viernes, 20 de enero de 2012

PINCELADAS DE INVIERNO

Amanece Madrid con frío, lluvia y viento. El frío obliga a las muchachas a no mostrar sus "encantos", por lo que muchas prefieren el verano caluroso, lo cual es natural en las jóvenes, pues a esa edad algunas se deciden a ponerse encima una cantidad de ropa que cabe en una caja de zapatos. La lluvia no parece molestar tanto a nadie, pues algunos con paraguas, otros con gorras o capuchas, y unos pocos sin otra cosa que su cuero cabelludo resistiendo la arremetida acuática, salen a la calle y no se quedan contemplando desde sus ventanas cómo cae el aguacero, guarecidos en su espacio personal e íntimo. El viento, sin embargo, molesta a casi todo el mundo. Y yo me sigo preguntando, aunque me han dado muchas explicaciones al respecto, ¿por qué en Madrid sopla con tanta fuerza y semejante persistencia?, si esta urbe no está en una montaña ni junto al Mediterráneo añadiendo múltiples páginas a la historia de ese mar tan protagonista de tantos hechos dignos de ser colocados en negro sobre blanco... o ahora en ese aparatico que hace furor y que puede almacenar cientos de Quijotes en menos de unos diez centímetros cuadrados.

En la Puerta del Sol se reúnen esos disfrazados que por ocurrentes se ganan la vida permaneciendo inmóviles, unos con ropas que reflejan alguna edad remota (hay un pirata del Caribe entre ellos), otros con los animalitos del genio Walt Disney, animando a los pequeños que se les acercan quizás pensando en su inocencia que son reales esos presonajes creados por el gran fabulador infantil, y los hay que parecen estatuas y no se les ve ni pestañear. Me llama la atención una pareja de verde completo, uno sobre una maleta en equilibrio por el peso del que está sentado y el otro por estar de pie sobre un promontorio sin que se le mueva ni el poco pelo que parece tener, a pesar del ventarrón madrileño de casi siempre. Estos dos señores no sé realmente lo que quieren trasmitir, pero los viandantes se les acercan, algunos toman fotos o graban la pareja estática, y siempre les echan sus moneditas que al rayar la noche seguro pasan de muchos euros. Yo, que no soy amigo a dar limosnas a nadie, les tomé una foto y les eché medio euro. La foto se las muestro en la cabeza de esta entrada.

Y como colofón de esta reseña capitalina, observo a la gente que merodea (esa es la palabra más exacta) por los alrededores, pie en asfalto, ya que dentro del transporte público hay otra historia que contar y que algún día contaré. Una pareja de jóvenes se apoya en la pared de una esquina, ambos bien abrigaditos, ella con la cabeza baja, oyendo lo que él le dice, más con las manos que con la boca, parece una discusión de enamorados con poca participación femenina, que seguramente terminará en arrumacos con besos y caricias tras la imperdible reconciliación. La parejita, y que conste que el diminutivo va con cariño y nada más, sigue en su parrafada masculina, hasta que la muchacha levanta su rostro y le dispara una riposta que termina en un abrazo apretado, mientras un curioso, sin que ellos se enteren, les lanza un flash con su minúscula cámara, quizás para tener el recuerdo de que el amor es, lo mismo en los ancianos que en los jóvenes, una estampa hermosa que puede vivirse a cualquier hora, en cualquier parte, y sobre todo, a cualquier edad.

Lo demás es la ciudad que palpita, que se mantiene activa, en movimiento, sin descanso, con infinidad de nacionalidades que aquí jamás se ven rechazadas por su condición de extranjeros... al menos, en eso que llamamos la inmensa mayoría.

Augusto Lázaro