martes, 6 de diciembre de 2011

LAS "UBRES" CAPITALINAS

Comienza diciembre. El frío aparece en todos los rincones de Madrid. Yo, como me gusta el invierno, camino sin cansarme por las calles de esta urbe que se ha convertido en ubre, porque cada día hay más habitantes que quieren o deben o tienen que vivir de lo que da de generosa la ciudad. El desempleo es preocupante, pero no el único causante de que muchos forasteros (y también muchos del patio) vean en Madrid la solución de sus problemas. Y su principal problema (el de esos muchos) es tan simple que apenas se nota: vivir sin trabajar.

Es evidente que muchos de esos cinco millones de desempleados se están acostumbrando a no tener trabajo. Problema grave este, porque se crea una legión de personas, sobre todo jóvenes, que viven de la prestación que reciben y se las arreglan para sobrevivir, quizás con carencias y sin los recursos que desearan tener, pero con una situación en cierto modo acomodada que les permite llevar una vida tranquila sin mayores problemas y con la seguridad de que no necesitan trabajar para vivir con el mínimo nivel que en un estado de derecho pueden contar. Y en algunos casos, generando situaciones delictivas en su intento por tener más y así elevar su nivel económico/vital.

Peor aún es la cantidad de personas que se ven obligadas a pedir, aunque muchas de ellas piden sin necesidad, porque le han cogido el gusto a buscarse un dinerito con el cuento, ya que siempre algunos caen y les dan, en los metros, en los trenes, en las estaciones, etc., donde practican todo género de habilidades para que ingenuos e inocentes piquen y les echen la moneda que parece poca cosa, pero que al llegar el día a su final suma euros y con eso tienen para no morirse de hambre ni de calamidades, como piensan algunos que alimentan su permanencia como pedigüeños de profesión.

El mal es difícil de eliminar. Una vez me acerqué a una joven sentada en el suelo a la puerta de un hipermercado, pidiendo limosnas. Le pregunté por qué hacía eso y me di cuenta de que se trataba de una extranjera de Europa del Este, posiblemente rumana. Me miró sin abrir su boca y enseguida intentó desentenderse de mí. Entonces le pregunté:

--¿Tan mal estabas en tu país que prefieres venir aquí a pedir limosnas?

Quizás mi pregunta fue cruel, pero creo que no hacemos ningún bien si ayudamos con nuestro dinero a este montón de jóvenes que adornan nuestras calles pidiendo dinero, comida, ropas u otras cosas, porque no puedo admitir que en sus países de origen (en el caso de los extranjeros) su situación esté por debajo de esta indigencia que tan mal imagen da. Y en el caso de los españoles, a pesar de la crisis existen todavía locales habilitados para que esos llamados “pobres de solemnidad” reciban las mínimas condiciones para que vivan como seres humanos, que por supuesto también están abiertos para los extranjeros. ¿Por qué lo hacen, pues?

Sin dudas, España es un país receptor de inmigrantes de cualquier latitud, y considero que eso es saludable. Pero no beneficia al país ni a su desarrollo mantener a miles de personas que nada producen y que se dedican, en el mejor de los casos, a pedir limosnas a la entrada de un mercado o de una iglesia, y en el peor, a formar y fomentar bandas de delincuentes que aumentan la inseguridad y el rechazo de nuestros habitantes ante su crecimiento al parecer incontrolable.

En el caso de los nacionales, esa plaga de pedigüeños (aunque no tan numerosa) y de delincuentes (esa sí muy numerosa) se benefician de la suavidad, por no decir tolerancia y apoyo, de unas leyes que parece han sido confeccionadas y aprobadas por los mismos delincuentes que las disfrutan sin pudor ante el asombro y la impotencia de una sociedad que ve con rabia cómo los enemigos, los malos, los criminales, resultan respaldados y a veces ayudados por quienes deberían estar encargados de impartir la justicia, que muchas veces brilla... por su total ausencia.

Entre sus primeras prioridades, el nuevo gobierno debería tomarse muy en serio eliminar esta penosa y peligrosa situacioón que se está convirtiendo en un problema tan serio que ya muchas personas están pensando en hacer las maletas, tomar sus pasaportes, y encaminarse hacia algún aeropuerto que los saque de esta especie de “paraíso de la delincuencia”. Y dentro de esa delincuencia están algunas personalidades públicas que gozan de la aceptación de una parte de la sociedad que no sólo los soporta, sino que los respeta, y hasta los admira. Casos hay, demasiados, que lo prueban.

Augusto Lázaro

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