miércoles, 8 de septiembre de 2010

IDEALIZACION


Desde mi temprana adolescencia comprendí que idealizar (a una persona, a una ciudad, a una situación) era punto menos que una ingenuidad que a la larga se pagaba con el desencanto que siempre sigue al descubrimiento de la realidad (de esa persona, de esa ciudad, de esa situación) cuya distorsionada captación tanto entusiasmo había generado cuando se ignoraba, porque a veces ignorar es muy saludable. Sin embargo, a mis años todavía, aunque no frecuentemente, sigo idealizando personas, ciudades y situaciones. No tanto, por supuesto, ni tan profundamente, pero de las costumbres que se adquieren de jóvenes, es difícil desprenderse cuando alcanzamos una edad en que ya no estamos para creer en ninfas ni jaujas ni estados idílicos personales.

Por eso no me gusta leer biografías. He leído muchas, y entre ellas, las de algunos de los personajes que me llenaron la existencia de entusiasmo por sus creaciones, y cuando me enteré (descubrí) de cómo eran en realidad en sus vidas privadas... ¡ah!,
enseguida me arrepentí de haberme enterado y de haber leído esos libros que desnudaban esencialmente a quienes un día llegaron a ser casi héroes o heroínas que me acompañaban en mis momentos de soledad y lectura. Siempre me preguntaba cómo era posible que alguien que había escrito, compuesto, pintado, dirigido tales manifestaciones del gran arte y de las letras que pasarían al recuerdo eterno de la humanidad, fuera capaz de maltratar a un hijo, emborracharse y vomitar en un bar vociferando, convertirse en marginal, o no decirle buenos días a sus vecinos en el ascensor. Y entonces descubrí que el remedio contra el desencanto era la ignorancia. La ignorancia de las vidas privadas de tales grandes creadores, de los que sólo conocería en lo adelante lo que nos legaron en sus obras.

Casos ejemplarizantes abundan, como la actitud personal de García Márquez apoyando dictaduras dignas de desprecio sin tapujos, y que ha escrito una obra realmente extraordinaria, con dos novelas que pueden competir con las mejores en nuestro idioma: Cien años de soledad y El amor en los tiempos del cólera, cuyo valor literario nadie que no sea idiota o sectario en extremo podría negar. O el de Mozart, representante máximo del clasicismo en la música, con una obra que desborda pureza y elegancia, adornada siempre con la armonía equilibrada y serena, de la cual alguien dijo que era capaz de calmar a un león enfurecido y hacer dormirse a un insomne incurable, y sin embargo en su vida privada era vulgar, gritón, y a veces hasta grosero, acostumbrado a una existencia licenciosa que en nada se parecía a las composiciones que han pasado a formar parte del gran tesoro musical de la humanidad.

Pero cuando se idealiza a una persona cercana a la cual queremos mucho, la desilusión, si ésta llega, es más desgarradora. A veces ponemos todo nuestro cariño en alguien que creemos digno de todo lo bueno, y del que esperamos así mismo todo lo bueno como reciprocidad. Y he ahí el error, porque cuando se quiere de verdad no se debe esperar recompensa. El cariño tiene que ser incondicional para que sea cierto y además creíble. Sin embargo, cuando esperamos una reciprocidad al nivel de la nuestra y ésta no nos llega, y a veces ni siquiera llega a ningún punto de nivel, nos damos cuenta de que una vez más hemos idealizado a alguien a quien hemos dotado de virtudes y gracias que realmente no tenía.

¿Qué hacer entonces? ¡Ah! Buena pregunta. Porque tampoco vamos a renunciar a nuestra sensibilidad (si la tenemos) ni a imaginarnos características negativas en la personalidad de quienes conocemos o acabamos de conocer. Ni mucho menos convertirnos en ermitaños que se recogen permanentemente en sus habitáculos renunciando al contacto con la humanidad (aunque hay muchos a los que esta actitud les ha ido muy bien). La única solución es la más difícil: no idealizar personas ni ciudades ni situaciones personales, aceptar a las personas tal cual son (si las personas nos aceptan tal cual somos, cosa muy difícil por cierto, porque el ser humano siempre cree que tiene la razón, que es el bueno y que el otro es el que está equivocado), y sobre todo, jamás pretender "cambiar" a alguien, porque nadie va a cambiar y mucho menos por insistencia nuestra. Pero en fin, que esto es lo que tenemos y si queremos no sufrir desengaños, hagámosle caso a don Pedro Calderón de la Barca, que ya hace mucho tiempo sentenció "que el mayor bien es pequeño / pues todo en la vida es sueño / y los sueños, sueños son"..

Augusto Lázaro

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