miércoles, 14 de marzo de 2012

¿BUENA EDUCACION?... ¿DIPLOMACIA?... ¿HIPOCRESIA?

En España todo el mundo es guapo (bonito, bello, hermoso). ¿Alguien ha oído alguna vez decirle a alguien "oye, horroroso, tráeme la cuenta, anda"? Claro que no. Pero una cosa es la educación (no hay que decirle a nadie que es horroroso aunque lo sea en realidad) y otra muy distinta es no tener más calificativo para dirigirse a cualquier hombre o mujer que "guapo" (o guapa).

--Bueno, guapa, hasta mañana.
--¿Qué tal saliste de la operación, guapo?
--Muchas gracias, guapa, de verdad te lo agradezco.

También todas las mujeres son "chicas" (jóvenes, muchachas). Una vez le pregunté a María Isabel hasta qué edad se le decía "chica" a una mujer y su respuesta me dejó mudo:

--¡Hasta los ochenta!

Y hablaba en serio. En una cafetería, mirando las ofertas escritas en un cartón rústico, le pregunté a otro parroquiano que buscaba sin hallar, porque no había nadie detrás del mostrador:

--Perdón, ¿sabe dónde está el camarero?
--La camarera -me rectificó, señalándome a una mujer que estaba conversando con un cliente, muy animadamente-. Mire, aquella chica de la blusa roja.

Y aquella chica de la blusa roja tenía unos... 60 años aproximadamente. Curioso. Y hasta simpático. Todo el mundo guapo y todas las mujeres chicas. Nadie feo, nadie viejo. Si Aldous Huxley no hubiera escrito su gran obra, en Madrid seguramente hubiera encontrado "inspiración".

Pero lo que quiero comentar hoy no es acerca de guapos ni de chicas, sino de algo que no es propio de España, sino del Universo:

--¿Quieres ser bueno? Pues muérete -me dijo Juan Maguey ajustándose la bufanda en Chamartín, porque el frío lo tenía tururato, a pesar de que vive en la Sierra madrileña.

Porque es cierto: cuando alguien se muere, puedes estar seguro de que nadie, ¡NADIE! pronunciará una sola palabra, al menos en voz alta y delante de sus dolientes o amigos, mencionando una falta, un error, un defecto, o como se dice en Cuba, "echándole con el rayo". Eso tiene la muerte, que convierte a todos los mortales en personas buenas, excelentes, honestas, decentes, educadas, honradas, serviciales...

--...José Luis, todo el que lo trató lo sabe, era un ciudadano ejemplar, un marido ejemplar, un padre ejemplar, quienes tuvimos el honor de concerlo podemos estar ogullosos de haber disfrutado de sus bondades, de su buen corazón, de su amistad a toda prueba, de... (palabras de un cercano despidiendo el duelo del extinto).

Y resulta que el tal José Luis era un malandrín que engañaba a sus amigos, estafaba a sus conocidos, le ponía los cuernos a su esposa, le pegaba cachetadas a sus hijos, no pagaba sus impuestos, conducía borracho a más de 150, y era portador de otras virtudes que sin dudas lo hacían merecedor (sólo posmortem) de tantos y tan sinceros elogios. Porque eso es otra cosa: quien decía estas palabras sabía muy bien que José Luis era todo lo contrario, porque él mismo había sido timado varias veces por el hijo de Baco, al que le huía cada vez que lo veía venir a su encuentro en la acera con su sonrisa ensayada que nada bueno presagiaba.

La muerte tiene la virtud de convertir en buenos a todos los que dejan la superficie, aunque hayan sido más diestros que Rafles y más descarados que un político común. Es curioso cómo, además de los oradores de obituarios, los medios de información llamados “masivos” (aunque no los lea ni El Tato) dedican grandes parrafadas a enaltecer el recuerdo de tantos próceres y figuras ejemplares de la patria, una vez conocidos sus decesos. Nunca he leído en ningún diario (ni he oído en ninguna emisora ni he visto en ningún canal televisivo) hablar mal de alguno de estos sinvergüenzas que en vida jodieron a media humanidad y resulta que al morir se transforman en ciudadanos, como decía aquel despedidor de duelos, “ejemplares”, dignos de alguna de las tantas medallas que suelen otorgarse posmortem en cualquier país. Bendito poder tiene “la pelona” que con su guadaña en ristre, como Quijote de Infortunio disfrazado, logra sin varita mágica ni conjuros espirituales, hacer que todos los que se van para no volver sean juzgados, al menos públicamente, como...

--...porque hoy, señoras y señores, hemos perdido a un hombre íntegro, cabal, a un vecino solidario y servicial, a un miembro de esta comunidad que dejaba de ser suyo para ser de los demás, cuya pérdida será irremplazable y recordada eternamente...

y hablaba, claro está de Juan Pendencia, detenido más de 30 veces por alteraciones del orden, consumiciones sin pagos, líos con los vecinos que a veces generaban visitas de la policía, y otros encantos que no hace falta mencionar... Nada, hombre, que si quieres ser bueno, mejor, único, el non-plus-ultra de la bondad y la honradez, sólo tienes que morirte. Y ya verás... Bueno, no verás, pero tus seres queridos (si los tienes) lo verán...

Augusto Lázaro