sábado, 4 de septiembre de 2010

LA CANCION DEL ORO

En una conferencia impartida en el Instituto pre-universitario "Cuqui Bosch" de Santiago de Cuba sobre Rubén Darío, un alumno me preguntó por qué yo le otorgaba al nicaragüense el título de genio. Se me ocurrió proponerles un ejercicio sobre uno de los textos de Azul, y a la semana siguiente lo hicimos, con la asistencia de algunos profesores y unos 30 estudiantes. El ejercicio consistía en buscar otras palabras que pudieran utilizarse en el cuento La canción del oro, sin que cambiaran, con ellas, el sentido del mismo. El cuento comienza:


Aquel día un harapiento, por las trazas un mendigo, tal vez un peregrino, quizá un poeta...


Copié este comienzo en la pizarra y un alumno me dijo que le faltaba una S a la palabra quizá, aclarándole yo que se trataba de una licencia literaria que buscaba el mejor sonido/ritmo, al convertir dos sílabas en una (qui záun). Por lo demás, comenzaron enseguida a buscar otras palabras, y me entregaron sus folios con cosas como éstas:


Aquella noche un harapiento... aquel día un pordiosero... esa tarde un indigente... y así muchas otras, y les pedí que me escribieran sus opiniones sobre el texto completo, en otros folios, y me los entregaran una semana más tarde. El resultado fue que el 92.8% opinó que tal como lo había escrito el poeta era la forma en que mejor podía leerse el cuento, en que mejor "sonaba" mentalmente cuando se leía. Entonces yo les dije: por eso Rubén Darío es un genio...


La canción del oro es el lamento que lanza al espacio (porque no hay nadie oyéndolo) un mendigo que ve llegar a una pareja de aristócratas a insertarse en una especie de "fiesta" del lujo y el poder que da el dinero, y dentro de su "filosofía" vital, enjuicia la repercusión que tiene este valor material capaz de dar y de quitar según sean las características de cada ser humano. En uno de sus fragmentos dice:


Cantemos el oro, purificado por el fuego, como el hombre por el sufrimiento; mordido por la lima, como el hombre por la envidia; golpeado por el martillo, como el hombre por la necesidad; realzado por el estuche de seda, como el hombre por el palacio de mármol...


La agonía del hombre que no tiene ni siquiera dónde guarecerse del frío, en contraste hecho símbolo, con la soberbia de quienes con sólo apretar un botón ya disfrutan del ambiente agradable y sobre todo resguardados de las miserias, materiales y humanas, que no quieren ver a través de la ventana detrás de la cual el pobre de solemnidad, sin embargo, declama su saber al que no alcanzan los que poseen el oro, difuminados en su dolce far niente que ostenta y humilla. Y para ambos sectores, para todos los sectores humanos y sociales, está presente el oro como estandarte que clasifica a quienes luchan por tenerlo, o por retenerlo.
Eso es el cuento. Pero es mucho más. Y este pobre hombre continúa su canto estremecedor, lo único posible para él:


Cantemos el oro, esclavo, despreciado por Jerónimo, arrojado por Antonio, vilipendiado por Macario, humillado por Hilarión, maldecido por Pablo el Ermitaño, quien tenía por alcázar una cueva bronca, y por amigos las estrellas de la noche, los pájaros del alba, y las fieras hirsutas y salvajes del yermo...


Esta vez ningún alumno me llamó la atención del uso del participio "maldecido", por lo que me limité a continuar mi exposición, haciendo resaltar el aporte de Darío al movimiento literario llamado modernismo, del cual fue precursor, y cuya influencia en toda la literatura española e hispanoamericana es tan notable que ningún estudioso de respeto se ha atrevido a negar.


Tanto los poemas como los cuentos de Azul conforman una muestra digna del mejor lector, y cuando leemos sus textos nos parece estar oyendo una música que nos envuelve con las palabras exactas, para regalarnos la magia de la obra de arte presentada en un lenguaje realmente subyugador.


La canción del oro, una joya de la literatura hispanoamericana dentro de esta obra maestra que es Azul, anima a más y más detenidos comentarios, que llegarán más adelante. Mientras, enumero las principales obras del gran escritor, seguro de que quienes se adentren en su lectura a solas y en silencio, disfrutarán de unos momentos repletos de deleite.


1888 Azul (lo escribió a los 21 años)
1896 Prosas profanas / Los raros
1905 Cantos de vida y esperanza
1907 El canto errante
1914 Canto a la Argentina


Augusto Lázaro

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