lunes, 31 de diciembre de 2012

AÑO NUEVO CON AMOR


1

Con esta entrada llego al número 200 desde que comencé a ejercer el derecho de decir lo que se me antojara sin que nada ni nadie me lo impidiera. Fue mi amigo Alex Sanamé quien me animó a penetrar este mundo tan complejo, interesante, fabuloso, de Internet. Fue una mañana, en los bajos del edificio. No recuerdo por qué surgió el tema, y como los presentes estaban en la onda y yo era el único inocente, Alex me dijo:

--No dejes que la técnica te domine, domínala tú a ella.

Y así empezó todo... Y al poco tiempo de penetrar en las maravillas y las dificultades de Internet, me decidí a crear este blog, al que hoy llego con el número 200 de sus entradas. Pero ahora me debato entre las dos preguntas sin respuesta que quizás se hagan muchos (o quizás ninguno porque a nadie preocupen): “¿hice bien en engancharme a este bicho?” y “¿era yo más o menos feliz cuando no tenía Internet?”. Confieso que no he podido encontrar respuesta a ninguna de las dos...

2

En Internet descubrí dos cosas que yo desconocía al enfrentarme por primera vez con ese “monstruo”: 1) la enorme cantidad de personas que lo usan, y 2) la no menos enorme cantidad de personas que tienen un blog en todo el orbe. La primera no me afectó personalmente, pero la segunda me puso a pensar sin llegar a conclusión efectiva en cuántas personas leerían mi blog, ya que había para seleccionar, además del poquísimo tiempo de que el hombre de hoy dispone por la velocidad de la vida moderna. Porque cuando decidí tener un blog pensé, de iluso, que me leerían millones de personas en los 5 continentes, a pesar de que el mismo se escribiría en español/castellano sin ninguna traducción, lo que reducía considerablemente los posibles lectores a unos pocos, dentro de mis posibilidades de conectarme con la atención de esos pocos que descubrieran el blog accidentalmente, pues mis conocidos, contactos y amigos a los que yo podría avisar para que me leyeran, no llegaban ni siquiera a unas cuantas docenas. Esa conclusión me llevó a repensar y preguntarme: ¿vale la pena mantener el blog?

3

Pero el blog es una parte de la literatura que escribo, y de la adicción a escribir no se sale fácilmente. Mi caso es simple: escribo más por costumbre que por otra cosa. Por deseo de soltar las cosas que tengo almacenadas en la cabeza, porque cuando he estado más de una semana sin escribir una cuartilla siento que algo falta dentro de mí, y es un sentido físico además de mental. Por eso escribo y por eso creo que he de mantener este blog indefinidamente. Indefinidamente no significa eternamente (ni siquiera yo soy eterno), pero por el momento no se me ocurre qué sucedería si eliminara el blog y sólo me dedicara, como antes de tenerlo, a las cosas que uso de Internet. En esa disyuntiva estoy desde hace algún tiempo y sin dar pie con bola continúo invariable, alejándome de la posibilidad del cambio que debería hacer, pues como el mismo Alex me dijo una mañana en una de nuestras conversaciones habituales, “la informática no es sólo Internet, Internet no es sólo un blog”, y así zanjó el asunto de seguir o no seguir. Y ahí quedó, hasta el momento, inconcluso, o interrumpido como una serie continuada de televisión o una novela por entregas en papel...

Augusto Lázaro


@augustodelatorr

¡FELIZ NAVIDAD! Y QUE EN EL 2013 NOS VEAMOS TODOS MAS FELICES, SIN MIEDOS Y CON MUCHA SALUD

domingo, 23 de diciembre de 2012

EL PROCER


Aristóbulo Birria y Bustamante nació vivo y sano, aunque no coleando, una mañana en que los gallos no cantaron a su hora porque hacía tres días y medio que un ciclón de alcance ídem azotaba impíamente el pintoresco poblado de Boniatillo, ubicado al pie de una loma llena de arbustos y marabúes que sólo los chivos se dignaban escalar.

--Eran tiempos malos –dice Aristobulito (el hijo) cuando recuerda el acontecimiento que únicamente su madre celebró como algo positivo.

Y en efecto, eran tiempos malos aquellos en que no se había inventado la tele, y los pocos residentes del pacífico poblado entretenían sus noches jugando a la baraja o cumpliendo cabalmente las labores propias de sus respectivos sexos.

Birria vio por vez primera (aunque los testigos afirman que nació con los ojos cerrados) el mundo circundante el 8 de agosto de 1919. Su advenimiento no fue celebrado por nadie, porque nadie podía imaginarse lo que el futuro deparaba a esta egregia figura de nuestra sociedad.

--¡Una gloria nos ha abandonado! -dicen que fueron las palabras de su médico de cabecera cuando firmó la defunción, secándose las lágrimas con la toalla que le había alcanzado la viuda para que se secara las manos, y después de asegurarse de que era totalmente cierto que el genio había cantado el manisero.

Desde muy pequeño, Aristóbulo comenzó a dar muestras de su precocidad: lloraba cuando tenía hambre, hacía la gracia en cualquier sitio delante de la gente, con una absoluta falta de prejuicios, se quedaba dormido sin que tuvieran que cantarle el arrorró cada vez que tenía sueño, y daba cariñosas pataditas a los que cometían el error de acercarse a su cuna para hacerle cosquillas en sus piesecitos. Viajó intensamente, pues su familia cambió de domicilio diez y siete veces, hasta que ya cansados de buscar nuevos horizontes se instalaron definitivamente en una casa vieja de un viejo callejón de Santiago, desde donde Birria conquistó la fama que aún en nuestros días permanece indeleble.

--Eran tiempos peores -dice Aristobulito (el hijo) cuando rememora sus primeros años en el callejón.

