jueves, 30 de septiembre de 2010

¿APOCALIPSIS SOON?


En un artículo publicado en LA RAZON el domingo 26 de septiembre, la periodista y escritora Angela Vallvey, hablando de las antiguas civilizaciones que habitaron Europa, planteaba que los cromañones habían desplazado a los neandertales de este continente, porque éstos se habían desvalorizado tanto dentro de su desinterés por el futuro y su disgregación, que facilitaron a aquéllos --que, por el contrario, tenían una organización mucho más fuerte y asumieron su victoria, sustituyendo a quienes no supieron defender su "civilización" debilitada por su falta de organización y de afianzamiento en una idea colectiva y unida como protección a su identidad y permanencia--, apropiarse del territorio hasta entonces ocupado por los primtiivos neandertales.

Más adelante planteaba Vallvey que hoy Europa se encuentra, al igual que en aquella época primitiva, en peligro de que su población sea desplazada por otra con mucha más pujanza que lentamente está posesionándose del espacio que ocupa nuestra llamada "civilización occidental y cristiana". Se trata, por supuesto, de la población del mundo islámico que cada día avanza más en su afán de implantar su religión, su cultura, sus costumbres, en el territorio de la vieja y debilucha Europa.

En su último libro titulado La experiencia totalitaria, editado por Galaxia Gutenberg, el ensayista Tzvetan Todorov, quien ha afirmado que "hay riesgo de mesianismo en países democráticos" (como si se estuviera refiriendo a España), plantea que "el neoliberalismo está desmantelando la idea de Estado", para concluir con una afirmación discutible sobre lo que puede o no puede ser considerado un peligro para nuestra sociedad. Dice el autor:

(...) los países islámicos, donde hay pequeños grupos capaces de hacer mucho daño, pero no una amenaza para Ocidente.

Creo que precisamente el peligro radica en ignorar la amenaza, planteada desde el artículo de Vallvey, porque si seguimos la trayectoria del aumento de actividad y concesiones que ha obtenido el islamismo en los últimos años, el panorama que se nos presenta no puede ser más desalentador. Pero voy más lejos: creo que, además del islamismo, hay un peligro mayor, y no sólo para la vieja y debilucha Europa, sino para todo nuestro planeta: estamos, lenta y aplastantemente, destruyendo nuestro hábitat, y los gobiernos de La Tierra no quieren aceptarlo ni mucho menos ponerle coto a semejante destrucción. A este paso no hará falta que ningún sistema, ninguna religión o ninguna cultura se apodere de un continente o de todos, porque dentro de poco tiempo nuestro tan maltratado planeta dejará de ser morada del hombre. No explotará, como predicen novelas de ciencia-ficción, pero los seres vivientes desaparecerán, y esta vez no habrá nuevos cromañones que sustituyan a los actuales, más salvajes incluso que los primitivos, que en realidad de salvajes tenían mucho menos que nosotros los actuales habitantes del tercer planeta del sistema solar.

Un poema pesimista (o realista) enfoca la visión inobjetable de lo que puede sucedernos, cuando la esperanza de cordura y acción se van disipando cada día en el egoísmo y la dejadez de quienes pudieran hacer algo para evitar el apocalipsis real y no bíblico... y no hacen nada.

TIERRA SIGLO XXI

Malos presagios amenazan
trastrocar la calma chicha que a veces nos aturde
cuando podemos oír el silencio
del crepúsculo
metidos dentro de nosotros mismos
como si la Tierra estuviera sana y salva
de la caja de Pandora.
Cada nuevo día es un nuevo esperpento
de zozobra y sinsabores que nos vuelan
rasantes
advirtiéndonos de que el Apocalipsis
no es una fábula bíblica,
que ya está ahí cerquita, ya casi a la vista,
mientras sólo esperamos inmóviles
a que se nos termine el plazo
por desidias y abulias
incapaces de enlazar la esperanza
para sentarla a conversar un rato
y preguntarle qué podemos hacer
para librarnos de lo que nos espera
que no es poco
y que terminará por convertirnos en polvo
como si fuera cierto que del polvo
vinimos cuando todo era silencio,
oscuridad y ausencia
como otra vez será si nos sentamos
a esperar el milagro
que otros realicen por nosotros.

