado mal a su hijo o (¡qué horror!) suspenderlo en una asignatura... hoy es todo lo contrario. O sea, que no puede asegurarse que siempre todo ha sido igual, porque pecaríamos de ilusos que tendríamos que cambiar el refrán tan fallido de "cualquier tiempo pasado fue mejor" por uno que dijera: "cualquier tiempo pasado fue igual al presente". Y quienes no somos ignorantes sabemos que eso no es cierto...

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Pero las discusiones, en pareja o en grupos, siempre terminan igual: los participantes en la misma se separan, cada cual pensando lo mismo,  pues es muy difícil, casi imposible, que alguien cambie de opinión por otra opinión distinta a la suya, de donde se deduce que discutir no es más que perder el tiempo que bien podría emplearse en “empeños mayores”, como decía mi suegro en Santiago de Cuba. Aunque al parecer, a la gente le gusta discutir, y cuando entras en un bar, por ejemplo, te encuentras a grupos de clientes que combinan su consumo con distintas opiniones que a veces terminan en bronca. Lo más sano, ya lo dije, es mantenerse al margen de estas “peleítas” dialécticas que no van a dejarnos ningún beneficio y sí algún que otro disgusto tan fácil de evitar, ayudando con eso a nuestra salud mental y física...

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Discutir es, al parecer, cosa habitual en los seres humanos. Y en las discusiones en las que no se gana ni se pierde nada, hay siempre una eminencia que intenta (y muchas veces lo logra) imponer su opinión sobre la de los demás, que la aceptan porque piensan que esa eminencia no va a hablar por hablar, que es lo que precisamente está haciendo. En mi diario bregar me he dado cuenta de que evitar las discusiones no sólo ayuda a mantener una buena salud y también una buena relación con los semejantes, sino que es más provechoso escuchar que hablar: de este modo, obviando las necedades o estupideces que pueda decir no sólo esa eminencia, sino algunos otros del grupo formado espontáneamente, siempre se aprende algo. Al menos, en muchos casos, se aprende a… no ser como la eminencia de turno en el uso de la palabra veraz y certera. O sea, que como hizo Fouché la madrugada antes de mandar a Robespierre a la guillotina (y es lo que hacía siempre), aprender a callar, cosa difícil, nos da mejores resultados que enredarnos en una discusión sin ton ni son que no va a reportarnos más que sinsabores, molestias y problemas… Contradicciones, ¿eh? Bueno, como todo ser humano…

Augusto Lázaro

@lazarocasas38


lunes, 11 de septiembre de 2017

VERDADES NO ACEPTADAS

los nombres propios
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Monterrey Tomás tenía dos características (entre otras) que llamaban la atención a sus maestros y a sus compañeros de escuela, en la que yo estudié la primaria hasta el grado sexto. Una de esas dos características era su propio nombre, pues lo lógico hubiera sido llamarse Tomás Monterrey. Sin embargo, él se llamaba así mismo: Monterrey de nombre y Tomás de apellido, por eso le decían, algunos con cariño y otros con recelo, "oye, Monte, préstame tu libreta de matemáticas, para ponerme al día", o "Montuno, mira lo que traigo en mi mochila", y así. En todo Pinar del Río, mi ciudad natal y donde radicaba la escuela del cuento, no creo que hubiera otro niño con aquella disposición para aprender y ser siempre el primero en su clase, además de que nunca vi a ninguna maestra (casi todos eran mujeres experimentadas en trabajar con infantes) regañarlo por algo mal que hubiera hecho. Lo que más le gustaba era llenar su libreta de Estudios de la Naturaleza con pequeñas fotos de animales, según los temas que se iban tratando. Una mañana recuerdo que la maestra de esa asignatura tomó su libreta y la mostró a los demás alumnos como ejemplo curioso de dedicación y gusto por el conocimiento. Así era Monterrey Tomás. Muchos años han pasado desde entonces y no sé si todavía estará vivo ni si seguirá en Pinar o en Cuba, pero nunca lo he olvidado, ni a él ni al resto de mis compañeros en mis comienzos a enterarme de qué cosa era la vida... ¡Ah!, y la segunda característica de Monterrey Tomás, que tenía a algunos patidifusos y a otros con cierta envidia saliéndosele por los ojos abiertos del todo era que Monterrey Tomás era... ¡negro! Tanto como el charol. Y muchos se preguntaban cómo era posible que el primer alumno de la clase, en cada materia estudiada, fuera ¡negro! Claro que entonces, y como éramos niños, no lo decíamos con la fuerza y el desprecio con que hoy se habría dicho, o quizás peor, le hubieran hecho la vida difícil, porque no era (no es para muchos todavía, vergonzosamente) lógico que un negro pudiera alcanzar ese tremendo mérito de ser el primer alumno de ninguna escuela...
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los “rectificadores”
Los hay en todas partes, se proliferan con los adelantos técnicos y electrónicos, pero sobre todo con el mal de la megalomanía equívoca. Siempre atentos a lo que tú digas, a las cosas que hagas, a cualquier afirmación que puedan refutar: son los que se dedican a enmendarles la plana a los demás, sin dejar pasar una sola errata (porque errores ni se diga). Sí, amigos: son los “rectificadores”, esas personas que creen saberlo todo, saber de todo, y que tienen el poder y la sabiduría suficientes para rectificarte cada vez que abres la boca. Y lo más curioso: casi siempre se trata de personas que saben menos que tú, que han estudiado menos que tú, y que no están preparadas ni de prácticas para decirte “no, eso no es así” o “estás equivocado” o “perdona, pero no es lo que tú dices”, etc. Se necesita tiempo para estar atentos a las “faltas” de los demás y por eso no lo tienen para el trabajo por el que les pagan. Y sobre todo, se necesita estómago para aguantarlos, pues si entablas una discusión con alguno de ellos (o de ellas), además de perder el tiempo, cabrearte por gusto, pasar un mal rato y demás, lo único que vas a lograr es enemistarte con esa persona con la que discutes. Lo mejor es cortar por lo sano: “hola, buenos días, qué tal, cómo estás, qué bien te ves, bueno, hasta luego”, o en todo caso aplicar la fórmula mágica de L Q T D Q (lo que tú digas, querid@)... Y se acabó la discusión... antes de comenzarla...
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los envidiosos
Creo que fue Arturo Pérez Reverte quien dijo que “el deporte favorito de España es la envidia”. Quizás exageró, pero es cierto que existen personas que sienten ese pecado capital por quienes están por encima de ellos en alguna actividad, y aunque muchos no lo tomen en cuenta, esas personas pueden hacer daño, pues intentan en su iniquidad desacreditar a quienes entienden que no son dignos de su trato o alabanza, y siempre encuentran a algunos que les hacen caso y divulgan calumnias, mentiras o cosas que perjudican la reputación de los “envidiados”. O sea, que hay que cuidarse, pero no sólo de los “enemigos” declarados, sino de las personas con las que por alguna razón tenemos contactos y a veces apreciamos sin saber que realmente no son ellas las dignas de nuestra atención ni mucho menos de nuestra amistad…
Augusto Lázaro

