martes, 31 de mayo de 2011

LA PUERTA DEL SOL

La Puerta del Sol ha sido tomada por un numeroso grupo de jóvenes que se autollaman indignados. Han llenado el espacio del famoso y pintoresco lugar de Madrid con miles de letreros (papeles, cartones, pintadas, etc.) en los que exponen lo que piden o por lo que protestan: no voy a enumerar sus razones, que comparto en un buen porcentaje, porque son tantas que sería aburrido. Sólo quiero preguntarles, ya que creen que debe eliminarse el actual sistema social y político del país, y de todo el mundo occidental (ya que de "otras sociedades" no hablan, como de la islamista, por ejemplo), lo siguiente:

1) ¿Piensan que con esa forma de protestar podrán alcanzar sus objetivos y destruir el capitalismo, como proclaman muchas de sus consignas? (Una de ellas resulta curiosa: dice que Madrid será la tumba del capitalismo. Uno no sabe si tomarlo como broma o en serio, pero en fin, que ahí está el letrerito, no tan "ito", porque se ve a simple vista.)

2) Si con esa forma de protestar no logran sus objetivos, ¿qué piensan hacer para lograrlos?

3) En última instancia, y viendo que el capitalismo no se va a derrumbar tan fácilmente como se derrumbó el comunismo en la difunta URSS y en toda la Europa del Este --donde estaba tan afianzado en el sentimiento popular que bastó un gesto simbólico de Mijaíl Gorbachov para lanzar al latón de basura ese sistema tan nefasto como el nazismo, verdaderas plagas del siglo XX felizmente superadas, aunque hay muchos todavía que no se han enterado-- ¿cómo piensan tomar el poder aquí en España para derrumbar esta sociedad capitalista que no parece tan frágil como para que un grupo de jóvenes no tan espontáneos como proclaman pueda hacerlo? Esos jóvenes plantean que eso es una revolución, y parece que ignoran que todas las revoluciones han tomado el poder con la fuerza de las armas, pues no conozco ninguna revolución “verdadera o real” que haya tomado el poder pacíficamente.

Este movimiento llamado 15-M no tiene nada de espontáneo: su primer manifiesto titulado MAYO DEL 68 EN ESPAÑA apareció el 9 de febrero de 2011, y ya en él se usaba la consigna de TOMA LA CALLE EL 15 DE MAYO. Después, en Facebook, apareció otro manifiesto titulado PLATAFORMA DE COORDINACIÓN DE GRUPOS PRO-MOVILIZACION CIUDADANA, invitando así mismo a participar en su programada concentración. Y por último, en Twitter, el 16 de marzo de 2011, una nueva consigna, ya pensando en las elecciones: NO LES VOTES, agregándole lo que sería y es su principal titulación: DEMOCRACIA REAL YA. Con semejante preparación, todo muy bien organizado y muy mejor pensado, apareció esta concentración en la Puerta del Sol en el mismo comienzo de la semana final de las elecciones municipales y autonómicas del 22-M. O sea, que aquellos que hablan de espontaneidad, ya va siendo hora de que dejen de hacerse los tontos o despierten a la realidad de este entorno.

Yo también me indigno con muchas cosas del capitalismo, pero igualmente y quizás con muchas más del comunismo fracasado y tan opresor que tiene la dudosa honra de haber asesinado a más millones de seres humanos en todo el mundo que todos los capitalismos juntos de toda la historia. Contra eso, estos jóvenes no protestan. ¿Será que se han convencido de que ese sistema fue una pesadilla que jamás volverá a oprimir a la humanidad?

Esa movilización tendría mucha más lógica si la hubieran establecido frente al edificio del gobierno de la nación (o sea, en La Moncloa), que es el principal responsable –no el único- de esta situación tan desastrosa que estos jóvenes denuncian, o si lo que piden es trabajo, podrían haberla instalado frente al Ministerio del Trabajo, cuya gestión nefasta ha contribuido en mucho con los casi 5 millones de parados que padece España actualmente. Pero no señor, se les ocurrió montar el show en la Puerta del Sol, o sea, frente al gobierno de la Comunidad que está creando empleo y que es el motor económico de España, casualmente (y siguen las casualidades) gobernada por el Partido Popular. ¿Son apolíticos estos concentrados en Sol?

