sábado, 18 de junio de 2011

ECHALE SALSITA

La primera vez que fui a Varadero hice el viaje en ómnibus con un grupo de trabajadores del banco donde recién había comenzado a trabajar y otro de la empresa Industrias Ferro, S. A., en Pinar del Río, mi ciudad natal. Estaba ilusionado con aquel viaje que durante varias semanas me mantuvo en un estado de expectación y ansiedad: conocería una de las playas más hermosas de América, me bañaría en sus aguas, y sin dudas regresaría de ese viaje con un recuerdo que me duraría mucho tiempo. No me equivocaba: todavía me dura... Sin embargo, aunque parezca exageración o presunción de originalidad, confieso que mucho más que la playa me impresionó algo tan aparentemente vulgar como un verdadero manjar al buen gusto gastronómico que no olvidaré ni siquiera perdiendo la memoria: las butifarras EL CONGO.

Al saborear aquel verdadero boccato di cardenale, recordé el son que oía desde el lejano septeto nacional de Ignacio Piñeiro, con su sonada afirmación que traspasó la frontera del mar que rodeaba la isla: era tal la fama (porque era tal la sabrosura de aquellas butifarras que parecían cocinadas por dioses del olimpo griego) que millonarios de Estados Unidos cruzaban las 90 millas para buscar el letrero lumínico que surgía tras una curva en aquella carretera por la que, por allá por Catalina de Güines, como nos decía "Moño", la primera vez en la excursión citada, pasaban cientos de vehículos, siempre deteniéndose, al menos por la curiosidad de saber qué era aquello que atraía a tantos otros estacionados ante la mágica luz: BUTIFARRAS EL CONGO.

En este cantar propongo
lo que dice mi segundo:
no hay butifarra en el mundo
como la que hace El Congo...

De familia cubana típica, acostumbrado desde niño a saborear las delicias de la mesa de mi país (arroz con frijoles negros, tamales en hojas, cascos de guayaba con queso, congrís con carne de cerdo, arroz con pollo a la chorrera, turrón de maní, ajiaco, el mojito criollo, las papitas fritas, el café con leche y pan con timba al desayuno, etc.), confieso que jamás he vuelto a degustar un alimento que supere a aquel sabor fantástico de esas butifarras, capaces por sí solas de trasladar a cualquiera que las probara, como fue mi caso y como sería el de miles me imagino, vía paladar, a las delicias virtuales de la ensoñación y terminar exclamando algo así como ¡carajo, estas butifarras están para comérselas! Y si no la única, quizás la clave estuviera en el estribillo de aquel son tan cubano y tan cercano a nuestra idiosincrasia, que repetía una y otra vez:
¡échale salsita!

Quizás ahí estaba el secreto. O quizás en aquellas manos prodigiosas de El Congo, que dedicó toda su vida a hacernos disfrutar de la magia de su fabulosa cocina.

AUGUSTO LAZARO

foto: butifarra tamaño familiar

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