miércoles, 19 de mayo de 2010

HEAVY POEMS

No sé dónde leí este término. El idioma inglés, poco a poco, está desplazando al español, que es uno de los más ricos y bellos del mundo. Me resigno a asumir esa suplantación, aunque el inglés es mi segundo idioma. Pero prefiero el mío de origen y trato de no introducir ningún término en inglés donde puedo usar el término en español. Pero hoy no voy a hablar de idiomas. Hoy, que no es domingo, la nostalgia me ha tocado en la puerta. La nostalgia es como la muerte: llega sin avisar, se presenta de repente sin que se haya llamado, y hay que afrontarla o dejarla pasar, esto último si se es capaz de dejarla pasar y perderse esa sensación agridulce que se siente cuando se le abre la puerta... pero estos poemas no tienen precisamente el sello de esa nostalgia suave, quizás con algo de romántico de otros poemas aparecidos aquí. Tal vez algo, tal vez nada. Me parece que son, como diría un escritor inglés, algo heavies, si nos guiamos por las diversas acepciones que le da el idioma a esa palabra, usada sobre todo en la música rock por grupos como los Scorpions (creo que se han desintegrado, pero no estoy seguro), del que me gustan mucho y tengo copias sus 5 golden ballads, especialmente Still loving you, que es la esencia de este primer poema (que tenía cuando lo escribí, hace algunos meses, aunque ya no tanto, porque el tiempo tiene la virtud de curar cualquier herida, por profunda que ésta sea) que les paso para su lectura, ojalá no apresurada. Porque la prisa nunca es elegante. Y la prisa quizás frustró la anécdota del poema...


NADA PERMANECE


Cárol, tu poema.

Pues va a ser que el viejo Heráclito tenía razón:
no hay amor infinito ni amistad al cien por ciento
confiable, segura, duradera.
Todo pasa y a veces no queda sino un pobre
recuerdo de lo que pudo ser
porque no fuimos capaces de hacer que lo fuera
en realidad
y no sólo en los recónditos deseos
de lo hermoso que podía haber sido.
La vida siempre nos juega una mala pasada
y cuando más nos creemos afianzados
a un hallazgo, a una esperanza,
al toque de la varita mágica
que por fin nos regala su halo inconsútil,
suena el despertador que nos sacude
gritándonos, interrumpiendo el sueño embelesado
de la idealización
-siempre hermosa, edificante, alentadora-,
que ya es la hora de que reaccionemos
a tiempo de no caer en el abismo
de la verdad tan cruel que nos aplasta
y nos convierte en un desencontado más...

Y como nada permanece, terminó al fin, por el agotamiento natural, mi itinerario de la búsqueda sin encuentro posible por los recovecos más insospechados de la ciudad donde 6 plagas amedrentan y atenazan a sus habitantes: frío, calor, viento, lluvia, polvo y ruido... Y dentro de ese envoltorio de calamidades de la Naturaleza, mi recorrido tocó fondo, tras un caminar por sendas que no conducían a ningún lugar posible como destino al fin de tal peregrinaje. Entonces el poema, última salvación quizás tan inocente como aliviador, quizás consuelo tonto ante tantos desengaños y tantas travesías que terminaban con la misma vuelta a casa sin haber obtenido aquello que buscaba... y que a veces no sabía realmente lo que era...

¿LLAMAD Y OS ABRIRAN?

He tocado en las puertas de todas
mis posibilidades
buscando -todavía con la esperanza a cuestas-
al menos una voz que no me repitiera
las mismas palabras que aturden mis intentos:
"ya le avisaremos"...
¡Pero nadie me avisa!
Y estoy cansado de tocar en esas puertas
casi invulnerables
que congelan la esperanza de los exiliados.
¿Y ahora qué? El martillazo de la duda
rompe kilogramos de solicitudes
que se amarillean en gavetas de segunda mano
de funcionarios de segunda mano
encargados de tomar la decisión final:
¿es que un exiliado es algo más que un número de orden?
¿Para qué preocuparse en demasía?
¿Para qué alimentar esas miradas impotentes
que jamás van a ver el futuro?
Y entonces en mis ojos se dibuja otra puerta
-quizás la última puerta de entrada a mis sueños-
esta vez entornada
que tal vez se abriría para mí de par en par
(porque yo no me llamo José K),
pero ¡ay!, estoy cansado, estoy muy cansado de tocar y tocar
y no resistiría un nuevo "ya le avisaremos"
a pesar de la sonrisa, del pase y siéntese, y sobre todo
de las buenas intenciones...

