jueves, 29 de septiembre de 2011

DOMINGOS DE RECUERDOS

Domingos: días demasiado largos en los que el reloj parece caminar en cámara lenta. Todo el día en casa, haciendo todo lo que no hago los demás días: cambiando la funda de la almohada, limpiando la afeitadora, echándome audispray en los oídos, tomándome la tensión arterial, limpiando mi habitación, ordenando la papelería, revisando mis trabajos literarios o periodísticos, trabajando con la computadora (el ordenador), leyendo más de lo habitual, y viendo algún programa en la televisión si es que alguno me interesa, hasta que alrededor de las diez de la noche me pongo a ver una película en mi DVD, si en los canales que las pasan sin anuncios no hay ninguna que me llame la atención. Creo que soy alérgico a la publicidad.

A pesar de todo lo anterior, el día se me hace demasiado largo. Por eso no me gustan los domingos, días pesados en que el tiempo parece congelado. El ruido y la bulla de las calles cercanas se reducen tanto que a veces paso varios minutos sin oír ni siquiera mi propia respiración. Y dentro de mi espacio nada altera el orden establecido por mí, y si nadie viene a visitarme, el silencio se apodera de todos los rincones. A veces pongo algún disco en el equipo de música, o sintonizo alguna emisora radial, pero las que no son musicales sólo trasmiten fútbol y las otras un tipo de música que no me apetece escuchar. Radio Clásica se oye mal en estéreo y Radio 3 no siempre tiene buenos programas. Buenos según mi opinión, mi gusto y mi criterio, no significa que no sean buenos para otras personas.

Un domingo es un día no sólo pesado y demasiado lento, sino que es el único día en que puedo estar las 24 horas sin cruzar una sola palabra con ningún ser humano, a no ser que alguien me llame por teléfono y entonces oiga una voz y entable un diálogo de varios minutos. Sólo de varios minutos. Es entonces en esta soledad silenciosa y apacible cuando los recuerdos se apoderan de mis pensamientos, unas veces para bien, otras para mal, porque me da por pensar en que si pudiera vivir otra vez todo lo haría distinto. Todo, porque soy de los que creen que el pasado nos sorprendió casi sin darnos cuenta, y se nos escapó cuando menos lo esperábamos, sin dejarnos ni siquiera una pequeña, muy pequeña oportunidad de vivirlo de otro modo. De rectificarlo quizás. De transformarlo. Y eso es la nostalgia.

Pero a pesar de la enorme pesadez de los domingos (creo que así titulé un viejo poema incluido en una entrada de este blog hace tiempo) me gusta quedarme en mi espacio y pasar de este modo 24 horas dentro, fuera de la calle empapada de ausencia, donde un día como éste no puede encontrarse mucho movimiento ni muchas opciones donde escoger, sobre todo para alguien que, como yo, no es muy amigo de ir al cine o a algún otro espectáculo de ocio, que más fácilmente puede encontrar en casa, aunque algunos amigos, especialmente amigas, me recriminan, diciéndome que me estoy poniendo viejo, como si ya no lo estuviera.

Domingos: días de recogimiento, les digo, y quizás de nostalgia, porque los recuerdos los llevo siempre, cualquier día, a cualquier hora y en cualquier lugar donde me encuentre. Y una muestra es el poema que a continuación les dejo, aunque sé que, lamentablemente, este es un género literario que cada día pierde más simpatizantes...

ESTA CASA MIA DONDE YA NO RESPIRO

tu perfume el perfume que siempre dejabas en la almohada

después del intermedio a un nuevo encuentro

desenfrenado y a la vez tan lleno de ternura en el epílogo

esta casa mía donde sólo ha quedado la rememoración

de nuestro atormentado amor amenazado siempre

por tus nerviosas miradas al reloj y tus impedimentos

para dedicarnos por entero a amarnos sin más paliativos

que la muerte cuando al fin nos separara

aunque nos habíamos jurado en el vórtice

del placer disfrutado hasta el clímax

amarnos hasta después de muertos

¡qué ilusos! ¡qué desatinados tan inmersos

en el escaso tiempo y en el reducido espacio

que cobijó nuestro inusual cariño!

y ahora ¡ay! ya no queda más que el resto

de lo poco que pudimos permitirnos

en esta casa mía tan llena de tarecos

de cosas inútiles que me rodean

cuando inevitable y repetidamente

te echo tanto de menos


Augusto Lázaro

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