Y en efecto, eran tiempos peores aquellos en que el dinero no frecuentaba los bolsillos familiares, pero en los cuales, no obstante, se destacó su padre en la escuela, por su afán desmedido de recoger todos los borradores de ejercicios que hacían los demás alumnos, contestando, cuando se le preguntaba para qué los quería, que "es que así voy reuniendo información sobre mis condiscípulos".

Ese afán de saber y de estar informado, de conocerlo y controlarlo todo, le creció en una oficina donde un tío suyo viejo y olvidado por toda la familia lo colocó, para que el tan despierto joven se ganara la vida honradamente y ayudara a los suyos. En cierta ocasión le preguntó a su tío por qué no se conservaban los recibos viejos que éste lanzaba con brillante puntería (la costumbre lo había hecho diestro) al cesto de basura que estaba a tres metros del buró de caoba desde donde podía observar a su sobrino con cautela. En esa y en otras oficinas por donde fue pasando, Aristóbulo creó para la humanidad sus más famosos y útiles inventos, entre los cuales podemos citar:

el archivo multiplicado, con el que se evitaba tener que levantarse para ir a consultar cualquier asunto, el control de documentos por persona, para que cada cual pudiera, en un momento dado, disponer de tal o más cuál dato, sin perder el tiempo y la energía moviéndose de un lugar a otro en cada puesto de trabajo, el cronograma de colores, contentivo de las actividades por horas y por días de cada uno de los empleados, en poder de cada uno de los jefes, vicejefes y subjefes de secciones, cosa de que nadie pudiera ser atrapado in fraganti en una auditoría no anunciada, y sobre todo, su sensacional hoja de ruta, que cada empleado debía colgar en la puerta de su jefe cada vez que se ausentaba del área de trabajo propia, detallando pormenorizadamente el recorrido que pensaba hacer, con quién iba a contactar, etc.

Gracias a don Aristóbulo, como ya le llamaban en todas las oficinas donde su fama había llegado, contamos hoy con facilidades de tan alto calibre como

la planilla de 48 tópicos parejos a 4 columnas, el cenicero portátil, la agenda minutera, el borrador con brocha, el sacapuntas de doble filo para lápices bicolores, la pluma con tintero intrauterino, las tijeras de 4 tenazas, el libro de firmas por horas, la tarjeta de control de meriendas y tomas de café, el registro de conversaciones inter-empleados, los espejos retrovisores de burós, los archivos de desglose, el memorándum digital, el papel de 8 1/2 x 26, el recado diferido, las llamadas retrasmitidas, las reuniones diarias, los contactos por sesiones, etc., que lograron que su nombre siempre fuera pronunciado con admiración y respeto en todas las dependencias públicas (y hasta en algunas privadas) donde laboraban con ingente esfuerzo miles de empleados que se afanaban fervorosamente por agilizar los trámites de cada ciudadano para hacerle la vida agradable a cuanto ser humano acudiera a sus servicios.

Pero sin dudas, la obra maestra de Don Aristóbulo fue el centuplicado, que creó precisamente el 8 de agosto de 1969, cuando alcanzaba sus hermosos y productivos cincuenta años de vida y creación. El centuplicado revolucionó la historia de la administración pública. Consistía este maravilloso invento en sacar 99 copias de todos los papeles, documentos, cartas, memorandos, órdenes de compra y de servicios, telefonemas, formularios, conduces, informes, planes, borradores, pases, telegramas, actas de asambleas y reuniones, consejillos, etc., con el fin de remitir por correo certificado una copia a cada jefe de organismo, organización, empresa, unidad, institución cultural o deportiva, planteles estudiantiles, fábricas, granjas, cooperativas agrícolas, unidades militares, puestos de fiambre, etc., para que todo el mundo estuviera informado de cuanto acontecía en todas partes y así tuviera cada cual una visión completa de la vida y del mundo.

Aristóbulo Birria y Bustamante falleció el 28 de septiembre de 1975, dejando una estela de llanto y de melancolía entre los que tuvimos el altísimo honor de conocerlo y de admirar su valiosa obra creativa. La chica de la limpieza lo encontró una mañana, ahogado, envuelto en montones de papeles en los que trabajaba arduamente, al parecer creando algún nuevo invento que daría más comodidades a los empleados de la administración pública.

Augusto Lázaro
@augustodelatorr

 

 

 

lunes, 17 de diciembre de 2012

SIN MI MOVIL JAMAS...


1

Hay crisis. Hasta los idiotas lo saben. Pero en la calle casi todas las personas que veo tienen un móvil (celular) súper moderno con el cual ejercitan los dedos de una de sus manos, a veces de las dos. Y hay que tener en cuenta que no siempre cuando miro a una persona ésta tiene el móvil en sus manos, casi nunca en sus orejas. Ahora lo que se usa es pasar páginas con uno o más dedos, porque eso es otra cosa: todos tienen Internet en sus móviles y lo usan, como si sus baterías fueran inagotables. El caso es simple: muchas personas prefieren sacrificar otras cosas quizás más importantes antes que renunciar al móvil y al Internet manual, digital y portátil. Pues eso, que nos estamos volviendo una civilización portátil y electrónica. Lo demás... bueno, lo demás es prescindible. ¿O no?

2

La moderna moda: ahora se usa dejarse la barba de 3 días para salir en las revistas tontas anunciando alguna prenda de vestir de las “fisnas” o una nueva colonia “desquiciadora”. Salen los jóvenes hasta con traje, pero sin rasurarse, y así sus promotores creen que “están guapísimos”. Se ve que no ven los actos importantes que se realizan en todo el mundo civilizado... /// Otra moda estupenda es la de las chicas con el pelo multicolor o una parte al rape y la otra a mechones, y con vaqueros ripiados que dejan ver hendijas de carne aunque esté la tempe a –3º y el cielo oscuro a las 3 de la tarde. También ellas se creen que están muy chics y quizás muy elegantes. Ah, pero eso sí: de que están a la moda, lo están... /// ¿Y qué me dicen de la movilmanía? No me lo van a creer, pero esta mañana me subí a un autobús con unas 20 personas dentro, entre ellas unas 8 mayorcitas de la 3ª edad, y... asombro normal: conté a... ¡lo juro, recontra!.. 14 personas con el aparatico en las manos. ¡14 de 20!, incuyéndome yo que en los momentos del conteo estaba hablando con alguien (no tengo Internet en mi móvil, aclaro). Vaya, cosas de la moda. Porque todo esto no es más que eso: una moda, que ya pasará, como tantas otras que también han hecho su poquito de furor y ya nadie las recuerda...

