miércoles, 28 de diciembre de 2011

LOS TIEMPOS DE LAS CARTAS EN PAPEL

Recuerdo que cuando me establecí en Santiago de Cuba, mi madre, que vivía en Pinar del Río, me enviaba una carta todas las semanas, que nunca me faltó, hasta su último día de vida. Una carta escrita por su mano, simple y sencilla, repitiéndome las cosas que siempre me decía y dándome los consejos que nunca se cansó de darme, porque para una madre siempre somos niños a los que hay que cuidar y proteger, y si la distancia la separa de nosotros, entonces acude a cualquier medio posible para no perder ese contacto ten lleno de amor que desde lejos nos parece aún más hermoso.
En mi adolescencia (una época sin dudas muy difícil) y mi primera juventud, con amigas y exnovias solía escribirme desde la distancia, a veces corta, a veces larga, en cuyas cartas yo encontraba siempre un mensaje de amistad o de amor, algunas incluso con perfume en el papel, en ocasiones especiales en colores, o con hojas secas y otros adornos que yo agradecía, porque me hacían sentir bien, a pesar de lo que para otros resultara algo ridículo.
Eran cartas en papel, a lápiz o bolígrafo, con sobres y sellos de correos, que mantenían el romance que siempre anhelaba cuando estaba separado, por alguna circunstancia de mi vida, de aquellas muchachas con las que había vivido mis mejores momentos de amor y de ternura, ambas cosas realmente escasas a día de hoy. Con el tiempo las manos fueron convirtiéndose en teclas de máquinas de escribir, sobre todo en mí, que enseguida me acostumbré a decir las mismas cosas que decía en letra manual en esos aparatos que ya hoy no se fabrican en ningún país. De muchas de ellas también comencé a recibir cartas hechas en Remingtons, Underwoods, o cualquier otro aditamento favorecedor de la rapidez en el tiempo y la dejadez en el romance.
Hoy todo eso no es más que un recuerdo: vivo rodeado de cables, mandos a distancia (telepilots), teclas, botones, aparatos y equipos sofisticados hasta lo increíble a los que apenas me alcanza un pedazo de tiempo para atender y para usar, y mi relación con amigos y gente conocida es puramente virtual, mecánica, cibernética, tanto así que a veces, cuando escribo a alguien en mi ordenador (computadora) me parece que es a una máquina a quien estoy contando las cosas que antaño diría en un papel o mediante un teléfono normal a esa persona. Y me temo que dentro de muy poco tiempo se hará realidad esa novela de Isaac Asimov titulada El sol desnudo (The naked sun) en la que los seres humanos se comunicarían en burbujas, frente a frente y casi tocándose, sin hacerlo, porque uno de ellos estaría en Australia y otro en Ecuador, por ejemplo, mientras sus imágenes se verían (sin sentirlas físicamente) dentro de esas burbujas que terminarían sustituyendo a todo tipo de relación digamos de carne y hueso. Me pregunto cómo haríamos entonces para reproducirnos sin tocarnos. Pero eso lo dejo a quienes deseen conocer la novela de Asimov. Créanme, vale la pena, aunque al final a algunos nos dé ganas de llorar...
Augusto Lázaro

sábado, 24 de diciembre de 2011

LA PREGUNTA INOCENTE

Era apenas un mocoso que comenzaba la Secundaria y solía visitar a su familia materna, donde se entretenía registrando la enorme biblioteca en el fondo de la casona antigua, y sobre todo, con los cuentos que le hacía su tío don Pancho, con el que pasaba largos ratos oyendo las anécdotas, las historias, los chistes, y riéndose con lo que llamaba "las cosas de tío Pancho".
Su madre tenía como segundo apellido Gómez, pero el hermano, o sea, su tío don Pancho, tenía otro muy distinto: nada menos que Bustamante, curiosidad que siempre le había llamado la atención. Y aquel día del acabose se le ocurrió formular la pregunta fatal:

--¿Y cómo es eso, tío Pancho, que siendo usted hermano de mi mamá, ella lleva el apellido Gómez y usted Bustamante?

