sábado, 17 de septiembre de 2011

ISABEL Y LOS GATOS

Los gatos son animales ariscos que generalmente huyen cuando alguien se les acerca. Sólo aceptan y buscan la compañía humana cuando pertenecen a esa compañía, o sea, viven en una casa y se compenetran con el dueño o con los dueños de la misma, e incluso a veces saltan sobre sus regazos para acurrucarse sin ningún tipo de miedo o desconfianza. Pues bien, esos gatos, cuando Isabel (una de sus ángeles guardianes) se acerca y pega un grito en el muro que da al patio de tierra, una especie de ¡holaaaaa! protagonizan un espectáculo: los 30 gatos corren hacia ella y se le pegan a las piernas, la olisquean, ronronean, porque saben que ella trae su alimento, mientras yo disfruto mirándolos con una sonrisa, asomado a la ventana de mi habitación, cosa que casi nunca hago.

En el patio de la basílica de San Francisco El Grande viven nada menos que 32 gatos, que disfrutan del espacio a plenitud, porque ese espacio no se usa nunca para nada, y en él los gatos merodean día y noche como si estuvieran en un bosque hecho por la propia Naturaleza especialmente para ellos. Algunas tardes entra una señora (realmente no sé cómo, pues para entrar hay que trepar por una cerca de metal cerrada siempre) que suele atenderlos, o sea: les trae algo de comer, les limpia sus “casas” donde se guarecen cuando llueve o nieva, les arregla los lugares donde les echa la comida, y algunas otras cosillas para que se sientan cómodos y dueños absolutos del sitio. Pero la que se ocupa realmente de alimentarlos es Isabel, que siempre llega cargada de cacharros con los alimentos que los gatos saben que ella trae. Y así comienza el espectáculo.

Isabel es una señora mayor que vive sola en el edificio donde vivo. De baja estatura, viste muy sobriamente, siempre saluda, y su sonrisa la regala a todo el que le pasa por el lado, sin escatimar diferencias que parece que ella no distingue. Una vez me dijo en un autobús en el que coincidimos por casualidad:

--El mundo sería más feliz si todos nos tratásemos como amigos... pero por desgracia, hay personas que no piensan así.

Y me quedé pensando cuánta razón tenía. Después de ese encuentro breve y sustancioso sobre ruedas, algunas tardes me asomo a la hora en que más o menos sé que Isabel llegará con la comida que sus amigos los gatos “de raza”, dice ella, la estén esperando para acercarse como siempre, con sus mimos, olvidándose de lo ariscos que suelen ser con casi todo el mundo. Mirando a Isabel pienso que ella es feliz al poder hacer el bien, y que si es así con los gatos, me imagino que será todo un cielo con los seres humanos que la necesiten. Y también siento lo mismo, que esta humanidad que tan disipadamente vive, sería mucho más feliz si todos fuéramos amigos y nos olvidáramos de las discordias estúpidas por la ideología, la política asquerosa, la religión, los puntos de vista y los gustos de cada cual, las costumbres, y todo lo que en alguna medida, para mentes cerradas, puede separar y enemistar a los seres humanos.

Isabel es una mujer de una época más avanzada que ojalá llegue a La Tierra alguna vez. Porque por personas como ella vale la pena seguir viviendo, y seguir luchando para que nuestros congéneres reciban una sonrisa y no una virada de ojos...

Augusto Lázaro