Augusto Lázaro

viernes, 24 de septiembre de 2010

TIEMPO Y MOVIMIENTO

En un artículo publicado en el Daily Mail, el científico Stephen Hawking -al que en las últimas semanas le han llovido críticas de muchos intolerantes que en la escala del saber están distantes años-luz del prominente hombre de ciencias, atacado por manifestar sus ideas públicamente- se refería al transcurrir del tiempo, cuya dependencia radica en la actividad humana realizada en dos vertientes contrapuestas: movilidad e inmovilidad. O sea, que el tiempo transcurre más rápido para un ser humano que siempre esté en movimiento que para otro que siempre esté en descanso, sin realizar ninguna actividad física, o simplemente dejando que su vida sea manejada por el sedentarismo.

Lo mejor de esta teoría es lo fácilmente aplicable a la actividad humana personal, o sea, saber cómo puede repercutir la ciencia en las acciones que nos distinguen de los cuerpos inorgánicos y de la materia no viva desde el punto de vista humano, resulta no sólo interesante, sino beneficioso por el tanto bien que puede proporcionarnos atender sus postulados.

Cuando mi madre tenía más de sesenta años, su médico de cabecera le recomendaba que no estuviera mucho tiempo en la cama, pues decía el "matasanos" como en tono de broma lo llamaba mi padre, que "los viejos, mientras menos estén sin hacer nada, mejor para ellos y para su salud". Pero esa sentencia podría aplicarse perfectamente a aquellos a quienes "moverse" les cuesta trabajo. Es el caso de mi vecino J, que de las 24 horas del día pasa alrededor de 12, o sea, la mitad, acostado y/o durmiendo, y la otra mitad descansando. Un día le pregunté de qué estaba descansando si él no hacía nada. Claro, se lo dije con otras palabras y con un tono que no admitía dudas de que estaba "bromeando en serio". Su respuesta me dejó con la boca a medio abrir:

--Hombre, pues de tantas cosas que hago durante el día.

En nuestra sociedad, lamentablemente, hay demasiados Joseses (cito este nombre genialmente dado a uno de los personajes de El llano en llamas, de Juan Rulfo, que recomiendo como un libro digno de ser leído no una sino muchas veces, con el compromiso de que aquellos que no lo hayan leído y lo hagan ahora no quedarán decepcionados), pues con la edad que acredita el nombre, llamémosle generoso, de "mayores", los deseos de moverse merman tanto en muchos que apenas caminan unos pasos de ida y vuelta para comprar el periódico y el pan, y enseguida regresar a casa, donde puede que lo esperen nietos malcriados que quizás, para su bien, lo hagan moverse un poco, aunque sea a su pesar.

En muchas conversaciones recurrentes entre personas mayores se oye aquello de "caramba, ya hoy es viernes, si me parece que ayer fue el viernes de la semana pasada". Eso, por la rapidez con que "se ha ido la semana en un santiamén", sólo que esas exclamaciones las hacen quienes suelen "moverse", estar siempre haciendo algo, para cuyas vidas el tiempo pasa rápido. Casi sin darse cuenta. Es la rapidez temporal a que se refería, en otro contexto, el científico Hawking. Porque para los que, como mi vecino, siempre están "descansando", el tiempo les parece eterno, estático, que el reloj no camina, y esa sensación trae como consecuencia directa el aburrimiento, a veces el aburrimiento de seguir viviendo, porque no encuentran contenido a sus vidas sedentarias e inactivas.

Así transcurre la vida de muchísimas personas, sobre todo mayores, aunque los hay jóvenes que nada tienen que envidiar a estos que se pasan la vida sin hacer otra cosa que dejar pasar el tiempo, sin ningún contenido vital que los impulse a "moverse". El movimiento, lo mismo en astros que en personas, siempre es señal inequívoca de vida, de acción, de vitalidad. Y lo peor, que no darle mantenimiento a nuestros órganos y músculos puede generarle consecuencias negativas a nuestra salud. Pero sobre todo, la vida es movimiento, y la inutilidad de no hacer nada,
o como dicen los italianos, el dolce far niente, no genera ningún beneficio, ni a esas personas que no hacen nada, ni a sus seres queridos, ni a la sociedad que los mantiene, a veces tan generosamente que uno se pregunta: ¿y si yo hiciera lo mismo?, o sea, ¿si yo no hiciera NADA?

