lunes, 17 de febrero de 2014

NAVIDAD: JAMAS LA PERDERE

Vuelvo a recordar y me parece que nunca dejaré de ejecutar ese verbo que a decir del viejo poeta santiaguero don Ernesto Crespo Frutos (no tan buen poeta como buena persona, que es mucho mejor y abunda menos) sirve para soportar los últimos años a vivir de cualquier ser humano. “Recordar es volver a vivir el tiempo que se fue”, decía una canción española que un grupo de los 50 llamado CHAVALES DE ESPAÑA (que nadie en España recuerda, no comprendo por qué) cantaba en Cuba (e incluso filmó una película titulada HOTEL DE MUCHACHAS) y era el leit motiv del viejo Crespo en nuestras conversaciones en las que nunca faltó su sentido del humor, su amistosa sonrisa, y su compañerismo a toda prueba en los momentos en que necesité sentirlo, que no fueron pocos.

Recordando a Crespo y a aquellos años imborrables en Santiago de Cuba, a las mujeres que eran otro tema permanente de su conversación, a las actividades literarias en la Casa de Heredia y en los municipios de la provincia, me sitúo en mi época actual en Madrid, y me doy cuenta de pronto, como el sonido de un rayo al caer sin que nadie lo esperara, de que estas últimas navidades se me han escapado casi sin que me diera cuenta. Como no soy el viejo Scrooge (de la entrañable novela de Charles Dickens sobre la Navidad), no he tenido que asomarme a la ventana o salir a la calle a preguntarle a algún niño paseante qué día era el 25 de diciembre, siempre presente en mi memoria vital con los posibles mejores recuerdos de mi niñez feliz, de mi
primera adolescencia y de mi posterior adultez en mi ciudad natal, Pinar del Río, donde vive y trabaja mi única hija. No hizo falta: esta Navidad de 2013 se me fue de las manos (y del tiempo y del espacio) con esa rapidez con que suelen irse de las manos los momentos que queremos disfrutar hasta el límite, porque encierran y encarnan sensaciones que no tendremos en el resto del año.

Y como preámbulo de esa fecha tan querida y añorada apenas pasa, el día de mi cumpleaños una mujer a la que quiero con pasión y permanencia ilimitadas me hizo el regalo más bonito que me han hecho desde que vivo en este país del que soy desde hace casi 20 años un hijo más. El valor de un regalo siempre ha sido para mí algo abstracto: no me interesa el dinero ni los bienes materiales salvo para que me den la satisfacción de poder usarlos como necesidad más bien espiritual, lo que he logrado sin esa ansiedad casi morbosa del que anhela y desea más y más al no conformarse con lo que tiene, aunque lo que tenga pueda darle esa felicidad que no hay que atiborrar de artículos, equipos, adornos, vestuario, y demás cosas materiales que a la larga no nos sirven por su cantidad, sino por lo que pueden ofrecernos según nuestro requerimiento. Recuerdo siempre la sentencia: “no es más rico quien más tiene, sino quien menos necesita”. Por eso el regalo recibido que nada tenía de material me llenó ese día señalado y penetró en mis entrañas haciéndome lagrimear de la emoción recibida, por tan oportuno, inesperado y reconfortante. Lo necesitaba y ella  colmó esa necesidad.

Glosando al viejo Scrooge de Dickens hoy puedo decir: ¡Navidad! No la perdí. Y no la perderé jamás...

Augusto Lázaro



@augustodelatorr

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