lunes, 31 de diciembre de 2012

AÑO NUEVO CON AMOR


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Con esta entrada llego al número 200 desde que comencé a ejercer el derecho de decir lo que se me antojara sin que nada ni nadie me lo impidiera. Fue mi amigo Alex Sanamé quien me animó a penetrar este mundo tan complejo, interesante, fabuloso, de Internet. Fue una mañana, en los bajos del edificio. No recuerdo por qué surgió el tema, y como los presentes estaban en la onda y yo era el único inocente, Alex me dijo:

--No dejes que la técnica te domine, domínala tú a ella.

Y así empezó todo... Y al poco tiempo de penetrar en las maravillas y las dificultades de Internet, me decidí a crear este blog, al que hoy llego con el número 200 de sus entradas. Pero ahora me debato entre las dos preguntas sin respuesta que quizás se hagan muchos (o quizás ninguno porque a nadie preocupen): “¿hice bien en engancharme a este bicho?” y “¿era yo más o menos feliz cuando no tenía Internet?”. Confieso que no he podido encontrar respuesta a ninguna de las dos...

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En Internet descubrí dos cosas que yo desconocía al enfrentarme por primera vez con ese “monstruo”: 1) la enorme cantidad de personas que lo usan, y 2) la no menos enorme cantidad de personas que tienen un blog en todo el orbe. La primera no me afectó personalmente, pero la segunda me puso a pensar sin llegar a conclusión efectiva en cuántas personas leerían mi blog, ya que había para seleccionar, además del poquísimo tiempo de que el hombre de hoy dispone por la velocidad de la vida moderna. Porque cuando decidí tener un blog pensé, de iluso, que me leerían millones de personas en los 5 continentes, a pesar de que el mismo se escribiría en español/castellano sin ninguna traducción, lo que reducía considerablemente los posibles lectores a unos pocos, dentro de mis posibilidades de conectarme con la atención de esos pocos que descubrieran el blog accidentalmente, pues mis conocidos, contactos y amigos a los que yo podría avisar para que me leyeran, no llegaban ni siquiera a unas cuantas docenas. Esa conclusión me llevó a repensar y preguntarme: ¿vale la pena mantener el blog?

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Pero el blog es una parte de la literatura que escribo, y de la adicción a escribir no se sale fácilmente. Mi caso es simple: escribo más por costumbre que por otra cosa. Por deseo de soltar las cosas que tengo almacenadas en la cabeza, porque cuando he estado más de una semana sin escribir una cuartilla siento que algo falta dentro de mí, y es un sentido físico además de mental. Por eso escribo y por eso creo que he de mantener este blog indefinidamente. Indefinidamente no significa eternamente (ni siquiera yo soy eterno), pero por el momento no se me ocurre qué sucedería si eliminara el blog y sólo me dedicara, como antes de tenerlo, a las cosas que uso de Internet. En esa disyuntiva estoy desde hace algún tiempo y sin dar pie con bola continúo invariable, alejándome de la posibilidad del cambio que debería hacer, pues como el mismo Alex me dijo una mañana en una de nuestras conversaciones habituales, “la informática no es sólo Internet, Internet no es sólo un blog”, y así zanjó el asunto de seguir o no seguir. Y ahí quedó, hasta el momento, inconcluso, o interrumpido como una serie continuada de televisión o una novela por entregas en papel...

Augusto Lázaro


@augustodelatorr

¡FELIZ NAVIDAD! Y QUE EN EL 2013 NOS VEAMOS TODOS MAS FELICES, SIN MIEDOS Y CON MUCHA SALUD

domingo, 23 de diciembre de 2012

EL PROCER


Aristóbulo Birria y Bustamante nació vivo y sano, aunque no coleando, una mañana en que los gallos no cantaron a su hora porque hacía tres días y medio que un ciclón de alcance ídem azotaba impíamente el pintoresco poblado de Boniatillo, ubicado al pie de una loma llena de arbustos y marabúes que sólo los chivos se dignaban escalar.

--Eran tiempos malos –dice Aristobulito (el hijo) cuando recuerda el acontecimiento que únicamente su madre celebró como algo positivo.

Y en efecto, eran tiempos malos aquellos en que no se había inventado la tele, y los pocos residentes del pacífico poblado entretenían sus noches jugando a la baraja o cumpliendo cabalmente las labores propias de sus respectivos sexos.

