martes, 4 de mayo de 2010

ES SANTIAGO DE CUBA

Cuando era niño me gustaba ver a mi mamá sentada frente al radio, extasiándose con las canciones que cantaba Barbarito Diez, sobre todo con las canciones que había compuesto Sindo Garay, que ella después repetía y tarareaba durante muchas horas mientras atendía los quehaceres de la casa. Mi mamá adoraba a esos dos grandes de la música popular cubana, y de tanto oírlos me acostumbré también a ellos, haciéndome asiduo del programa vespertino que nunca, que yo recuerde, dejó de oír mi mamá. Ya en la despedida de mi adolescencia solía asistir a los bailes que se realizaban en el club social de la Colonia Española de Pinar del Río, mi cudad natal, donde entonces vivía. En uno de esos bailes el invitado fue Benny Moré. Recuerdo que un amigo que me acompañaba, cada cual con su novia, me dijo: "vamos a acercarnos a ver si podemos hablar con el Benny". Y cuando, no sin gran esfuerzo por la cantidad de público que quería hacer lo mismo, estuvimos frente a aquel hombre que hacía furor y que era considerado el cantante más completo de nuestra historia musical, mi amigo le dijo a rajatabla:

--Benny, ¿es cierto que usted se da unos tragos cuando va a cantar para ser el mejor cantante de Cuba?

El Benny nos miró, sonriente, con cierta benevolencia, y le contestó:

--No, nada de eso, no soy el mejor cantante de Cuba, el mejor es Barbarito Diez, y no bebe ni fuma.

Y volvió a la plataforma para continuar su recital. Cuando el Benny se ponía a cantar nadie bailaba: todos nos concentrábamos lo más cerca que podíamos para oírlo, porque el Benny, después lo supe ciertamente, era en realidad el músico más grande que había dado mi país, en lo que se refiere a esa música llamada "popular". Era bueno en todo, y no había estudiado música. Sin embargo, para él, lo repetía a menudo, Barbarito era el mejor, a pesar de que sólo cantaba danzones...

Pero mi madre seguía en sus trece: le gustaba la música que ella decía que era la verdadera música cubana, desechando el "ruido" que hacían esos grupos llamados modernos que sólo, según ella, gritaban estentóreamente, se movían como lagartijas, y golpeaban sus instrumentos provocando una especie de histeria colectiva entre los jóvenes, aturdidos por la fama y la moda y no por la calidad de las composiciones y los intérpretes. Para gustos se han hecho los colores, le decía cuando ella apagaba la radio y comenzaba con sus tarareos. Hoy quiero recordar a mi madre, sin dudas la mujer que más me ha querido, que dedicó toda su vida a quererme y estar siempre al tanto de todo lo que yo necesitara o deseara, y a la que no he dejado de recordar ni un solo día de mi vida desde que murió, en 1991, y a su compositor favorito, cuya música además de ser tan bella, tiende, como diría Cortázar, hacia la nostalgia...

CUANDO SINDO HA CERRADO LOS OJOS

Aquí vive todo lo viejo. Las calles estrechas huelen al polvo de los siglos. Cada amanecer quema las tejas un pedazo de historia y la ciudad se ensancha en el recuerdo. Y cada tarde. Voy aprisa. Tropiezo con la gente que deja el ritmo de sus piernas en la ondulacion de las aceras. Atravieso las paradas donde se reúnen el sudor y la impaciencia. Busco a Sindo. ¿Pero es que este hombrecito se ha perdido en Santiago? Hoy está en la ciudad y yo lo busco hasta donde se pierde el humo de las chimeneas. Yo también me pierdo entre las viejas calles santiagueras, entre sus callejones retorcidos, en sus escalerillas empinadas, en sus horcones que salen de la piedra en las paredes legendarias de la villa que fundó Diego Velázquez hace ya tanto tiempo... La Casa de la Trova: me sonríe el color de Virgilio, me sonríen esos viejos que conversan, beben ron, fuman, y se abrazan al siglo con las cuerdas de sus guitarras tan añejas, tan queridas. No está aquí. Pero ¿dónde? Conozco sus lugares y los devoro como el aire mis gotas de sudor. Me canso. No lo encuentro. La ansiedad me pesa tanto como la cámara alemana que cuelga de mi hombro, desde muy temprano. Por fin la Alameda, el último rincón de la ciudad, derramada en el Caribe tempestuoso que se deja acariciar por el sol de este trópico, siempre caluroso, siempre hospitalario. Un banco. Lástima de corre-corre inútil. Pero... no, no es una ilusión ni un espejismo. Aquella figurita que se mueve tanto... tiene que ser Sindo. Sí, lo es: moviendo su bastón, frente a los barcos que reposan su carga, mirándolo todo con curiosidad por encima de sus espejuelitos redondos...