Augusto Lázaro

sábado, 18 de septiembre de 2010

WINDY NIGHTS

Todas las cosas tienen su misterio, y la poesía es el misterio de todas las cosas

García Lorca

Comencé a estudiar el idioma inglés en la primaria, con mi prima Aleida, en lo que se llamaba entonces un Centro de Inglés al que acudía todas las tardes de lunes a viernes. Mi prima, excelente profesora, nos contaba sus viajes a Estados Unidos y nos detalló, con fotos incluidas, su ascensión a la estatua de la Libertad, y nos mostró algunas en las que se veía en la misma antorcha con sus acompañantes, disfrutando de la espectacular visión de la "ciudad que nunca duerme".

Con el tiempo (que jamás se detiene) me fui interesando por algunos escritores en esa lengua, y ya en los estudios secundarios leí muchas obras que de adolescente fueron compañeras permanentes de mis horas de lectura. Así descubrí el poema Windy nights, de Robert Louis Stevenson, antes que sus novelas como La isla del tesoro, El hombre y la bestia (El doctor Jekyll y Mister Hyde, archiconocida obra llevada a la pantalla varias veces), Ladrones de cadáveres, Historias escocesas, El demonio en la botella, y otras que pasaron por mis ojos hambrientos de aventuras narradas con la eficacia del autor escocés.

Traducir la poesía es como mutarla, siempre poniéndole más de quien la traduce que del propio autor. Por eso no traduzco este bello poema que si se conoce el idioma deparará para cualquier lector con sensibilidad un rato agradable envuelto en las imágenes misteriosas y fascinantes de la narración. Y quizás se deje embrujar por el colorido musical de estos versos, y se adormezca al compás del sonido del caballo que galopa y galopa sin cesar... y sueñe...

...y sueñe como yo soñaba, de niño/adolescente, mirando por la ventana de mi cuarto hacia la oscuridad de la noche, pensando que era yo quien cabalgaba en un corcel, en la penumbra proclamada por la ausencia de la luna que junto a las estrellas se había retirado para envolver en las tinieblas a aquel jinete incansable que corría y corría, de un lugar a otro, y siempre regresaba, arropado por el viento que mecía sus cabellos a veces confundidos con las crines del caballo, toda la noche galopando en lo oscuro, en lo húmedo, una y otra vez, pasando por la imaginación del muchacho que miraba y buscaba en las sombras, y oía el galopar, y hasta veía al jinete desbordando su carrera hacia lo desconocido...

Whenever the moon and stars are set,
Whenever the wind is high,
All night long in the dark and wet,
A man goes riding by.
Late in the night when the fires are out,
Why does he gallop and gallop about?

...y de pronto estaba cabalgando en bruto fuerte y brioso, en aquel camino angosto donde la noche era azotada por el viento que batía feroz las ramas de los árboles, llorosos al paso de la fantasmagórica figura, que la magia de la noche ventosa había enlazado y fundido en una sola sombra, perdida en el vaivén que aparecía y desaparecía entre las brumas mientras a lo lejos en el mar oculto por la ausencia de la luz lunar, los barcos se negaban a secundar con sus sirenas el trepidar de los cascos secundados sólamente por el viento...

...y yo cabalgaba, corría tempestuoso con mi corcel debajo, de aquí para allá, una y otra vez, y siempre regresaba para cruzar la ventana infantil como un bólido hasta despertar del ensueño a aquel adolescente/niño admirado ante tanto esplendor convertido en remolino que lentamente fue desapareciendo mientras la realidad tornaba a hacer la fantasía de lo próximo en los ojos que ya no veían al jinete con su caballo negro como la misma noche alejándose de la imaginación como una silueta dibujada entre las sombras...

Whenever the trees are crying aloud,
And ships are tossed at sea,
By, on the highway, low and loud,
By at the gallop goes he.
By at the gallop he goes, and then
By he comes back at the gallop again.

...pero siempre yo lo hacía regresar en mis sueños, y siempre mis ojos volvían a traerlo, porque no querían que aquel espectáculo de mi fantasía infantil terminara, que la magia del poema convertido en imagen desapareciera de mi noche única venciendo al misterio de la poesía...

Augusto Lázaro

pd: he respetado la escritura original del autor, que comienza cada verso con mayúsculas

martes, 14 de septiembre de 2010

AL CUERNO LA POLITICA

Mi amiga M. E. me preguntó por qué ya no publico artículos políticos en mi blog.

--¿Es que has renunciado a salvar el planeta? -me dijo, con una carcajada que debe haberse oído en Coímbra. Jodedora que es.
--Mejor vamos a tomarnos un café y así te dejas de embromarme y de reírte de mi ingenuidad.

