jueves, 17 de febrero de 2011

ESPEJOS

Dice Clint Eastwood que todas las mañanas cuando se despierta se mira en el
espejo y... ¡le gusta lo que ve! Me gusta Eastwood, no por lo buen actor y mejor director que es, que también, sino porque es un tipo simpático, un personaje en el llamado séptimo arte, alguien que, al menos yo, cuando lo miro, siento una alegría difícil de explicar. O sea, que el tipo es agradable, vamos. Pero yo todas las mañanas cuando me despierto y me miro al espejo... lo siento, no puedo decir lo mismo, porque ¡no me gusta lo que veo! Y esto de mirarse al espejo es un tema cuya tela no hay tijera que pueda cortar.

Me pregunto quién habrá inventado los espejos. Y mi respuesta siempre es la misma: tiene que haber sido Narciso. El muy prendado de su propia belleza, cuando se miró en el río y se vio tan buen mozo, se preguntó cómo podría deleitarse con su cara constantemente, sin necesidad de acudir a esa corriente de "agua dulce", que por otra parte no reflejaba con mucha nitidez su apolíneo talante. Pues eso, que sin llegar a exclamar ¡Eureka! como el bueno de Arquímedes, el Narciso dedicó sus horas de no contemplación al objeto que revolucionaría el ego de la humanidad con el andar del tiempo indetenible: inventó el espejo. Maldita persistencia que miren lo que ha traído a tantos como este servidor que, contrario a Clint Eastwood, cuando se mira en el cristal de azogue... ¡no le gusta lo que ve!

He pensado muchas veces cómo podría eludir esa imagen de revés reflejada, para no tener que "soportarme" a mí mismo (aunque hay algunas -en serio- que hasta se atreven a decirme -¡qué generosas!- que estoy hecho un toro: ¿será por el amor que le profeso a esos animales torturados y masacrados en las plazas de la salvajada nacional llamada fiesta en el país?) y he valorado algunas posibles soluciones:

1) no mirarme, la más fácil, y ya está, que me miren los demás, con eso basta, y afeitarme "al tiento", como lo hago con una maquinita eléctrica, pues eso.
2) dejarme barba y bigote (la más difícil, porque no me concibo con un espagueti colgando de los pelos de la barba, de verdad que no), y así ni siquiera tendría que afeitarme "al tiento".
3) resignarme a contemplar mi cara, como cualquier mortal lo hace diariamente sin complicar tanto la realidad vital como yo suelo hacer.

Pero el espejo no sólo es un revelador de realidades físicas: también descubre cosas que a veces pasan días, semanas y meses y no las vemos en nuestra propia piel, y si se trata de esas jovencitas (y algunos jovencitos) que se miran y se ven como la cenicienta convertida en princesa por encanto y encantamiento (que parece lo mismo pero no lo es) de la medianoche, entonces el espejo se convierte en objeto de adoración y privilegio, uno de los más usados de cuantos rodean la existencia de esas bellezas que compiten por ganar el concurso imaginado de "miss loquesea", con lo que ello traería de fama y fortuna.

Incluso hay quienes han escrito canciones sobre el dichoso artículo, algunas realmente algo groseras, como aquella de "con el cristal / hacemos muchas cosas", que terminaba planteando que si se pudieran poner espejos en lugar de mosaicos en los suelos... ya se imaginan ustedes hasta dónde llega la imaginación. Pero además, hay millones de palabras dedicadas a la magia encantadora de los espejos, palabrita utilizada hasta para titular poemas, cuentos, novelas, películas, etc., y siempre otorgándole una especie de misterio, de embrujo, de conjuro, como para que los posibles consumidores de la creación acudan interesados al máximo por ver qué podía mostrarles el autor o los autores de la susodicha obra ¿de arte?

En fin, que seguiré mirándome, qué remedio, y leeré más detenidamente esa entrevista de Clint Eastwood a ver cómo ha logrado él encontrar en sus múltiples arrugas algo digno de hacerle sentir rebosante de felicidad al contemplarse cada mañana cuando se despierta y se mira en el azogado e imprescindible cristal que no falta en ninguna vivienda del planeta. Después de todo, cada cual tiene el rostro que merece, y tampoco me imagino con un mundo donde todos fueran apolos del Belvedere o ninfas rubendarianas saliendo en paños casi nulos de algún río revuelto por los cantos del bardo enamorado, como tampoco, ¡Dios nos libre! un mundo donde todos tuvieran la cara de Avellana, el aparcador del aeropuerto, del que dicen los nocturnos que si lo ven en plena andanza cuando la luna es nueva, la carrera sería obligatoria y maratónica... Nada, que a mirarnos en el espejo del baño,
que algo nos costó para ejercer esa función de decirnos la verdad, porque eso tiene el dichoso cristal: es lo único que jamás nos engaña.

Augusto Lázaro