3

Una de las asistentes (¿o asistentas?) del edificio que tengo el placer de habitar, come para vivir, pero vive para... manipular el móvil. Sí señor: de las 24 horas del día creo que pasa más de 12 con el movil en las manos. ¡Ah! Pero no es un móvil cualquiera, no. Fíjense en esto: con ese aparatico ella puede hablar con cualquiera, enviar y recibir mensajes, leer la prensa y las demás publicaciones (hombre, claro que tiene Internet, hasta El Tato lo tiene), llevar una agenda con todas sus actividades, enterarse de los actos culturales, sociales, deportivos y políticos que se celebran en la ciudad y en el país, ver la televisión, oír música en FM y todas las emisoras nacionales y algunas extranjeras, conversar con sus amigas en cualquier momento vía whatsapp, tener vídeo-conferencias al instante, traducir a o de 9 idiomas cualquier texto, conectarse con las redes sociales Facebook y Twitter, recibir y enviar fotos, vídeos musicales, películas en 3D y textos literarios, comprar en cualquier supermercado, reservar pasajes por avión u otro medio de transporte, encargar comidas a domicilio, enterarse de la vida y milagros de los famosetes de turno, poner despertador con alarmas de varios tipos, tener... pero basta, porque todavía tiene tantas prestaciones ese dichoso móvil que tendría que extenderme demasiado en esta entrada y ustedes abandonarían su lectura por aburrimiento. ¿Qué les parece? El móvil: ¿será el invento del siglo? ¿Podría alguien dentro de poco tiempo prescindir de sus servicios? ¿Nos volveremos idiotas con el aparatico acompañándonos hasta cuando vayamos a cierto lugar a hacer las cosas que nadie puede hacer por nosotros? ¡He ahí la cuestión! Pero mientras, ¡que vivan los móviles!, que ya yo mismo no concibo la vida sin ellos, carajo...

Augusto Lázaro


@augustodelatorr

martes, 11 de diciembre de 2012

¡QUE LINDA ESTA LA CALLE!



Acabo de llegar de hacer las compras de la semana y me dispongo a pasarme nada
menos que ¡92 horas! encerrado en mi casa, sin salir ni siquiera a llevar la
basura hasta el contenedor. ¡92 horitas!, como lo oyen: hoy sábado hasta
medianoche 10, mañana domingo todo el día 24, el lunes todo el día 24, el martes
todo el día 24, y el miércoles hasta las 10 en que por fin me decida a coger sol
un rato, otras 10, o sea, gente: 92 horas, ni un segundo menos, gracias al
puente con 2 días feriados de la próxima semana. Pero no, hombre, no, no estoy
como una cabra, ni con la gripe A, ni condenado a reclusión domiciliaria, ni
padezco de agorafobia (aunque confieso que me encantan los espacios cerrados: en
ellos me siento, sobre todo cuando hace un frío de tres pares, algo así como
cobijado, protegido, arrullado por ese espacio que me acoge con verdadero
placer, pero eso no viene al caso). No. Es que yo los domingos nunca salgo, y
como el lunes y el martes son feriados, pues tampoco pisaré la calle, que los
feriados son peores que los mismos domingos y no se ve en la calle ni un mendigo
con un cartelito. En esos días las calles están más vacías que la esperanza de
mi pobre amigo Marcelo de sacarse el euromillón y salir de su aburrida situación
de pobre de solemnidad. Porque eso tiene la pobreza, que además de ser maligna
es muy aburrida. Pues eso, sí. Dice Marcelo que esta ciudad (no dice de mierda,
pero lo piensa) padece, o mejor dicho, hace padecer a sus habitantes inocentes
nada menos que ¡6 plagas!: cuando no hace un frío que te miniaturiza los huevos
hace un calor que te derrite la musculatura, cuando la lluvia no te ensopa hasta
calarte la mandolina, el viento se te pega en las mejillas y casi te empuja,
arañándotelas literalmente, y cuando el polvo no se te enchurra en los zapatos y
los pantalones oscuros, el ruido te deja de tapia y casi no oyes el pitazo del
coche que por poco te manda para el más allá. Marcelo, sí.

¿Que qué voy a hacer durante esas 92 horas metido en mi casa como un macao
acurrucado en su concha? ¡Ahhhhh! Pues lo mismitico que hago cuando no hay
ningún puente, ni corto ni largo, y tengo que salir a la calle para deleitarme
con tantísimas y tan atractivas variedades que engalanan mis paseos: asearme,
desayunar, escribir tonterías en el IBM que ni El Tato se atrevería a intentar
deglutir, leer libros, revistas, periódicos, suplementos, tabloides, que es lo
que más hago diariamente, porque es un placer que tiene la gran ventaja de que
es gratis, además de solitario, silencioso, calmante, único, oír música,
alimentarme, trajinar con mis cosas y con las cosas del piso, que aunque no son
mías es como si lo fueran, porque tengo que darles mantenimiento no remunerado,
a pesar de que pago un alquiler que no voy a decir de cuánto porque hasta yo me
asusto. Y por la noche ver alguna que otra plasta de las menos malas que pasan
por la caja para idiotas que consumimos las teleidioteces. Eso.