Para qué fue aquello. Don Pancho se quedó como en éxtasis, dejó caer el periódico que siempre leía, sentado en su poltrona favorita (porque sólo había una en la sala), puso los ojos en blanco, y lanzó un bramido estrepitoso que hizo retumbar las descascaradas paredes, llegando incluso a derribar un falso gobelino que adornaba una de ellas, y que al chocar contra el suelo agregó un sonido seco al producido por la garganta y las cuerdas vocales del jefe de la familia, y que más tarde Fefa declararía a los vecinos que le había parecido una de las bombas que hacían etallar los grupos de revolucionarios que combatían al dictador de turno.

--¡AAAJJ@@000$$$JPAFPOM%%%CRONNN&&&¿?=PAMPUMBOOOOOM... RECOÑO DE SU MADRE!

La reacción en cadena fue inmediata: Fefa salió del baño en sus paños menores dando gritos estentóreos y diciendo palabrotas que jamás solía decir, Panchita se quemó en el fogón, revolviendo unas albóndigas que por el olor parecían estar deliciosas, a Dominga se le cayó una olla repleta de potaje que se desparramó en el suelo de la cocina, regando frijoles por todos los mosaicos, La Nena se pinchó el dedo gordo de su mano izquierda, con la que sostenía la bufanda que estaba cosiendo a ganchillo casero, a Emilio le entró “el salto” que ponía sus nervios a cien y sus brazos y piernas a temblar, los niños se abalanzaron hacia la escalera y fueron a parar a la calle dando berridos y chocando con las personas que por allí pasaban, y como era de esperar, el joven de la pregunta comenzó a reírse sin parar y así estuvo hasta que un enfermero de atención llamado por una vecina asombrada de tanto aspaviento le dio una cachetadita que lo volvió a la realidad...

Cuando pasó la furia y se calmó el paisaje, el tío le confirmaría la razón: “bueno, la pregunta que me hiciste, sobrino... es que esa fue una de las tantas estupideces que cometió mi padre, al casarse con la madre de tu madre”... y diciendo esto se encaminó hacia su poltrona con un periódico en las manos dispuesto a enterarse de lo bien que marchaban las cosas en el país y en todo el mundo.

Cuando el muchacho regresó a su casa y le contó a su madre lo ocurrido, aumentándole escenas y añadiéndole énfasis y su poco de dramatismo, tuvo que soportar la descarga de la asombrada mujer que como no podía echársela al hermano porque no lo tenía delante, no encontró otro desahogo que cogerla con el pobre chico que escuchaba impávido pero asustado los improperios que su madre le decía que a su vez le diría al cretino de su hermano tan pronto se encontrara con él allá en su casa, “que seguro que cuando se casó con su primera esposa no cometió ninguna estupidez el cabrón viejo peleón ese que lo único que sabe hacer es sentarse a leer el periódico y llenar la casa de peste a tabaco en esa vieja y desvencijada poltrona que huele a mil demonios porque el hombre no suele asearse con mucha frecuencia y...” y otros cariños similares que dejaron al hijo mudo por un largo rato, entretenido con los muñequitos que le compraba su padre todas las semanas en el quiosco La Colosal, en plena calle principal de la ciudad, propiedad del muy ilustre miembro de la cofradía de masones “Hermanos de la Sinceridad”, don Antonio Lara y Melapones...

Augusto Lázaro

NOTA: agradezco a Anónimo sus comentarios a varias entradas de mi blog y respeto su deseo de no identificarse, aunque confieso que me gustaría que lo hiciera.
augustorre1938@yahoo.com

martes, 20 de diciembre de 2011

UN BRINDIS POR DON CLARITO

Le pasó el cepillo a los zapatos, se ajustó el nudo de la corbata, se puso la chaqueta de paño inglés color gris ceniciento, se encasquetó el mini sombrero redondo, se miró al espejo por última vez, y complacido con la imagen reflejada, dio unos pasos hasta la puerta de la calle, y salió. Caminaba despacio, con una ligera inclinación hacia un lado que apenas se notaba, pero siempre más erecto que una estaca de cerca. Se dirigió, como era su costumbre, al bar LA ALAMEDA, situado en la avenida del mismo nombre, frente a la Escuela Normal para Maestros de Pinar del Río, su ciudad natal, vital y posiblemente mortal, pues don Clarito no era de los que gustaban subirse a un avión en busca de nuevos horizontes que le cambiaran su statu quo acostumbrado y eterno. Eso se lo decía su esposa, que descansaba en paz en el cementerio católico de la ciudad.