Birria vio por vez primera (aunque los testigos afirman que nació con los ojos cerrados) el mundo circundante el 8 de agosto de 1919. Su advenimiento no fue celebrado por nadie, porque nadie podía imaginarse lo que el futuro deparaba a esta egregia figura de nuestra sociedad.

--¡Una gloria nos ha abandonado! -dicen que fueron las palabras de su médico de cabecera cuando firmó la defunción, secándose las lágrimas con la toalla que le había alcanzado la viuda para que se secara las manos, y después de asegurarse de que era totalmente cierto que el genio había cantado el manisero.

Desde muy pequeño, Aristóbulo comenzó a dar muestras de su precocidad: lloraba cuando tenía hambre, hacía la gracia en cualquier sitio delante de la gente, con una absoluta falta de prejuicios, se quedaba dormido sin que tuvieran que cantarle el arrorró cada vez que tenía sueño, y daba cariñosas pataditas a los que cometían el error de acercarse a su cuna para hacerle cosquillas en sus piesecitos. Viajó intensamente, pues su familia cambió de domicilio diez y siete veces, hasta que ya cansados de buscar nuevos horizontes se instalaron definitivamente en una casa vieja de un viejo callejón de Santiago, desde donde Birria conquistó la fama que aún en nuestros días permanece indeleble.

--Eran tiempos peores -dice Aristobulito (el hijo) cuando rememora sus primeros años en el callejón.

Y en efecto, eran tiempos peores aquellos en que el dinero no frecuentaba los bolsillos familiares, pero en los cuales, no obstante, se destacó su padre en la escuela, por su afán desmedido de recoger todos los borradores de ejercicios que hacían los demás alumnos, contestando, cuando se le preguntaba para qué los quería, que "es que así voy reuniendo información sobre mis condiscípulos".

Ese afán de saber y de estar informado, de conocerlo y controlarlo todo, le creció en una oficina donde un tío suyo viejo y olvidado por toda la familia lo colocó, para que el tan despierto joven se ganara la vida honradamente y ayudara a los suyos. En cierta ocasión le preguntó a su tío por qué no se conservaban los recibos viejos que éste lanzaba con brillante puntería (la costumbre lo había hecho diestro) al cesto de basura que estaba a tres metros del buró de caoba desde donde podía observar a su sobrino con cautela. En esa y en otras oficinas por donde fue pasando, Aristóbulo creó para la humanidad sus más famosos y útiles inventos, entre los cuales podemos citar:

el archivo multiplicado, con el que se evitaba tener que levantarse para ir a consultar cualquier asunto, el control de documentos por persona, para que cada cual pudiera, en un momento dado, disponer de tal o más cuál dato, sin perder el tiempo y la energía moviéndose de un lugar a otro en cada puesto de trabajo, el cronograma de colores, contentivo de las actividades por horas y por días de cada uno de los empleados, en poder de cada uno de los jefes, vicejefes y subjefes de secciones, cosa de que nadie pudiera ser atrapado in fraganti en una auditoría no anunciada, y sobre todo, su sensacional hoja de ruta, que cada empleado debía colgar en la puerta de su jefe cada vez que se ausentaba del área de trabajo propia, detallando pormenorizadamente el recorrido que pensaba hacer, con quién iba a contactar, etc.

Gracias a don Aristóbulo, como ya le llamaban en todas las oficinas donde su fama había llegado, contamos hoy con facilidades de tan alto calibre como

la planilla de 48 tópicos parejos a 4 columnas, el cenicero portátil, la agenda minutera, el borrador con brocha, el sacapuntas de doble filo para lápices bicolores, la pluma con tintero intrauterino, las tijeras de 4 tenazas, el libro de firmas por horas, la tarjeta de control de meriendas y tomas de café, el registro de conversaciones inter-empleados, los espejos retrovisores de burós, los archivos de desglose, el memorándum digital, el papel de 8 1/2 x 26, el recado diferido, las llamadas retrasmitidas, las reuniones diarias, los contactos por sesiones, etc., que lograron que su nombre siempre fuera pronunciado con admiración y respeto en todas las dependencias públicas (y hasta en algunas privadas) donde laboraban con ingente esfuerzo miles de empleados que se afanaban fervorosamente por agilizar los trámites de cada ciudadano para hacerle la vida agradable a cuanto ser humano acudiera a sus servicios.