Porque en realidad, escribir artículos sobre política es una de las tantas ingenuidades que cometemos, no sólo yo, pues hay infinidad de personas, sobre todo periodistas, lo que yo no tengo el honor de ser, que cobran sus salarios en una parte muy importante, por eso. ¿Y qué logran, además de entretener a los lectores, entre ellos a mí, por supuesto, que confieso que disfruto leyéndolos? Pues nada, porque el papel nunca ha logrado nada, digan lo que digan tantos defensores de obras que "han cambiado la historia", como el Manifiesto comunista, que no cambió nada, y si acaso lo que cambió fue a peor. Pero en fin... historia antigua que todavía muchos toman como lo más moderno.

--Pues te confieso que a veces me siento tentado -le dije a mi amiga con dos cafés delante servidos por Ninette, encantadora boliviana, en la cafetería de EL CORTE INGLES de Callao-, pero me he dado cuenta de dos cosas claves.
--¿De dos nada más? -y siguió con su jodentina la muy...
--Pues sí, sólo dos, pero repito, claves: una, que hay muchísmos que escriben sobre los políticos, y mucho mejor que yo, y total, ¿para qué?, y dos, que mejor me dedico a escribir cosas que al menos permanezcan en la eternidad momentánea, para gusto de algunos pocos que las lean y puedan disfrutarlas. O sea, nenita, cosas con sustancia, ¿me copias?

Y así estamos, o mejor así estoy, reacio a persistir y repetir lo que otros han dicho y escrito miles de veces, en los periódicos (que todos dicen lo mismo, sólo con muy levemente distintos puntos de vista), en las tertulias radiales (con los mismos tertulianos diciendo las mismas cosas sobre los mismos asuntos), y en la televisión, que es lo mismo y además se escribe igual. Y lo peor, que aquí todo es política. Los artículos, los comentarios, las tertulias, las noticias, los titulares, las entrevistas... como si en la vida no existiera otra cosa.

--Ah, sí, existe otra cosa: el fútbol. Casi me olvido -pronuncié en voz alta y mi amiga me miró fijamente y de seguro pensó que ya yo había cruzado la valla hacia el siquiátrico.
--Pues me alegro, así no tendré que leer esas descargas que, como tú dices, ya han dicho otros o al menos ya han intentado decir otros.
--Exactamente. Y no digo que algún día no intente escribir algo sobre el tema, si el asunto lo amerita, y sobre todo, si puedo decir algo que nadie haya dicho, cosa casi imposible si se trata de política.

Entonces ella, encendiendo uno de sus pitillos y echándome una bocanada en pleno rostro (ella sabe muy bien lo "agradable" que me resulta eso), me preguntó a boca de taza caliente:

--¿Y qué me dices de nuestro político mayor?

Pensé que ya no hay remedio, que esto está condenado, y que es inútil insistir. Pero reaccioné y enseguida le solté la única respuesta que se me ocurrió:

--Pues... que ZPerpetuo será recordado en la historia como el presidente que logró popularizar la desvergüenza en este país...

Ante esa respuesta, mi amiga buscó en su cartera, pero yo me adelanté y llamé a Ninette y le pagué el consumo, recibiendo a cambio una espléndida sonrisa de la joven, tan encantadora como siempre con su juventud al aire... y despolitizada.

Augusto Lázaro

sábado, 11 de septiembre de 2010

¡OH LOS PREJUICIOS!


Motivados por la pasión, por el enamoramiento, o por la circunstancia, cometemos
lo que nuestras abuelas llamarían pecado, después pensamos que en realidad lo
hemos cometido, nos atormentamos quizás por esa debilidad que nos ha llevado al
arrepentimiento, y al final nos damos cuenta de que hemos, como dice el refrán,
convertido en un huracán devastador lo que sólo era un chorrito de agua...


&&&&&&&&&&&&&&&


VAMOS, MUCHACHA.