Clarito era viudo de la única mujer que había conocido y con la cual, según sus amigos más íntimos, tras una larga etapa de noviazgo, había contraído nupcias religiosas y civiles, como Dios mandaba, para ser felices, como lo fueron mientras ella vivió, sin dejarle ni siquiera un vástago que inmortalizara su estirpe.

--Buenas noches, señores.

Era su saludo habitual, al que todos los parroquianos respondían, porque Clarito caía bien y los asiduos a LA ALAMEDA disfrutaban de sus certeros comentarios sobre temas de actualidad.

--¿Qué tal, don Clarito? Puntual, como siempre.

--Muy bien, gracias. La puntualidad, querido Lázaro, es una virtud que lamentablemente se está perdiendo.

Clarito siempre tomaba lo mismo, por lo que el dueño del bar no tenía que preguntarle, y le colocaba sus copitas con el vino tinto preferido acostumbrado, siempre dos, para mantenerse sobrio y ayudar a la estabilidad del organismo, como decía a sus amigos.

--¿Qué le parecen las declaraciones del alcalde? –le preguntó un parroquiano.

--Pues que los alcaldes siempre declaran lo que la gente quiere que declaren, aunque sabiendo que no van a cumplir nada que hayan prometido. La política no es más que eso –Clarito se empinó la copita con el último sorbo, saboreándolo como si fuera el manjar más apetitoso del universo-: decirle a la gente lo que la gente quiere oír, aunque al día siguiente tanto quien lo dijo como quienes lo oyeron se hayan olvidado de todo lo dicho y lo oído.

Era una definición exacta y sintética de la política, según decía Juancho, el dueño del bar, a sus asiduos, cuando mencionaban la sagacidad de don Clarito para expresar lo que quizás todos pensaban con otras palabras. Los amigos le llamaban, generalmente, en privado, pero con mucho respeto, “Lloviznita”, que según investigó Juancho una vez, tal apodo le venía de su misma cuñada, que le confesó una vez a una vecina que tenía la lengua más larga que la esperanza del “bobo de la yuca”, que se le había ocurrido

--porque es que lo veo así, tan esmirriadito, tan calmado, tan poquita cosa el pobre, que eso es lo que me parece: una lloviznita.

Pero la mujer, que se reía a carcajadas, quería mucho a don Clarito, porque eso sí, “ha hecho feliz a mi hermana y tiene un corazón de oro, es servicial, solidario, le hace un favor a cualquiera y sin mirar quién es ese cualquiera”. Cuando la esposa se enteró se echó a reír, apoyando, ¡qué remedio!, la definición de su hermana que encontró en realidad muy certera.

--¡Ah, don Clarito! Cuánta razón tiene. ¿Hasta cuándo padeceremos a esos manengues en esta Cubita bella?

--Es difícil saberlo, amigo mío. Aquí los políticos le han cogido la vuelta al vivir bien y aspiran al jamón para eso, para vivir bien y al pueblo que lo frían, y los que llegan al jamón se aferran tanto a él que ni dándole candela como al macao se despegan. Bueno, ustedes saben eso tan bien como yo.

--Es cierto, aunque yo creo, don Clarito, que eso pasa en todas partes, porque yo creo que los políticos son todos iguales y que de ellos nada bueno puede esperarse.

Y así corría la noche entre opiniones, comentarios, tragos de vino unos, de cerveza otros, de ron los menos, hasta que al fin la charla giraba para el otro tema principal del país: el béisbol, o sea, la pelota, como le llamaban al deporte nacional. A veces las discusiones sobre el tema beisbolero se pasaban de castaño oscuro y se convertían casi en broncas encendidas, porque en Cuba todo el mundo era maestro de política y de pelota, y de algunas cosas más que no solían discutirse en los bares. Después de unas dos horas de estancia y de pasarlo bien en compañía de los parroquianos, con los cuales intercedía cuando las voces se alzaban más de lo acostumbrado, Clarito miró su reloj pulsera que llevaba desde el tiempo de las trompetas, como le decía su cuñada, y se despidió de amigos, conocidos y clientes no habituales, así como de don Juancho Tellería, saliendo de LA ALAMEDA a la noche tranquila de regreso a su casa. Clarito se encasquetó el sombrero que se había quitado al entrar, se abrochó el saco de paño viejo pero decoroso, y sonriendo, como cada noche, se dirigió a su casa, a encontrarse otra vez con su eterna y a veces demasiado pesada soledad...