Pero sin dudas, la obra maestra de Don Aristóbulo fue el centuplicado, que creó precisamente el 8 de agosto de 1969, cuando alcanzaba sus hermosos y productivos cincuenta años de vida y creación. El centuplicado revolucionó la historia de la administración pública. Consistía este maravilloso invento en sacar 99 copias de todos los papeles, documentos, cartas, memorandos, órdenes de compra y de servicios, telefonemas, formularios, conduces, informes, planes, borradores, pases, telegramas, actas de asambleas y reuniones, consejillos, etc., con el fin de remitir por correo certificado una copia a cada jefe de organismo, organización, empresa, unidad, institución cultural o deportiva, planteles estudiantiles, fábricas, granjas, cooperativas agrícolas, unidades militares, puestos de fiambre, etc., para que todo el mundo estuviera informado de cuanto acontecía en todas partes y así tuviera cada cual una visión completa de la vida y del mundo.

Aristóbulo Birria y Bustamante falleció el 28 de septiembre de 1975, dejando una estela de llanto y de melancolía entre los que tuvimos el altísimo honor de conocerlo y de admirar su valiosa obra creativa. La chica de la limpieza lo encontró una mañana, ahogado, envuelto en montones de papeles en los que trabajaba arduamente, al parecer creando algún nuevo invento que daría más comodidades a los empleados de la administración pública.

Augusto Lázaro
@augustodelatorr

 

 

 

lunes, 17 de diciembre de 2012

SIN MI MOVIL JAMAS...


1

Hay crisis. Hasta los idiotas lo saben. Pero en la calle casi todas las personas que veo tienen un móvil (celular) súper moderno con el cual ejercitan los dedos de una de sus manos, a veces de las dos. Y hay que tener en cuenta que no siempre cuando miro a una persona ésta tiene el móvil en sus manos, casi nunca en sus orejas. Ahora lo que se usa es pasar páginas con uno o más dedos, porque eso es otra cosa: todos tienen Internet en sus móviles y lo usan, como si sus baterías fueran inagotables. El caso es simple: muchas personas prefieren sacrificar otras cosas quizás más importantes antes que renunciar al móvil y al Internet manual, digital y portátil. Pues eso, que nos estamos volviendo una civilización portátil y electrónica. Lo demás... bueno, lo demás es prescindible. ¿O no?

2

La moderna moda: ahora se usa dejarse la barba de 3 días para salir en las revistas tontas anunciando alguna prenda de vestir de las “fisnas” o una nueva colonia “desquiciadora”. Salen los jóvenes hasta con traje, pero sin rasurarse, y así sus promotores creen que “están guapísimos”. Se ve que no ven los actos importantes que se realizan en todo el mundo civilizado... /// Otra moda estupenda es la de las chicas con el pelo multicolor o una parte al rape y la otra a mechones, y con vaqueros ripiados que dejan ver hendijas de carne aunque esté la tempe a –3º y el cielo oscuro a las 3 de la tarde. También ellas se creen que están muy chics y quizás muy elegantes. Ah, pero eso sí: de que están a la moda, lo están... /// ¿Y qué me dicen de la movilmanía? No me lo van a creer, pero esta mañana me subí a un autobús con unas 20 personas dentro, entre ellas unas 8 mayorcitas de la 3ª edad, y... asombro normal: conté a... ¡lo juro, recontra!.. 14 personas con el aparatico en las manos. ¡14 de 20!, incuyéndome yo que en los momentos del conteo estaba hablando con alguien (no tengo Internet en mi móvil, aclaro). Vaya, cosas de la moda. Porque todo esto no es más que eso: una moda, que ya pasará, como tantas otras que también han hecho su poquito de furor y ya nadie las recuerda...

