sábado, 16 de julio de 2011

EL AMOR, ESE DESCONOCIDO

Siempre ha existido la creencia de que la nostalgia, la melancolía, incluso la tristeza, es privativa del otoño, y más del invierno, porque en los atardeceres grises, cuando a las seis ya es casi de noche y está casi oscuro, caen de pronto los recuerdos sobre nuestras cabezas, como recordándonos a su vez que no debemos (no podemos) olvidar aquellas horas (porque siempre fueron horas) de felicidad que logramos vivir, o aquellos días (porque siempre fueron días) de tisteza que muy a nuestro pesar tuvimos que afrontar y tuvimos que vencer para seguir viviendo sin que la nostalgia se insertara en nuestra idiosincrasia de forma permanente... porque la nostalgia de forma permanente... hace daño.

Pero en pleno verano, también cuando la tarde languidece y se empeña en seguir resplandeciendo a pesar de que el reloj marca las 9 de una noche que no lo parece, los recuerdos se presentan de improviso: y con 38 grados a la sombra en la calle, mi cabeza se remonta a los 2 grados al sol del último diciembre, cuando las 2 mujeres que más quería me dijeron que se irían de Madrid: una hacia el norte del país, y otra hacia el otro lado del Atlántico, y esta última para no volver a esta tierra donde no encontró la mejor vida que esperaba encontrar cuando subió al avión allá en su clima, caliente como la piel de sus habitantes. Ante semejante conmoción, no hay tiempo de frío o de calor que se resista a la nostalgia, cuando pienso en ellas y me pregunto qué estarán haciendo mientras yo me asomo a la ventana y sólo veo el verde de los árboles que en esta época cubren casi toda la vista con sus hojas tan vivas que cuando el viento las mece parece que hablan... o quizás que gimen.

¿Por qué -me pregunto entonces- estos seres tan queridos salen de mi vida cuando más los necesito? Y aunque no pretendo pasar por el único sobreviviente a la nostalgia (de seguro que cosas como ésta les suceden a muchísimas personas), tengo que reconocer que la distancia hace daño, mucho daño, cuando no puede suprimirse ni obviarse con ningún conjuro, con ninguna acción práctica, sobre todo cuando se recibe (como recibí en el último invierno) un mensaje tan claro como este día de verano de 2011, con las palabras exactas: "hasta siempre, Augusto de la Torre", mucho más doloroso cuando incluye el apellido, como para hacer su efecto más dramático. Y es entonces que cierro los ojos y me imagino que allá, al otro lado del Atlántico, ella está ahora haciendo cosas, o pensando en hacer cosas que nada tienen que ver conmigo, pues su vida está pletórica en busca de esa felicidad a que tanto derecho tiene por ser como es, "la dulce luz" que un día tuvo la virtud de hacerme la vida agradable como no podré sentirla después de su ausencia...

Y entonces aparece la disyuntiva inevitable: me alegro por ella, me entristezco por mí: ¿altruista o egoísta? ¿En qué consiste realmente el amor? En mi próxima entrega hablaré de una escena clave en la novela EL RETRATO DE DORIAN GRAY que quizás responda (o quizás no) a esta duda sobre cómo amar, si el amor ¿es renuncia o egoísmo?...

Augusto Lázaro

No hay comentarios: