martes, 13 de septiembre de 2011

LOS DESESPERADOS

En España (puede que en todo el mundo) hay un tipo de personas que por sus características se ha convertido en un tipo de personajes: los desesperados. Son muy amplias sus manifestaciones y sus maneras de identificarse, pero quizás por eso mismo pueden distinguirse a simple vista, si uno es observador, como es el caso, y se para o se sienta en un espacio público a observarlos. Créanme, siempre resultan interesantes, aunque sólo (y esa es su limitación para el ocio) en la primera vez, ya que cuando se les conoce ya se sabe lo que van a hacer en cada ocasión similar. Veamos algunos ejemplos de desesperados:

Los desesperados del transporte son fáciles de reconocer: si van en el Metro, medio kilómetro antes de llegar a la estación a donde van se levantan (si están sentados), se acercan a la puerta, y con una mano manipulan el manillón como si el tren se fuera a detener antes de parar totalmente en la estación. Si van en un tren de cercanías, lo mismo: se paran, se acercan a la puerta y aprietan el botón verde de abrir antes de que el tren se haya detenido. Y en los autobuses, cuando todavía el vehículo está en la parada anterior a la suya, ya aprietan el botón del aviso de parada y se levantan, pegándose a la puerta. Son personajes interesantes, aunque no todos lo hacen por nerviosismo. Dice mi amigo Juan que muchos lo hacen porque son escasos de materia. ¿Qué habrá querido decir con eso?

En las ofertas de rebajas de muchos grandes centros, los desesperados se acomodan, sin dejar de moverse y de mirar a quienes los rodean, cerca de la puerta, y tan pronto ésta se abre, corren como perseguidos hacia adentro, sin siquiera saber bien a dónde deben dirigirse para adquirir lo que van a adquirir, que al final no será lo que necesitan, sino lo que se les ocurra una vez dentro de la tienda, mirando los nuevos precios de cualqujier artículo. En los organismos del Estado, cuando esperan su turno, los desesperados no paran de moverse, de levantarse y acercarse a la pizarra donde aparecen los números, de comentar con el vecino más próximo el calor que hace o lo que se demoran para marcar el turno. Y en las paradas ni se diga: un desesperado se muestra intranquilo, mirando su reloj constantemente, asomándose a ver si viene el autobús, registrando su cartera o su bolso, encendiendo un cigarrillo sabiendo que puede ser que venga el transporte y tenga que tirarlo con sólo dos chupadas, etc. Y cuando al fin aparece el dichoso autobús, al abordaje, antes que se vaya y me dejen, majete, que estoy con un poco de prisa, como siempre.

Y si se trata de algún turno con el médico, mejor pasarlo, porque la desesperada (en este caso supongamos que es mujer) no hace más que morderse las uñas, pararse y acercarse a la puerta de la consulta, preguntarle a la señora que tiene al lado si la doctora está dentro consultando y qué turno tiene ella, y cada vez que se abre la puerta y sale alguien, levantarse para ver si le toca, aunque sabe que todavía no le toca.

Los desesperados no caminan, casi corren en la calle, como si el tiempo les fuera a impedir llegar a donde van, siempre están nerviosos, algunos hacen gestos o muecas, otros entablan conversaciones con alguien a quien no le intreresa conversar y sólo asiente resignándose a soportar la filípica sobre el tiempo o lo cara que se ha puesto la vida, a veces se les van las cuerdas y alzan tanto la voz que alrededor se oye lo que dicen en los 500 metros cuadrados circundantes, tropiezan por su rapidez en alcanzar la otra acera sin esperar el semáforo, se disculpan con el señor a quien han dado un empujón por el apuro, no dejan salir de los vagones cuando llega el metro, a pesar del letrero y de la buena educación (me suena esa palabra), y así pasan sus días, nunca tranquilos y nunca convencidos de que la vida, por mucho que se apuren, no va a transcurrir más rápido.

Quizás si se llamaran a contar y comprendieran el refrán chino, vivirían mejor y eliminarían los estreses que seguramente padecen y el peligro de detonar enfermedades que podrían evitarse con una ración de paz y de tranquilidad, intentando vivir al ritmo de la vida moderna, que no es ni tan agitada como imaginamos ni tan pasmosa como algunos hacen que la viven.

Y no quiero hablar de los desesperados futbolísticos, que eso es una historia que merece un comentario aparte.

Hace días conocí a una señora, a la entrada del centro de especialidades a donde había acudido a practicarme una analítica de rutina, que me contó que se había levantado a las 4 de la madrugada porque ese día tenía que hacerse una similar, y desde las 4.30 estaba anclada en la puerta que sólo abrirían a las 8. La señora pensaba que sería la primera, y así se fue poblando aquella entrada. Pero cuando abrieron, parece que había otros desesperados que se abalanzaron (sic) hacia dentro, donde sacaron el turno de la máquina automática, y cuando la señora llegó arriba, resulta que le había tocado el 14... y una jovencita ligeramente vestida que llegó a las 7.56, obtuvo... el número 1. Habrá que oír a los chinos que dicen que

“si tu mal tiene cura, ¿p’a qué te apuras? Y si tu mal no tiene cura, ¿p’a qué te apuras?

Augusto Lázaro