3

Una de las asistentes (¿o asistentas?) del edificio que tengo el placer de habitar, come para vivir, pero vive para... manipular el móvil. Sí señor: de las 24 horas del día creo que pasa más de 12 con el movil en las manos. ¡Ah! Pero no es un móvil cualquiera, no. Fíjense en esto: con ese aparatico ella puede hablar con cualquiera, enviar y recibir mensajes, leer la prensa y las demás publicaciones (hombre, claro que tiene Internet, hasta El Tato lo tiene), llevar una agenda con todas sus actividades, enterarse de los actos culturales, sociales, deportivos y políticos que se celebran en la ciudad y en el país, ver la televisión, oír música en FM y todas las emisoras nacionales y algunas extranjeras, conversar con sus amigas en cualquier momento vía whatsapp, tener vídeo-conferencias al instante, traducir a o de 9 idiomas cualquier texto, conectarse con las redes sociales Facebook y Twitter, recibir y enviar fotos, vídeos musicales, películas en 3D y textos literarios, comprar en cualquier supermercado, reservar pasajes por avión u otro medio de transporte, encargar comidas a domicilio, enterarse de la vida y milagros de los famosetes de turno, poner despertador con alarmas de varios tipos, tener... pero basta, porque todavía tiene tantas prestaciones ese dichoso móvil que tendría que extenderme demasiado en esta entrada y ustedes abandonarían su lectura por aburrimiento. ¿Qué les parece? El móvil: ¿será el invento del siglo? ¿Podría alguien dentro de poco tiempo prescindir de sus servicios? ¿Nos volveremos idiotas con el aparatico acompañándonos hasta cuando vayamos a cierto lugar a hacer las cosas que nadie puede hacer por nosotros? ¡He ahí la cuestión! Pero mientras, ¡que vivan los móviles!, que ya yo mismo no concibo la vida sin ellos, carajo...

Augusto Lázaro


@augustodelatorr

martes, 11 de diciembre de 2012

¡QUE LINDA ESTA LA CALLE!



Acabo de llegar de hacer las compras de la semana y me dispongo a pasarme nada
menos que ¡92 horas! encerrado en mi casa, sin salir ni siquiera a llevar la
basura hasta el contenedor. ¡92 horitas!, como lo oyen: hoy sábado hasta
medianoche 10, mañana domingo todo el día 24, el lunes todo el día 24, el martes
todo el día 24, y el miércoles hasta las 10 en que por fin me decida a coger sol
un rato, otras 10, o sea, gente: 92 horas, ni un segundo menos, gracias al
puente con 2 días feriados de la próxima semana. Pero no, hombre, no, no estoy
como una cabra, ni con la gripe A, ni condenado a reclusión domiciliaria, ni
padezco de agorafobia (aunque confieso que me encantan los espacios cerrados: en
ellos me siento, sobre todo cuando hace un frío de tres pares, algo así como
cobijado, protegido, arrullado por ese espacio que me acoge con verdadero
placer, pero eso no viene al caso). No. Es que yo los domingos nunca salgo, y
como el lunes y el martes son feriados, pues tampoco pisaré la calle, que los
feriados son peores que los mismos domingos y no se ve en la calle ni un mendigo
con un cartelito. En esos días las calles están más vacías que la esperanza de
mi pobre amigo Marcelo de sacarse el euromillón y salir de su aburrida situación
de pobre de solemnidad. Porque eso tiene la pobreza, que además de ser maligna
es muy aburrida. Pues eso, sí. Dice Marcelo que esta ciudad (no dice de mierda,
pero lo piensa) padece, o mejor dicho, hace padecer a sus habitantes inocentes
nada menos que ¡6 plagas!: cuando no hace un frío que te miniaturiza los huevos
hace un calor que te derrite la musculatura, cuando la lluvia no te ensopa hasta
calarte la mandolina, el viento se te pega en las mejillas y casi te empuja,
arañándotelas literalmente, y cuando el polvo no se te enchurra en los zapatos y
los pantalones oscuros, el ruido te deja de tapia y casi no oyes el pitazo del
coche que por poco te manda para el más allá. Marcelo, sí.

¿Que qué voy a hacer durante esas 92 horas metido en mi casa como un macao
acurrucado en su concha? ¡Ahhhhh! Pues lo mismitico que hago cuando no hay
ningún puente, ni corto ni largo, y tengo que salir a la calle para deleitarme
con tantísimas y tan atractivas variedades que engalanan mis paseos: asearme,
desayunar, escribir tonterías en el IBM que ni El Tato se atrevería a intentar
deglutir, leer libros, revistas, periódicos, suplementos, tabloides, que es lo
que más hago diariamente, porque es un placer que tiene la gran ventaja de que
es gratis, además de solitario, silencioso, calmante, único, oír música,
alimentarme, trajinar con mis cosas y con las cosas del piso, que aunque no son
mías es como si lo fueran, porque tengo que darles mantenimiento no remunerado,
a pesar de que pago un alquiler que no voy a decir de cuánto porque hasta yo me
asusto. Y por la noche ver alguna que otra plasta de las menos malas que pasan
por la caja para idiotas que consumimos las teleidioteces. Eso.