Augusto Lázaro

viernes, 16 de diciembre de 2011

TODO LO QUE SOBRA

Mi amiga M.E. (no escribo su nombre porque ella me ha pedido que no lo haga y respeto las razones que tendrá) me preguntó recientemente para qué servía la UNION EUROPEA. No tuve que pensarlo.

--Para nada. Absolutamente para nada, al igual que la ORGANIZACION DE NACIONES UNIDAS, a no ser para mantener a quienes acuden a sus reuniones en representación de sus países miembros, con un altísimo nivel de vida al ser perceptores de sueldos astronómicos, viáticos, viajes y demás privilegios que concede el sentarse en sus escaños para “arreglar el mundo”, como si realmente les interesara arreglarlo, aunque al mundo no puede arreglarlo nadie. Y eso ellos lo saben.

¿Por qué entonces existen esas organizaciones y muchas otras que como las citadas no sirven para nada, porque nada resuelven? Buena pregunta. Pero pienso que si dejaran de existir la humanidad apenas lo notaría. En el caso de la ONU, ese organismo está dominado por 5 grandes potencias que son las que mandan en todas las decisiones que se tomen, aunque a él pertenecen además nada menos que otros 188 países corifeos que aunque hablan, protestan, proclaman, piden, plantean, demandan, en definitivas sus votos nada valen si uno o varios o los 5 grandes los vetan. En el caso de la UE, más de lo mismo. A día de hoy son dos países los que mandan y sin ellos no puede hacerse nada: Alemania y Francia, dejando al resto, o sea, otros 25, el papel de corifeos con voz que nadie oye y voto que de nada vale en el momento de ejecutar algún plan.

Pero hay otras muchas organizaciones que sobran, porque su función sólo consiste en celebrar reuniones del llamado “alto nivel” para que decenas de políticos, empresarios, dirigentes sindicales, religiosos, sociales, etc., vociferen sin sustancia, creyéndose que están dando una clase de sabelotodismo ante un auditorio que apenas los oye y que por supuesto, no los toma en cuenta.

En cuanto a los políticos, Bélgica ha demostrado que el mundo puede vivir sin ellos, porque ha permanecido 18 meses sin gobierno real y el pueblo ha disfrutado de vivir sin esa plaga que bienvive a su costa, dándole a la lengua y prometiendo villas y castillos para tan pronto asumir sus cargos desproporcionadamente remunerados olvidarse de aquellas palabras que como en la novela de Mitchel, se fueron con el viento.

Y en el sector administrativo pudiéramos preguntarles a esos señores que, si en los países occidentales democráticos existen 3 poderes: el Ejecutivo (o sea, el gobierno), el Legislativo (o sea, el Congreso de Diputados que discute y sanciona las leyes), y el Judicial (o sea, el encargado de impartir y hacer cumplir las leyes en vigencia), ¿para qué entonces existe un Ministerio de Justicia (en Estados Unidos no hay ministros, sino Secretarios, pero es lo mismo aunque no se escriba igual) si la justicia es, debe y tiene que ser independiente?