Vamos, empuja la puerta de cristal, penetra en ese aire acondicionado tan frío que
eriza los vellos de tus brazos, de tus axilas, de tus muslos, estremécete, goza de ese aire que te gusta tanto, mira la gente, las lámparas blancas, los cuadros, la entrada al bar pequeño, acogedor, íntimo, oscuro, las mesitas, las arecas, camina despacio,liviana, menuda, por los mosaicos relucientes, por la alfombra afelpada, oye la música indirecta, disfrútala, camina sobre el piso suave, sobre la suavidad de tus sandalias, escápate de todo, pero no, no puedes, todo te recuerda lo que has
hecho, ya no eres la misma, ya no serás nunca la misma, ya el olvido se ha alejado
por tiempo indefinido de tu mente, dirígete hacia la carpeta, descuélgate del
hombro la cartera, busca en ella alguna libretica de notas, algún lápiz, pídele la
llave al carpetero, sonríele, extiéndele la mano, toma la llave de la habitación que
te alcanza, toma junto con la llave un sobre blanco, pequeño, transparente, que
por fuera sólo tiene escritos tu nombre y el número de tu habitación, asómbrate,
abre el sobre, lee la carta que está dentro, piensa que no puede ser, que es un
error, que es una broma, lee otra vez la carta, comprueba la fecha, mira a todas
partes, toca, estruja la carta, el sobre, muérdete los labios, mira otra vez el sobre con tu nombre, mira la hoja de papel cebolla del color que más te gusta, mira
esa letra sola que termina la carta, convéncete de que está escrita por él, ah,
sí, reacciona, métela en el sobre, guarda el sobre en la cartera, qué pensará, qué
creerá, qué hará, esta misma tarde, en el parquecito, en el mismo parquecito de
la iglesia, cómo se enteró que te marchabas, cuántas cosas que decirse, pero no
te quedes parada ahí como una estúpida, vé hacia los elevadores, no des lugar
a que todos te miren, tonta, si te vieras la cara, aunque ya no es la misma cara,
cuándo lo viste por primera vez, únete al pequeño grupo que espera para subir,
cuántas veces has salido con él, mueve tus piernas, a cuántos lugares han ido los
dos, mira los números que se iluminan hasta el uno, cuántas cosas en tan pocos
días, se abre la puerta del centro, apúrate, tropieza con alguien, excúsate, entra
en el elevador, siente esa sensación que da en la boca del estómago la rápida
ascensión en un elevador de hotel, pero déjate de niñerías, acaba de salir, camina
hacia tu cuarto, anda rápido, atraviesa una vez más este pasillo solitario que te
sabes de memoria, acuérdate de que tienes que hacer todavía muchas cosas antes
de ir, si vas a ir, has tenido una mañana bastante movida, te despertó el teléfono
de la habitación porque así se lo pediste anoche a la operadora, anoche cuando
decidiste marcharte sin decírselo, enseguida te pusiste en pie, nerviosa, te acercaste a la ventana para ver cómo estaba amaneciendo, pensaste cuántas personas se estarían levantando a esa hora como tú, con tanto en qué pensar como tú, si
todo sería igual todos los días, si las cosas podrían cambiar como has cambiado tú,
el mar que apenas se movía a un lado de tus ojos, al otro las siluetas de los edificios dormidos, el trazado de calles inmóviles, las chimeneas, la ropa tendida en algunas azoteas, los objetos tirados o perdidos en casi todas ellas, los vehículos que ya comenzaban a nutrir el tránsito, el ruido, todo igual, todo distinto, la vida podía cambiar o no cambiar, tú habías cambiado, todo pequeño, todo allá abajo, la piscina sola, las taquillas solas, las sillas solas, recuerda, anoche, antes de este amanecer tranquilo, apacible, pero si ya estás aquí frente a tu cuarto, detente, so boba, si casi te pasas, en qué piensas, muchacha, vamos, acaba de entrar en tu cuarto, decídete, cruza la línea del umbral que lo separa del pasillo, entra, abre el clóset, escoge cuidadosamente la ropa que vas a ponerte, porque vas a ir, sí, vas a ir, seguro, la ropa que más le gustaría, pero no la de anoche, no, esa te recuerda lo que has hecho, no, mejor la blusa de pespuntes blancos, de mangas, esa que parece una camisa, esa misma, no lo pienses más, la puedes combinar con la falda azul de paño, ponla sobre la cama, mírala, serénate, imagínate cómo lucirías con ella, tiene