sábado, 22 de mayo de 2010

LOS PRIVILEGIADOS DE LA SALUD PUBLICA

Diariamente me pongo a mirar esas revistas tan impecablemente impresas en las que aparecen las familias reales, los famosos, las modelos, los empresarios, y todas las personas que han alcanzado la categoría de figuras públicas, en todos los casos adineradas y admiradas por una gran parte de la población, aunque la mayoría de ellas no sepa ni siquiera cuál es la capital de Australia. Las miro largo rato: no hay una sola de esas personas que no muestre la belleza y la perfección de una dentadura que parece de mármol, obra de artista máximo que ha logrado su cumbre en el diseño de unos dientes demasiado hermosos que esas personas nos lanzan a la cara proclamando su triunfo, el triunfo del dinero, del poder, del bienestar. Y siempre, al final de mi contemplación, me pregunto por qué yo no puedo también lucir unos dientes tan espléndidos, si soy, aunque no tenga un céntimo, hijo de Dios y de la sociedad, y no he hecho daño a nadie en el curso de mi vida...

LOS POBRES NO PUEDEN SONREIR

Esta meditación podría estar firmada por miles de ciudadanos que no tienen derecho a reír a boca abierta, por carecer de piezas en sus dentaduras, o por tener sus rostros deformados por falta de dientes. Pero este problema parece no preocupar a nuestras fuerzas vivas, que jamás lo tratan en ningún medio difusor, dedicadas en su tiempo diario a la política, al fútbol, al coche, al famoseo, a las comilonas y a las recepciones oficiales, y si acaso a otros entretenimientos libres de cualquier preocupación por "los de abajo". Porque decididamente esta sociedad no es para los pobres. Y lo peor es que nuestros políticos, que son quienes tienen el poder de cambiar ese estado de cosas, no hacen absolutamente nada por que éste cambie. La sociedad beneficia al que más tiene y perjudica al que menos, curiosa manera de ser solidaria y altruista. Y un ejemplo, uno solo, pues hay cientos, es este asunto de la dentadura.

Es cierto que los pobres pueden acceder al sistema nacional de salud gratuitamente, que incluye, entre otras prestaciones, las de:

oftalmología
otorrinolaringología
cardiología
dermatología
urología
psiquiatría
podología
proctología
sexología
fisioterapia
y hasta operaciones tan delicadas como la del corazón, etc.

Sin embargo, un problema tan crucial como la salud dental para cualquier persona, no está amparado por ese sistema, generando un estado de privilegio injusto y absurdo para los profesionales de la boca, y quien tenga que arreglársela tendrá que acudir a una clínica privada con precios no asequibles para quienes perciben ayudas o pensiones que dan risa por lo exiguas. Y este problema de la dentadura debería estar subvencionado por el Estado, porque tener pocas piezas o carecer totalmente de ellas, expone a quien padece de esta falta a situaciones muy delicadas y desagradables, a la par que peligrosas:

1) Desde el punto de vista estético puede causar estrés, alteraciones nerviosas, sentimiento de inferioridad, inhibiciones sociales y públicas, e incluso llegar a la desesperación en una persona que ve cómo su dentadura se deteriora diariamente y no puede acudir a una clínica dental para salvarla por carecer del dinero requerido.
2) Desde el punto de vista de la salud puede ocasionar problemas en las digestiones, pues masticar los alimentos deficientemente casi siempre trae consecuencias negativas y muy molestas, además de un posible empeoramiento del sistema digestivo, generándose por ello otros males físicos insalvables sin las piezas necesarias. Y por supuesto, esto repercutirá también en el estado mental de quien afronte este problema, en casi todos los casos insolubles sin la mediación del dinero, pues no existe ningún tipo de ayuda para estos casos, salvo alguna pizca, de vez en cuando, a los mayores de 65 años como ayuda a la implantación de prótesis en caso de ser imprescindibles.
3) Desde el punto de vista de la relación personal (digamos, de un amor), imaginémonos cómo nos sentiríamos al intentar un romance o una relación en serio con alguien que tuviera una dentadura perfecta, o casi, que es la mayoría de los habitantes -sobre todo femeninos- de este país, si la nuestra estuviera deteriorada y al abrir nuestra boca la otra persona lo notara, provocando en ella el normal rechazo, o en algunos casos, el repudio y el asco.
4) Y lo peor, que a una persona con la dentadura deteriorada o sin dientes, en todas partes le cerrarían las puertas, al igual que a personas mal vestidas, o con barba de tres días (si no se trata de ridículos famosos que se creen que están así muy elegantes), o con cualquier aspecto que denote falta de cuidado (que en muchos casos se debe a que esas personas no pueden mantener una presencia decorosa, decente, limpia, precisamente por no contar con recursos suficientes para mostrar un aspecto personal aceptable).
Y lo que nadie trata de aclarar es por qué esta sociedad no se preocupa por resolver esta tan humillante situación, y que a mí me parece que no es tan difícil descubrir, aunque puede que sea mi imaginación acelerada la que me lleve a dibujar una hipótesis que cada día me convenzo más de que puede ser la clave del problema:
Porque vamos a ver: usted puede vestir cuello y corbata y presentarse en una gran empresa, en un hotel de lujo, en una recepción de personalidades, y tener problemas en su aparato digestivo, o en el conducto auditivo, o en la vista, o padecer algún trastorno dermatológico, sufrir insomnio, sentirse cansado, etc. Esas cosas no se notan y nadie va a pararlo a la entrada por tener alguno de estos padecimientos. ¿Cuál es la señal infalible, la que no puede ocultarse, la que provoca el rechazo de recepcionistas, empresarios, gerentes, porteros, invitantes, empleadores? ¡Ah! La dentadura. Cuando usted sonría, quien lo ve enseguida notará que usted no tiene dinero ni recursos, o sea, que usted es, ni más ni menos, un pobre diablo, porque no hay un solo rico o poderoso o figura representativa y pública con mala dentadura. Y si usted es un pobre diablo estigmatizado por su carencia de piezas en su boca, no encontrará una sola puerta abierta, a no ser la de acceso a empleos de ínfima categoría, alejados del trato con el público, como destupidor de letrinas, barrendero, peón de la construcción, recogedor de hortalizas, etc., ínfima categoría no por denigrantes (todos los trabajos son dignos), sino por la escasa remuneración que usted recibirá por esas labores.
En fin, que este asunto del cuidado dental es tan importante como cualquier otro que ampara la seguridad social. Sin embargo, quien sólo cuente con una pensión miserable, o con un subsidio tipo RMI, o sin ninguna entrada (como cada día se ven más personas y familias enteras), no tendrá derecho a sonreír espléndidamente como Julia Roberts o Maribel Verdú, y estará condenado a no reír en público, a no abrir mucho la boca, a que poco a poco su cara se vaya deformando por la ausencia de piezas, y a joderse cuando las tripas le reclamen y un dolor espantoso le haga maldecir la vida que le ha tocado.Y lo peor, tendrá que resignaarse a tocar miles de puertas que tan pronto se abran y se note su carencia se cerrarán de golpe, como si usted fuera un apestado.
Y lo fácil que sería resolver este problema tan crucial para muchos, con un poco de interés y otro de presupuesto. Tanto que se dilapida en tonterías que no entusiasman ni siquiera a los idiotas, que por cierto, cada día aumentan.
Y para colmo: esta situación presenta un problema moral: si todos los especialistas en salud pueden brindar servicios gratuitos amparados por el sistema nacional (aparte de los privados), ¿por qué los dentistas tienen que ser los pivilegiados de nuestro país en cuanto a la salud pública se refiere? ¿Por qué quienes necesitan de atención dental no pueden acudir a prestaciones gratuitas como sí las tienen en cualquier otra especialidad? ¿Hay derecho a ese privilegio? ¿Es moral cualquier privilegio en esta sociedad democrática y solidaria?
Augusto Lázaro



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