Bueno, es cierto que para gustos se han hecho las salidas y que todo es según el
color y eso, y también que cada cual ve lo que le rodea según su estado de ánimo
y su cuenta bancaria, pero vamos, que la calle no es una feria colorida y con
sonidos estéreo de instrumentales de esos que aquí ninguna emisora se digna a
pasar nunca y etc. Salir a la calle es encontrarse dentro o fuera de los
transportes espectaculares, las gracias de los mozalbetes ociosos con sus patas
encima de los asientos, el humo de los fumadores implacables que te lo echan
casi en tus mismas narices (y cuidado con protestarles), los gritones que parece
que están sordos y berrean como carneros trashumantes para trasmitirse las
tonterías que se les ocurren o para comentar los últimos partidos de fútbol de
sus equipos que están en picada sin que el cabrón presidente del club haga algo
para salvarlos de la ruina, los olores indescifrables que pululan por todos los
rincones, las zanjas, huecos, barandas, que impiden el libre traslado a patitas
si es que no quieres perder media hora esperando el transporte, los pedigüeños
que te salen donde menos tú te imaginas que vas a encontrártelos, entre ellos
los genios musicales del Metro, cada día más desafinados y con más opciones para
que se conviertan en concursantes televisivos de algún reallity show, esas
revistas de famosetes con menos vergüenza que los políticos, que ya es decir,
que hojean sin siquiera leer muchas señoras que por su aspecto y almanaque ya no
están para ilusionarse con quitapellejos (léase liftings) y futuros (?) de
millones y Mercedes con Bautistas al volante de completo uniforme, el contenedor
volcado con regueros de papeles y basuras, el perro con las tripas salidas en un
charco de no se sabe qué sustancia rojiverdosa (¡qué asco, carajo!), las
fachadas que piden a gritos uno o dos remozamientos desde los cincuenta... en
fin, ciudadanos, que para ver tanta porquería de otros me quedo con la mía.

Así que de calle nada. Ya bastante tengo con imaginarme lo que voy a ver una vez
más cuando no me quede más remedio que salir: las plagas, los olores, los
ruidos, los gordos, los idiotas (ambos in crescendo), basuras, cagadas de
palomas, papeles y más papeles desbordados o lanzados al suelo,
inmisericordemente, gente y gente por doquier, los lugares abarrotados, las
discusiones en grupos, altavoces humanos, ¡ay!, y... no, no, no. Ni pensarlo,
majines. De eso nada. Déjenme aquí metido como un topo terco, que así no veo
nada y paso. Porque para ver y disfrutar de cosas bellas, que las hay también,
hombre, hay que tener pastilla, y yo de pastilla lo único que tengo es aero-red
para cuando no pueda expulsar los gases del estómago por algún exceso de
chocolatería, que es uno de mis pocos vicios. Oigan esto:

ayer mismo en la calle, como que ya por la edad estoy perdiendo facultades,
aplasté un gran trozo de caca de perro, que está de moda, y cuando regresé a mi
casita, a trajinar con el puto zapato embarrado para quitarle el olorcito, que a
pesar de mi extrema restregada con jabón, lejía, betún, champú, desodorante,
matacucarachas, detergente y otros menesteres limpiadores, como decía mi pobre
madre (q. D. t. e. s. s. g.): lo tengo interpretado en las narices (el de la caca,
por supuesto). Si por lo menos el dichoso can hubiera sido el mío... pero es que
yo no tengo can alguno. No es que no me gusten los animales (en la ciudad hay
varios millones, de dos y de cuatro patitas, sí señor), es que ya no estoy para
eso, vamos.

Pues así las cosas, ya lo dijo Gerónimo, el de Magia Roja: "¡nada por todas
partes!" ¿La calle? Pues ahí se las dejo. Paseen mucho, que eso es bueno para
los huesos. Cojan fresco, respiren aire puro si lo encuentran, y así cuando
regresen y se encierren en sus habitaciones o se sienten en sus sofás a ver la
tele, no les quedará más remedio que repetir la frase hecha y el lugar común:
"¡hogar, dulce hogar!". Que disfruten de la calle, parientes. Buenas noches y
buena suerte...

(publicado en EL CUICLO el 17-07-12)

Augusto Lázaro
@augustodelatorr

jueves, 6 de diciembre de 2012

LA SONRISA PROHIBIDA


Al terminar su sempiterno café cortado, Juan se me queda mirando y me suelta:

 --Pues aunque no lo creas: cincuenta euros por empastarme la muela.

Pero Juan tiene que, además del empaste molar, hacerse unos arreglitos que desde hace meses viene meditando cuidadosamente.

--El dentista me hizo un presupuesto que... mira, aquí lo tengo.

Y saca de su riñonera un papel impreso y algo estrujado, que leo de un tirón, casi sin creer lo que leo.

--¿Trescientos sesenta euros por esos arreglos?

Pues sí, tiene que hacerse dos obturaciones, un curetaje, y otro empaste compuesto, además de una limpieza que le dijo el doctor que era imprescindible.

--Ya puedes imaginarte. Estoy jodido. No puedo disponer ahora de ese dinero, y cuando pueda, si lo uso para eso, tendré que renunciar a otras cosas. Nada, que esto es una cabrona trastada del gobierno. Bueno, de todos los gobiernos que nunca se han ocupado de la atención dental de los pobres como yo. Porque claro, los ricos qué carajo...

Y efectivamente, Juan me pone a pensar y a romperme el moropo intentando en vano descifrar el enigma: todas las especialidades de la salud son gratuitas (aunque las hay privadas para los ricos por supuesto). Todas, menos la salud dental. Juan está echando humo.