Y en España el despilfarro de dinero y recursos roza lo inaceptable: el Tribunal Constitucional (con el Supremo debería bastar) -que cuenta en su historial la desvergüenza de haber metido a los terroristas en las dependencias del Estado-, el Consejo de Estado, que nadie conoce ni sabe dónde está ni lo que hace ni para qué sirve, el Senado, un ente administrativo que nada pinta, porque cuando le llega alguna disposición del Congreso, aunque la rechace, ésta vuelve al Congreso, allí se aprueba y ¡que viva la pepa! Y ni hablar de los miles de liberados sindicales que no son más que “vividores” que no hacen nada y cobran por no hacer nada sino usar la lengua y la boca (para hablar y comer) y si acaso formar piquetes en las huelgas para amedrentar a quienes no las siguen, o claques en los mítines cuando el pueblo no acude a oír las mismas tonterías que aburren. Y no sigo, porque este espacio no alcanza para enumerar lo que no debería existir. Ni aquí ni en ningún otro país donde se dilapida el dinero de los contribuyentes en edificios, guardias de seguridad, vehículos, equipos eléctricos y electrónicos, viáticos, pagas extras, etc., para en definitivas no resolver ni hostias ante ningún acontecimiento que discutan en sus innumerables asambleas.

Hombre, si se eliminara todo eso, casi seríamos ricos en todo Occidente. Y sin ninguna crisis económica. Y si se eliminaran las guerras y el costo de las mismas... ¡millonarios seríamos, sin dudas! Y mucho más felices, sin tantas muertes que jamás podrán ser justificadas por ningún mandamás.

Augusto Lázaro

domingo, 11 de diciembre de 2011

¿VICTORIA DEL MAL?

En la Feria Internacional del Libro (FIL) que se celebró en Guadalajara (México), el filósofo alemán Rüdiger Safranski afirmó rotundamente que "el mal es normal en el ser humano". Y a continuación detalló sus fundamentos para tal aseveración que dejó a algunos boquiabiertos. Si nos ponemos a pensar en esa aseveración de Safranski, llegamos a la conclusión de que el mal, si no es totalmente normal en el ser humano, sí se esconde entre las entrañas de cualquier ser humano, pudiendo destaparse y salir en un momento determinado por las circunstancias, la situación, el estado anímico, etc. Pero esos casos se producen sólo en personas que generalmente no son “malas” de por sí. Porque hay personas cuya característica principal es la maldad.

Principios del siglo XXI: el panorama que se presenta no es como para tirar cohetes en cuanto a la bondad se refiere. El mundo está perdiendo la batalla contra el mal, aunque le parezca todo lo contrario a personas supuestamente bien informadas. Las guerras proliferan y se extienden provocando infinidad de sufrimientos, destrucción, sangre y muerte en todos los teatros de operaciones. Y yo pienso que las guerras son la peor manifestación del mal, aparte de que quienes las generan no pueden ser personas bondadosas, sino todo lo contrario, y detrás de cada acción bélica se esconde la ambición de los que promueven ese horror para beneficiarse. Y hasta ahora, no hay fuerza capaz de eliminar de una vez semejante barbarie.

Si nos atenemos a un solo ejemplo, digamos España, que puede ser punto de comparación con el resto del planeta, encontramos que el mal se ha afianzado en algunos sectores de la sociedad, sin que esto quiera decir que España sea un país de malvados ni nada que se le parezca. Sólo que, tal como planteara Safranski, el mal se va posesionando lentamente y si no lo atajamos a tiempo, terminará ganándonos esta batalla en alguna década del actual siglo. Algunos ejemplos bastan para dar fe de los avances del mal en nuestro bello país: De Juana Chaos, asesino de 25 seres humanos, está en la calle. Troitiño, asesino de 22 seres humanos, está en la calle. Algunos de los asesinos de Sandra Palo, Marta del Castillo, Mari Luz Ortiz, y otros adolescentes que han sido brutalmente golpeados y asesinados por jóvenes que parecen engendrados por monstruos y no por seres humanos, están en la calle o saldrán pronto, en lugar de permanecer el resto de sus días para evitar así que sigan haciendo daño a tantos inocentes que pudieran convertirse en nuevas víctimas. ¿Por qué están en la calle? Porque en esos casos ha triunfado la maldad. Y es bueno recordar las palabras de José Martí: “los malos imperan donde los buenos son indiferentes”.

¿Es indiferente la sociedad española ante esos crímenes? ¿Es indiferente el mundo ante la barbarie que se extiende por sus puntos cardinales? ¿Es que en nuestra esfera terrestre no hay fuerza de bondad suficiente para atajar y eliminar semejantes atropellos? Alguien debería responder a estas preguntas, porque de continuar como vamos, muy pronto los criminales y los delincuentes no tendrán castigo, hagan lo que hagan, y los magistrados que padecemos los pondrán de patitas en la calle si son detenidos, y si no lo son, podrán pasearse por las calles de nuestras ciudades como cualquier hijo de vecino, cuando sus delitos “prescriban” y nada pueda hacerse contra ellos.