Bueno, es cierto que para gustos se han hecho las salidas y que todo es según el
color y eso, y también que cada cual ve lo que le rodea según su estado de ánimo
y su cuenta bancaria, pero vamos, que la calle no es una feria colorida y con
sonidos estéreo de instrumentales de esos que aquí ninguna emisora se digna a
pasar nunca y etc. Salir a la calle es encontrarse dentro o fuera de los
transportes espectaculares, las gracias de los mozalbetes ociosos con sus patas
encima de los asientos, el humo de los fumadores implacables que te lo echan
casi en tus mismas narices (y cuidado con protestarles), los gritones que parece
que están sordos y berrean como carneros trashumantes para trasmitirse las
tonterías que se les ocurren o para comentar los últimos partidos de fútbol de
sus equipos que están en picada sin que el cabrón presidente del club haga algo
para salvarlos de la ruina, los olores indescifrables que pululan por todos los
rincones, las zanjas, huecos, barandas, que impiden el libre traslado a patitas
si es que no quieres perder media hora esperando el transporte, los pedigüeños
que te salen donde menos tú te imaginas que vas a encontrártelos, entre ellos
los genios musicales del Metro, cada día más desafinados y con más opciones para
que se conviertan en concursantes televisivos de algún reallity show, esas
revistas de famosetes con menos vergüenza que los políticos, que ya es decir,
que hojean sin siquiera leer muchas señoras que por su aspecto y almanaque ya no
están para ilusionarse con quitapellejos (léase liftings) y futuros (?) de
millones y Mercedes con Bautistas al volante de completo uniforme, el contenedor
volcado con regueros de papeles y basuras, el perro con las tripas salidas en un
charco de no se sabe qué sustancia rojiverdosa (¡qué asco, carajo!), las
fachadas que piden a gritos uno o dos remozamientos desde los cincuenta... en
fin, ciudadanos, que para ver tanta porquería de otros me quedo con la mía.

Así que de calle nada. Ya bastante tengo con imaginarme lo que voy a ver una vez
más cuando no me quede más remedio que salir: las plagas, los olores, los
ruidos, los gordos, los idiotas (ambos in crescendo), basuras, cagadas de
palomas, papeles y más papeles desbordados o lanzados al suelo,
inmisericordemente, gente y gente por doquier, los lugares abarrotados, las
discusiones en grupos, altavoces humanos, ¡ay!, y... no, no, no. Ni pensarlo,
majines. De eso nada. Déjenme aquí metido como un topo terco, que así no veo
nada y paso. Porque para ver y disfrutar de cosas bellas, que las hay también,
hombre, hay que tener pastilla, y yo de pastilla lo único que tengo es aero-red
para cuando no pueda expulsar los gases del estómago por algún exceso de
chocolatería, que es uno de mis pocos vicios. Oigan esto:

ayer mismo en la calle, como que ya por la edad estoy perdiendo facultades,
aplasté un gran trozo de caca de perro, que está de moda, y cuando regresé a mi
casita, a trajinar con el puto zapato embarrado para quitarle el olorcito, que a
pesar de mi extrema restregada con jabón, lejía, betún, champú, desodorante,
matacucarachas, detergente y otros menesteres limpiadores, como decía mi pobre
madre (q. D. t. e. s. s. g.): lo tengo interpretado en las narices (el de la caca,
por supuesto). Si por lo menos el dichoso can hubiera sido el mío... pero es que
yo no tengo can alguno. No es que no me gusten los animales (en la ciudad hay
varios millones, de dos y de cuatro patitas, sí señor), es que ya no estoy para
eso, vamos.

Pues así las cosas, ya lo dijo Gerónimo, el de Magia Roja: "¡nada por todas
partes!" ¿La calle? Pues ahí se las dejo. Paseen mucho, que eso es bueno para
los huesos. Cojan fresco, respiren aire puro si lo encuentran, y así cuando
regresen y se encierren en sus habitaciones o se sienten en sus sofás a ver la
tele, no les quedará más remedio que repetir la frase hecha y el lugar común:
"¡hogar, dulce hogar!". Que disfruten de la calle, parientes. Buenas noches y
buena suerte...