--Pero cómo coño voy a estar. A ver, tú mismo: si tienes problemas con los oídos, el otorrino es gratis. Si te salen manchitas en la piel, el dermatólogo es gratis. Si la próstata se te pone pesada, la urología es gratis. Pero coño, si tienes que arreglarte la boca... Nananina la billetera. A pagarle a esos niños lindos que tienen el privilegio de que el Ministerio de Sanidad no tiene contemplada la atención bucal. Los que tengan problemas en la dentadura, si no pueden pagar, a joderse...

Y Juan coge su taza con tanta furia que el café se le derrama sobre la camisa, contribuyendo a aumentar la ira que le sale por los ojos. Le digo que se lo tome con calma, que ni él ni yo ni el Pimpín Tolopué podríamos hacer nada.

--Imagínate (pide otro cortado), que hasta un trasplante de corazón te lo hacen sin cobrarte un céntimo. ¿Cómo entonces por empastarte una puñetera muela te van a cobrar tanto? ¡No te jode!

En casa, acordándome del pobre Juan y de su dentadura dañada, di con la clave: si tú estás enfermo de los riñones, si tienes problemas de audición, si las articulaciones no te funcionan bien, si padeces migrañas, si te duele la espalda a menudo... y te pones un traje con corbata al cuello, puedes entrar en cualquier sitio, por lujoso que sea, si cuando sonríes se te ve la dentadura radiante y esplendorosa. ¡Ah!, pero si al sonreír enseñas huecos o dientes cariados... despídete, hijo mío, se te cerrarán todas las puertas. De ese modo en todas las instituciones conocen a los pobres diablos que no tienen ni dónde caerse, mientras que a los que sí tienen, con buena dentadura, aunque le queden 6 meses de vida por un cáncer hiperplásico, les sonreirán muchachas enmuñecadas y les abrirán las puertas botones o porteros con reverencias y tratamiento de caballero o señora. Esa es la cuestión.

--O sea –me dice Juan unos días después- que según tu elucubración, eso lo hacen a propósito.

--Pues sí, querido Juan. Es un medio que tienen para distinguir a quienes no tienen ni para un café cortado como el que te estás tomando ahora...

Los dos nos quedamos callados, no pensando en lo injusto del mundo y de nuestra sociedad, sino en las madres de tantos gobernantes, políticos, empresarios, etc., culpables directa o indirectamente de que a los dentistas haya que pagarlos a la cañona (como dicen en Cuba)... o joderse y tener vedada una de las más hermosas muestras de amistosidad y simpatía: la sonrisa...

Augusto Lázaro

@augustodelatorr

 

viernes, 30 de noviembre de 2012

¿POR QUE CRUZO EL POLLO?


Tras diez largos años de intenso trabajo de investigación y esfuerzos casi sobrehumanos, y habiéndose dedicado durante 25 horas diarias al empeño, el notable, destacado, ilustre sociólogo, filólogo, periodista y algunas cosas más que no recuerdo ahora, don Macareno de la Palma Real logró por fin concluir su trabajo y nos dio la respuesta que tanto ansiábamos sumándola a tantos descubrimientos e inventos trascendentes y maravillosos que nos hacen la vida mucho más llevadera a pesar de la crisis y del nuevo billete de metro.

Decenas de los más capacitados pensadores del orbe fueron convocados hace una década para descifrar el intríngulis del por qué el pollo cruzó la carretera, asunto sin dudas de vital importancia para el desarrollo de las ciencias social, filosófica y económica, que tan desmejoradas están actualmente. Pero de aquello nada. Diez largos años no bastaron a esas eminencias, y cuando todo parecía condenado a un fracaso total, por la diversidad de opiniones al respecto, basadas en leyes filosóficas, ideológicas, políticas, sociales, culturales, y hasta deportivas (hubo una eminencia  que afirmó que el pollo había cruzado la carretera porque hacía entrenamiento para alguna competencia entre aves de corral), cuando los ánimos estaban arrastrándose por el sucio suelo del local que les servía de concentración rigurosa y solitaria, apareció, como surgido de la magia, nuestro gran don Macareno, sin ningún documento, ningún archivo, ningún sobre misterioso, ninguna micro-computadora en sus manos, sólo con una amplia sonrisa, para declarar que él había descifrado el enigma.

Ante tan simple y tajante declaración, el local de la Universidad del Gato Mocho, repleto hasta el techo, se estremeció con los aplausos de más de mil personas que habían hecho colas de días y noches para lograr un asiento y oír la conclusión del trabajo del gran erudito (otro título que se me había olvidado mencionar), que ocasionaron un deterioro peligroso de la pared izquierda del salón que no resistió el enorme clamor, aunque por suerte sin causar ninguna desgracia personal.

Don Macareno se dirigió al pedestal que habían construido en el proscenio, y con mucha parsimonia sonrió, no se quitó el sombrero porque nunca lo usaba, y señalando a la masa concentrada que permanecía en un silencio estremecedor, declaró su descubrimiento:

--Señoras y señores, la solución es muy simple: el pollo cruzó la carretera sólamente porque... porque quería pasar al otro lado...

Los gritos de euforia de la multitud provocaron un desprendimiento del techo del local, que cayó sobre el proscenio, aplastando desgraciadamente a don Macareno y a otras personas que ocupaban la presidencia del acto, lo que constituyó una tragedia de tales dimensiones que al día siguiente todos los medios informativos resaltaron la muerte del ilustre investigador, aunque nadie se acordó de su más importante descubrimiento, y el pobre pollo pasó sin gloria a una sola mención sobre el día de la tragedia y nada más. Ingratitud de este mundo, que sólo se ocupa de los seres humanos, como si los infelices animales no contaran para nada...