En resumen, que esta especie de feria política (porque es indudable que es un acto político) me recuerda la novela de George Orwell REBELIÓN EN LA GRANJA (Animal farm), donde la “revolución” de los animales dirigidos por los cerdos terminó convirtiendo aquella sociedad que pretendían suprimir en algo así como “más de lo mismo”, estableciendo otra igual o peor que la que quisieron derribar. Sería provechoso que estos jóvenes leyeran esa obra. Es realmente muy aleccionadora. Así quizás se convencerían de que si lograran su propósito, se verían obligados a implantar otra sociedad que a la larga sería igual, o quizás peor que ésta que se empeñan en suprimir, aunque hasta ahora sea pacífica y sin actos violentos ni mucho menos con armas. No se puede, a estas alturas de la humanidad y de la civilización, crear un Estado sin gobierno, sin política, sin instituciones y sin bancos, aunque nos disguste que esto tenga que ser así. ¿Cómo –me pregunto- pensarán ellos instalar una nueva sociedad sin ninguna de estas cosas mencionadas? Creo que en el Matto Grosso existe este tipo de sociedad... y puede que sus habitantes gocen de una felicidad envidiable. Quién sabe si podríamos ensayarla en nuestro país y en todo el mundo occidental. Así al menos nos libraríamos de tantos mandos a distancia, tantos cables, tanto Internet, tantos móviles y tantas otras cosas que han logrado “deshumanizar” al individuo...

Augusto Lázaro

jueves, 26 de mayo de 2011

¿Y SI NADIE SE MUERE?

Confieso que tomé el libro en mis manos con cierto recelo, porque su autor se ha mantenido siempre alejado de mis inquietudes literarias, un error que admito cometer con frecuencia, pues las obras de arte deben disfrutarse independientemente del tipo de personas que sean sus autores: si fuéramos tajantes, no leeríamos nada, no gozaríamos de ninguna obra teatral, de ninguna exposición de pintura, de ninguna pieza musical, pues son realmente pocos los grandes creadores que tienen un historial impoluto en su moral, su comportamiento, su posición social, cultural o política. Por eso prefiero admirar esas obras y no ocuparme de sus autores, pensando que siempre lo que dejarán estará por encima de lo que ellos fueron en sus vidas privadas. Y eso es lo que cuenta.

Y eso es lo que cuenta en la novela LAS INTERMITENCIAS DE LA MUERTE, de José Saramago, que por la habilidad del autor agarra enseguida a quien la lee, que no quiere soltarla a ver qué es lo que va a suceder en la próxima página. Creo que si no la principal, esa es una de las virtudes que tiene la obra: comienza a leerse y cada minuto el novelista intenta (y lo consigue) con brillantez y economía de descripciones, interesar más y más al lector en los simples y tremendos avatares que sus personajes presentan, enfrentados a una situación tan fuera de lo normal que parece virtual: obra de magia o fantasía, traída con cuidado a la realidad que se narra, colocando a quien lee sus páginas con verdadero interés frente a un tema tan fuerte y sobrecogedor que no puede desecharse: la muerte.

La muerte siempre ha sido una especie de obsesión en grandes creadores en cuyas obras se refleja esa constancia: en cineastas como Ingmar Bergman, en escritores como Thomas Mann, en dramaturgos como William Shakespeare, hasta en países como México, donde la muerte toma partido en la idiosincrasia de ese noble pueblo sacudido actualmente por el salvajismo y la barbarie (ya Juan Rulfo se ha encargado de narrar cuánta influencia tiene la muerte en el quehacer notorio de los mexicanos). Entonces se aparece este autor con la muerte como protagonista, planteando un nuevo reto a la inteligencia humana en tono de ficción: ¿qué sucedería si de pronto la muerte desaparece de nuestro mundo? O sea, si de pronto la gente dejara de morirse... Y eso es precisamente lo que se pregunta Saramago y a su vez nos muestra en un supuesto de que los seres humanos continuaran viviendo, pero... en fin, que en la novela se plantea una posible respuesta a esa negativa de la parca en llevarse con ella a los habitantes de un pueblo donde ya nadie muere.

