lunes, 13 de febrero de 2017

TENER Y DESEAR

1

Me gustaría poder escribir como lo hacen algunas amistades que tengo vía Facebook, cuyos mensajes siempre son positivos, optimistas, llenos al parecer de ese amor a la vida que tanto necesitamos (re)activar en nuestras emociones y en nuestro estilo de vida. Hablar de pájaros que trinan al clarear el día, en los árboles que desde mi ventana puedo ver al levantarme cada amanecer, de niños rozagantes jugando en los parques con sus juguetes o amiguitos, o sus perros, riéndose siempre, como si la vida que les espera fuera un jardín lleno de flores de todos los colores del espectro, de que en el mundo reina la paz y la fraternidad, de que las guerras sólo son un mal recuerdo de estos últimos siglos, de que todos los países tienen relaciones amistosas y nadie se pelea por una porción de tierra o mar, o un pozo de petróleo, o una manera de pensar y ver el mundo, de que cuando salgo a la calle siento deseos de abrazar a cuantos me pasan por delante, de besar a las muchachas que se divierten en sus citas y sólo piensan en el Carpe Diem (muy saludable, por cierto), de... en fin, cuánto me gustaría todo eso. ¡Cuánto! ¡Ah! Pero como decía Heberto Padilla en uno de sus poemas de aquel libro que tanta tela descosió en los medios de medio mundo (Fuera del Juego): “pero la vida era otra cosa”... Y no hacemos nada con lamentarlo, pero es cierto: todo lo que dije sólo son deseos e ilusiones, porque... LA VIDA ES OTRA COSA...

2

Mi mamá me cantaba canciones infantiles que ella oía en un programa radial cuando en mi casa ese era el único aparato eléctrico (además de la luz) que había. Me cantaba una que decía que un patito se había enamorado de una amapola, pero que la flor estaba alto alto alto, y el pobre animalito sólo era eso: un patito chiquitito y nada más... Ya en la adolescencia escuché otra canción que esta vez me dejó más asombrado aún: Miguel Aceves Mejía cantaba, no sé si una ranchera o un corrido, que entre otras cosas decía:

El amor del hombre pobre

Es como el del gallo enano:
En querer y no alcanzar
Se le pasa todo el año...

Las dos canciones citadas, que parecen tonterías, contienen sin embargo el resumen de lo que es realmente la vida para cualquier ser humano: el empeño en llegar lejos, más lejos, más alto, y de tener lo que no se tiene o no puede tenerse. Esa es la lucha que mi mente casi todavía infantil se grabó para siempre en su pequeño cerebro buscador de cosas nuevas que lo pusieran a pensar. Si ustedes examinan ambos textos, no se quedarán indiferentes...

3

Cuentan las leyendas apócrifas que el hombre de las cavernas progresó a partir del día en que un matrimonio se asomó a su cueva y la mujer le dijo al marido que se fijara en la cueva del frente, lo grande y cómoda que parecía, mientras ellos tenían que acomodarse en un espacio que apenas les alcanzaba para comer y descansar. Si el hombre no hubiera aspirado a mejorar, a tener mejores cosas que le permitieran vivir mejor, todavía estaríamos en las cavernas y con taparrabos, articulando ruidos con la boca que sólo entendían ellos mismos... De ahí nació la ambición de no conformarse con lo que se tiene y desear siempre tener más. Pero cuando, a pesar de tener muchas cosas, el hombre moderno desea tener más, surge la complicación de la lucha entre el deseo de TENER y la realidad de NO PODER TENER todo lo que se quiere. En esa lucha brilla (y brillará por siempre) la desigualdad humana que permite que unos tengan mucho (algunos demasiado) y otros tengan poco (algunos casi nada) sin igualdad ni justicia, porque ambas cosas no existen ni existirán jamás, por muy buenas intenciones que nuestros políticos se empeñen en vendernos como su razón de ser (la de quienes gobiernen, dirijan y controlen nuestras vidas). Es injusto, lo sabemos, pero ¿debe el hombre desear siempre tener más y más? ¿O debe conformarse con ver a Nadal, por ejemplo, disfrutar de un flamante yate de 15 millones de euros al que un simple mortal no puede ni siquiera soñar?...

Augusto Lázaro


www.facebook.com/augusto.delatorrecasas

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