viernes, 5 de agosto de 2011

SINCERIDAD, BONITA PALABRA

Tengo una amiga a la que aprecio mucho con la cual me ha sucedido algo curioso: resulta que me invitó a asisir a una representación suya de un monólogo teatral escrito y actuado por ella misma, que yo había visto ya en su propia casa. No me apetecía ir y no fui, y eso al parecer le ha hecho distanciarse, quizás molesta o enfadada porque yo no hice lo que me pidió. Todos tenemos conceptos diferentes sobre la amistad, pero yo considero que la amistad condicionada es una farsa, y que pretender que siempre nuestros amigos actúen de acuerdo a nuestros parámetros o a nuestros deseos es considerarlos como seres incapaces de pensar y razonar por sus propios cerebros, y no ser independientes de cualquier voluntad ajena a ellos, por muy sana y atractiva que sea la misma proveniente de quien, como en este caso, invita, sugiere, solicita, etc. Invitar está bien, pero “eres mi amigo si haces lo que te pido que hagas” me parece simplemente una mentira. Y se engaña quien piense que sólo son amigos quienes siempre responden a sus deseos o a sus solicitudes.

A mí me gustaría que mis amigos (los que leen mi blog) aparecieran entre los seguidores con sus fotos y sus datos junto al encabezamiento de cada nueva entrada. Sin embargo, nunca se me ocurriría pedírselo. Pienso que si ellos no aparecen, es porque no desean aparecer como tales, y creo que lo importante es que me lean, que es para lo que escribo el blog. Mis tres mejores amigos (varones), Alex Sanamé, Juan Maguey, y Rodolfo de la Fuente, que leen mi blog y lo comentan conmigo, y discrepan muchas veces, cosa muy natural cuando la amistad es sincera, jamás se apuntarían a aparecer entre esos seguidores a los que agradezco su presencia que me anima a continuar publicando nuevas entradas cada varios días. Y por supuesto, eso no hace ni en una pizca que yo me sienta preterido por ellos por no aparecer en la portada de LA ENVOLVENCIA. Y a la amiga referida nunca se lo he pedido, ni siquiera le he pedido que lea mi blog, sólo una vez le informé de su existencia y nada más. Si no lo hace, es porque no lo desea, no le apetece, no tiene tiempo, o cualquier cosa, y yo respeto su decisión y la acepto como es y eso –no otra cosa-- es la amistad.

A las personas hay que aceptarlas tal como son o no aceptarlas, y se acabó. Pero querer que los amigos piensen, sientan, hablen y actúen como quisiéramos es síntoma de inmadurez, además de que en realidad, siendo así, no los consideraríamos amigos ni personas con valores que merecen que los consideremos amigos: serían marionetas si siempre se movieran al compás de nuestros deseos, de nuestra voluntad, o de nuestras peticiones.

Pero lo más curioso del caso del que hablo es que esa amiga tiene una hija, sin dudas encantadora como ella, que, como decimos en Cuba, es "cagadita a la madre", pues también me invitó a asistir a su cumpleaños, al que SI me apetecía ir, pero me surgió un problema digamos "sentimental" ineludible que me impidió asistir, y su reacción ha sido idéntica: distanciamiento, indiferencia, olvido...

No obstante, yo sigo queriéndolas, porque no quiero a muchas personas, pero cuando quiero a alguien lo quiero de verdad, sin condiciones, aceptándolo como es y sin pretender que esté de acuerdo conmigo en todo lo que yo piense, sienta, diga o haga. Ni siquiera en parte, pues le faltaría al respeto si pretendiera que ese amigo aceptara todo lo que forma mi personalidad, con mis características individuales. Ya lo dijo Winston Churchill en un discurso memorable: “no estoy de acuerdo con lo que dices, pero daría mi vida por defender tu derecho a decirlo”...

Desde aquí les envío a ambas muchos besos y todo mi cariño, confiando en que no se me vayan a enfadar –todavía más- con este rasgo de sinceridad, que como el título de esta entrada afirma, es una bonita palabra...

Augusto Lázaro