Sin dudas, un tema no basta por sí solo para lograr el interés por una obra escrita ni la calidad que la destaque del común de tantas obras que se escriben y se publican sin tener las mínimas condiciones estéticas, para sumarse a las estanterías de los libros que reposan esperando algún lector todavía cándido que se interese por comprarlos. Pero esta novela de Saramago, además del tema que siempre resulta atractivo (la muerte es más natural que la propia vida, pues puedes nacer o no, pero una vez nacido tienes que morir) está tan bien hecha (no digo escrita, pues es casi una construcción manual de impecable factura) que ningún lector que comience puede abandonar su lectura sin llegar al fin, sin enterarse de lo que el autor plantea que sucedería si en este mundo que nos ha tocado dejáramos de morirnos para seguir viviendo hasta... y ahí radica su gran atractivo.

Formidable novela de Saramago, muy hábilmente estructurada, con sondeos a la tensión que despiertan sus sucesos, algo de misterio con compás de espera y mucho de excitación ante la idea de burlar la muerte para ver qué pasa si eso sucede. Y la pregunta inobviable: ¿cómo viviríamos si pudiéramos vivir eternamente? ¡Ah! Pregunta clave en la novela. Y respuesta quizás sorpresiva, o quizás sobrecogedora.

De adolescente leí una novela en que alguien que no quería morir, intentó pactar con Satanás (no me refiero al Fausto ni a El retrato de Dorian Gray ni a otras piezas clásicas que toman este asunto para fabularlo) para seguir viviendo indefinidamente. Pero no le pididó, como Dorian Gray, seguir viviendo joven, sino sólo seguir viviendo. Al cabo de decenas de páginas, el narrador le planteaba al lector una pregunta que erizaba los pelos:
--¿Has visto tú a un hombre de 250 años?
Tras leer esa novela, decididamente, no me gustaría encontrarme con un ser que haya llegado a esa avanzada edad...

Augusto Lázaro

sábado, 21 de mayo de 2011

LOS NIÑOS, LOS QUE SABEN QUERER

Acabo de leer la novela El niño con el pijama de rayas (The boy in the striped pyjamas) del escritor irlandés John Boyne. Es un libro hermoso y triste, muy triste, que deberían leer todos los adolescentes, los jóvenes y todos los seres humanos que piensan que esta humanidad puede mejorar, porque esta novela, cuando se llega a su página final, resulta aleccionadora, y el lector siente como un fuerte golpe en el pecho, provocado por ese engendro diabólico llamado guerra que en pleno siglo XXI sigue ocasionándole múltiples sufrimientos a los pueblos de este pobre planeta.

Sin dudas se trata de un libro contra la guerra. Libros contra la guerra hay muchos, así como películas, programas radiales y televisivos, discursos, etc., pero éste tiene algo que lo coloca en un lugar referente de la literatura anti-bélica: enfrenta la barbarie de la guerra con ternura, con amor, mostrando la amistad de dos niños que viven dentro de esa situación que divide a los seres humanos en dueños y esclavos, en opresores y oprimidos, a pesar de que su argumento se desarrolla en una época reciente cuando ya no debería existir ningún tipo de esclavitud. Y sin embargo, existió, y lo peor aún, que todavía existe, en pleno siglo XXI.

