jueves, 9 de febrero de 2012

COMPAÑERAS, NO SIRVIENTAS

Carlos Fuentes suscribió, al comienzo de su obra magistral, Aura, la siguiente cita de Jules Michelet:

"El hombre caza y lucha. La mujer intriga y sueña, es la madre de la fantasía, de los dioses. Posee la segunda visión, las alas que le permiten volar hacia el infinito del deseo y de la imaginación... Los dioses son como los hombres: nacen y mueren sobre el pecho de una mujer..."

Esa sentencia bien puede aplicarse al arte de la creación, y especialmente al arte de la creación literaria: detrás de cada gran escritor, (casi) siempre se oculta el nombre de una mujer. Y hay algunas que lo afirman declarándose poseedoras de una especie de "destino manifiesto" (error de apreciación) de la esposa que debe dedicar su vida a hacerle la vida al marido tan fácil que pueda disponer de todo el tiempo para su labor de creador de fábulas (hablo de Mercedes Barcha, esposa de García Márquez). Infinidad de casos similares ilustran mi ejemplo: mujeres que se dedicaron a servir al hombre (al escritor) para que éste pudiera hacer su obra sin tener que preocuparse de cosas tan vulgares como hacer las compras o pagar el teléfono y la luz. Pero de esos ejemplos no quiero acordarme, porque no creo que la mujer haya nacido para hacernos la vida así de fácil, en lugar de para acompañarnos en nuestra labor y compartir con nosotros mejores y peores momentos sin convertirse en sirvienta de ninguna buena causa.

No. La mujer es nuestra compañera natural, sin la cual la vida sería imposible, no sólo porque tiene el don de traer al mundo un nuevo ser, sino porque ha demostrado, a través del tiempo, que su presencia ha sido siempre la luz que ilumina ese camino, a veces tortuoso, de la creación literaria y artística, sin la cual nuestras obras carecerían de ese encanto de que a veces, como en el caso de Aura (por citar un solo ejemplo) están adornadas con ese halo mágico que sólo una mujer puede darnos para embellecer nuestras obras y sobre todo nuestras vidas.

Asumo las palabras del gran dramaturgo norteamericano Arthur Miller, que al cumplir los 89 años se encontró en su larga existencia con el amor de una jovencísima muchacha que declaraba sin temor ni tapujos: “yo amo a ese hombre”. Poco tiempo después moriría Miller, quizás destrozando el corazón de aquella casi niña, pero repitiendo esas palabras que me han conmovido por su sencillez y su certeza: “me gustan las mujeres, sin ellas, la vida sería muy aburrida”. Y yo agregaría: muy aburrida y muy sin sentido, pues hay cosas que sólo esas manos femeninas pueden convertir en arte y en belleza. Y eso es tan evidente que sólo un idiota podría negarlo.

Hay escenas que erizan los pelos y que muestran hasta dónde la presencia de una mujer puede, compañera fiel y siempre unida no para servir, sino para compartir los avatares que una vida conlleva: el beso de amor que da Mijaíl Gorbachov al cadáver de su Raisa, tendida en su féretro, quizás alcanzando a intuir aquellas lágrimas vertidas por el hombre más poderoso de Rusia. Como ése, miles y miles de amores compartidos alumbran la existencia, alejando cualquier desasosiego perturbador, porque una mujer lo puede todo cuando trasmite amor, cariño, lealtad, solidaridad, empuje, ayuda, y esa presencia imprescindible que no puede ser sustituida por ninguna otra.

Sí: prefiero a estas mujeres que estuvieron y están a la altura de los hombres que las amaron y las aman, y no a aquellas que optaron por el servicio incondicional, renunciando a sus vidas, lo que por ninguna razón puede ser justificado. Brindo por ellas y repito las palabras del más grande poeta de América en el siglo XIX:

“para disponerse a morir, es necesario escuchar antes una voz de mujer”

Augusto Lázaro

Nota: la cita es de José Martí.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Siempre es bueno tener cerca del oido una voz de mujer...Muy buen post, Augusto.
R