martes, 20 de diciembre de 2011

UN BRINDIS POR DON CLARITO

Le pasó el cepillo a los zapatos, se ajustó el nudo de la corbata, se puso la chaqueta de paño inglés color gris ceniciento, se encasquetó el mini sombrero redondo, se miró al espejo por última vez, y complacido con la imagen reflejada, dio unos pasos hasta la puerta de la calle, y salió. Caminaba despacio, con una ligera inclinación hacia un lado que apenas se notaba, pero siempre más erecto que una estaca de cerca. Se dirigió, como era su costumbre, al bar LA ALAMEDA, situado en la avenida del mismo nombre, frente a la Escuela Normal para Maestros de Pinar del Río, su ciudad natal, vital y posiblemente mortal, pues don Clarito no era de los que gustaban subirse a un avión en busca de nuevos horizontes que le cambiaran su statu quo acostumbrado y eterno. Eso se lo decía su esposa, que descansaba en paz en el cementerio católico de la ciudad.

Clarito era viudo de la única mujer que había conocido y con la cual, según sus amigos más íntimos, tras una larga etapa de noviazgo, había contraído nupcias religiosas y civiles, como Dios mandaba, para ser felices, como lo fueron mientras ella vivió, sin dejarle ni siquiera un vástago que inmortalizara su estirpe.

--Buenas noches, señores.

Era su saludo habitual, al que todos los parroquianos respondían, porque Clarito caía bien y los asiduos a LA ALAMEDA disfrutaban de sus certeros comentarios sobre temas de actualidad.

--¿Qué tal, don Clarito? Puntual, como siempre.

--Muy bien, gracias. La puntualidad, querido Lázaro, es una virtud que lamentablemente se está perdiendo.

Clarito siempre tomaba lo mismo, por lo que el dueño del bar no tenía que preguntarle, y le colocaba sus copitas con el vino tinto preferido acostumbrado, siempre dos, para mantenerse sobrio y ayudar a la estabilidad del organismo, como decía a sus amigos.

--¿Qué le parecen las declaraciones del alcalde? –le preguntó un parroquiano.

--Pues que los alcaldes siempre declaran lo que la gente quiere que declaren, aunque sabiendo que no van a cumplir nada que hayan prometido. La política no es más que eso –Clarito se empinó la copita con el último sorbo, saboreándolo como si fuera el manjar más apetitoso del universo-: decirle a la gente lo que la gente quiere oír, aunque al día siguiente tanto quien lo dijo como quienes lo oyeron se hayan olvidado de todo lo dicho y lo oído.

Era una definición exacta y sintética de la política, según decía Juancho, el dueño del bar, a sus asiduos, cuando mencionaban la sagacidad de don Clarito para expresar lo que quizás todos pensaban con otras palabras. Los amigos le llamaban, generalmente, en privado, pero con mucho respeto, “Lloviznita”, que según investigó Juancho una vez, tal apodo le venía de su misma cuñada, que le confesó una vez a una vecina que tenía la lengua más larga que la esperanza del “bobo de la yuca”, que se le había ocurrido

--porque es que lo veo así, tan esmirriadito, tan calmado, tan poquita cosa el pobre, que eso es lo que me parece: una lloviznita.

Pero la mujer, que se reía a carcajadas, quería mucho a don Clarito, porque eso sí, “ha hecho feliz a mi hermana y tiene un corazón de oro, es servicial, solidario, le hace un favor a cualquiera y sin mirar quién es ese cualquiera”. Cuando la esposa se enteró se echó a reír, apoyando, ¡qué remedio!, la definición de su hermana que encontró en realidad muy certera.

--¡Ah, don Clarito! Cuánta razón tiene. ¿Hasta cuándo padeceremos a esos manengues en esta Cubita bella?

--Es difícil saberlo, amigo mío. Aquí los políticos le han cogido la vuelta al vivir bien y aspiran al jamón para eso, para vivir bien y al pueblo que lo frían, y los que llegan al jamón se aferran tanto a él que ni dándole candela como al macao se despegan. Bueno, ustedes saben eso tan bien como yo.

--Es cierto, aunque yo creo, don Clarito, que eso pasa en todas partes, porque yo creo que los políticos son todos iguales y que de ellos nada bueno puede esperarse.

Y así corría la noche entre opiniones, comentarios, tragos de vino unos, de cerveza otros, de ron los menos, hasta que al fin la charla giraba para el otro tema principal del país: el béisbol, o sea, la pelota, como le llamaban al deporte nacional. A veces las discusiones sobre el tema beisbolero se pasaban de castaño oscuro y se convertían casi en broncas encendidas, porque en Cuba todo el mundo era maestro de política y de pelota, y de algunas cosas más que no solían discutirse en los bares. Después de unas dos horas de estancia y de pasarlo bien en compañía de los parroquianos, con los cuales intercedía cuando las voces se alzaban más de lo acostumbrado, Clarito miró su reloj pulsera que llevaba desde el tiempo de las trompetas, como le decía su cuñada, y se despidió de amigos, conocidos y clientes no habituales, así como de don Juancho Tellería, saliendo de LA ALAMEDA a la noche tranquila de regreso a su casa. Clarito se encasquetó el sombrero que se había quitado al entrar, se abrochó el saco de paño viejo pero decoroso, y sonriendo, como cada noche, se dirigió a su casa, a encontrarse otra vez con su eterna y a veces demasiado pesada soledad...

Augusto Lázaro

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