domingo, 6 de mayo de 2012

DESPUES DE LA MUERTE

Cito de memoria la máxima de Thomas Mann en su novela La montaña mágica: "la muerte es más un asunto de quienes nos sobreviven que de nosotros mismos" (me perdonan si la cita no es exacta). Si nos ponemos a pensar en estas palabras que parecen algo demasiado simple que nadie que no sea tonto puede no entenderlas, nos damos cuenta de que no es tan simple, porque la idea de la muerte nunca lo es. Lo que es complicado es ponerse a pensar qué pasará cuando nos toque el turno y dejemos vivos a quienes hemos conocido toda la vida o desde hace algún tiempo, que seguirán durmiendo y despertando, comiendo, riéndose, haciendo el amor con sus parejas, y en fin, viviendo sus vidas quizás recordándonos o quizás no tanto, pues esa marca pesada tiene la muerte: el poder de olvidar, porque la muerte es la suprema jefa del tiempo que transcurre.

Muchas veces me he puesto a pensar qué harán esas personas que he conocido (familiares, amores, amigos, compañeros de estudio y de trabajo, vecinos) si no han muerto cuando yo deje de vivir, cerca o lejos de ellas, y siento la certeza de que al morir todo terminará para mí, pero ellas seguirán viviendo sus vidas apenas alteradas por una noticia de tantas que llegan a diario a ojos u oídos de quienes sobreviven, con la cual realmente muy pocos se sientan afectados por una muerte que para todos será algo natural que algún día tendría que ocurrir. Pero entonces personalizo los recuerdos y no puedo evitar que un sentimiento de aguda tristeza me golpee con fuerza, quizás porque pienso en aquellas personas que he querido tanto y que después de muerto, recordándome o no, seguirán con sus vidas a cuestas, en el tiempo que seguirá pasando, mientras yo sea cada vez más sólo un recuerdo, una gota de nostalgia que llegue hasta ellas, si acaso llega en un momento en que alguien mencione mi nombre. El nombre de alguien que ha cerrado sus ojos mientras “el mundo sigue andando”.

Porque a mí me ha sucedido con personas muy queridas: ante sus muertes, algunas veces he llorado, otras me he sentido triste, a veces me he parado frente al espejo y me he preguntado cómo ha podido ser que ese ser tan cercano, tan entrañable, se haya ido de pronto, sin que yo pueda comprender por qué ni justificar su ausencia eterna. Pero el tiempo ha sido superior a toda la añoranza, y al pasar los días, las semanas, los meses, he tenido que aceptar que ya no está ella (o él), que ya no veré más su rostro ni oiré su voz ni tocaré su cuerpo ni pasearé en su compañía por esos lugares que tantas veces nos vieron juntos, y que ahora sólo me verán pasar, quizás con la cabeza inclinada, quizás con la nostalgia aferrada en mi recuerdo, pero nada más, porque esa persona se ha ido y tengo que rendirme a la evidencia de su no retorno.

 Por eso, cuando medito sobre el misterio de la vida y de la muerte, sintiéndome al menos si no feliz complacido con esta vida que llevo, miro a mi alrededor las paredes adornadas con cuadros y fotos, los muebles que siempre me saludan al abrir los ojos cada mañana al despertar, las cosas que tengo y que me hacen agradable la vida, y pienso en que en realidad me gusta vivir, y me gusta vivir así como vivo, disfrutando de las cosas que más placer me dan y que puedo disfrutar, y entonces aparece de súbito la pregunta que nunca se aparta de mis pensamientos: ¿hasta cuándo? Pero no quiero saber la respuesta...

Augusto Lázaro