lunes, 4 de octubre de 2010

LAS HOJAS VERDES

Estamos en Otoño, pero los árboles del patio de la basílica de San Francisco el Grande continúan preñados de hojas verdes, muy verdes. Y las urracas y los gorriones revolotean a su alrededor, aunque cada día se ven menos, porque ya comienzan a emigrar hacia climas más cálidos. O eso creo. Dentro de menos tiempo del que pueda imaginarme llegará otra vez la Navidad. Y enseguida el año nuevo. Porque el tiempo, no sé si será una sensación muy personal, corre veloz, cada día más veloz, acercándome a situaciones, lugares y fechas que me parece que apenas ayer repetí una vez más, sin nada nuevo que agregar a mis años de visita en este mundo que me ha tocado, digamos que por suerte, para no parecer demasiado perismista.

Nunca me he detenido más de dos minutos a pensar si otro mundo (en el pasado o quizás en el futuro) sería -para mí- mejor que éste. No. Esas elucubraciones las dejo para mentes tan desarrolladas como la del científico Hawking, que ya está hablando de un posible (y yo creo que seguro) encuentro con extraterrestres, aunque no sé por qué se empeña en que todos los que vengan tienen que ser hostiles y no como planteó el director de Encuentros en la tercera fase, que ojalá fuera el derrotero no para extraterrestres sino para nosotros mismos, aquí en nuestra casa, llamada planeta Tierra.

Entonces me asomo a la ventana de mi habitación y observo los gorriones y las urracas que revolotean entre las hojas todavía verdes, y se me hace muy difícil aceptar que todo este esplendor de la Naturaleza en conjunción con la vida animal (y más allá de la vegetación, la humana) pueda desaparecer de la faz del planeta por culpa no de los extraterrestres sino de los seres humanos que pueblan esta esfera casi redonda donde tantos problemas inútiles se empeñan en hacer infelices a sus pobladores. Porque si lo analizamos, en el 90% de los casos, los problemas que acucian a los seres humanos son inútiles: no deberían haberse generado nunca. Sin embargo, no sólo se generaron, sino que aplastaron a quienes los padecieron durante demasiado tiempo, inevitablemente.

Y entre ellos sobresalen por encima de todos los demás, las guerras. Odiosas, absurdas, nefastas, capaces de producir daños tan irreversibles que millones de seres humanos no se sobreponen y padecen el resto de sus vidas las secuelas que ha dejado ese horror inventado por el hombre, al que yo, personalmente, no le veo absolutamente nada de positivo. Porque nada en esta vida ha producido y produce tanto dolor, tanto sufrimiento, tanta desgracia, tanta miseria, como las guerras. Y a pesar de todo, quienes las generan, las inician o las continúan, a veces son incrustados en la historia como grandes héroes a quienes los pueblos deben adorar y a quienes se rinden los más grandes honores, militares y civiles.

Pero vuelvo a mirar las hojas verdes y en mi recuerdo suenan los agradables y melancólicos sonidos de esa composición que Williams regaló al archivo del arte musical para deleite de quienes apreciamos la música como algo sin lo que no pudiéramos vivir. Las hojas verdes suena en mi memoria, y en mis ojos se graban las que pueblan esos árboles que yo sigo contemplando, deseando en mi interior, porque en este momento no tengo con quien compartir mis ideas, que, aunque en el otoño caigan todas y dejen las ramas totalmente desnudas, regresen otra vez en primavera, confirmándonos que todavía este planeta no ha sido destruido por la falta de amor y patriotismo universal de sus moradores...

Augusto Lázaro

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