domingo, 20 de julio de 2014

EL HUEVO DEL OFIDIO

--Pues como te lo cuento: me dijo que tú estabas medio loca, que no paras de hablar, que le das confianza a todo el mundo y hasta coqueteas con algunos de los hombres con los que te relacionas en el edificio, que eres una bala perdida, que sientes envidia de quienes saben más que tú, que te crees la mejor de todas entre tus compañeras, que...
Balbina tuvo que hacer un alto para respirar, porque sintió que se ahogaba. Sara estaba asombrada y poco a poco fue poniéndose furiosa.  La señora, que se había ganado una buena fama de chismosa y enredadora en todo el edificio, hablaba con un énfasis y con tanta seguridad en sí misma, que costaba no creerla. Ella estaba conciente de su facultad comunicativa, y la explotaba con eficacia, sobre todo en personas como Sara y en situaciones como en la que había logrado poner a la joven.
--Pero no te preocupes, hija, ese hombre no vale la pena, mejor es que lo ignores y punto.
Sara se levantó para retirarse del apartamento de Balbina, a donde había ido en busca de "algo importante que confiarte", como le había dicho la buena señora. Su cara ardía de rabia. Se despidió, agradeciendo a Balbina su información. Ya decidiría qué hacer al respecto. Ahora tenía que refrescarse un poco: no era saludable coger esos calores que podían alterar su sistema nervioso...
Sara había conocido a Ambrosio una tarde en que una amiga y ella visitaban a un tío de la primera que vivía en el edificio, y como la amiga también conocía al hombre que tan injuriado sería, le pidió que pasaran por su apartamento, "verás que te cae bien, es un tío estupendo, muy culto y muy agradable, y creo que en estos días está convalesciendo de una gripe". Al abrir la puerta y encontrarse por primera vez, entre Sara y Ambrosio surgió de inmediato una simpatía que había ido convirtiéndose en algo que se acercaba lentamente a una intimidad que la misma amiga llegó a decirle un día que aquello podía resultar peligroso, que tuviera cuidado, ya que como Sara trabajaba en los bajos del edificio y era conocida por todos los inquilinos, pues "ya sabes, los comentarios..." y etc.
La intimidad entre Sara y el inquilino de la cuarta planta fue creciendo, conversaban casi a diario, cuando ella estaba libre se cruzaban mensajes vía Internet, o se llamaban por teléfono, y aunque él insistía en que se reunieran los dos fuera del edificio, ella no le decía que sí ni que no, manteniéndolo en una especie de espera que se hacía angustiosa cuando él pensaba que desaprovechaban su tiempo trascendente, y que después se lamentarían de su indecisión, la de ella en este caso, pues él siempre etuvo dispuesto a encontrarse con ella en cualquier sitio, como le decía, "bonito, limpio, propicio" para convertir su relación en algo más profundo. Y el tiempo indetenible no los llevaba a la añorada cita fuera del edificio donde ella trabajaba y él vivía, y donde, por supuesto, ni él ni ella querían aparentar más que una correcta relación vecinal...
Cuando Sara se calmó del todo tomó una decisión: romper su relación hasta ahora amistosa con Ambrosio, sin más, ignorarlo, y tratarlo cuando no tuviera opción por motivos de su trabajo. Pero no acudió a él para pedirle explicaciones ni escuchar su versión. Balbina había triunfado: su veneno penetró profundamente en el cerebro de Sara, logrando su propósito de enemistarla con Ambrosio, véase por qué ocultos motivos que la señora tenía contra el tan calumniado vecino.
Ambrosio sufrió en silencio aquella afrenta, sin acudir tampoco a la mujer a la que tanto quería a pedirle explicaciones. “Si ella no quiere hablarme, no puedo hacer nada”, pensó erróneamente. Y su silencio lo llevó a una larga travesía de espera que él pensaba que no terminaría nunca...
(continuará)

Augusto Lázaro

@augustodelatorr

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