No voy a contar el argumento, ni por supuesto su final, sólo recomendar a quienes como yo odian las guerras con toda la fuerza de su sangre, la lectura de esta novela, con el logro de esos dos personajes niños que enamoran con sus actos, su inocencia, sus diálogos tan logrados que parece que estamos oyéndolos, y su estupor ante la barbarie de una guerra que jamás comprenderán, y en uno de los niños su asombro convertido en confusión cuando va descubriendo lentamente la realidad que lo rodea, dentro de su status de hijo de un oficial de alto cargo, con su nuevo amiguito, dentro de los seres humanos esclavizados por el horror del nazismo.

Boyne ha logrado novelar una historia que seguramente se repitió con frecuencia durante la ocupación alemana de varios países europeos, con un lenguaje delicado y suave, precisamente obteniendo con su uso el impacto que sacude al lector con la inocencia de esos dos niños viviendo dentro de un absurdo que de un lado de la alambrada resulta incomprensible y del otro inevitable, en toda su fuerza de realismo cruel que mata ese mundo infantil de sueños y fantasías, postergado a la fuerza por la guerra salvaje que no les deja realizarse como niños con su mundo tan distinto al mundo en que viven inmersos en ambos lados de la cerca.

Libro apasionante que no permite pausas. Hay que leerlo cuidadosamente, hay que meditar su mensaje que como en las grandes obras se nos da indirectamente para no ser digerido como un panfleto más ni como una obra politizada que tan malos resultados han dado siempre cuando se intenta convertir la literatura en mensaje ideológico o polìtico. Y esa es la gran virtud de El niño con el pijama de rayas: el mensaje llega con más fuerza, porque parece que no está en ninguna página.

AUGUSTO LAZARO

lunes, 16 de mayo de 2011

¿ILUSIONES VANAS?

Cuando Balzac terminó de escribir su novela Las ilusiones perdidas en 1843 seguramente que se puso a meditar y quizás llegó a la conclusión de que las ilusiones casi siempre son perdidas, porque el hombre no puede vivir sin ellas, pero tampoco con todas ellas realizadas, pues entonces, ¿de qué viviría en lo adelante?

Si el hombre carece totalmente de ilusiones que lo motiven para desear seguir viviendo, posiblemente terminará suicidándose o enfermándose de algún mal mental que no tiene cura porque no existe medicina que logre curar el mal de no desear vivir. Pero así mismo, si el hombre sólo vive de sus ilusiones, se hará realidad aquel refrán que oímos desde niños, tomado de una de las grandes obras de la literatura del siglo XX: quien vive de ilusiones... muere de desengaños. De donde podemos concluir en dos supuestos antípodas: ¿es necesario tener ilusiones para vivir?, y ¿podemos vivir sin tener ilusiones?

Si preguntamos a un mendigo que vive en la calle y no quiere de ninguna manera vivir en un albergue cuál es su ilusión en la vida, posiblemente no sabrá qué responder, pues se ha hecho en él costumbre el vivir el momento y no acordarse de que en la (su) vida existen ilusiones. Sin embargo, ese mendigo no será nunca capaz de suicidarse. Y preguntamos entonces: ¿para qué quiere seguir viviendo en esas condiciones, si no tiene ninguna ilusión sobre un futuro en que quizás ya no esté en esa calle donde vive actualmente? Pues lo que ocurre es que ese mendigo no tiene "problemas" acuciantes como puede tenerlos el Príncipe de Gales, aunque esta afirmación parezca exagerada. ¿Por qué? Porque el mendigo no piensa en ningún tipo de problemas: se ha acostumbrado a esa vida y ya él mismo no se concibe en otra, al igual que el preso que ha pasado tanto tiempo en una cárcel que cuando lo liberan no quiere salir de su celda, pues no podría adaptarse otra vez a la vida en libertad.