Augusto Lázaro

@augustodelatorr

domingo, 25 de noviembre de 2012

DESPERTAR DE AQUEL SUEÑO


Hace algún tiempo tuve una amiga llamada Amilamia a la que nunca conocí personalmente. La conocí por Internet (que no sólo nos da penas) cuando descubrí su blog donde escribía cosas que parecían creadas por un ángel de esos que a veces uno se imagina que existen, porque soñar es la mejor solución ante cualquier adversidad. Eran escritos llenos de poesía, de esa poesía que llena el alma de una sensación alegre y quizás algo así como feliz. Y yo entonces soñé con ese ángel. Y me sentí alegre. Y quizás fui feliz...
Comenzamos a escribirnos casi a diario, a enviarnos fotos, poemas, cuentos, y un día a ella se le ocurrió que podíamos leer algún texto juntos, o sea, los dos al mismo tiempo, ella en su país y yo en el mío, y después escribir un comentario con nuestras opiniones, enviándonos los mismos mutuamente. Era una relación sin ningún otro fin que mantenernos en contacto a través de Internet, de saber cosas el uno del otro, de decirnos cómo vivíamos y lo que esperábamos de esta vida tan corta y que tantas sorpresas acostumbra a darnos. Sí, quizás fui feliz...
Pero un día Amilamia dejó de escribirme. De súbito, sin decirme por qué ni dejarme siquiera la esperanza de que su decisión estaba motivada por alguna circunstancia ajena y tal vez personal, que no le había dejado tiempo para avisarme de aquella actitud tan inesperada e incomprensible. Pero no era nada de eso: ella seguía existiendo, llenando el éter de su prosa poética tan bella y de sus ocurrencias que lanzaba al aire con la ingenuidad de la juventud que sólo ve colores y jardines de flores en su entorno. Lo supe, porque busqué su blog y vi que no había ninguna circunstancia ajena. Sólo había interrupción y olvido. Así de simple... ¡y de terrible!

Y recordé aquellos versos que surgieron un día como premonición a lo que podría suceder...

Te vas, así de simple, condenándome

como a un proscrito huido de su destino histórico

a echarte de menos, a echar de menos

tu sonrisa refrescante como un copo de nieve

aunque llena del calor de la luz que proyectas

y que ya siempre se extenderá en el éter

de una imagen desvanecida y tierna

pero siempre lejos,

pero siempre ausente...



Augusto Lázaro

@augustodelatorr

martes, 20 de noviembre de 2012

¡QUE BUENO ESTA EL TRANSPORTE PUBLICO!


Esos que se quejan de los atascos mientras conducen un coche de marca mayor no saben de lo que se libran. Díganmelo a mí que tengo que pararme diariamente (¿oyeron?: diariamente) en una P a esperar un autobús que puede tardar entre 5 y 25 minutos en mostrar su morro por la esquina. ¿Un atasco? ¡Ja! Eso es cosa de niños.
Pues vean y oigan: para moverte en esta gran ciudad te paras en una P a esperar digamos la línea 32. Y con una buena carga de paciencia, que si no, pobre de ti. Pues esperas y el reloj camina. Y esperas. Y el reloj sigue caminando. Y tú con la vista fija en la dirección rutera. Y de pronto: ¿qué ven tus ojos, desgraciado? Pues que vienen dos juntitos, como tórtolos, uno detrás del otro. ¡Ay! Y la señora que espera sentada en el banco sin saber realmente lo que está esperando, porque la pobre, con esa estampa... te dice que a veces vienen hasta tres de un tirón (tú mueves la cabeza, aunque no quieres creer lo que te dice), y sacas el billete de la tercera edad a ver si tienes suerte hoy y puedes sentarte al menos con cierta comodidad.
La diferencia con el Metro es que aquí parece que le gente usa más el agua y el jabón. Pero cuando logro ir sentado, que es las menos veces, se me sienta al lado un gordo barrigón y seboso que me apachurra contra la ventanilla y no me deja ni cambiar de página el periódico que trato de leer. Y lo peor, que si al conductor, que es el dueño y señor del vehículo, no le sale de sus timbales poner el aire acondicionado, te jodiste, chavalón, a coger el periódico, a doblarlo como puedas, y a ejercitar los músculos abanicándote durante todo el recorrido, porque ni abriendo la ventanilla te vas a librar del sudor y del cabreo.
Una señorita tipo Pimpinela me mira y me dice: ¿para qué estarán los equipos de aire acondicionado en los autobuses, si casi nunca los conectan y una tiene que ir aquí friéndose como un bisté de solomillo? Me dan ganas de reírme de la inocente, que seguramente exagera un poco, pero el calor no me deja. El conductor lleva su ventanilla abierta y en la mano izquierda un pitillo mientras mueve el volante con la derecha y al mismo tiempo lee el periódico gratis en las paraditas por el semáforo, el atasco, el turismo cruzado en el medio, y eso cuando no lleva una pasajera permanente al lado dándole cháchara y distrayéndolo del recorrido.
El otro día una joven del ambiente tuvo un ataque de ferecía galopante con crisis nerviosa y empezó a golpear la carrocería del autobús de la línea 26 donde yo por desgracia me encontraba encerrado, y casi rompe los cristales de las ventanillas, todo porque el dichoso autobús llevaba ya, desde la esquina del Paseo del Prado y calle Atocha hasta el borde de la Plaza Antón Martín (o sea, menos de un kilómetro) nada menos que... ¡24 minutos! Casi nada. A la joven tuvieron que reducirla entre el conductor y dos señores fuertes, y tratar de calmarla, porque óiganme, que eso es otra cosa, el transporte urbano de esta ciudad es el segundo del planeta en lentitud, después del de Tokio, según las estadísticas. 10 kilómetros por hora, normalmente, que si es un día de manifestación, despídete.
Claro que el autobús tiene una ligera ventaja sobre el Metro: si se pincha una goma te bajas y esperas el próximo, que tarde o temprano tendrá que pasar, y respiras aire puro... bueno, casi puro digamos. Pero vamos, estás al aire libre, qué caramba, y no metido en el hueco tenebroso del túnel, que es un lugar tan lúgubre que ni a Nosferatu entusiasma. Y también tiene la facilidad de que no estás obligado a bajar y subir escaleras, que a veces, cuando estás cargado de bolsas y de bultos, es de anjá y basta, Perico. No te jode. Hombre, no todo van a ser desgracias, eh.
En fin, que prefiero las ciudades pequeñas donde uno puede ir a cualquier sitio a pie, o caminando, que parece lo mismo, pero no lo es, porque un día me dio por sacar cuentas aritméticas y descubrí (ya era hora) que si vives 80 años, te pasas 20 haciendo dos cosas: 1) esperando un transporte, 2) metido en el transporte. Óiganme, que no es para reírse: 20 de 80, una bobada.
Augusto Lázaro
@augustodelatorr

jueves, 15 de noviembre de 2012

¿RODEADO DE LA NADA?


