lunes, 19 de marzo de 2012

EL SOL EN TU SONRISA

Te recuerdo llamándome por teléfono para interesarte por aquel catarrito que me molestó un solo día... diciéndome que comprarías otra fotocopiadora con la que poder imprimir los folios que yo necesitaba para el malogrado cursillo literario... viniendo a ver aquel olor extraño que yo pensaba que salía del equipo de calefacción y resultó llegar del fuego que los obreros producían para aliviarse del frío allá abajo en el patio de la basílica... preguntándome dónde estaba el bolso de hospitalización que te había dicho que tenía listo en mi habitación para cualquier contingencia... consintiendo en que María Angeles y yo nos fuéramos al fondo a analizar su cuento... dedicándome unas palabras muy hermosas en la tarjeta de felicitación por mi cumpleaños...

Te recuerdo apareciendo bajo un aguacero de cuidado y diciéndole a tus compañeras que no había churros, que sólo traías pan para que ellas pudieran desayunar... intentando resolver las trabas tan desagradables del errático sistema de la teleasistencia... visitando tú misma cada piso para comprobar su estado, para ver qué podías arreglar, mejorar, aliviar, en tantos residentes con tantos problemas quizás minúsculos para otras personas pero importantes y difíciles para los que rebasan las seis décadas, que muchas veces se ven impotentes ante cualquier eventualidad más bien propia de esa llamada tercera edad... organizando actividades culturales y de ocio para que disfrutáramos de ratos deliciosos (como aquella en la que disfruté, ¿te acuerdas? en la tarde del certamen literario, en la compañía de "tus" encantadoras chicas en el Centro de Día)... y tantas cosas más...

Y por supuesto, te recuerdo visitándonos, apenas a los dos meses de tu partida, recorriendo los apartamentos, intreresándote por el estado de salud y por la situación de cada residente, siempre con esa disposición de trasmitir a cada cual un mensaje positivo para ver el mundo y la vida con mayor esperanza...

Pero sobre todo te recuerdo por tu manera de ser, de tratarnos, de compenetrarte con nosotros como si fueras una hija cariñosa que hace todos los esfuerzos por lograr que sus padres se sientan felices y que su vida sea lo más agradable que pueda ser a esa ingrata edad, cuando tan difícil resulta hacer creer que la vida es hermosa todavía...

Porque Cárol querida, a pesar de que siempre estarás entre nosotros, te echamos de menos, y a mí particularmente me cuesta muchísimo rendirme a la evidencia de que ya no estás y de que sólo podré contar con tu recuerdo, imborrable ante cualquier circunstancia, aunque tenga la fuerza suficiente para hacerme la idea de que los mejores meses de esta absurda edad han sido éstos en que tuvimos la dicha y el placer de contar con tu presencia entre nosotros...

Tú siempre serás aquella muchacha que un día llegó sin previo aviso, con su mirada azul de cielo limpio a demostrarnos que mientras el hombre sepa sonreír, no todo está perdido...

Augusto Lázaro