martes, 14 de junio de 2011

VIAJAR... ¿UN PLACER?

Mi amigo R está en Miami. Desde esa ciudad me envía un correo diario contándome sus desventuras relacionadas con el tiempo que pierde para realizar sus movimientos, pues como no tiene coche (automóvil) tiene que depender de que alguien lo mueva, porque en Miami (quienes han estado allí lo saben) si no tienes coche despídete, y como al parecer todo el mundo tiene coche, los autobuses pasan cada hora, y la espera puede enfermar a cualquiera de los nervios, y el alquiler de los Super Shuttles no es como para andarse con botaratillas de bolsillo. Miami: paraíso de quienes pueden encender un puro con un billete de $5.00... ¿o no?

Pues eso, que mi amigo está cansado, no sólo de Miami, pues suele viajar mucho, y sobre el dulce placer de viajar –según muchos- hemos discutido en varias ocasiones, dejando siempre un margen para continuar, porque entre cubanos las discusiones son, como según Albert Einstein el universo y la estupidez, infinitas. Pero esta vez parece que mi amigo no está disfrutando mucho de su viaje, a juzgar por sus horas perdidas en las que no puede ejercer ninguno de sus placenteros “vicios” literarios, musicales, y sobre todo hogareños, pues es sin dudas un hombre de hogar, como yo he querido siempre ser.

Viajar puede resultar para muchos un placer, un ejercicio del ocio, una acción que se supone aumenta el nivel cultural del viajero, todo eso discutible, pero respetable. Los que disfrutan viajando hacen bien en viajar, sobre todo porque tras un largo período de trabajo y dedicación a negocios, empresas, responsabilidades, o simplemente una labor de atención diaria en cualquier aspecto de la vida, el cuerpo pide un tiempo de lo que ahora se llama relax. Sólo que los viajes, al menos los modernos, no sólo reportan horas de placer, descanso, recreo, cultura, y todo lo demás. Viajar también puede provocar un estrés, cosa muy frecuente en estaciones de transporte y sobre todo en aeropuertos, donde últimamente ya no existe una seguridad al 100% de que el viaje programado y pagado resulte un placer de verdad.

Es difícil encontrar a alguien (entre los viajeros frecuentes o esporádicos) que no haya tenido que dormir en el suelo de un aeropuerto, sobre alguna manta o colchoneta si acaso, por el retraso o la cancelación de un viaje que se pagó anticipadamente, y no muy barato que digamos. Pero lo peor no es dormir en el suelo, lo peor es la incomodidad que causa esa irresponsabilidad, esa falta de rigor, esa situación que cuando estamos en esas condiciones que casi no podemos creer, poco a poco va aumentando el vapor del cuerpo sufriente por causas ajenas, y que termina por convertirse en un mal día, o en unos malos días, durante los cuales maldecimos, sudamos, sentimos deseos de coger por el cuello al responsable (o a los) de nuestro padecimiento, y maldecimos la hora en que se nos ocurrió aceptar la oferta (sin leer la letrica chiquitica debajo del anuncio) y gestionar el viaje que al final, si vamos, no disfrutaremos (porque nos esperan nuevas sorpresas no muy agradables), y si no vamos y regresamos a casa cabizbajos y furiosos, nos costará muchos días recuperarnos del mal rato pasado. Y ni hablar de los registros a los pasajeros, otra prueba que tienen que pasar los que van a intentar volar, en los que ya sólo falta que le apliquen a cada usuario del servicio aéreo una prueba rectal a ver si encuentran algo en... en fin.

Todos hemos visto en la tele esos grupos de viajeros indignados amontonados como abejas en panal, tropezando unos con otros, protestando inútilmente frente a los mostradores de la empresa, gritando, ofendiendo, y al final resignados a no poder llegar al tiempo que se había programado, o a tener que regresar frustrados porque ya no aguantamos más este horror que parece sacado de una película catastrófica o del teatro del absurdo. Porque si lo pensamos bien, resulta absurdo, en pleno siglo XXI, que una compañía de aviación tenga tantos problemas que no puede resolver ocasionándole a sus clientes tanto malestar, tanta incomodidad, tanto fracaso en unas vacaciones que se convierten, por arte de poca o ninguna seriedad, en una pesadilla de la que parece que jamás vamos a despertar.

¿Qué exagero? Quizás. Pero viendo con cuánta frecuencia ocurren estos casos, y leyendo los correos de mi amigo en Miami, sonrío plácidamente, acomodándome en mi poltrona favorita para saborear mejor aquellas dulces palabras que desde niño se metieron dentro de mi cabeza para convertirse en una especie de sentencia: “hogar, dulce hogar”... Pues eso, que viajar es saludable y placentero... pero el hogar creo que es mucho más, sobre todo cuando no tenemos la seguridad al 100% de que nuestro viaje será un verdadero placer que nos hará recordarlo durante mucho tiempo...

Augusto Lázaro