1

Imagínate que una mañana te despiertas y recuerdas que has soñado que todo lo que te rodea es falso, que has vivido en una mentira, que no puedes confiar en nadie, que... y te restregas los ojos, te incorporas, te levantas, vas al baño, te echas agua en la cara, y de pronto te das cuenta de que no ha sido un sueño, que todo eso lo piensas porque por alguna casualidad circunstancial te has dado cuenta hoy, ahora, de que todo lo que te rodea es falso, que has vivido en una mentira, que no puedes confiar en nadie, que... entonces te preguntas: ¿qué hacer? Regresas al dormitorio, te sientas en la cama, y piensas, analizas, meditas durante unos minutos, pero es inútil: aunque te repites la pregunta ¿qué hacer? muchas veces, no encuentras la respuesta...

2

Una vecina que vivía detrás de nuestra casa, que siempre venía a hablar con mi mamá y contarle infinidad de cosas extrañas que veía, oía, o le sucedían, llegó una noche sudando, muy nerviosa, en un vivo temblor, y le dijo a mi mamá que había visto en el patio de su casa a una mujer vestida de blanco con un candelabro en sus manos y unos ojos llenos de fuego, que se acercaba a ella amenazante... Yo era apenas un niño que comenzaba a conocer el mundo y me metí en mi cuarto, erizado, oyendo de lejos la conversación. Mis padres no eran adictos a esas creencias, pero respetaban y siempre atendían a quienes acudían a la casa a visitarnos. Cuando crecí unos años, como curioso que era (y que soy), le pregunté a nuestro médico de familia al respecto. Su respuesta me ayudó a conocer algo más este mundo:

--¡Ah! Tu vecina vio a esa mujer de verdad, pero claro que esa mujer no existe. Ella la vio por el poder de su imaginación que la hizo verla, en su excitación nerviosa, y como es supersticiosa, fue capaz de verla, como sería capaz de ver a un elefante volando. Pero no temas, no hay ninguna mujer vestida de blanco ni ningún elefante volando, a no ser en los muñequitos o en las películas de Walt Disney. Sólo fue una alucinación...

3

Quizás tú seas una de esas personas que creen en cualquier cosa, aunque esa cualquier cosa sea sobrenatural. Y quizás seas de las que cuando cae en tus manos alguna revista o un diario que publica los famosos y tan económicamente productivos HOROSCOPOS los devores con ansias, esperando encontrar en sus predicciones algo positivo que anime un poco tu estado tan necesitado de leer (y oír) cosas edificantes. Pues bien: adquiere o compra 10 revistas y 10 periódicos que publiquen horóscopos: léelos todos, uno por uno, con cuidado, y comprobarás que en esos 20 mensajes no hay dos iguales. O sea, que cada quien que escribe los horóscopos publica lo que le da su real gana, por el dinero que le paga ese medio informativo y no porque “adivine” tu pasado, tu presente o tu futuro. ¡Ah!, pero en esos horóscopos jamás encontrarás algo que diga: usted etá en fase terminal y sólo le quedan 5 semanas de vida...

Augusto Lázaro


@augustodelatorr

sábado, 10 de noviembre de 2012

SE ACABARON LOS COLCHONES


Ñico se incorporó de un salto y se quedó en la cama como un monje budista. Se restregó los ojos. Se rascó la cabeza. "Menos mal que no falló", se dijo, cuando encendió la luz y miró el despertador que marcaba exactamente

--las cuatro, chica -le dijo, desamodorrándose, a Mercedes, que también se había despertado, aunque no tan de súbito, y le preguntó qué hora era.

--¿Para qué lo pusiste tan temprano? -exclamó Bola de Sebo, como cariñosamente le decía Ñico a su mujer.

--Mira, no empieces con la embromadera y vuélvete a dormir.

Pero ya Mercedes se estaba calzando las chancletas plásticas y no le hizo caso.

--Voy a colar un buche -dijo.

Después de pensarlo un ratico, volverse a restregar los ojos y rascarse la cabeza por segunda vez, Ñico decidió que no le quedaba más remedio que levantarse. Comenzó a vestirse cuando ya Mercedes le traía una taza echando humo.

--Se te fue la mano con el agua, mija.

Antes de salir, Ñico se tomó un jarro de leche bien caliente, rechazando el pantostado que le ofreció Mercedes. "Tiene un poquito de mantequilla, muchacho". Pero Ñico se cepilló los dientes, se dio un par de peinazos con el tenedor de pino ruso, y terminando de abrocharse la camisa Benny le dijo: "A ver si amanecí con suerte hoy", y se dobló hacia atrás, apretándose la cintura con las dos manos, "porque ya tengo la espalda que parece una tabla de planchar".

No había nadie en Calvario a esa hora y aunque no hacía frío Ñico sintió el aire de la madrugada pegándosele en las mejillas y restregándole el humo del cigarro en plena cara. "A lo mejor cojo un número bajito", pensó, "porque nada más son diez colchones". Y en efecto, él los había visto ayer cuando el camión de Comercio Interior los descargaba en la tienda NOVEDADES de la Plaza de Marte. Entonces se había aproximado, quedándose en éxtasis ante tanta belleza, comodidad y olor a nuevo. "Y que son de muelles", descubrió al tocar uno, ante la mirada indiferente del manipulador. Hacía varios meses se lo había dicho a Mercedes:

--Oye, Bolita, yo creo que con los ahorritos que tenemos podríamos comprarnos un colchón nuevo, ¿no te parece? Porque la verdad que éste ya está largando el piojo.

