viernes, 24 de diciembre de 2010

A LA CALLE... ¿A QUE?

Hoy me he despertado con deseos de seguir durmiendo. Con muchos deseos de seguir durmiendo. Me tiro la colcha por encima, porque siento frío. Y me doy la vuelta, cambiándome a la posición del costado derecho, que es como duermo mejor. Pero no vuelvo a dormirme. Me pregunto por qué no me duermo otra vez si no siento deseos de levantarme. El caso es que no vuelvo a dormirme y a los diez minutos me canso de estar acostado. Luego, siento dos cansancios: el cansancio de haberme despertado con deseos de seguir durmiendo y el cansancio de no poder dormirme y seguir acostado. ¿Qué demonios es todo esto? ¿Un jeroglífico físico con mi propio cuerpo? Pues a ver, porque tendré que levantarme aunque no sienta deseos de hacerlo, porque tampoco siento deseos de seguir acostado despierto. Lo que deseo es dormirme otra vez y ya veo que eso es imposible. Ya hace un cuarto de hora que estoy aquí filosofando tonterías y nada. Nada de nada y nada por todas partes. Pues entonces, a levantarme de una vez. Son las 06.55...

A las 07.00 las noticias: todas negativas, como siempre, como cada mañana en que me levanto y enciendo el aparato sabiendo lo que voy a oír, y lo que voy a oír es que este mundo de mierda cada día está peor y no hay quien lo arregle: guerras, atentados, crímenes, asaltos, robos, sangre, opresión, escasez, pobreza, enfermedad, desolación, desastres naturales, muerte… ¿hasta cuándo podrá aguantar este planeta? Pensar en eso me consuela un poco, porque si me pongo a pensar hasta cuándo podré aguantar yo sería peor, teniendo en cuenta entonces que yo y sólo yo reventaría alguna vez mientras el mundo continuaba autodestruyéndose, pero sobreviviéndome, y eso no sería bueno para mis pensamientos positivos como me dice Nadya que tenga, es que tú no tienes pensamientos positivos, por eso estás así, ¿y así cómo?, le pregunto, pero Nadya no contesta, porque sabe que es inútil entablar conmigo ese tipo de discusión que no conduce a ningún resultado, porque por supuesto yo no puedo tener esos pensamientos positivos que ella quiere que tenga, ¿dónde carajos voy a encontrar algo positivo?, si todo lo que me rodea es, además de mierda, estupidez, ignorancia, zafiedad, etc., una situación tan desechable que mejor entretenerse leyendo uno de esos periódicos gratuitos...

Siempre apago el radio a los pocos minutos de encenderlo, porque me harto de oír tantas barbaridades que cometen los seres de mi especie, aunque sé que mañana otra vez haré lo mismo, o sea: encenderé el aparatico y a los pocos minutos volveré a apagarlo, otra vez harto de oír las mismas cosas, y todas por supuesto negativas. Mi ex me lo decía y me lo repetía, gozando su victoria ante mi irremediable impotencia: ¿y para qué las oyes si sabes lo que vas a oír y lo que vas a oír no te va a gustar?, ¿qué, es que eres masoquista? Es curioso cómo el ser humano se convierte en una máquina repetidora de acciones, día por día, hasta el punto de saber, cuando abre los ojos al despertar cada mañana, todo lo que hará, a qué hora lo hará, dónde lo hará, y cómo lo hará. Una rutina que sólo puede alterarse cuando uno se decide a hacer un viaje y subirse a un autobús, un tren, un avión, un barco, y adiós rutina diaria, ahora sí, piensa el iluso, que voy a desestresarme de mi vida tan normal y tan común que a veces pienso que no la estoy viviendo yo, sino el vecino del frente, o el protagonista de la serie que suelo ver a veces en la telemierda que menos mal que conserva algunos canales que trasmiten algunas cosas interesantes y sobre todo sin anuncios... porque un día descubrí que soy alérgico a los anuncios publicitarios de la tele... las 7.15 y yo aquí, atracándome de virutas de pino ruso...

Fuera de este pequeño espacio donde duermo cada noche (porque nunca duermo de día no porque no me guste sino porque no me entra el sueño) la vida transcurre como siempre: la vida tiene muy poca variedad, o casi ninguna, y cuando aparece alguna es una variedad tragicómica de la que algunos se ríen y otros lloran, pero que en definitivas no aporta nada nuevo bajo el sol. Como me dice Marcelino Granda, el quiosquero al que antes le compraba algún que otro periódico con películas de extras, y que ya no le compro porque desde que metí mis narices en Internet leo los periódicos gratis en la pantallita que me tiene sirico con tanta información desastrosa, porque ahí tampoco aparece un concurso de perros hermosos guiados por niños rozagantes en jardines repletos de flores, ¡le zumba la berenjena!, lo bello cada día va quedando en el rastro del olvido. Pues me dice Marcelino que la vida es así y que no hay fuerza que pueda sacarnos de la rutina o de la monotonía, que para el caso viene siendo lo mismo. Pobre Marcelino, cada vez menos gente le compra los periódicos y las revistas, la crisis por un lado y el Internet por otro y el hombre va a la quiebra. Pero en fin, que yo no voy a remediar ni a Marcelino ni al resto de la humanidad. Fuera la horizontalidad, en pie, que ya va siendo hora...