--¡Sindo! -le grito, asustándolo. Se vuelve, me mira, sonríe. Y me dice:
--¡Mande!

Me acerco muy rápido, le doy un abrazo, lo aprieto, y le digo:

--Usted no puede morirse sin tirarse una foto conmigo.

Sonríe. Le gusta eso y a mí también. Nos sentamos en el banco más solo y él comienza a hablarme de su juventud, "que no quiere dejarme todavía", de aquellos tiempos tan lejos de sus manos arrugadas, de cuando tenía que atravesar a nado la bahía en busca de una jaba de comida, de su inspiración tan sensible que produce una música que puede competir con estas palmas y con la sonrisa de nuestras mujeres que, como él afirma, complementan con su donaire el cielo siempre azul de la isla... de Emiliano Blez, de la trova, de esta ciudad increíble y mágica que acepta y abriga al visitante como a uno más de sus hijos. Después un transeúnte con la camarita y "clic". La despedida. Otro abrazo fuerte y sus manos y el sombrero que se mueve entre los bancos y los adoquines del paseo. Y me alejo. Llevo encima mi sueño...

Pasa el tiempo. Las campanas de las iglesias desgastadas por la lluvia y el sol y los años se llevan la tarde. Queda el gris que envuelve los tejados y convierte las casas en siluetas. Queda el Balcón de Velázquez con sus ojos hundidos en la bahía remota. Quedan las rejas y las anchas fachadas de Heredia. Y la escalera de Padre Pico donde se sienta una mujer que despertó con el siglo a fumarse un tabaco hecho a mano. Pienso en Sindo. Pienso en el cementerio de Bayamo donde el gran cubano pequeñito duerme en su historia de notas... la luz en tus ojos arde... y lo oigo sacar de su guitarra estos recuerdos... si los abres amanece... y esta tristeza... y si los cierras parece / que va muriendo la tarde...

La tarde ha muerto cuando Sindo ha cerrado sus ojos. Y cuando yo no cuento con el triunfo de su imagen a mi lado: la foto no salió...

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Un poema más a la nostalgia, difícil de obviar cuando se vuelve a la patria perdida:
LEJOS DEL TERRUÑO
Lo peor del exilio es el exilio mismo:
ese desgarramiento inevitable que nos lanza
de zopetón a veces a una nueva patria
que nunca será realmente nuestra patria
por mucho que nos acomodemos
a la idea de seguir viviendo
en ella, ¡qué remedio!, mientras la nostalgia
por lo que perdimos,
por lo que sabemos que perdimos para siempre,
continúa machacándonos a cada instante
sin un puente de tregua.
Porque el exilio es la nostalgia, afianzada
en cada espacio nuevo, en cada tiempo nuevo
que desgastamos en cualquier acción intrascendente,
aunque siempre con la vana ilusión del regreso
improbable,
inútil sueño que distrae la espera
no menos inútil, porque eso sí, sabemos,
estamos convencidos de que sólo un milagro
(aunque no creemos en milagros)
nos haría volar por encima del gran charco
para besar y abrazar y apretar mucho
a quienes hace ya siglos nos regalaron su cariño
sin pedirnos ahora otra cosa que el recuerdo
porque nos dijeron, al partir, sin una lágrima,
que la muerte peor era el olvido.
Y el exilio a la larga también es el olvido
que se enseñorea ante nuestra impotencia,
incrustándonos la incertidumbre,
el futuro siempre incierto
y sobre todo la tenaza del miedo
a lo desconocido,
a lo único que en el exilio permanece
por tiempo indefinido e infinito...

Augusto Lázaro

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