viernes, 6 de mayo de 2011

¿DONDE ESTA LA VERDAD?

¿Quién que es nunca ha mentido? Porque la mentira es inherente al ser humano. No conozco una sola persona que se atreva a mirarme a los ojos y decirme que nunca ha mentido. Hay quienes me dirán que a veces una mentira es conveniente, necesaria o inevitable. Por ejemplo: te enseñan un bebito recién nacido que es realmente un coco y ¿le vas a decir a la madre "qué niño más feo"? Claro que no. O el caso del enfermo terminal que no sabe que está en fase terminal y que quiere seguir viviendo a toda costa, esperanzado en recuperar su perdida salud, pues no vas a llegar junto a su cama y soltarle sin ninguna piedad que dentro de unos días ya será fiambre. O a tu hijo cuando te pregunte por qué murió su madre (murió drogada en este caso de ejemplo) no le dirías nunca "tu madre era una..." y algo tan normal como cuando nos presentan a alguien que contestamos “encantados”, como si pudiéramos encantarnos con alguien que acabamos de conocer... y así sucesivamente. Pero siguiendo el lugar común: hay mentiras y mentiras...

Y las mentiras hacen más daño que beneficio. Pero es difícil descifrar su sentido como positivo o negativo. Un ejemplo personal: la primera mentira que recuerdo de mis padres fue la de los reyes magos. Yo solía, de niño, cuando creía en ellos y me sentía feliz creyendo, colocarle todas las noches del 5 de enero, debajo de mi cama y junto a mis zapatos, una cartica, pidiéndole lo que muchas veces mis padres no podían comprarme, y yerbitas y agua para los camellos. Algunos niños del barrio, más listos que yo, se reían de mi creencia infantiloide, y me decían que los reyes eran los padres y todas esas cosas. Una noche de reyes me puse a vigilar, porque ya las dudas no podían aplastarme más. Me acosté, me hice el dormido, y cuando sentí un ruido en mi habitación, abrí los ojos en silencio y descubrí a mi padre colocando los juguetes junto a mis zapatos... aquel golpe fue muy cruel, pero a la vez muy aleccionador, porque desde ese momento comencé a dudar de todo lo que mis padres me habían dicho, y de todo lo que me habían dicho otras personas, entre ellas el cura de la iglesia a donde acudía mi familia con verdadera fe.

Claro que mis padres sólo me mentían algunas veces y siempre creyéndose que me hacían mucho bien engañándome en ciertos aspectos, uno de ellos sobre la situación económica de mi casa, que nunca llegué a conocer en realidad, hasta que comencé a trabajar y me di cuenta de lo difícil que había sido para mi padre mantener nuestro hogar con mi madre como ama de casa y un hijo súper exigente que pedía y pedía sin aceptar que no pudieran complacerlo. Pero el pasado, ya se sabe, no puede volver a revivirse para enmendarlo, y menos puede borrarse. El cura de la iglesia católica, que recuerdo con cariño, porque en definitivas era una buena persona, se llamaba Cayetano Martínez Sánchez, su ayudante se llamaba Paco, no recuerdo su apellido, y ejercían su magisterio en la catedral de Pinar del Río, donde yo viví hasta los 25 años. Me mentían porque era parte de su oficio, sin mala fe, precisamente porque la religión es una cuestión de fe, no una ciencia. Y yo aceptaba entonces que lo malo que veía en el mundo tenía que existir. Ahora creo que no, pero que el hombre no puede evitar que la maldad se extienda por el mundo como una plaga, imbatible las más de las veces, y que para combatirla hace falta mucho más que los buenos deseos de la iglesia, de sus fieles, y de toda la humanidad. Hay una película en la que al final el actor Al Pacino (ejerciendo de Diablo) exclama al que intenta suprimirlo: "este siglo ha sido mío", refiriéndose al siglo pasado. No podía imaginarse que al paso que vamos, el siglo XXI superará con creces su anterior hermano.

Al entrar en el arduo camino del paso por la adolescencia, me enfrenté con las mentiras de parientes, vecinos, maestros y profesores, que de una manera u otra, también ejercían de sus respectivos oficios engañándome (engañándonos) con mentiras, a veces de las llamadas “piadosas” cuando mi curiosidad inquiría en cuestiones que ellos no podían o más bien, no debían informarme, y a veces como simple expresión en la relación de personas, pues es innato en el ser humano contar cosas que no ha hecho o decir cosas en las que no cree, o incluso hacerse de una historia y de un universo interior en el que con el tiempo llega a creer. Pero en toda esa gente con la que me relacioné, tuve la suerte de no hallar ninguno que me mintiera por hacerme daño, aunque en realidad me lo hacían, no muy profundamente, pero me lo hacían, al encaminarme por derroteros inexactos o equívocos que no me ayudaron mucho hasta que yo mismo aprendí una palabra que es la clave para desarrollar un arma capaz de enfrentarnos a la mentira: la duda, lo único cierto según el filósofo más bien idealista y utópico Karl Marx.

La mentira se ha convertido (si es que siempre no lo fue) en algo tan normal y tan del ser humano que nos hemos acostumbrado a ella, de tal forma que cuando oímos una verdad (una verdad que comprobamos más tarde) nos parece una excepción. Y no voy a hablar del rosario de mentiras enclavados en tantos anuncios que ofrecen algo que si se mira bien es hasta ridículo pensar que va a ser cierto, como eso de hacer crecer el pelo a los calvos. Como me decía Juan Maguey hace unos días, hojeando un periódico donde se ofrecía ese milagro con un tratamiento, por supuesto, muy bien cobrado:

--Hay que ser seboruco... ¿tú crees que si eso fuera cierto, esos calvos millonarios que pueden pagar cualquier cosa, estarían con sus cabezas como bolas de billar?

Y nos pusimos a enumerar cuántas cosas hay que suelen embutir a la gente que todavía cree: la publicidad comercial en general, los programas de la suerte que con una llamada te hacen rico, esos mentalistas que ofrecen sus consultas en las cuales siempre te dicen cosas agradables o positivas, las cartománticas que pretenden hacer creer que unas cartas de la baraja pueden descifrar tu destino, las dietas milagrosas que en una semana te bajan 15 kilogramos de la pesa, las cábalas y los números de la suerte loca, la combinación de alimentos dañina a la salud, los alimentos capaces de darte una potencia sexual casi equina, las estafas públicas y privadas que aparecen por cientos en los medios de información masiva a diario... ¿para qué seguir?

Pero donde la mentira llega a su punto culminante es en los políticos: ahí no hay palabras para calificar a esa especie de seres cuyo principal objetivo es precisamente mentir, con el insano fin de llegar al poder (todos los poderes a la larga resultan perjudiciales para el grueso de la población, Pericles fue sin dudas algo fuera de serie) y forrarse de dinero, de gloria, de fama, y de otros placeres humanos (y divinos) por los que SI se sacrifican hasta donde pueda su capacidad de esfuerzo y dedicación... porque no me vayan a decir que esos personajes sólo quieren sacrificarse por el pueblo, dar toda su vida y toda su energìa para servir los intereses de la población cuando lleguen al poder... Vamos, que por suerte, ya pasamos de la adolescencia mental para tragarnos semejantes cuentos de caminos enlodados... Y sin embargo, a pesar de que casi todo el mundo sabe que mienten, cuando hay elecciones millones de ciudadanos acuden a las urnas a votar por ellos...

Augusto Lázaro

1 comentario:

uhooi dijo...

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