viernes, 4 de noviembre de 2011

LAS BOMBAS EN LOS TRENES

El retorno del sargento Gilad Shalit a Israel a cambio de más de mil palestinos, algunos de los cuales son y seguirán siendo terroristas activos que podrían matar a muchos israelíes en un futuro próximo, demuestra que "los malos" están ganando en todo el mundo. No me convence que, por muy valioso que sea un soldado israelí, pueda dejarse en libertad a terroristas que podrían matar a muchos soldados y civiles israelíes. Porque en el grueso de esos más de mil palestinos, se esconden algunos terroristas, y eso no hay que tener más de dos dedos de frente para comprenderlo y aceptarlo. Soy partidario de que Palestina tenga su estado propio, sin ninguna duda, siempre que acepte la existencia del estado judío, para que se enfríe de una vez la caldera caldeada de ese polvorín en el llamado "oriente medio". Pero no hay que obviar, como hacen siempre algunos medios de la izquierda, que Israel es la única democracia en esa zona, rodeada de enemigos, y que nunca ha declarado que desea borrar del mapa a ningún estado colindante, como sí ha hecho Irán, que desea y quisiera borrar del mapa al estado hebreo. O sea, la diferencia es demasiado notable para ignorarla, y para ignorar quiénes son los enemigos, porque en España, sobre todo en España, hay miles de personas que no se han dado cuenta todavía de que no fueron los israelíes quienes colocaron la bombas en los trenes... ni creo yo que algún día pudieran colocarlas.

Y creo que la mayoría de esos miles entregados a cambio de Shalit son personas normales que merecen vivir libres. Pero de ahí a lo otro hay un trecho que nadie puede justificar ni ocultar. Ha ganado Hamás, ha perdido Israel. La democracia en esa zona siempre caliente ha recibido un duro golpe del que no se recobrará durante mucho tiempo. Copio un fragmento de un recorte de prensa que atestigua que mi preocupación, que no es sólo mía, tampoco es superflua:

“...más de mil muertos arrastran los presos que quedaron libres. Hay
nombres “incomprensibles” como el de Walid Anajas, que en 2002 mató 12
civiles en un pub de Jerusalén, condenado a 36 cadenas perpetuas, o el de
Nasser Yataima, otras 29 cadenas perpetuas, que reventó el hotel Park de
Netanya, dejando 30 asesinados. Musad Hashlemon mandó a dos suicidas a
atentar contra un bus en Beersheva en 2004, matando a 16 personas, y
condenado a 17 penas de vida. Una mujer, Ahlam Tamimi, con sólo 16
años, mató a 15 personas en una pizzería de Jerusalén en 2001...”

Y con esos y otros terroristas se ha pagado la liberación de un solo hombre... Sin embargo, en todo el planeta la situación no es nada halagadora: los malos se aprovechan de la débil democracia occidental, a veces tan endeble que se convierte en protección, abrigo y ayuda de esos malos, que poco a poco se están apoderando de entradas, medios, lugares, empresas, situaciones, etc., y llegan hasta a presentarse como demócratas ante unas autoridades tan ingenuas que los aceptan como tales. El caso de los terroristas islámicos lo demuestra: ellos sí, nosotros no. Ellos hacen y deshacen, nosotros lloramos y hacemos concentraciones silenciosas. Ellos nos usan intentando someternos, nosotros toleramos que nos usen sin hacer otra cosa que condenar verbalmente sus acciones criminales.

Y como colofón de este lamento por la ingenuidad de muchos que habremos de pagar todos en un futuro quizás más próximo de lo que esos muchos creen, una noticia que no es única, pero que puede ponerse como solo ejemplo de lo que puede esperarse de esta democracia endeble y exageradamente tolerante: Moutaz Almallah, el último imputado por los atentados del 11-M en España, ha sido puesto en libertad. Apaga y corre, que ahí viene el lobo, como dirían los niños inocentes que juegan en un parque...

Augusto Lázaro