Y así las cosas, cuando se han agotado los términos de la búsqueda sin resultados obtenidos a pesar de la perseverancia (que no siempre conduce a la victoria), sólo queda esperar. Esperar ya sin remedio del milagro salvador, porque cuando la realidad aplasta la ficción con su fuerza incontenible de verdad incuestionable, es inútil continuar persiguiendo un happy end que sabemos que nunca alcanzará nuestra esperanza...

FINAL DE PARTIDA

Yo moriré en Madrid de madrugada
(digamos a las cuatro)
cuando las nieves frígidas
se refocilen en mi achacosa, envejecida y torpe
anatomía.
Yo moriré en Madrid sin más, sin previo aviso:
solo como el cadáver de Vallejo,
inédito como un camello,
compartido en un espacio en el que apenas hay lugar
para mi última esperanza...
Mis amigas (Ana quizás, y Leila, y Radhis)
derramarán algunas lágrimas
y es posible que Rhomy se decida a incinerar mis restos
si se acuerda de que me lo prometió
cuando nos conocimos en el VIP de Fuencarral.
Y allá en la isla perdida no faltará quien diga
(si se entera):
"¿Augusto muerto? ¡No lo creo!"
Pero estaré bien muerto para entonces...

Sin dudas, este siglo no me ha ido bien:
me cortaron las alas de las ilusiones
desde mi improbable adolescencia,
me dejaron como única opción unirme al carro
de Saturno,
ayudando al festín de los hambrientos de poder,
traicionando a los míos, envolviendo mis días y mis noches
en esfuerzos inútiles
de alabanza y aplauso, sin aspirar a nada más
que al privilegio de servir, servir, servir,
agradecido como un perro
por tantas y tales viandas que el poder concedía
-la gran dádiva generosísima-
a mi mesa (la mesa de los míos
cuando todavía las envidias y los odios no habían
reducido a mierda lo que fue mi hogar).
¡Ah! Si pudiera olvidarme de los latigazos
propinados a mi inteligencia,
de los consejos a mi desenfrenada lengua (siempre viperina),
de las advertencias a este cerebro mío tan indisciplinado
que se empeñaba en nadar contra la fuerza de las aguas
y no ayudaba con sus torpes efluvios de desorden
a que mis manos aplaudieran sin cansarse.
¡Qué fin de siglo este tan tremendo!...

Ahora sólo espero la primera nevada sobre mi cabeza
para ver amanecer un nuevo siglo
-sin regodearme pensando que se me fue la vida de una vez-
quizás con un nuevo Quijote que desfaga estos entuertos
y prometa ínsulas y libertades
cuando ya no me quede más que el tiempo exacto
para verlas pasar y decirles ¡buen viaje, hermanas mías!,
déjense ver en la otra vida
donde quién sabe si podré encontrar
esa oportunidad que aquí en la tierra prometida
no pude encontrar...

El nuevo Quijote no ha aparecido y ya no pienso en esa imposible aparición, porque si ésta se produjese algún día, yo estaré bien lejos de esta superficie que, o bien no he sabido asimilar, o bien ella ha sabido mantenerme al margen, como uno de los tantos aparecidos por los que nadie mueve un dedo para siquiera interesarse por si tienen algo que contar...

Augusto Lázaro

NOTA: Agradezco a Zemfira su seguimiento de mi blog, pero desearía que saliera de la oscuridad. La luz es siempre mucho más estimulante.

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