lunes, 30 de abril de 2012

¿NUNCA EL OTRO TIENE LA RAZON?

Usted va en un taxi con otros 3 pasajeros por el centro de la ciudad. Al doblar por una esquina el taxi casi choca con otro taxi que venía a su encuentro. El conductor da un frenazo y evita el accidente. Comienza a maldecir y a insultar al conductor del otro taxi:

 --¡Gilipollas! ¡Idiota! ¡Aprende a conducir, animal!

Tras serenarse un poco, el conductor decide continuar su ruta. Pero lo que usted, el conductor y los otros pasajeros no saben es que en el otro taxi, con 3 pasajeros, el conductor que también dio un frenazo para evitar el choque, también comenzó a maldecir y a insultar al conductor del taxi donde usted va:

--¡Gilipollas! ¡Idiota! ¡Aprende a conducir, animal!

Los pasajeros de ambos vehículos murmuran algo, se miran, callan, y respiran aliviados tras salir del frustrado accidente.

La anécdota parece una tontería, pero no lo es. Los dos conductores de taxis piensan que el conductor del otro taxi es el culpable de haber estado a punto de chocar ambos coches provocando heridas y quizás la muerte de algún pasajero. Y eso sucede en la inmensa mayoría de las personas que pueblan el planeta Tierra: siempre es "el otro" el que tiene la culpa, el que está equivocado, el que no sabe, no entiende, no puede, no quiere. Así somos los seres humanos, unos más que otros, de ahí tantos problemas entre unos y otros. Porque no queremos aceptar que podemos equivocarnos y que no siempre es "el otro" el que está equivocado.

Aceptar estar equivocado, cometer errores, no tener la razón, se ha vuelto algo tan raro que cuando sucede nos quedamos con las bocas abiertas pensando que el “tipo raro” es un extraterrestre. En cualquier discusión puede notarse:

--De eso nada. Tú estás equivocado.

--El que está equivocado eres tú.

--¿Yo? Estás de guasa. Tú eres el que no tiene la razón, tío. Yo tengo la razón

--Mira que eres gilipollas. Tú no tienes ni idea de lo que estamos hablando.

Y así sucesivamente, hasta que a veces la discusión se calienta y puede que llegue a la agresión fisica de uno de los dos contertulios. Y todo ¿por qué? ¡Ah! Por algo que casi no se usa ya, que parece cosa del pasado, olvidada, eliminada de nuestras relaciones con los demás seres humanos. Una palabra, tan hermosa como escasa: ¡tolerancia!

En mi propia experiencia no he tenido mucha suerte: suelo ser por lo general una persona tolerante que acepta opiniones y conceptos de los demás. Tanto es así que tomo como baluarte filosófico las admirables palabras de sir Winston Churchill: “no estoy de acuerdo con lo que dices, pero daría mi vida por defender tu derecho a decirlo”. Sin embargo, he encontrado muchas veces esa intolerancia que tanto daño hace en las relaciones de amistad y compañerismo, llegando en algunas ocasiones a la enemistad, cosa absurda, ridícula y lamentable en este siglo XXI donde la esperanza quizás ingenua de los habitantes de esta pelota rodante era que los hombres fuésemos hermanos y amigos, y aceptáramos que en el mundo no existen dos personas que piensen, sientan, hablen y actúen de la misma forma.

Pero eso es una ilusión que a estas alturas parece todavía demasiado lejana para los habitantes de La Tierra que no hemos comenzado el siglo XXI muy amistosamente, como quien dice.

Augusto Lázaro

1 comentario:

Anónimo dijo...

Gracias por tu visita.
Yo soy más indulgente. Ese "encabronamiento" subsiguiente a un topetazo, es parte del guión, es una forma de desahogo cuando te han provocado un daño imprevisto. Me preocupan más otras formas de intolerancia. La de los católicos que no aceptan el uso del preservativo o que "lapidan" a las mujeres que abortan. La intolerancia de esos padres que no aceptan la realidad de un hijo o hija homosexual. La intolerancia de esos empleadores que no contratan a extranjeros por el hecho de serlo. La de los políticos que no concilian posiciones con los otros partidos para sacar el país adelante......

Un abrazo.

Cavilante