(publicado en EL CUICLO el 17-07-12)

Augusto Lázaro
@augustodelatorr

jueves, 6 de diciembre de 2012

LA SONRISA PROHIBIDA


Al terminar su sempiterno café cortado, Juan se me queda mirando y me suelta:

 --Pues aunque no lo creas: cincuenta euros por empastarme la muela.

Pero Juan tiene que, además del empaste molar, hacerse unos arreglitos que desde hace meses viene meditando cuidadosamente.

--El dentista me hizo un presupuesto que... mira, aquí lo tengo.

Y saca de su riñonera un papel impreso y algo estrujado, que leo de un tirón, casi sin creer lo que leo.

--¿Trescientos sesenta euros por esos arreglos?

Pues sí, tiene que hacerse dos obturaciones, un curetaje, y otro empaste compuesto, además de una limpieza que le dijo el doctor que era imprescindible.

--Ya puedes imaginarte. Estoy jodido. No puedo disponer ahora de ese dinero, y cuando pueda, si lo uso para eso, tendré que renunciar a otras cosas. Nada, que esto es una cabrona trastada del gobierno. Bueno, de todos los gobiernos que nunca se han ocupado de la atención dental de los pobres como yo. Porque claro, los ricos qué carajo...

Y efectivamente, Juan me pone a pensar y a romperme el moropo intentando en vano descifrar el enigma: todas las especialidades de la salud son gratuitas (aunque las hay privadas para los ricos por supuesto). Todas, menos la salud dental. Juan está echando humo.

--Pero cómo coño voy a estar. A ver, tú mismo: si tienes problemas con los oídos, el otorrino es gratis. Si te salen manchitas en la piel, el dermatólogo es gratis. Si la próstata se te pone pesada, la urología es gratis. Pero coño, si tienes que arreglarte la boca... Nananina la billetera. A pagarle a esos niños lindos que tienen el privilegio de que el Ministerio de Sanidad no tiene contemplada la atención bucal. Los que tengan problemas en la dentadura, si no pueden pagar, a joderse...

Y Juan coge su taza con tanta furia que el café se le derrama sobre la camisa, contribuyendo a aumentar la ira que le sale por los ojos. Le digo que se lo tome con calma, que ni él ni yo ni el Pimpín Tolopué podríamos hacer nada.

--Imagínate (pide otro cortado), que hasta un trasplante de corazón te lo hacen sin cobrarte un céntimo. ¿Cómo entonces por empastarte una puñetera muela te van a cobrar tanto? ¡No te jode!

En casa, acordándome del pobre Juan y de su dentadura dañada, di con la clave: si tú estás enfermo de los riñones, si tienes problemas de audición, si las articulaciones no te funcionan bien, si padeces migrañas, si te duele la espalda a menudo... y te pones un traje con corbata al cuello, puedes entrar en cualquier sitio, por lujoso que sea, si cuando sonríes se te ve la dentadura radiante y esplendorosa. ¡Ah!, pero si al sonreír enseñas huecos o dientes cariados... despídete, hijo mío, se te cerrarán todas las puertas. De ese modo en todas las instituciones conocen a los pobres diablos que no tienen ni dónde caerse, mientras que a los que sí tienen, con buena dentadura, aunque le queden 6 meses de vida por un cáncer hiperplásico, les sonreirán muchachas enmuñecadas y les abrirán las puertas botones o porteros con reverencias y tratamiento de caballero o señora. Esa es la cuestión.

--O sea –me dice Juan unos días después- que según tu elucubración, eso lo hacen a propósito.

--Pues sí, querido Juan. Es un medio que tienen para distinguir a quienes no tienen ni para un café cortado como el que te estás tomando ahora...

Los dos nos quedamos callados, no pensando en lo injusto del mundo y de nuestra sociedad, sino en las madres de tantos gobernantes, políticos, empresarios, etc., culpables directa o indirectamente de que a los dentistas haya que pagarlos a la cañona (como dicen en Cuba)... o joderse y tener vedada una de las más hermosas muestras de amistosidad y simpatía: la sonrisa...

Augusto Lázaro

@augustodelatorr