miércoles, 28 de diciembre de 2011

LOS TIEMPOS DE LAS CARTAS EN PAPEL

Recuerdo que cuando me establecí en Santiago de Cuba, mi madre, que vivía en Pinar del Río, me enviaba una carta todas las semanas, que nunca me faltó, hasta su último día de vida. Una carta escrita por su mano, simple y sencilla, repitiéndome las cosas que siempre me decía y dándome los consejos que nunca se cansó de darme, porque para una madre siempre somos niños a los que hay que cuidar y proteger, y si la distancia la separa de nosotros, entonces acude a cualquier medio posible para no perder ese contacto ten lleno de amor que desde lejos nos parece aún más hermoso.
En mi adolescencia (una época sin dudas muy difícil) y mi primera juventud, con amigas y exnovias solía escribirme desde la distancia, a veces corta, a veces larga, en cuyas cartas yo encontraba siempre un mensaje de amistad o de amor, algunas incluso con perfume en el papel, en ocasiones especiales en colores, o con hojas secas y otros adornos que yo agradecía, porque me hacían sentir bien, a pesar de lo que para otros resultara algo ridículo.
Eran cartas en papel, a lápiz o bolígrafo, con sobres y sellos de correos, que mantenían el romance que siempre anhelaba cuando estaba separado, por alguna circunstancia de mi vida, de aquellas muchachas con las que había vivido mis mejores momentos de amor y de ternura, ambas cosas realmente escasas a día de hoy. Con el tiempo las manos fueron convirtiéndose en teclas de máquinas de escribir, sobre todo en mí, que enseguida me acostumbré a decir las mismas cosas que decía en letra manual en esos aparatos que ya hoy no se fabrican en ningún país. De muchas de ellas también comencé a recibir cartas hechas en Remingtons, Underwoods, o cualquier otro aditamento favorecedor de la rapidez en el tiempo y la dejadez en el romance.
Hoy todo eso no es más que un recuerdo: vivo rodeado de cables, mandos a distancia (telepilots), teclas, botones, aparatos y equipos sofisticados hasta lo increíble a los que apenas me alcanza un pedazo de tiempo para atender y para usar, y mi relación con amigos y gente conocida es puramente virtual, mecánica, cibernética, tanto así que a veces, cuando escribo a alguien en mi ordenador (computadora) me parece que es a una máquina a quien estoy contando las cosas que antaño diría en un papel o mediante un teléfono normal a esa persona. Y me temo que dentro de muy poco tiempo se hará realidad esa novela de Isaac Asimov titulada El sol desnudo (The naked sun) en la que los seres humanos se comunicarían en burbujas, frente a frente y casi tocándose, sin hacerlo, porque uno de ellos estaría en Australia y otro en Ecuador, por ejemplo, mientras sus imágenes se verían (sin sentirlas físicamente) dentro de esas burbujas que terminarían sustituyendo a todo tipo de relación digamos de carne y hueso. Me pregunto cómo haríamos entonces para reproducirnos sin tocarnos. Pero eso lo dejo a quienes deseen conocer la novela de Asimov. Créanme, vale la pena, aunque al final a algunos nos dé ganas de llorar...
Augusto Lázaro

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