Las ilusiones pueden ayudar, beneficiar o perjudicar, de acuerdo con la circunstancia en que se tengan, su intensidad, la manera en que se afronten y cómo se desarrollen, porque las hay que se vuelven obsesivas y una obsesión, las más de las veces, causa estragos en la psiquis de cualquier persona. Hay ilusiones laborales: quien piensa obtener un buen trabajo en poco tiempo, en el que verá realizado su sueño de trabajador, geográficas: cuando se percibe una oportunidad para cambiar de ciudad, de provincia, de país, si se desea salir de donde se está, de salud: si se tiene alguna enfermedad preocupante y existe una posibilidad comunicada de su cura a corto plazo que traerá otra vez la sensación de alegría y bienestar, las amorosas: donde se está en esa fase tan humana y universal del enamoramiento y se acerca la hora en que el motivo de ese amor corresponderá a los reclamos que mantienen a cualquier persona en estado permanente de pensar en el ser amado y desear estar con ese ser, y en fin, ilusiones hay para escoger, y todas, mientras no se materializan, mantienen al hombre (a la mujer) en stand by de combate, pues por esa ilusión los deseos de seguir viviendo jamás merman ni desaparecen. Ahora bien: cuando esa ilusión se materializa... entonces otro gallo es el que canta.

¿Qué sucedería si cuando logramos materializar la ilusión que tenemos y que nos ha mantenido con deseos de vivir no aparece otra nueva? Hay quienes dicen que han vivido toda su vida de ilusión en ilusión, que siempre ha aparecido una nueva cuando han alcanzado la actual, pero hay otros que están tristes, o en estado melancólico, que nunca sonríen, que parecen ser depositarios de una terrible noticia, etc. Son esos que vemos que nos parecen personas amargadas o quizás ensimismadas en sus problemas y a las que no les interesan los problemas de los demás, ni siquiera el destino de la humanidad. Esas personas no tienen ilusiones. Y no se dan cuenta de que las necesitan. Y sólo cuando logran tener alguna, vuelven a ser personas normales, con tendencia a la sonrisa, a la alegría, a vivir la vida lo mejor que puedan según sus recursos, pero nunca dar la imagen de aguafiestas ni de rompegrupos. Porque ese es el milagro de una ilusión.

Sin embargo, una ilusión puede llegar a hacer que idealicemos a alguien o a algo, y eso realmente hará más daño que provecho, porque cuando idealizamos a alguien y pasa el tiempo y descubrimos que ese alguien no es lo que creíamos, nos cae encima, con todo su peso, el trágico poder de la decepción, que casi siempre conduce a un estado de apatía y de descreimiento que dedicamos no a una nueva persona, sino a toda la humanidad. Por eso hay que tener cuidado con idealizar. A las personas que conozcamos debemos aceptarlas o no, con sus virtudes y sus defectos, y no creernos nunca que hemos encontrado a la perfección hecha mujer (u hombre), porque la perfección no existe ni podrá existir nunca, en nadie ni en nada. La Naturaleza dicen que es sabia, y la sabiduría consiste en eso, precisamente: en que los seres humanos no pueden ser perfectos, como tampoco lo es la Naturaleza. Oigamos el pensamiento de José Martí que puso el punto en el justo lugar, como solía hacer casi siempre: Dijo el Apóstol de la Independencia de Cuba:

Los hombres no pueden ser más perfectos que el sol, y el sol tiene manchas... los agradecidos hablan de su luz y su calor, los malagradecidos hablan de sus manchas

Augusto Lázaro

martes, 10 de mayo de 2011

¿AMIGOS PARA SIEMPRE?

Tengo un amigo que me escribe diariamente, siempre hablándome de cosas interesantes, por eso le correspondo y le envío un correo a su vez por cada uno recibido. Es como si nos viéramos todos los días, a pesar de que ese amigo vive al otro lado del Atlántico. Me recuerda a mi madre, quien en vida solía enviarme una carta (entonces postal) cada semana, a la que yo debía responder de inmediato, porque ¡cuidado! con no hacerlo: eso le causaba una especie de espanto, porque siempre, trágica ella al fin, pensaba que algo malo me habìa sucedido. En ese caso también vivìamos distantes, aunque en el mismo país, por suerte. Antes de Internet, las cartas tenìan un sello personal, eran más íntimas, traían aquel encanto de la letra a mano, y tras abrir el sobre con ilusión o curiosidad, podíamos tomar el papel que antes había estado en las manos de quien nos escribía. Ahora todo se ha vuelto mecánico, ahora es como si nos comunicáramos con una máquina sin personalidad ni ilusión... Pero no es de eso de lo que quiero hablar, sino de mi relación con el amigo citado.