onda, la tarde se presta, imagínate otra vez con él, ahora que ya nada es lo mismo, el cinto de la hebilla blanca, los zapatos de tacón de punta, ya lo tienes, ahora quítate la ropa, entra en el baño, piensa en lo que vas a hacer, a decirle, a sentir, la blusa, la saya, las sandalias, el ajustador, el blúmer, coge el jaboncito, abre la ducha, suelta un grito en el primer contacto con el agua fría, pon la mano debajo del chorro, gradúa el agua, siente cómo se va calentando lentamente, cómo corren todos los recuerdos uno tras otro, como el agua por tu piel, no, no irás, no debes ir, qué has hecho, ya no eres la misma, siente el agua tibia que te cae encima, que se desliza por tu cuerpo, entrégate a ella, ríndete a su sensación, escucha junto al golpe del agua las notas musicales que te llegan desde el radio que está junto a la cama, piensa ahora en tu cuerpo, pásate las manos por tu cuerpo, enjabónalo, ¿es el mismo cuerpo en que enjabonas?, ¡ah!, disfruta de la espuma, tócate, acaríciate, quita el polvo que puede haber en cada poro, piensa en él, en tu cuerpo, colócate debajo del chorro de la ducha, restrégate, frente al espejo, deja que tus manos ajusten la imagen reflejada en el cristal, deliciosa, te diría él si estuviera aquí contigo, como te dijo anoche, pero no lo recuerdes, que tus manos resbalen por tus muslos, por tus caderas, por tu cintura, por tus senos, por tus hombros, por tu cuello, contémplate desnuda, mojada, bella, deseable, sí, deliciosa, sí, recuerda, su voz, su mirada, sus manos acercándose a tu cuerpo, el mismo cuerpo, recuerda, quién eres, qué edad tienes, qué hiciste ayer, qué has hecho hoy, qué haces aquí tú sola en un hotel de lujo de La Habana, en una habitación para ti sola, en el baño, desnuda, frente al espejo, imaginándote el deseo que puedes despertar en sus ojos, no, no te avergüences, por qué habrías de hacerlo, algo más, los recuerdos, imaginándote el amor, por qué, no has hecho nada, coño, irás, claro que vas a ir, recuerda entonces, cómo lo conociste, cómo comenzó todo esto, cómo terminará todo esto, no pienses, eso no es lo importante, sentir, vivir es lo importante, no te engañes a ti misma, termina de secarte, siéntate en la cama, reflexiona, no, no reflexiones, acaba de vestirte de una vez, arréglate, es tarde, aunque no, es temprano, el tiempo es todo tuyo, siempre será todo tuyo, déjalo pasar un poco, oye la música, no tienes apetito ahora, tú piensas demasiado, vuelve a leer la carta, mira el reloj, anímate, te queda tiempo suficiente todavía, recuesta la cabeza en la almohada, lee un poco, no, no leas, no podrás apartarte de esa idea fija que tienes metida en el cerebro, no irás, pero arréglate de todos modos, qué haces ahí tirada, empapada de tu soledad, termina de darte los últimos toques, cuélgate la cartera, recoge algunas cosas, sal, camina otra vez por el pasillo, hasta los elevadores, aprieta el botón, mira la flecha roja, no tardó esta vez, entra en el elevador, piensa, rememora, todas tus experiencias amorosas anteriores, ésta, esta ha sido distinta, pero qué puede importar eso, piensa en tus padres, en tus amigos, en tu ciudad, ya está bueno, ya lo hiciste, no te arrepientas ahora, el hombre está en el cosmos, no pienses más en eso, no te mortifiques más por eso, mira, se abre el elevador, otra vez en el lobby, dale la llave al carpetero, aléjate de la carpeta, sonríe, no te escapes de nada, decídete por fin, deja tu sonrisa en tu rostro para siempre, sí, irás, irás ahora, irás hoy, irás siempre, hacia él,
hacia el amor, hacia ti misma, camina sobre el piso suave, oye la música indirecta,
disfútala, camina por la alfombra afelpada, por los mosaicos relucientes, camina
despacio, menuda, mira las arecas, las mesitas, la entrada al bar pequeño,
acogedor, íntimo, oscuro, los cuadros, las lámparas blancas, sonríe, mira la gente,
sonríe, goza de ese aire que te gusta tanto, estremécete, sal de ese aire frío que
eriza los vellos de tus brazos, de tus axilas, de tus muslos, pero sonríe siempre, lanza a todo el mundo tu sonrisa, empuja la puerta de cristal, vamos, muchacha, vé a
buscar esa pequeña porción tuya, toda tuya, de la felicidad...


