domingo, 15 de abril de 2012

LA AUTOPISTA DEL SUR

Afirmó Julio Cortázar en su mejor obra, Rayuela, que "todo lo que se escribe hoy y que vale la pena leer está orientado hacia la nostalgia". Sin embargo, en su cuento La autopista del sur, la nostalgia cede el lugar "de honor" al caos y al temor que provoca un embotellamiento (atasco en España) por supuesto virtual (palabra de moda en cualquier circunstancia, aunque no esté bien situada por su significado) que a veces el lector no sabe si se trata de una ficción imposible de ocurrir o de una realidad que muy bien podría ocurrir cualquier día en este planeta donde cada vez nos acercamos más a convertir el absurdo en lo normal de la existencia de los seres humanos. Y eso es La autopista del sur: lo normal llevado al término del absurdo, o viceversa. ¿Puede suceder ese absurdo? Pues leyendo el cuento yo he terminado por crerme que SI. Desde el primer párrafo, Cortázar muestra el escenario, siguiendo la técnica de Hitchcock que implica que no habrá sorpresas no esperadas con una lógica que no admite equivocaciones. Con una sola pincelada da la característica principal de cada personaje, obviando sus nombres, lo que nunca dice. Todos son conocidos por el automóvil en que viajan, por el título que ostentan como profesionales, por su dedicación o trabajo, pero nunca se conoce cómo se llaman de nombre o de apellido, lo que da cierta originalidad a la narración en tercera persona, aunque la originalidad, desde Homero, es casi imposible de lograr. La mención de varios accidentes propalada por Radio Lengua (la imaginación de los viajeros siempre aparece en momentos de angustia) da al lector un margen de suposición: ¿qué es lo que sucede que provoca tan enorme embotellamiento? El lector, al llegar a este punto, también duda, y piensa que algo mucho más grave de lo que se rumora tiene que haber sucedido, y es aquí cuando aparece por primera y única vez una porción de suspenso, pero en quien lee el relato, no en sus personajes. Y más adelante, además de la característica, Cortázar comienza a dar rasgos de la personalidad de los atascados, manteniendo en ese caos la atmósfera de encierro y desesperación que va creciendo con las horas (y los días) en que se mantienen todos sin poder salir de semejante atolladero ni explicarse por qué les sucede eso. Sigue el curso del cuento y aparecen algunos elementos adyacentes a la pasividad primaria de los viajeros, que intentan medidas que puedan paliar su situación, cuando ven pasar horas y días y no hay solución a la vista. Es ahí cuando toman conciencia de que tienen que hacer algo, no ya para salir del encierro, sino para mantenerse y sobrevivir, porque al final algo tendrá que suceder que los saque de ese absurdo. Y es curioso que a mitad del cuento los atascados ya no se preocupan por salir, sino por mejorar su estancia y mantenerse en buena forma, esperando el final que están seguros llegará. Aunque ya no saben cuándo. Es inevitable acordarse del filme de Luis Buñuel El ángel exterminador, en que se plasma una situación parecida. La unidad formal se mantiene hasta el final y a pesar de la letanía en la misma situación sin variantes notables y en el mismo escenario, en ningún momento el relato resulta cansón ni aburrido: el lector no se agobia y sigue leyendo, quizás por la pericia (como creo yo) del escritor al narrar hechos sencillos y a la vez absurdos, con el dominio del lenguaje conocido de Cortázar, o quizás porque en la narración, sin diálogos marcados ni descripciones detalladas (sólo frases y pinceladas para los personajes que bastan para que los conozcamos y para que veamos que algo hacen, que se mueven, que están vivos en medio de ese caos que no entiende ninguno) hay un interés que penetra, por conocer el fin del embotellamiento y qué sucederá con los embotellados al final. No veo muy claro el por qué Cortázar no sacó partido de las necesidades físicas de los personajes, cuyas acciones en ese aspecto nunca se mencionan, y sólo en un renglón que dice “y se deslizaran hacia los bordes de la autopista para aliviarse” pudiera interpretarse como tal cumplimiento de esas necesidades, aunque a mí no me sirve y creo que no está claro su sentido. Quizás podría eliminarse un poquito, sintetizando aún más acciones y movimientos, pero el autor no suele caer en semejantes errores. Por algo mantuvo su excelente narración como está, sin ponerle ni quitarle, con un final que hace que el lector respire al colocar el libro sobre la mesita de su casa o la mesa de la biblioteca donde leía el cuento. Yo hice lo mismo, también aliviado, la primera vez que lo leí, suspirando por aquellos que han vivido una aventura que pudiera ocurrirnos en la vida real, porque la literatura siempre refleja situaciones, escenarios y hechos que cada día más parecen acercarse a nuestra realidad. Lo dijo Oscar Wilde: “la vida imita mucho más al arte que el arte a la vida”. Y nada más natural que la vida pueda converirse en arte... o viceversa. Augusto Lázaro