Ese amigo, que es un gran amigo, se dedica a actividades culturales e intelectuales, pues es musicólogo, cantautor, poeta y otras yerbas de la farándula. Y en los últimos años, según me cuenta, se ha encuevado como yo, porque dice que la calle no le dice nada, no le llama, no lo atrae, y sobre todo, que se siente mejor en su casa, con sus cosas (léase sus equipos además de sus colecciones de sellos de correos que le recuerdan que no siempre todo ha sido Internet e Informática, modernos e impersonales), como también me siento yo, pues cuando estoy mucho rato en la calle siento la llamadita que me recuerda ese refrán tan verdadero que dice "hogar, dulce hogar". Pero sucede que un día nos damos cuenta de que no nos alcanza el tiempo para atender a todos nuestros equipos que atendimos con ahínco y dedicación al comprarlos durante las primeras semanas, y después fuimos dejándolos aparte, usándolos de vez en cuando, percatándonos de que cada día nuestro espacio se llenaba de nuevas adquisiciones que al desempacarlas nunca nos preguntábamos si disponíamos de tiempo para su uso y disfrute.

Pues ese amigo y yo nos peleamos con bastante frecuencia, porque cada uno de nosotros defiende sus puntos de vista con verdadera pasión, y nuestros correos son verdaderos encantos de hasta dónde pueden dos personas "ponerse verdes" y seguir después, como si nada, intercambiando criterios, opiniones, razonamientos, que a veces tienen coincidencia (las más de las veces) pero que cuando no la tienen provocan este tipo de discusiones que logramos mantener sin renunciar a lo que creemos y sostenemos. Es que los latinos somos así, apasionados a veces hasta el límite, sobre todo cuando discutimos sobre temas que en algunos lugares son considerados tabúes, como la política, por ejemplo, que es algo que sólo sirve "para enemistar y dividir".

Una amiga cubana residente en Madrid me dijo un día que cómo era posible que mi amigo y yo, si éramos tan amigos, sostuviéramos tantas "discusiones" que la hicieron llamarnos "el perro y el gato" sin especificar cuál de los dos era el perro y cuál el gato (esa amiga también conoce al susodicho). Pero ella no se da cuenta de que así concebimos nosotros (mi amigo y yo) la amistad, cuando es verdadera, sincera, incondicional y eterna. Sólo le dije:

--Si fuéramos hipócritas, estaríamos de acuerdo con todo lo que el otro dice. Como somos verdaderos amigos, somos sinceros y mostramos nuestros puntos de vista sin ningún tapujo.

Si no se tiene ese concepto, la amistad no existe. Para mí, desde luego. Porque yo no perdería ni un solo minuto de mi tiempo (mi tesoro más importante después de la salud) discutiendo con alguien por quien no sintiera esa amistad, con alguien que simplmente no me interesara: para discutir bien fuerte, para discrepar, para dedir NO algunas veces a alguien cuando creemos que debemos decirlo, hay que ser amigos, hay que sentir una verdadera amistad hacia ese alguien. De lo contrario, sólo seríamos un par de imbéciles discutiendo inútilmente, aceptando todo lo que el interlocutor sancione como verdad absoluta. Y la verdad absoluta no existe: nadie tiene su llave, nadie posee su clave definitiva. Cada cual tiene su verdad y cuando existe la amistad, no se trata de enemistarse con el otro porque sustente una verdad distinta a la nuestra.

