lunes, 23 de marzo de 2015

DESDE MI BURO

La burocracia (o más bien burrocracia, como le llaman los que la han padecido, como yo) tiene una historia larga digna de mejores estudios que los que se han publicado. Es tan increíble que si Beckett (por ejemplo) hubiera vivido en un país como Cuba o España, donde la burro tiene antecedentes que parecen extraídos del teatro del absurdo, hubiera publicado un centenar de obras con el susodicho tema. Este “invento”, cuya autoría se atribuye a tantos próceres que resulta imposible encontrar el iluminado que lo echó a andar por el mundo, ha originado situaciones que únicamente viviéndolas un ser humano puede creer lo que le está ocurriendo cuando sufre en su carne un episodio de este berenjenal oficinesco. Porque otra cosa: la burrocracia suele ocurrir, siempre, en una oficina, o a partir de esa singular y efectiva institución, también creada por una mente prodigiosa anónima.

Ejemplo de la inutilidad de semejante engranaje espeluznante es la solicitud que se hace a cada ciudadano de papeles que no sirven para nada, pues sus contenidos se hallan almacenados en los ordenadores (computadoras) de los funcionarios que los piden, de donde se deduce que ese vicio de solicitar datos y datos sólo se justifica por darle contenido de trabajo a miles de personas que de no pedirlos estarían en las colas de la desempleomanía, pues aunque sea difícil de creer (de asimilar) esos funcionarios viven de eso, de los papeles inútiles que a la hora de los mameyes no resuelven ningún trámite, pues los encargados de darles luz verde se guían por sus equipos electrónicos en lugar de gastar gestión, tiempo, archivo metálico y otras lindezas en buscar, encontrar, tramitar, inicializar y organizar el papel de marras que tanto costó obtener al infeliz que tiene que presentarlo ante su funcionario solicitante para tal o cual obtención de tal o cual cosa.

Tendré muchas opiniones en contra de lo que acabo de expresar, pero a ellos les pregunto: ¿y para qué se han hecho esos equipos electrónicos si no pueden sustituir al papeleo que sigue existiendo y amargando la vida de tantos que tienen que obtenerlos tras un notable esfuerzo de idas y venidas vía transporte o a veces vía piernas que se cansan? Porque sí, de acuerdo en que se exigen papeles en todas partes indiscriminadamente, pero muy bien podrían no exigirse y limitarse las administraciones públicas en comprobar, de una oficina a otra, que los datos solicitados o necesarios para cualquier gestión u obtención de cualquier cosa, están correctos, registrados en el equipo que recibe, tan ok como lo están en el equipo que envía.

Augusto Lázaro


@augustodelatorr



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