domingo, 27 de febrero de 2011

DEL NUEVO MUNDO

Anoche vi y oí en un vídeo en Internet la Sinfonía del Nuevo Mundo, de Antonín Voräck, y me he transportado con ella al "descubrimiento" (que muchos llaman encuentro entre dos mundos, término que me parece más correcto), pues esa música trasmite el sentimiento -y la sonoridad- de los aborígenes de la América del Norte, con su apacible nostalgia y sus himnos a la tranquilidad que fue -en algunos casos brutalmente- turbada por los nuevos amos que implantaron sus costumbres, su cultura, su religión, creyéndose seres superiores que poseían la facultad y el deber de llevar
la civilización a nuestras tierras americanas... pero quiero hablar de música, no de la colonización con sus "daños colaterales"...

Antonin Voräck nació en Nelahozeves, en la Bohemia checoslovaca, en 1841, y murió en Praga, en 1904. Sus obras tienen la característica de lo autóctono de su país incrustado en la música pos-romántica occidental,
y son reflejo fiel de la esencia de su tierra, pero su pieza más conocida es esta sinfonía, compuesta en 1893, una verdadera obra maestra que destila melodía en el tono apacible de aquellos indios que parecen resurgir entre las notas, perfectamente sincronizadas con las notas refulgentes que hacen a quienes la escuchan, aunque no estén acostumbrados a ese tipo de música, disfrutar de una sensación de bienestar y añoranza, como si estuvieran viviendo otra vez aquel tiempo que dejó su huella de romance, de tristeza, de amor...

Esta interpretación estaba conducida por un director que no conozco, y me puse a pensar, mientras la escuchaba y veía a los músicos y a los movimientos de quien los dirigía, en aquella grabación que oí (esa vez sólo oí) por una de las mejores orquestas sinfónicas del mundo, la de Philadelphia (en el estado de Pennsylvania, en USA), dirigida por Eugene Ormandi, superior por cierto a ésta de anoche, que no por eso pierde en calidad su representación...

Macarena y yo nos perdíamos en lo intrincado de la tienda ALCAMPO a oír nuestra música, pues a ella le gustaban estas piezas, y siempre me preguntaba, incrédula, cómo era posible que yo hubiera oído más de 500 veces los Cuadros en una exposición (con la imprescindible orquestación de Ravel), La gran pascua rusa, o el Concierto para violín y orquesta de Tchaikovski... la pobrecilla ignoraba entonces el enorme placer que se puede sentir al escuchar esas obras de arte, como dice uno de mis vecinos que también se deleita cada mañana con las grabaciones que oye en Radio Clásica. Avelino -así se llama- me lo dijo un día:

--Es que esa música lo hace a uno mejor persona.

Así de simple, como es el vecino. Pero Macarena no se conformaba con mis explicaciones y, curiosa como era, siempre me pedía más:

--Pues por mucho que a mí me guste una canción, o una de esas piezas que tú oyes diariamente, no creo que resistiría oírla más de diez veces... ¿no me estarás tomando el pelo?

Y así se nos iban las horas, a veces en su casa de Moratalaz, otras en la tienda, y otras en la FNAC, donde nos encontrábamos sin previa cita (o con el acuerdo telefónico para no fallar en el encuentro), y donde yo le enseñaba a distinguir entre lo bueno y lo especial, según mi punto de vista. A ella le gustaba mucho el Bolero, y a pesar de su constante reiteración de acordes y sonidos, lo saboreaba siempre. ¿Qué diría si le hubiera confesado que esa pieza de Ravel yo la había oído todavía mucho más de las 500 veces?

--Yo creo que la calidad de una orquesta aumenta o disminuye dependiendo de su director -le dije una tarde totalmente musical en la que hablamos sobre la composición de una orquesta sinfónica, que ella nunca había presenciado en actuación directa.

--¿Te refieres a esas orquestas sinfónicas?

--Sí, a ésas. Mira: esa sinfonía Del nuevo mundo que ya hemos oído varias veces, no se oye igual con cualquier director que con ese que yo pondría en el tercer lugar... Eugene Ormandi... lo que dirigen sus manos se convierte en arte mayor.

Y entonces le di mi opinión, que por supuesto, puede estar equivocada, sobre los directores de orquesta que ocupan los primeros lugares en toda la historia musical: sobre el primero creo que hay consenso, casi unanimidad: el mejor director de orquestas sinfónicas ha sido Arturo Toscanini. A partir del segundo puesto ya varían opiniones: yo colocaría a Leopoldo Stokowsky, que a pesar de su apellido no era ruso ni polaco, y en tercer lugar a Ormandi, por ejemplo... A veces pensaba que la aburría con mis meditaciones en voz alta, pero Macarena sabía escucharme y después darme su opinión, aunque no compartía mi dedicación tan extensa a esa música.

--A ningún tipo de música -me decía, sabiendo lo que yo le contestaría.

Y así recorríamos las ofertas que solían aparecer en la tienda, donde siempre comprábamos algo, porque a ambos la música nos era imprescindible. Un día me sorprendió oyendo con deleitación Still loving you, una balada de los Scorpions. Cuando terminó, me dijo:

--¿Y cómo es posible que te guste ese grupo que lo que hace es ruido, en lugar de música?

Tenía razón, pero los Scorpions grabaron 5 golden ballads que nada tenían que ver con sus demás interpretaciones efectivamente ruidosas.

--Pues mira, es que la primera vez que oí esa pieza yo estaba pasando un buen rato, con una compañía muy agradable, y eso tiene la música, que siempre nos hace recordar algo bueno que hayamos vivido, o alguien que hayamos querido... por eso me gusta esa balada.

Y es curioso cómo con la música, al igual que con un ser querido o con alguien que nos resulte muy agradable, el tiempo no corre, y cuando nos da por mirar el reloj nos damos cuenta de que lo que nos pareció apenas minutos resultó muchas horas... por eso el poder de la música, como el poder del amor, es inconmensurable, y a ambos poderes quizás debamos agradecer lo mejor de nuestras vidas, lo mejor de todo el tiempo que hemos vivido sobre la superficie de este planeta, bello y maltratado por sus propios hijos, en el cual estamos obligados a permanecer, al menos disfrutando de esos pequeños (o grandes) placeres, entre los que siempre quedará como uno de los principales la música...

Augusto Lázaro

PD: a mis lectores les recomiendo que no dejen de ver la película CISNE NEGRO (Black Swan), que a pesar de sus pequeños fallos es un bello espectáculo, y donde su protagonista, Natalie Portman, da una magistral lección de arte dramático, en una actuación sin precendentes, sin dudas merecedora del OSCAR que se concederá esta noche... al menos yo, ya se lo he concedido... y de ella hablaré en una próxima entrada.

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