Deberíamos meditar sobre este aspecto de las relaciones humanas y no creernos, como a veces nos creemos (en muchos casos siempre) que somos el ombligo del mundo, que tenemos razón en todo lo que se nos ocurre plantear, que después de nos el diluvio, etc. Es bueno recordar a quien dijo (no recuerdo ahora quién) que “el hombre es el único ser vivo que bebe sin tener sed, come sin tener hambre, y habla sin tener nada que decir”... Después de esto, la escampada. Seguro.

Augusto Lázaro

viernes, 6 de mayo de 2011

¿DONDE ESTA LA VERDAD?

¿Quién que es nunca ha mentido? Porque la mentira es inherente al ser humano. No conozco una sola persona que se atreva a mirarme a los ojos y decirme que nunca ha mentido. Hay quienes me dirán que a veces una mentira es conveniente, necesaria o inevitable. Por ejemplo: te enseñan un bebito recién nacido que es realmente un coco y ¿le vas a decir a la madre "qué niño más feo"? Claro que no. O el caso del enfermo terminal que no sabe que está en fase terminal y que quiere seguir viviendo a toda costa, esperanzado en recuperar su perdida salud, pues no vas a llegar junto a su cama y soltarle sin ninguna piedad que dentro de unos días ya será fiambre. O a tu hijo cuando te pregunte por qué murió su madre (murió drogada en este caso de ejemplo) no le dirías nunca "tu madre era una..." y algo tan normal como cuando nos presentan a alguien que contestamos “encantados”, como si pudiéramos encantarnos con alguien que acabamos de conocer... y así sucesivamente. Pero siguiendo el lugar común: hay mentiras y mentiras...

Y las mentiras hacen más daño que beneficio. Pero es difícil descifrar su sentido como positivo o negativo. Un ejemplo personal: la primera mentira que recuerdo de mis padres fue la de los reyes magos. Yo solía, de niño, cuando creía en ellos y me sentía feliz creyendo, colocarle todas las noches del 5 de enero, debajo de mi cama y junto a mis zapatos, una cartica, pidiéndole lo que muchas veces mis padres no podían comprarme, y yerbitas y agua para los camellos. Algunos niños del barrio, más listos que yo, se reían de mi creencia infantiloide, y me decían que los reyes eran los padres y todas esas cosas. Una noche de reyes me puse a vigilar, porque ya las dudas no podían aplastarme más. Me acosté, me hice el dormido, y cuando sentí un ruido en mi habitación, abrí los ojos en silencio y descubrí a mi padre colocando los juguetes junto a mis zapatos... aquel golpe fue muy cruel, pero a la vez muy aleccionador, porque desde ese momento comencé a dudar de todo lo que mis padres me habían dicho, y de todo lo que me habían dicho otras personas, entre ellas el cura de la iglesia a donde acudía mi familia con verdadera fe.

Claro que mis padres sólo me mentían algunas veces y siempre creyéndose que me hacían mucho bien engañándome en ciertos aspectos, uno de ellos sobre la situación económica de mi casa, que nunca llegué a conocer en realidad, hasta que comencé a trabajar y me di cuenta de lo difícil que había sido para mi padre mantener nuestro hogar con mi madre como ama de casa y un hijo súper exigente que pedía y pedía sin aceptar que no pudieran complacerlo. Pero el pasado, ya se sabe, no puede volver a revivirse para enmendarlo, y menos puede borrarse. El cura de la iglesia católica, que recuerdo con cariño, porque en definitivas era una buena persona, se llamaba Cayetano Martínez Sánchez, su ayudante se llamaba Paco, no recuerdo su apellido, y ejercían su magisterio en la catedral de Pinar del Río, donde yo viví hasta los 25 años. Me mentían porque era parte de su oficio, sin mala fe, precisamente porque la religión es una cuestión de fe, no una ciencia. Y yo aceptaba entonces que lo malo que veía en el mundo tenía que existir. Ahora creo que no, pero que el hombre no puede evitar que la maldad se extienda por el mundo como una plaga, imbatible las más de las veces, y que para combatirla hace falta mucho más que los buenos deseos de la iglesia, de sus fieles, y de toda la humanidad. Hay una película en la que al final el actor Al Pacino (ejerciendo de Diablo) exclama al que intenta suprimirlo: "este siglo ha sido mío", refiriéndose al siglo pasado. No podía imaginarse que al paso que vamos, el siglo XXI superará con creces su anterior hermano.

