miércoles, 28 de marzo de 2012

LA EMPERATRIZ DE LA CHINA

I EL GENIO DE METAPA

En una asamblea de organizaciones latinoamericanas en torno a la OEA, cuando le tocó su turno al representante de Nicaragua, el hombre, con rasgos aborígenes y piel curtida por el sol, exclamó para iniciar su intervención:

--Vengo de un país que es conocido en todo el mundo sólo por dos nombres: Sandino, y Rubén Darío.

Los aplausos fueron realmente atronadores, porque quienes asistían a esa asamblea conocían muy bien esos dos nombres, y el inmenso aporte del autor de Azul a las letras hispanoamericanas. Don Juan Valera, de la Real Academia de la Lengua, lo afirmó así, en una carta dirigida al bisoño escritor, agradeciéndole el envío del libro que inició el movimiento modernista, imprescindible en todo el movimiento literario del “nuevo continente” que habla el bello idioma de Cervantes

Darío escribió Azul cuando sólo tenía 21 años. El libro, compuesto por poemas, cuentos y reseñas, es de lectura obligada para quienes además de disfrutar de una literatura que alcanza sus niveles máximos, formales y estéticos, pertenece a esa clase de obras escritas que sólo ven la luz en muy escasas ocasiones. Azul es un libro que una vez leído no se olvida jamás. Como todas las grandes obras de la literatura universal.

Rubén Darío es conocido sobre todo como poeta, como el gran poeta que inició el movimiento literario llamado modernismo, junto a José Martí, José Asunción Silva y otros autores hispanoamericanos y españoles a finales del siglo XIX, obviando muchas veces su virtuosismo como autor de unos cuentos deliciosos que aparecen en el citado libro. Cuentos que se leen como si se estuviera oyendo una música melodiosa o suave, a veces vibrante, que acompaña en silencio la lectura de esas pequeñas piezas que son la otra mitad de Azul. De una de ellas quiero hablar, que vale la pena leer varias veces.

II LA MUERTE DE LA EMPERATRIZ DE LA CHINA

Este precioso juguete literario comienza así:

Delicada y fina como una joya humana, vivía aquella muchachita de carne rosada, en la pequeña casa que tenía un saloncito con los tapices de color azul desfalleciente. Era su estuche.

Ante tal introducción el lector sagaz ya adivina que se va a enfrentar a un texto donde encontrará una conjunción formal del lenguaje enaltecido con la sencillez más clara al relatar lo que sucede en torno a “aquella muchachita de carne rosada”, protagonista de uno de los cuentos más hermosos, delicados y sorprendentes, escrito con un rigor que casi no puede creerse en un hombre que apenas rebasaba los 21 años. Porque leerlo es todo eso: un delicioso saborear literario que narra el amor de dos jóvenes con sencillez en un lenguaje culto, y la conjunción de ambos puntos narrativos es tan poco común que cuando ocurre, y ocurre de tal modo exitoso, apenas podemos creerlo.

Darío nos muestra a su “muchachita” con unas pocas pinceladas en una descripción exacta tocada con la magia acostumbrada del genio. Habla de su físico: ya antes ha hablado de su andar por el amor de Recaredo (sí, vaya nombrecito, dice el autor) y nos la imaginamos traviesa, dulce, ingenua, repleta de esos deseos de vivir que se tienen cuando se unen en un solo corazón el amor y la juventud. Pero de pronto la ilusión termina, y el autor nos describe de un tirón a la causante de la entristecida actitud de Suzette:

Era una cabellera recogida y apretada, una faz enigmática, ojos bajos y extraños, de princesa celeste, sonrisa de esfinge, cuello erguido sobre los hombros columbinos, cubiertos por una honda de seda bordada de dragones, todo dando magia a la porcelana blanca, con tronos de cera, inmaculada y cándida: ¡La Emperatriz de la China!

¿Y quién es esa intrusa que ha colmado de celos a la tierna Suzette? ¿Es una diosa? ¿Es una rival común? ¿Es una idea surgida sin motivo? El dulce amor de los jóvenes se ve enturbiado por la aparición de esa lacra que lastra una pareja cuando de repente se aparece sin un previo aviso ni un sobrado motivo. Entonces “el estuche” de la tan amada muchachita se desmorona, los celos, los malditos celos, parecen machacarla sin piedad y convertir su amor en un recuerdo. ¿Quién es esa intrusa? ¿Quién es “la otra” que tan súbita y profundamente ha conquistado a su Recaredo? ¿La rubia Eulogia? ¿La ricachona Gabriela? ¿La danzarina Luisa? ¿La viudita Andrea? Hasta que...

Pero no, no descubriré el secreto que pone una nota de sorpresa en el final del cuento. Mejor leerlo, mejor saborearlo como se saborea un helado de chocolate con almendras y miel, y dejar que Darío nos lleve de los ojos hasta el encuentro definitivo que vuelve a traer a los jóvenes lo que tan absurdamente han perdido.

Augusto Lázaro