viernes, 20 de abril de 2012

AQUILES TAN ACTUAL


Cuando los enviados especiales de la jerarquía militar de los aqueos visitaron a Aquiles, retirado en su tienda de campaña, tras una disputa con Agamenón y la tristeza que le provocó la muerte de su queridísimo amigo Patroclo a manos de Héctor, desencantado por la ingratitud de los hombres (¡en aquella época!), el héroe de la guerra de Troya les lanzó una parrafada digna de Marco Tulio Cicerón, que si la leemos al compás de nuestro "hermoso" tiempo, nos parece pronunciada por algún desencantado de ahora, contemporáneo, cercano, común y corriente. Vamos, por cualquier vecino, porque las palabras de Aquiles tienen, además del valor y la fuerza de quien las dijo, la inobjetable virtud de la actualidad.

 Pero ¿quién puede asegurar que existió un poeta ciego y viejo que declamaba sus versos de pueblo en pueblo para que alguien (¿existían los taquígrafos?) los recopilara en papel y los hiciera llegar a nosotros, tantos siglos después de esas palabras que si fueron pronunciadas, se las llevó el viento, y lo que ahora podemos leer es simplemente una versión tras otra de dos obras que realmente son excelentes y sobre todo muy aleccionadoras, y que nos esclarecen las dudas, si las teníamos, sobre la similitud de los hombres de todas las épocas: Aquiles no se diferencia de los “héroes” actuales (si todavía los hay) en sus descargos por haber sido ninguneado por sus propios coterráneos.

 La Ilíada y La Odisea no son otra cosa que la manifestación literaria de la fantasía que podemos aceptar y aceptamos porque no queremos desvirtuar el sentido de esas grandes obras que tanto enseñan a quienes quieren aprender de ellas. Pero siempre pisando la tierra: son obras de fantasía, creadas quizás por un poeta que existió o no, y recopiladas, ordenadas, revisadas y muy mejoradas en su estructura por quienes nos las regalan como salidas del “’poeta ciego de Grecia” en su discutible existencia creadora.

 Pero lo que sí es indiscutible es su fabulosa actualidad: Aquiles se queja con razón de que tanto sacrificio es respondido con la ingratitud, que luchar a favor de una causa sólo trae beneficios precisamente a los que se mantienen fuera de esa lucha, y que por mucho amor que se tenga por una parte de la humanidad (en el caso de la obra citada se excluye a los troyanos, por supuesto, como en cualquier ejemplo actual siempre se excluiría a un pueblo o a una zona de nuestro planeta) hay que pensarlo dos veces para entregarse a una lucha en nombre de ese amor, arriesgando la vida para que otros sean los que vivan y disfruten del triunfo, si lo hay, y de sus consecuencias. En las guerras modernas los máximos jefes nunca mueren, y si sus ejércitos son los vencedores, a vivir y a gozar de la victoria sin estropearse los zapatos (o quizás las botas) ni sufrir heridas en sus cuerpos.

 Carlos Alberto Montaner publicó una novela (1898: la trama) en la que plantea su versión (con la que estoy de acuerdo) de que fueron los cubanos quienes volaron el acorazado Maine para “obligar” a Estados Unidos a participar en la guerra de la independencia cubana, en 1898. Glosando la histórica versión compartida, podría escribirse, en referencia a La Ilíada, que fueron los propios griegos quienes asesinaron a Patroclo, y no Héctor, el gran héroe troyano, para –también- “obligar” a Aquiles, parrafada aparte, a entrar otra vez en la contienda que según Homero (¿?) inclinó la victoria a favor de los aqueos, tras diez largos y terribles años de guerra. Todo esto, obvio, según la fantasía tan bien escrita (que no parece oída y apuntada) por ese poeta viejo y ciego que desde aquella Grecia hoy tan olvidada por su situación actual tan lamentable, nos contó el relato de “la cólera de Aquiles” contra los nobles troyanos, y todo nada menos que por una cuestión de faldas. Hasta en eso nos parecemos los seres humanos de hoy: como diría Tagore: “lo que es capaz de lograr una mujer”... Y yo añadiría que “¡todo lo que se proponga!”.

 Augusto Lázaro

 Y ahora tengo el placer de presentarles a una joven escritora que rebasa ya la posibilidad de la “promesa” y se está convirtiendo en una de las más genuinas e importantes voces de la literatura argentina contemporánea. Leamos uno de sus cuentos:

 Dos hombres ciegos

 Habían huido juntos de la ciudad dos días antes. El frenesí del amor les había impuesto sus negligentes pasos. Ahora volvían porque los obstáculos del destino siempre suelen obsequiar los derroteros más intrincados y extraños. La esperó detrás de un árbol con su bastón blanco y sus anteojos negros. Pensó en el hermano al que había traicionado pero trató de borrar las palabras que surgían en su funesta oscuridad. El sol le caía en la frente y sobre su traje; él sólo se enteraba por el calor tórrido y resbaladizo que sentía sobre su pecho. Ella acaso ya habría cruzado el primer pasillo sigilosamente (en el mundo de tinieblas las imágenes se concentran en sonidos). Subiría ya las escaleras y recordaría haberlos dejado sobre la mesa de luz, cerca de la cama que en otro tiempo había hecho de amparo nocturno, pero ya no más, no en esta nueva vida. Los pisos de la pensión siempre habían estado custodiados por la sombra, menos el de su ex amante. Él ahora estaba allí: encorbado con sus ojos perdidos también en la nada, sentado en una silla de madera negra. Ella lo vio y se guardó el aire en sus pulmones. Rápidamente observó toda la habitación. Estaban sobre la mesa de luz, y en pocos segundos calculó un movimiento arriesgado. Él seguía en la labor paciente y eterna de enunciar cosas con ojos muertos. Este otro sol que sobre él caía parecía arrepentirse de darle forma a los objetos que tocaba (aunque él nunca lo supiera). Veloz, repentina como un apagón en medio de la noche (e igual de silenciosa), alcanzó la mesa de luz. No movió sus pies para que la madera no crujiera. Este otro hombre también ciego -que cobraba forma gracias a ese sol raquítico- estaba aún más solo. Ella sabía que estaba pensando en su hermano; ese que la esperaba afuera en las mismas tinieblas. También sabía que sentía la traición doble de la huida, de ese adiós que jamás había sido dicho y, por ende, no tenía materia. De repente, se escuchó la caída de los cristales. Ese instrumento que a él le era inútil. Ella, con locura pasmosa, los observó en el suelo. Levantó los anteojos -o lo que quedaba de ellos- y lo miró a él. Un frío heló su cuerpo: las pupilas del ciego estaban detenidas en las suyas. Eran pupilas fuertes y conscientes. Los lagrimales aguantarían la sal con una pesadez siniestra. No podía ser, pero estaba segura de que la observaba. Por primera vez los veía nítidamente: eran diferentes a los de su hermano. Los segundos pasaban y mirarlo había sido -ahora lo comprendía- su destino. Sus manos empezaron a sudar y no pudo evitar tragar una saliva molesta. Justo cuando iba a hablar (porque ya se sabía todo) algo aterrador desmaterializó sus palabras. El ciego -siempre con sus ojos en los suyos- no se movió de la silla, no habló ni pareció pensar en aquel que estaba esperando bajo un sol que desconocía. Sólo instauró en ese instante un silencio material: marcó un adiós en una cínica sonrisa.

 Marina Burana