Al entrar en el arduo camino del paso por la adolescencia, me enfrenté con las mentiras de parientes, vecinos, maestros y profesores, que de una manera u otra, también ejercían de sus respectivos oficios engañándome (engañándonos) con mentiras, a veces de las llamadas “piadosas” cuando mi curiosidad inquiría en cuestiones que ellos no podían o más bien, no debían informarme, y a veces como simple expresión en la relación de personas, pues es innato en el ser humano contar cosas que no ha hecho o decir cosas en las que no cree, o incluso hacerse de una historia y de un universo interior en el que con el tiempo llega a creer. Pero en toda esa gente con la que me relacioné, tuve la suerte de no hallar ninguno que me mintiera por hacerme daño, aunque en realidad me lo hacían, no muy profundamente, pero me lo hacían, al encaminarme por derroteros inexactos o equívocos que no me ayudaron mucho hasta que yo mismo aprendí una palabra que es la clave para desarrollar un arma capaz de enfrentarnos a la mentira: la duda, lo único cierto según el filósofo más bien idealista y utópico Karl Marx.

La mentira se ha convertido (si es que siempre no lo fue) en algo tan normal y tan del ser humano que nos hemos acostumbrado a ella, de tal forma que cuando oímos una verdad (una verdad que comprobamos más tarde) nos parece una excepción. Y no voy a hablar del rosario de mentiras enclavados en tantos anuncios que ofrecen algo que si se mira bien es hasta ridículo pensar que va a ser cierto, como eso de hacer crecer el pelo a los calvos. Como me decía Juan Maguey hace unos días, hojeando un periódico donde se ofrecía ese milagro con un tratamiento, por supuesto, muy bien cobrado:

--Hay que ser seboruco... ¿tú crees que si eso fuera cierto, esos calvos millonarios que pueden pagar cualquier cosa, estarían con sus cabezas como bolas de billar?

Y nos pusimos a enumerar cuántas cosas hay que suelen embutir a la gente que todavía cree: la publicidad comercial en general, los programas de la suerte que con una llamada te hacen rico, esos mentalistas que ofrecen sus consultas en las cuales siempre te dicen cosas agradables o positivas, las cartománticas que pretenden hacer creer que unas cartas de la baraja pueden descifrar tu destino, las dietas milagrosas que en una semana te bajan 15 kilogramos de la pesa, las cábalas y los números de la suerte loca, la combinación de alimentos dañina a la salud, los alimentos capaces de darte una potencia sexual casi equina, las estafas públicas y privadas que aparecen por cientos en los medios de información masiva a diario... ¿para qué seguir?

Pero donde la mentira llega a su punto culminante es en los políticos: ahí no hay palabras para calificar a esa especie de seres cuyo principal objetivo es precisamente mentir, con el insano fin de llegar al poder (todos los poderes a la larga resultan perjudiciales para el grueso de la población, Pericles fue sin dudas algo fuera de serie) y forrarse de dinero, de gloria, de fama, y de otros placeres humanos (y divinos) por los que SI se sacrifican hasta donde pueda su capacidad de esfuerzo y dedicación... porque no me vayan a decir que esos personajes sólo quieren sacrificarse por el pueblo, dar toda su vida y toda su energìa para servir los intereses de la población cuando lleguen al poder... Vamos, que por suerte, ya pasamos de la adolescencia mental para tragarnos semejantes cuentos de caminos enlodados... Y sin embargo, a pesar de que casi todo el mundo sabe que mienten, cuando hay elecciones millones de ciudadanos acuden a las urnas a votar por ellos...

Augusto Lázaro