Mercedes no dijo ni ¡hum! Sabía que cuando a su marido se le metia algo entre las cejas era inútil tratar de persuadirlo.

--Chica, parece que a ti no te gusta dormir cómoda -le espetó Ñico una noche en que tuvieron que acostarse temprano, porque ni la abuela Amanda resistió la programación de la tele.

--A mí sí me gusta dormir cómoda, Ñiquín, pero es que cada vez que sacan los dichosos colchones tú dices lo mismo, y por tu haraganería siempre llegas cuando ya no quedan ni almohadas.

Ñico se rascó la cabeza y reconoció a su pesar que su mujer tenía razón.

--Por eso la próxima vez me levanto a las cuatro y tú verás.

Y ahora Ñico subía Aguilera, todavía a oscuras, con el cigarro colgándole en laboca y con las manos metidas en los bolsillos. Al llegar a la Plaza de Marte no vio a nadie por los alrededores. "No puede ser", pensó, y buscó con los ojos alguna silueta escondida entre los arbustos o debajo de los bancos o detrás del obelisco, que le dijera que todavía estaba amodorrado por el sueño. Pero no: no había nadie.

--¡Coño! Soy el uno -gritó, sacándose las manos de los bolsillos y lanzando el cabo del cigarro a la esquina de Garzón-. ¡El colchón es mío!

Y cerró los ojos, imaginándose la placidez de un sueño suave junto a su mujercita, en una horizontalidad que invitaba a la caricia y al descanso. Poco a poco fueron llegando los supuestos usuarios y formaron una cola que daba gusto verla, por la disciplina que mantenían tantos cuerpos en fila. Pero Ñico tenía el uno. Y cada vez que miraba su reloj se repetía mentalmente: "¡El colchón es mío!"

Por fin se abrió la puerta de la tienda cuando ya el sol calentaba las cabezas, las pañoletas y los rulos de quienes habían esperado con paciencia de gato, aunque a partir del número once esperaban en vano, porque sólo había diez colchones, y eso lo sabía Ñico, que los había contado uno por uno. "Los pobres", se decía, mirando la cola con benevolencia. Y ahora estaba dentro de la tienda. Y ahora, ¡por fin!, podría comprar su tantos meses deseado flamante colchón. Porque Ñico tenía el uno.

--¿Qué desea? -preguntó sin mirar un hombre grueso que emborronaba vales en el mostrador.

--¡Un colchón de muelles! -casi gritó Ñico alborozado, repasando sus planes de descanso y placidez.

--¡Se acabaron los colchones!

Ñico pensó que había oído mal. "Ya me lo decía Bolita, que tengo que ir a ver al otorrino". En cuestión de segundos pasaron por su mente millares de ideas, todas espeluznantes. Pero reaccionó de inmediato.

--¿Cómo dice?

--Que se acabaron los colchones -el gordo levantó la cabeza por primera vez y lo miró-. ¿Usted es sordo o qué?

--Pero...

Pero Ñico no pudo decir nada. Ahora estaba convencido de que no eran fallos de su sistema auditivo y no podía de ninguna manera admitir esa idea increíble, ilógica, absurda.

--¿Cómo que se acabaron, compadre? -gritó uno de la cola-. Si yo los vi aqui ayer por la noche, que los estaban acomodando en el recibidor.

--Pues se acabaron, compañero. Los vendimos todos ya.

--¿Que los vendieron todos ya? ¿Y a quién? Porque nosotros somos los primeros en la cola y de aquí nadie ha salido con ningún colchón.

--Se los vendimos a los empleados.

Ñico tuvo que alzar mucho la voz, porque los comentarios y las protestas de losdemás usuarios aumentaban de tono y de volumen segundo a segundo, hasta hacerse amenazantes. Al encender un cigarro, Ñico se quemó las pestañas con la llamita del fósforo, pero enseguida gritó:

--¿Qué es eso de venderle los colchones a los empleados? ¿Usted se cree que aquí nos chupamos el dedo?

Entonces el resto de la cola se desplayó sin miramientos.

--Sí, sí, sí, ¿qué coño es eso?

--Eso no puede ser.

--Déjate de jodiendas, masa boba.

--No no no, que saquen los colchones, vamos, que los saquen ya.

--¿Qué se ha figurado el gordo pendejo este?

Y el coro de insultos, gritos y malas palabras, se mantuvo in crescendo hasta que el dependiente, en actitud de ofendido, les gritó a todos con su voz de acordeón viejo que cerraran el pico y si no llamaría a la policía, lo que no causó ningún efecto en el público presente. Viendo que no se calmaban, aumentó el volumen de su voz:

--¿Y ustedes qué coño se creen? ¿Eh? ¿Qué coño se creen? Estos compañeros de la tienda son tan trabajadores como ustedes, ¿eh? Y hacen sus guardias, y van al trabajo voluntario, y quieren dormir sabroso como ustedes, ¿eh? ¡Ah! Y tienen los mismos derechos que ustedes. ¡No faltaba más!...

Cuando Ñico dobló por Rey Pelayo, de regreso a su casa, con la cara estirada como un bastidor de colombina remozadok y con las manos metidas en los bolsillos observó que en la puerta de su casa, de espaldas a él, Mercedes comentaba con una vecina a voz en cuello:

--Pues sí, mi amiga, el colchón debe estar al llegar. Imagínate lo rico que vamos a dormir esta noche...

 

Augusto Lázaro

@augustodelatorr