domingo, 19 de octubre de 2014

LA LENGUA, ESA AMIGA PELIGROSA

He llegado a la inobjetable conclusión de que todos los seres humanos disfrutamos hablando mal de otros. Es (casi) imposible que en una reunión de 2 o más personas no se mencione a alguien que no está presente, y (casi) siempre resaltándole algún defecto o algún desliz que haya cometido, que quizás no es tan grave como el que cometen a diario quienes lo están juzgando, pero en ese momento lo que importa es rajar del aludido, sacarle los trapitos sucios y reírse un poco si se encuentra alguna faceta cómica que permita ahondar más en la crítica a que es sometido. No me diga que usted no es de ésos, pues a quien engaña es a usted mism@. Pero no se preocupe, si usted es un ser humano y terrícola, es normal que hable mal de otros seres humanos y terrícolas a los que usted conoce. Y le digo más: según estadísticas dignas de crédito (como todas las estadísticas, vamos), por cada comentario favorable que se hace en grupos sobre un ausente, se sueltan diez desfavorables, porque el morbo radica en eso: hablar bien de alguien no hace falta: todos conocen sus virtudes. Ah, pero hablar mal... tiene un sabor a jalea que no puede rechazarse.

En Santiago de Cuba nos reuníamos en varios locales apropiados donde podíamos permanecer hasta altas horas de la noche, artistas y escritores miembros de la organización que nos agrupaba. Recuerdo varias veces en que estábamos cómodamente sentados en la UNEAC (unos 7 u 8) y habla que te habla, y café o té o cualquier otra bebida, mientras el reloj caminaba sin detenerse... y las 11, las 11.30, las 12... nadie quería ser el primero en marcharse a su casa. El por qué era muy sabido: cuando alguien decidía retirarse de la grata compañía y ocupar el agradable tiempo para irse a dormir, ya sabía que enseguida que cruzara la puerta principal, los que se habían quedado comenzarían a hablar de él (o de ella), pero resaltando lo negativo, lo ridículo, lo temperamental, y todo lo que pudiera catalogarse como digno de criticar, desde su risa incontenible, por ejemplo, hasta la manera de caminar del ausente. Anécdota que refrenda lo dicho en el párrafo anterior, y que no quede duda.

Hablar mal de la gente es como una especie de deporte digamos lEngüístico: darle a la sin hueso y hacer del semejante la víctima de nuestros dardos (a veces realmente venenosos) es una costumbre tan natural como darle una palmada o un apretón de manos a un amigo o conocido cuando nos lo encontramos en la calle. Así que siga usted haciendo polvo a esos que conoce, que se lo tienen merecido, qué caray. ¿Acaso esas personas no se dan gusto rajando de usted en su ausencia? Pues como decía el doctor Lecter: quid pro quo...

Augusto Lázaro

@augustodelatorr

http://elcuiclo.blogspot.com.es


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