viernes, 26 de octubre de 2012

EL PRECIO DE DECIR LA VERDAD

Lo único que no nos miente nunca es el espejo: en ese cristal azogado siempre encontraremos la verdad que muchas veces no encontramos incluso en los mejores amigos. Porque decir la verdad puede traernos consecuencias nada gratas. La verdad es un arma de doble filo: puede ayudar, puede perjudicar. Pero cuando alguien se acerque a decirnos "te estoy diciendo la verdad", lo mejor es desconfiar, porque quien realmente dice la verdad no tiene por qué asegurar que está diciéndola. Es como si yo que soy un hombre le dijera a mis amigos "soy un hombre", cuando a simple vista se ve que no soy un ciervo. Por eso, sin pecar de desconfiados, hay que poner como escudo protector ante lo que nos dicen aquellas palabras históricas del gran Marx (¿Carlos o Groucho?): "lo único cierto es la duda"...

No hay que exagerar, por supuesto. Pero si meditamos sobre las consecuencias de decir siempre la verdad podemos encontrarnos ante situaciones muy desagradables. ¿Ha oído a alguien llamar a alguna amiga, compañera, vecina, o a otra persona con la que se relaciona con frecuencia algo así como "oye, feúcha, te quedó bien el peinado"? Claro que no. A cualquier persona se le dice "guapa", aunque esa persona sea un adefesio. ¿Mentira piadosa? ¿Regla de buena educación? ¿Comportamiento social adecuado? Bien, pero eso no quita que en ese llamado no estemos diciendo la verdad. Y ejemplos como éste hay por tongas. Tampoco se le dice a alguien que sabemos que miente que está mintiendo, en su cara, aunque después, con otra persona lo proclamemos con enfado. Pudiera citar numerosos ejemplos del diario mentir, pues el ser humano miente casi por costumbre, aunque en la mayoría de las veces sin mala intención, sin deseos de hacer daño, como sí sucede en algunas ocasiones.

Decía Ernest Hemingway que para triunfar con las mujeres había que mentirles, engañarlas, porque a todo el mundo (aunque él sólo se refería a las mujeres) le gusta que le digan cosas agradables y bonitas, eso siempre se agradece y quien las dice siempre cae bien, es aceptado y siembra simpatía en quien recibe la alabanza. Sucede lo mismo con los hombres en general: nadie aceptaría de buena gana que le dijéramos algo que tan evidente resulta, como "oye, Juan, eres un engreído, presumes de lo que no eres, caes mal, viejo, y por favor, lávate con más frecuecia". Y no me digan que eso sería una grosería, que lo es, pero la sinceridad muchas veces se conjuga como grosería. Porque la verdad casi siempre resulta grosera.

¿Qué hacer entonces? Pues tenemos dos opciones: ser sinceros y correr el riesgo de caer mal a las personas que tratamos, o ser... digamos diplomáticos, y engañar a esas personas a la vez que nos engañamos nosotros mismos, pues si no somos sinceros quizás ganaremos simpatía en los demás, pero también podremos pecar de hipócritas, pues no todas las personas prefieren que las engañemos con alabanzas que suenan tan falsas que provocan risa... o quizás rabia.

Augusto Lázaro

@augustodelatorr

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