¿Quién tiene el coraje, la dignidad, la decisión, de poner freno a esta ignominia?

Augusto Lázaro

martes, 6 de diciembre de 2011

LAS "UBRES" CAPITALINAS

Comienza diciembre. El frío aparece en todos los rincones de Madrid. Yo, como me gusta el invierno, camino sin cansarme por las calles de esta urbe que se ha convertido en ubre, porque cada día hay más habitantes que quieren o deben o tienen que vivir de lo que da de generosa la ciudad. El desempleo es preocupante, pero no el único causante de que muchos forasteros (y también muchos del patio) vean en Madrid la solución de sus problemas. Y su principal problema (el de esos muchos) es tan simple que apenas se nota: vivir sin trabajar.

Es evidente que muchos de esos cinco millones de desempleados se están acostumbrando a no tener trabajo. Problema grave este, porque se crea una legión de personas, sobre todo jóvenes, que viven de la prestación que reciben y se las arreglan para sobrevivir, quizás con carencias y sin los recursos que desearan tener, pero con una situación en cierto modo acomodada que les permite llevar una vida tranquila sin mayores problemas y con la seguridad de que no necesitan trabajar para vivir con el mínimo nivel que en un estado de derecho pueden contar. Y en algunos casos, generando situaciones delictivas en su intento por tener más y así elevar su nivel económico/vital.

Peor aún es la cantidad de personas que se ven obligadas a pedir, aunque muchas de ellas piden sin necesidad, porque le han cogido el gusto a buscarse un dinerito con el cuento, ya que siempre algunos caen y les dan, en los metros, en los trenes, en las estaciones, etc., donde practican todo género de habilidades para que ingenuos e inocentes piquen y les echen la moneda que parece poca cosa, pero que al llegar el día a su final suma euros y con eso tienen para no morirse de hambre ni de calamidades, como piensan algunos que alimentan su permanencia como pedigüeños de profesión.

El mal es difícil de eliminar. Una vez me acerqué a una joven sentada en el suelo a la puerta de un hipermercado, pidiendo limosnas. Le pregunté por qué hacía eso y me di cuenta de que se trataba de una extranjera de Europa del Este, posiblemente rumana. Me miró sin abrir su boca y enseguida intentó desentenderse de mí. Entonces le pregunté:

--¿Tan mal estabas en tu país que prefieres venir aquí a pedir limosnas?

Quizás mi pregunta fue cruel, pero creo que no hacemos ningún bien si ayudamos con nuestro dinero a este montón de jóvenes que adornan nuestras calles pidiendo dinero, comida, ropas u otras cosas, porque no puedo admitir que en sus países de origen (en el caso de los extranjeros) su situación esté por debajo de esta indigencia que tan mal imagen da. Y en el caso de los españoles, a pesar de la crisis existen todavía locales habilitados para que esos llamados “pobres de solemnidad” reciban las mínimas condiciones para que vivan como seres humanos, que por supuesto también están abiertos para los extranjeros. ¿Por qué lo hacen, pues?

Sin dudas, España es un país receptor de inmigrantes de cualquier latitud, y considero que eso es saludable. Pero no beneficia al país ni a su desarrollo mantener a miles de personas que nada producen y que se dedican, en el mejor de los casos, a pedir limosnas a la entrada de un mercado o de una iglesia, y en el peor, a formar y fomentar bandas de delincuentes que aumentan la inseguridad y el rechazo de nuestros habitantes ante su crecimiento al parecer incontrolable.

En el caso de los nacionales, esa plaga de pedigüeños (aunque no tan numerosa) y de delincuentes (esa sí muy numerosa) se benefician de la suavidad, por no decir tolerancia y apoyo, de unas leyes que parece han sido confeccionadas y aprobadas por los mismos delincuentes que las disfrutan sin pudor ante el asombro y la impotencia de una sociedad que ve con rabia cómo los enemigos, los malos, los criminales, resultan respaldados y a veces ayudados por quienes deberían estar encargados de impartir la justicia, que muchas veces brilla... por su total ausencia.