Augusto Lázaro

miércoles, 8 de septiembre de 2010

IDEALIZACION


Desde mi temprana adolescencia comprendí que idealizar (a una persona, a una ciudad, a una situación) era punto menos que una ingenuidad que a la larga se pagaba con el desencanto que siempre sigue al descubrimiento de la realidad (de esa persona, de esa ciudad, de esa situación) cuya distorsionada captación tanto entusiasmo había generado cuando se ignoraba, porque a veces ignorar es muy saludable. Sin embargo, a mis años todavía, aunque no frecuentemente, sigo idealizando personas, ciudades y situaciones. No tanto, por supuesto, ni tan profundamente, pero de las costumbres que se adquieren de jóvenes, es difícil desprenderse cuando alcanzamos una edad en que ya no estamos para creer en ninfas ni jaujas ni estados idílicos personales.

Por eso no me gusta leer biografías. He leído muchas, y entre ellas, las de algunos de los personajes que me llenaron la existencia de entusiasmo por sus creaciones, y cuando me enteré (descubrí) de cómo eran en realidad en sus vidas privadas... ¡ah!,
enseguida me arrepentí de haberme enterado y de haber leído esos libros que desnudaban esencialmente a quienes un día llegaron a ser casi héroes o heroínas que me acompañaban en mis momentos de soledad y lectura. Siempre me preguntaba cómo era posible que alguien que había escrito, compuesto, pintado, dirigido tales manifestaciones del gran arte y de las letras que pasarían al recuerdo eterno de la humanidad, fuera capaz de maltratar a un hijo, emborracharse y vomitar en un bar vociferando, convertirse en marginal, o no decirle buenos días a sus vecinos en el ascensor. Y entonces descubrí que el remedio contra el desencanto era la ignorancia. La ignorancia de las vidas privadas de tales grandes creadores, de los que sólo conocería en lo adelante lo que nos legaron en sus obras.

Casos ejemplarizantes abundan, como la actitud personal de García Márquez apoyando dictaduras dignas de desprecio sin tapujos, y que ha escrito una obra realmente extraordinaria, con dos novelas que pueden competir con las mejores en nuestro idioma: Cien años de soledad y El amor en los tiempos del cólera, cuyo valor literario nadie que no sea idiota o sectario en extremo podría negar. O el de Mozart, representante máximo del clasicismo en la música, con una obra que desborda pureza y elegancia, adornada siempre con la armonía equilibrada y serena, de la cual alguien dijo que era capaz de calmar a un león enfurecido y hacer dormirse a un insomne incurable, y sin embargo en su vida privada era vulgar, gritón, y a veces hasta grosero, acostumbrado a una existencia licenciosa que en nada se parecía a las composiciones que han pasado a formar parte del gran tesoro musical de la humanidad.

Pero cuando se idealiza a una persona cercana a la cual queremos mucho, la desilusión, si ésta llega, es más desgarradora. A veces ponemos todo nuestro cariño en alguien que creemos digno de todo lo bueno, y del que esperamos así mismo todo lo bueno como reciprocidad. Y he ahí el error, porque cuando se quiere de verdad no se debe esperar recompensa. El cariño tiene que ser incondicional para que sea cierto y además creíble. Sin embargo, cuando esperamos una reciprocidad al nivel de la nuestra y ésta no nos llega, y a veces ni siquiera llega a ningún punto de nivel, nos damos cuenta de que una vez más hemos idealizado a alguien a quien hemos dotado de virtudes y gracias que realmente no tenía.

¿Qué hacer entonces? ¡Ah! Buena pregunta. Porque tampoco vamos a renunciar a nuestra sensibilidad (si la tenemos) ni a imaginarnos características negativas en la personalidad de quienes conocemos o acabamos de conocer. Ni mucho menos convertirnos en ermitaños que se recogen permanentemente en sus habitáculos renunciando al contacto con la humanidad (aunque hay muchos a los que esta actitud les ha ido muy bien). La única solución es la más difícil: no idealizar personas ni ciudades ni situaciones personales, aceptar a las personas tal cual son (si las personas nos aceptan tal cual somos, cosa muy difícil por cierto, porque el ser humano siempre cree que tiene la razón, que es el bueno y que el otro es el que está equivocado), y sobre todo, jamás pretender "cambiar" a alguien, porque nadie va a cambiar y mucho menos por insistencia nuestra. Pero en fin, que esto es lo que tenemos y si queremos no sufrir desengaños, hagámosle caso a don Pedro Calderón de la Barca, que ya hace mucho tiempo sentenció "que el mayor bien es pequeño / pues todo en la vida es sueño / y los sueños, sueños son"..