Pues allá voy, a emprender la misma hoja de ruta que inventó algún burócrata para controlar (pensaba el muy tonto) a sus subordinados que se pasaron el invento por el escroto y cuando salían colocaban en la puerta un itinerario que por supuesto no pensaban cumplir, porque además sabían que el Jefe no iba a vigilarlos uno a uno detrás de cada paso que daban. Esto de los Jefes y de la vigilancia tiene tela. Sí señor. Pero tengo que mover el esqueleto, que dicen los que saben de eso que es muy bueno para la salud mental y física. Y si ellos lo dicen... El caso es que de nuevo a la repetición de acciones, de pasos, de idas y venidas, y el mundo sigue andando sin que se le ocurra ningún hecho capaz de sacarnos de la calma chicha en que estamos viviendo, a excepción de las acciones de violencia y sangre, que por consabidas se están convirtiendo en algo tan normal que ya casi no llaman la atención a nadie. Yo creo que el día en que no ocurra ningún hecho de sangre, como le dicen en los medios mediáticos (con redundancia y todo lo que quieran los correctores de estilo), será el día de la variedad, del cambio, de lo que se salga de la rutina y de la monotonía, y habrá que celebrarlo. Por cierto, voy a comprar una botella de vino del barato (yo nunca bebo pero por si acaso) y guardarlo, esperando los acontecimientos, que el vino mientras más viejo mejor, dicen los iniciados...

Pues sí, la casi totalidad de las personas que trabajan en una oficina que casi nunca sirve para resolver ningún problema, se pasan sus ocho horas de trabajo emborronando papeles que tampoco sirven para nada, porque dígame usted: si se inventaron los ordenadores para acumular todos los datos de los usuarios, ¿para qué le piden a uno lo que ya tienen registrado en sus computadoras? Y después vuelven a pedir algunos papeles que se han entregado, porque esa es otra, que usted entrega los papeles que le piden y en esas oficinas nunca están conformes, siempre falta algún dato, algún informe, algún hagoconstar, y el caso es que usted se pasa demasiadas horas de su vida gestionando papeles que ya ha entregado o cuyos datos están en los ordenadores de las oficinas públicas. ¡Ah! El caso es joder a los ciudadanos de alguna manera. Porque un día me dijo mi Asistente Social, cuando yo le dije, ingenuamente, que ahora éste (el que le entregaba) sería el último papel: "no, amigo mío, nunca habrá un último papel"...

Y es verdad que nunca habrá un último papel, porque si lo hubiera, el desempleo estaría en el 50%, por la enorme cantidad de funcionarios improductivos (pero consumidores) que nuestra sociedad soporta y mantiene. No sé cómo nadie se ha puesto a elucubrar con ese dato: la cantidad de personas que no producen bienes materiales y sin embargo consumen alimentos, ropas, calzado, vivienda, electricidad, agua, gas, energía, transporte, servicios, etc. ¿De dónde sale eso? ¿Y hasta cuándo aguantará este país ese desnivel entre la producción y el consumo que cada día es más amplio? Una vez que me dirigía a Galicia, invitado por mi amigo Manuel a pasar la Navidad y el fin de año en su casa con su generosa familia, noté que por la ventanilla no veía ni una sola vaca, y al llegar le pregunté Manuel, ¿y esa leche que yo me tomo a diario, de dónde coño sale? Porque no he visto ni una sola vaca en todo el trayecto desde el autobús. Manuel se quedó como en éxtasis, parece que de oír semejante gilipollez, porque se supone que las vacas no tienen que estar al lado de las carreteras en exhibición turística. Pero el caso es que no vi ninguna y que me tomo un litro de su leche diariamente. ¡Ay,Manuel! Con semejantes amigos no necesitas ver la tele...

En fin, que el baño, el aseo, el desayuno, otra vez el baño, la boca, el vestuario, los zapatos, la ventana a ver cómo pinta la mañana, no hace falta el paraguas, la maletica para los alimentos, las llaves, mirar si el gas, si el agua, si los equipos electrodomésticos, las puertas, las ventanas, el copón bendito, ¡a la calle!... Decididamente, como dice mi hija siquiatra: un tipo obsesivo compulsivo. La madre que me parió...

AUGUSTO LAZARO