viernes, 22 de julio de 2011

DORIAN GRAY: AMOR Y HORROR

Un personaje que se impone por encima del que debería ser el protagonista de la novela de Oscar Wilde EL RETRATO DE DORIAN GRAY (The picture of Dorian Gray, publicada en 1890) me impresionó tanto cuando leí la obra por primera vez en mi plena adolescencia (esperaba encontrar algo terrorífico según me habían contado compañeros de estudios más avezados que yo en lecturas literarias) que estuve a punto de escribir un artículo para el periódico de mi ciudad natal sobre el mismo, que no llegué a escribir nunca, quedándome con esos deseos insatisfechos sin saber por qué no lo hice. Se trata de Lord Henry Wotton, al que pudiera calificarse como una especie de "filósofo cínico" y cuyas sentencias, tan certeras como atrevidas, me enseñaron que en la vida la batalla entre el bien y el mal tiene más o menos un empate técnico en cuanto a ganadores en la contienda.

Las máximas de Lord Henry siempre ponen al lector a pensar. No voy a mencionar sino tres de ellas, porque citarlas todas sería escribir una historia del tabaco en rama que ni yo ni quienes me leen estamos dispuestos a degustar. Por ejemplo, dice el personaje en la citada novela:
"sólo hay una cosa en el mundo peor que hablen de uno... que no hablen"
"la mujer es el triunfo de la materia sobre la mente y el hombre es el triunfo de la mente sobre la moral"
"hay una sola forma de quitarse la tentación que nos angustia: ceder a ella"

Como ven, el tipo se las trae. Pues bien, cuando conoce a Dorian Gray y hace amistad con él, después de corromperlo con su "filososfía de la vida", se entera de que el joven sufre porque cree amar a una joven actriz, muy pobre y muy bella, llamada Sibyl Vane, que está (sí) locamente enamorada del joven bonitillo que no sabe cómo probarla para convencerse de que es cierto que la muchacha lo ama (más tarde se convencería de que en realidad era él quien no sentía amor por ella). Ante la confesión, Lord Henry lo induce a "probar" a su joven enamorada, y le sugiere que la invite a subir a su habitación ella sola, y esperar a ver cómo reaccionaría la inocente Sibyl, con dos posibilidades:

1) ella acude a su habitación: con esta acción demuestra que lo ama, pero a la vez, que es una joven “fácil” que no está mirando mucho el qué dirán ni las apariencias, por lo que su honradez y su decencia pueden ponerse en duda.

2) ella no acude a su habitación: con esta acción demuestra que es una muchacha honrada y decente, y que se cuida de lo que pudiera parecer ante la sociedad, pero a la vez, que realmente no siente amor por Dorian, pues si lo sintiera, acudiría sin pensarlo a donde él la citara.

Dorian está ante la gran incógnita del amor, pues ambas opciones son negativas para él. No voy a contarles nada más de la novela, ni cómo termina la historia de amor del protagonista ni en qué acaba su obsesión por conservarse joven eternamente, ni qué sucede con la joven Sibyl. A los que no la hayan leído, recomiendo que lean esa gran obra de ese gran escritor irlandés que dejó marcas imborrables en la literatura universal por su talento indiscutible, que por supuesto nada tiene que ver con su escandalosa vida privada, lo que siempre ocurre con los grandes creadores, de lo que he hablado en anteriores entradas de este blog.

De donde podemos sacar en conclusión que el amor es algo incomprensible, que se siente, pero que no puede explicarse ni mucho menos entenderse. El mismo autor replantea el asunto en su cuento EL RUISEÑOR Y LA ROSA, cuyo final inesperado y certero dice también lo que podemos (y debemos) esperar del sentimiento más hermoso que puede sentir un ser humano.

Augusto Lázaro