domingo, 11 de abril de 2010

DOMINGOS DE NOSTALGIA 4

Jorge Luis Borges lo dijo: "la espantosa humillación de envejecer" sobrepasa los límites de la resistencia humana, cuando se tiene la certeza de que ya no se podrán hacer "locuras" como antaño, ni disfrutar de muchos placeres que entonces eran habituales en el diario quehacer de esa juventud que es, como sentenció Rubén Darío, el "divino tesoro / que te vas para no volver"... y lo peor, que como también versó el genio de Metapa, "cuando quiero llorar, no lloro, / y a veces lloro sin querer". ¿Es eso la nostalgia?

Sí, es eso, pero es mucho más. Tanto Borges como Darío sabían muy bien (aunque el nicaragüense no alcanzara la senectud del argentino) cuánto de añoranza tendrían que soportar con el avance del amanaque, siempre despiadado y siempre -¿quién no tiene la certeza?- irremediable, a pesar de los avances científicos que se empeñan en hacernos creer que la juventud puede prolongarse indefinidamente... ¿Indefinidamente? Vamos, que cuando las canas hacen su aparición, no hay cuentos chinos (ni de otras nacionalidades) que nos tomen las pocas pelusas que nos van quedando.

Pero la nostalgia mayor es la nostalgia del amor. Especialmente cuando se trata de un amor perdido que sin embargo se empeña en perseguir nuestras horas de soledad y de meditación: nuestras horas de recuerdos de lo que pudo ser, lo que siempre recordamos cuando nos damos cuenta de que "aquello" pudo ser, y quizás por nuestra culpa o quizás por las casualidades, los "designios" del destino, o por lo que fuera, no fue. Eso es lo que alimenta la nostalgia, y sólo nos deja la melancolía de un recuerdo que a veces quisiéramos borrar y otras lo deseamos como gratificación mental de un pasado que no nos fue del todo mal.

Hasta que al fin, con la decantación inevitable, el amor desaparece (aquel amor que pudo ser) cuando aparece un nuevo amor, e incluso cuando no hay ningún nuevo amor, porque la máquina del tiempo es implacable y todo muere, aun lo que no llegó a nacer. Y alguien como yo que ve andar cada segundo con la fuerza y la velocidad de una computadora, se rinde a la evidencia de que los recuerdos, como la nostalgia, se deben (se pueden) someter a voluntad y así dejar de padecer sus golpes contundentes, como único remedio para continuar con esta vida en la que es imposible adivinar qué nos deparará dentro de veinte años (¿que no son nada?) o tal vez dentro de apenas unas horas... Eso es la nostalgia de lo que vendrá, una especie de preámbulo iniciático de la rememoración imprescindible...

NOSTALGIA DE LO QUE VENDRA
Ya no te busco cuando me despierto
del último sueño ahora siempre plácido
porque después de tanto insomnio
al fin has escapado de mis madrugadas
cuando ya yo pensaba que tú serías siempre
un componente casi físico de mi andar por la vida.
De mi andar esquivando tropezones
intentando ensartar un arcoíris
con mis ojos humedecidos siempre por esta pesada nostalgia
anticipada
de lo que volveré a vivir
cuando otra vez me rinda ante el fantasma
del amor posible
sabiendo lo que me traerá ese amor posible
cuando envuelto en la bruma de una tarde
quizás fría o lluviosa
pueda ensartarlo en una idea peregrina
como a un peregrino arcoíris
imposible de materializar con el amor posible
y engañarme pensando que la varita mágica
ha tocado, ahora sí, mi tan cansada anatomía.

Augusto Lázaro

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