@lazarocasas38

lunes, 4 de septiembre de 2017

LOS POLITICOS, ¡AY!

Siendo todavía adolescente, cayó en mis manos un libro titulado PSICOLOGIA DE LAS MULTITUDES, cuyo impacto en mi formación intelectual fue definitivo. Yo apenas tenía nociones de asuntos políticos. Recuerdo que mis padres iban a votar en las elecciones, no sé por qué partido ni por qué iban a votarlo, pues más tarde me enteré de que todos los partidos eran lo mismo y ninguno merecía ser votado, pero eso es otra historia. Volviendo al libro, con él aprendí lo fácil que resulta manipular y movilizar grandfes masas de gente, si se sabe cómo hacerlo, y saber cómo hacerlo es la principal especialidad que tienen los políticos, verdaderos maestros en eso que después supe que se llama demagogia (actualmente le han agregado el epíteto de "populismo", vaya ocurrencia)...
Oí (o leí, no estoy seguro) a un escritor que a la vez, cosa rara, era un político (y no de los peores) algo así como que “es casi imposible convencer a una sola persona que esté reunida contigo, pero convencer a miles, a cientos de miles de personas concentradas en una plaza, es lo más fácil que un político puede hacer”. Me puse a pensar en eso durante varios días, y comencé a interesarme por la política y por los libros que hablaban del tema. En aquellos tiempos en mi país los llibros que se publicaban, sin censura, procedían fundamentalmente de la difunta Unión Soviética, y algunos de otros escritores, siempre de países donde gobernaban los comunistas. Leyendo y viviendo mi propia vida con mis propias decisiones, también aprendí que nunca ningún gobierno comunista había llegado al poder vía elecciones libres y democráticas. Y así, poco a poco, me fui desengañando de los políticos y recordando con fijeza aquellas palabras de mi tío por línea materna, Pancho Casas, cuando me dijo que “de los políticos no esperes nada, porque to`s son peores”. ¡Cuánta razón tenía mi querido tío!...
Otro de los postulados que oía decir con frecuencia era que “la política es el oficio de quienes no tienen oficio”, a pesar de que los medios llamadlos informativos (mejor sería llamarlos desinformativos) dedican casi toda su labor a divulgar y comentar asuntos relacionados con “el arte de engañar a las masas” (y esto no recuerdo si pertenece a algún filósofo, sociólogo o buscavidas de turno), pero me siguió alimentando mis “ansias” de dominar ese “arte” y así conocer mucho mejor lo que más tarde yo también viviría como propia experiencia: el dominio de las masas cuando están juntas a montones oyendo al demagogo correspondfiente y aplaudiendo a mares, aunque después, cuando estén tranquilas y en sus casas, y sobre todo, cuando no tengan que disimular porque nadie las esté vigilando, piensen y digan todo lo contrario a sus aplausos y sus vivas enardecidos entre la muchedumnbre...
Y esa es la política, de la que no podemos librarnos. Por eso lo mejor que podemos hacer es ignorarla. La ignorancia tiene una gran fuerza para derrotar adversarios. Porque si no lo hacemos así, tendríamos como única opción la sentencia que horroriza pero que muchos la tomarán en un futuro bastante cercano: “si no puedes vencer al enemigo, únete a él”... Y entonces este país sería el primer país gobernado por comunistas de toda Europa. ¿Qué sucedería si eso pasa?

Augusto Lázaro


@lazarocasas38