sábado, 12 de febrero de 2011

CAFE Y DOMINO

Mis vecinos son como todos los vecinos y hacen lo mismo que hacen todos los que pueden considerarse como vecinos, aunque no sean mis vecinos: duermen, comen, se mueven, salen a la calle a ver cómo está la cosa, que no está como para tirar cohetes ni voladores celebrando cualquier cosa, y valga la redundancia de palabra (me refiero a la "cosa"), pero que no por eso uno tiene que encuevarse y pelearse con la humanidad ni con el esplendor de una ciudad del llamado Primer Mundo que resplandece ante la mirada curiosa de foráneos o turistas y acostumbrada de nativos y residentes que cuando salen ven lo mismo que ven todos los días que salen sin ningún cambio que amerite la salida que de todos modos y maneras hay que hacer al menos para estirar las piernas, porque si no se entumecen y puede que les causen molestias bastante molestas y valga otra vez la... ¡qué parrafada, hombre!

En fin. Pero los hay que no parecen adaptarse a la realidad inevitable. Por eso protestan, se quejan, alzan la voz, escriben cartas, llaman por teléfono, y esperan esas reuniones de vecinos para resolver sus problemas o darle curso a sus inquietudes, aunque saben que en esas reuniones no se va a resolver ningún problema ni se va a dar curso a ninguna inquietud. Pero menos mal que nos queda la esperanza. Porque la fe y la caridad ya pertenecen al pasado reciente. Nada, la crisis, que domina el panorama.

Pues sucede que en el edificio donde vivo las asistentes se encargan de colocar, en los bajos, en varias bandejas de metal ligero, periódicos, revistas, suplementos, etc., para que los que deseen los retiren y se los lleven a sus viviendas para leerlos y después si lo desean, volver a colocarlos en las bandejas o llevarlos a reciclar en los contenedores que se encuentran junto a la parada del autobús 148. Pero ¡ay!, ese afán de leer y saber, de instruirse, de perder el tiempo según la mayoría deslizando la vista sobre el negro sobre el blanco (y a veces en colores), se está perdiendo, lo que me beneficia, porque yo, cada mañana, al bajar, recojo los periódicos y las revistas y los suplementos que me interesan y me los llevo para leerlos después, al regreso, aunque siempre cargo con alguno, sobre todo si es de la fecha, porque me gusta estar al día (y quizás a la noche, por si acaso se adelanta el fin del mundo anunciado por los sabios del mentalismo y la adivinación para el próximo 2012).

De los residentes en el edificio, el grupo de los que todavía continúan trabajando se va a cumplir con su sagrado deber, pero los que no, porque han quedado en el terrible desempleo, o porque ya arribaron a la hermosa edad de la jubilación, ¿qué hacen si no se llevan ningún diario, ninguna revista, ningún suplemento? (algunas damas se llevan las revistas de los famosos, de ésas casi nunca quedan en las bandejas -de salida-). Eso: veamos en qué se entretienen esos inquilinos del segundo grupo, o sea: desempleados y jubilados:

--levantarse tarde
--dormir la siesta (un invento español)
--hacer las compras en el mercadito más próximo
--preparar sus comidas
--tomarse un café en el bar de la esquina
--echar varias partidas de dominó en el Centro de Mayores
--comentar lo jodida que está la situación con todas sus variantes (paro, pensiones, economía, políticos sinvergüenzas, asuntos internacionales, cómo va España, qué frío está haciendo, parece que va a llover, en el TDT se han cargado la mitad de los canales), y si el clima lo permite ir a sentarse en un banco a contarse los problemas personales y por supuesto volver a comentar la situación del país, que eso nunca está de más, y -faltaría más- hablar de fútbol.
--aprovechar (los fumadores) para calarse un pito en el espacio exterior, ya que ni en su propia casa van a poder echar humo dentro de poco tiempo, por eso me decía Don Matías hace unos días que "si la cosa sigue como va, dentro de poco nos van a decir cuándo podemos echar un polvo con la parienta... hay que joderse".

Un personaje este Matías. Pero qué claro está.

Augusto Lázaro

augustorre1938@yahoo.com