Augusto Lázaro

sábado, 4 de septiembre de 2010

LA CANCION DEL ORO

En una conferencia impartida en el Instituto pre-universitario "Cuqui Bosch" de Santiago de Cuba sobre Rubén Darío, un alumno me preguntó por qué yo le otorgaba al nicaragüense el título de genio. Se me ocurrió proponerles un ejercicio sobre uno de los textos de Azul, y a la semana siguiente lo hicimos, con la asistencia de algunos profesores y unos 30 estudiantes. El ejercicio consistía en buscar otras palabras que pudieran utilizarse en el cuento La canción del oro, sin que cambiaran, con ellas, el sentido del mismo. El cuento comienza:


Aquel día un harapiento, por las trazas un mendigo, tal vez un peregrino, quizá un poeta...


Copié este comienzo en la pizarra y un alumno me dijo que le faltaba una S a la palabra quizá, aclarándole yo que se trataba de una licencia literaria que buscaba el mejor sonido/ritmo, al convertir dos sílabas en una (qui záun). Por lo demás, comenzaron enseguida a buscar otras palabras, y me entregaron sus folios con cosas como éstas:


Aquella noche un harapiento... aquel día un pordiosero... esa tarde un indigente... y así muchas otras, y les pedí que me escribieran sus opiniones sobre el texto completo, en otros folios, y me los entregaran una semana más tarde. El resultado fue que el 92.8% opinó que tal como lo había escrito el poeta era la forma en que mejor podía leerse el cuento, en que mejor "sonaba" mentalmente cuando se leía. Entonces yo les dije: por eso Rubén Darío es un genio...


La canción del oro es el lamento que lanza al espacio (porque no hay nadie oyéndolo) un mendigo que ve llegar a una pareja de aristócratas a insertarse en una especie de "fiesta" del lujo y el poder que da el dinero, y dentro de su "filosofía" vital, enjuicia la repercusión que tiene este valor material capaz de dar y de quitar según sean las características de cada ser humano. En uno de sus fragmentos dice:


Cantemos el oro, purificado por el fuego, como el hombre por el sufrimiento; mordido por la lima, como el hombre por la envidia; golpeado por el martillo, como el hombre por la necesidad; realzado por el estuche de seda, como el hombre por el palacio de mármol...


La agonía del hombre que no tiene ni siquiera dónde guarecerse del frío, en contraste hecho símbolo, con la soberbia de quienes con sólo apretar un botón ya disfrutan del ambiente agradable y sobre todo resguardados de las miserias, materiales y humanas, que no quieren ver a través de la ventana detrás de la cual el pobre de solemnidad, sin embargo, declama su saber al que no alcanzan los que poseen el oro, difuminados en su dolce far niente que ostenta y humilla. Y para ambos sectores, para todos los sectores humanos y sociales, está presente el oro como estandarte que clasifica a quienes luchan por tenerlo, o por retenerlo.
Eso es el cuento. Pero es mucho más. Y este pobre hombre continúa su canto estremecedor, lo único posible para él:


Cantemos el oro, esclavo, despreciado por Jerónimo, arrojado por Antonio, vilipendiado por Macario, humillado por Hilarión, maldecido por Pablo el Ermitaño, quien tenía por alcázar una cueva bronca, y por amigos las estrellas de la noche, los pájaros del alba, y las fieras hirsutas y salvajes del yermo...


Esta vez ningún alumno me llamó la atención del uso del participio "maldecido", por lo que me limité a continuar mi exposición, haciendo resaltar el aporte de Darío al movimiento literario llamado modernismo, del cual fue precursor, y cuya influencia en toda la literatura española e hispanoamericana es tan notable que ningún estudioso de respeto se ha atrevido a negar.


Tanto los poemas como los cuentos de Azul conforman una muestra digna del mejor lector, y cuando leemos sus textos nos parece estar oyendo una música que nos envuelve con las palabras exactas, para regalarnos la magia de la obra de arte presentada en un lenguaje realmente subyugador.


La canción del oro, una joya de la literatura hispanoamericana dentro de esta obra maestra que es Azul, anima a más y más detenidos comentarios, que llegarán más adelante. Mientras, enumero las principales obras del gran escritor, seguro de que quienes se adentren en su lectura a solas y en silencio, disfrutarán de unos momentos repletos de deleite.


1888 Azul (lo escribió a los 21 años)
1896 Prosas profanas / Los raros
1905 Cantos de vida y esperanza
1907 El canto errante
1914 Canto a la Argentina


Augusto Lázaro