jueves, 26 de mayo de 2011

¿Y SI NADIE SE MUERE?

Confieso que tomé el libro en mis manos con cierto recelo, porque su autor se ha mantenido siempre alejado de mis inquietudes literarias, un error que admito cometer con frecuencia, pues las obras de arte deben disfrutarse independientemente del tipo de personas que sean sus autores: si fuéramos tajantes, no leeríamos nada, no gozaríamos de ninguna obra teatral, de ninguna exposición de pintura, de ninguna pieza musical, pues son realmente pocos los grandes creadores que tienen un historial impoluto en su moral, su comportamiento, su posición social, cultural o política. Por eso prefiero admirar esas obras y no ocuparme de sus autores, pensando que siempre lo que dejarán estará por encima de lo que ellos fueron en sus vidas privadas. Y eso es lo que cuenta.

Y eso es lo que cuenta en la novela LAS INTERMITENCIAS DE LA MUERTE, de José Saramago, que por la habilidad del autor agarra enseguida a quien la lee, que no quiere soltarla a ver qué es lo que va a suceder en la próxima página. Creo que si no la principal, esa es una de las virtudes que tiene la obra: comienza a leerse y cada minuto el novelista intenta (y lo consigue) con brillantez y economía de descripciones, interesar más y más al lector en los simples y tremendos avatares que sus personajes presentan, enfrentados a una situación tan fuera de lo normal que parece virtual: obra de magia o fantasía, traída con cuidado a la realidad que se narra, colocando a quien lee sus páginas con verdadero interés frente a un tema tan fuerte y sobrecogedor que no puede desecharse: la muerte.

La muerte siempre ha sido una especie de obsesión en grandes creadores en cuyas obras se refleja esa constancia: en cineastas como Ingmar Bergman, en escritores como Thomas Mann, en dramaturgos como William Shakespeare, hasta en países como México, donde la muerte toma partido en la idiosincrasia de ese noble pueblo sacudido actualmente por el salvajismo y la barbarie (ya Juan Rulfo se ha encargado de narrar cuánta influencia tiene la muerte en el quehacer notorio de los mexicanos). Entonces se aparece este autor con la muerte como protagonista, planteando un nuevo reto a la inteligencia humana en tono de ficción: ¿qué sucedería si de pronto la muerte desaparece de nuestro mundo? O sea, si de pronto la gente dejara de morirse... Y eso es precisamente lo que se pregunta Saramago y a su vez nos muestra en un supuesto de que los seres humanos continuaran viviendo, pero... en fin, que en la novela se plantea una posible respuesta a esa negativa de la parca en llevarse con ella a los habitantes de un pueblo donde ya nadie muere.

Sin dudas, un tema no basta por sí solo para lograr el interés por una obra escrita ni la calidad que la destaque del común de tantas obras que se escriben y se publican sin tener las mínimas condiciones estéticas, para sumarse a las estanterías de los libros que reposan esperando algún lector todavía cándido que se interese por comprarlos. Pero esta novela de Saramago, además del tema que siempre resulta atractivo (la muerte es más natural que la propia vida, pues puedes nacer o no, pero una vez nacido tienes que morir) está tan bien hecha (no digo escrita, pues es casi una construcción manual de impecable factura) que ningún lector que comience puede abandonar su lectura sin llegar al fin, sin enterarse de lo que el autor plantea que sucedería si en este mundo que nos ha tocado dejáramos de morirnos para seguir viviendo hasta... y ahí radica su gran atractivo.

Formidable novela de Saramago, muy hábilmente estructurada, con sondeos a la tensión que despiertan sus sucesos, algo de misterio con compás de espera y mucho de excitación ante la idea de burlar la muerte para ver qué pasa si eso sucede. Y la pregunta inobviable: ¿cómo viviríamos si pudiéramos vivir eternamente? ¡Ah! Pregunta clave en la novela. Y respuesta quizás sorpresiva, o quizás sobrecogedora.

De adolescente leí una novela en que alguien que no quería morir, intentó pactar con Satanás (no me refiero al Fausto ni a El retrato de Dorian Gray ni a otras piezas clásicas que toman este asunto para fabularlo) para seguir viviendo indefinidamente. Pero no le pididó, como Dorian Gray, seguir viviendo joven, sino sólo seguir viviendo. Al cabo de decenas de páginas, el narrador le planteaba al lector una pregunta que erizaba los pelos:
--¿Has visto tú a un hombre de 250 años?
Tras leer esa novela, decididamente, no me gustaría encontrarme con un ser que haya llegado a esa avanzada edad...

Augusto Lázaro

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