Entre sus primeras prioridades, el nuevo gobierno debería tomarse muy en serio eliminar esta penosa y peligrosa situacioón que se está convirtiendo en un problema tan serio que ya muchas personas están pensando en hacer las maletas, tomar sus pasaportes, y encaminarse hacia algún aeropuerto que los saque de esta especie de “paraíso de la delincuencia”. Y dentro de esa delincuencia están algunas personalidades públicas que gozan de la aceptación de una parte de la sociedad que no sólo los soporta, sino que los respeta, y hasta los admira. Casos hay, demasiados, que lo prueban.

Augusto Lázaro

jueves, 1 de diciembre de 2011

¿LOS DUEÑOS DEL FUTURO?

--Pues como lo oyes: he decidido convertirme en un corrupto.

Me sorprende una vez más mi querido amigo Juan Maguey, y lo miro moviendo la cabeza de izquierda a derecha (y viceversa).

--Vamos, Juan, que la mañana no está para chistes sin gracia.

Y como no me río y me dispongo a pedir nuestros dos consabidos cafés, Juan insiste, ahora muy serio:

--¿Así que no me crees? Claro, es normal, cuando uno dice la verdad es cuando no lo creen.

--Hombre, Juan, ¿cómo voy a creer que te vas a convertir en un corrupto, tú que eres un hombre honrado y cabal? Y en caso de que me lo creyera, ¿cómo piensas convertirte en un corrupto, si se puede saber?

--Parece que tú vives en Tahití... –y enciende su no menos consabido pitillo-. ¿No te das cuenta de que para progresar aquí en este país hay que ser un corrupto? La gente honrada cada día lo tiene más difícil.

--Explícate.

--Es muy fácil: ¿quiénes son los que viven mejor y con más lujo, con más comodidades?

--Hay mucha gente que vive con lujos y comodidades y no es gente corrupta.

--Cierto, las excepciones siempre se encuentran, pero en general, ¿has visto algún pobre que por medios honrados llegue a millonario? Y además, fíjate que últimamente ningún corrupto, sobre todo los políticos, paga sus culpas. Todos salen de rositas y no hay ley ni justicia que pueda condenarlos.

Y pienso que Juan tiene razón en esto último, porque es cierto que los políticos, por muy corrompidos que estén, siempre salen indemnes, hagan lo que hagan.

--Bueno, vamos a ver, Juan: cuéntame tus planes para hacerte rico cuando seas un corrupto, y cuéntame cómo te vas a corromper, que es lo principal.

Entonces mi buen amigo me lanza una serie de acciones que incluyen el asalto a un banco como última medida, si antes no triunfa un negocio muy oscuro en el que piensa meterse de lleno con falsificaciones documentales, proyectos que no se cumplirán, sociedades con elementos mafiosos, comerciantes dudosos e industriales fichados, y algunas etcéteras que casi no oigo por el ruido alrededor, pero que imagino claramente, porque parecen los proyectos de algún político de turno que está en vías de forrarse. Pero entonces le suelto la pregunta clave:

--¿Y... suponiendo que te cojan con las manos en la masa?

--No me cogerán, en todo caso me imputarán, palabrita que se usa mucho últimamente.

--Muy bien, pero ¿qué harás si te imputan de los delitos cometidos?

--¡Ah! –se ríe, terminando su café- eso es lo más fácil: si me veo envuelto en algún lío con la Justicia en que mi libertad peligra, me voy a Francia y...

--¿A Francia?

--Bueno, quien dice Francia dice Suiza. Me largo y allí espero, con la pasta obtenida, hasta que mi delito prescriba. ¡Ah! Prescriba. Adoro ese término que se hizo sin dudas para proteger a los que como yo dentro de poco, ya son corruptos consagrados que viven la dulce vida tras prescribir sus delitos y no poder ser juzgados por los mismos... Bendito sea quien hizo esta ley de la prescripción de los delitos. Gracias a él, o a ellos, voy a bañarme de lujo y de comodidades, y ¡que viva la pepa!

Augusto Lázaro