jueves, 8 de marzo de 2012

GRATITUD... ¿DONDE TE ENCUENTRAS?

Era como una madre para toda la familia: siempre estaba al tanto de lo que sucedía en cada casa, de los problemas que tenía cada miembro, de las posibles soluciones a las que ella podía contribuir, de todo cuanto pudiera hacerse para aliviar dolores, ayudar enfermos, y curar las heridas del alma, como las llamaba, que eran las que más esfuerzo requerían, y acudir, en todo momento, incluso sin ser solicitada su ayuda, a cualquier casa donde ella consideraba que podía echar una mano para poner en práctica algún proyecto, o simplemente para ocuparse de las tareas domésticas, cuando alguna de las sobrinas o de las primas se sentía indispuesta o se encontraba enferma.

Las mujeres de ambas familias (la suya y la de su esposo) la consultaban a menudo sobre sus preocupaciones y sus inquietudes, las más jóvenes iban a verla cuando tenían que enfrentar una situación amorosa preocupante, y hasta los niños se acostumbraron a contar con ella para cualquier cuestión relativa a la escuela o a las fiestas que se celebraban en distintas casas. Porque todos la respetaban y la querían, no sólo porque era la más vieja en edad, sino porque pensaban que ella era capaz de encontrar la varita mágica que diera solución a los más espinosos problemas que pudieran presentarse.

Nunca se negó a ninguna de las tantas peticiones que le formulaban los familiares y sus cónyuges, a los que trataba como a propios sin discrminación de ninguna índole. Acudía siempre, dispuesta y servicial, a remediar situaciones conflictivas, a curar enfermos con atención y medicinas recetadas por sus médicos, a acompañar en su soledad a viudas o parientes que habían perdido algún ser querido y se encontraran solos, y en sus ojos envejecidos y algo tristes aparecía un asomo de alegría cuando se daba cuenta de que con su ayuda, los males de la larga familia disminuían o en algunos casos desaparecían.

Así era ella. La Decana, la enfermera familiar, la ancianita que dejaba de ser suya para ser de los demás. Pero los años comenzaron a impedirle que siguiera atendiendo y ayudando, siempre sin pedir a cambio nada más que el cariño que le prodigaron todos sin excepción. Hasta que la vida se le escapó de una vez...

Murió sola, con la única compañía de su nieta, a la que había criado al separarse los padres de la niña, en una paz y una tranquilidad que a pesar de la ausencia de aquellos que tanto ayudó logró al fin alcanzar en sus últimos momentos.

Augusto Lázaro

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