lunes, 18 de noviembre de 2013

MI CITA CON LA PATRIA

ESTE DOMINGO MI CITA ES CON LA PATRIA, decía una valla colocada en la verja
del círculo infantil. El hombre hizo una mueca, recordando que todavía
le faltaba la hamaca para completar su aditamento y poder declararse miliciano
cumplidor cuarenta aniversario del ejército rebelde. "Seguro que el domingo van a
chequear eso". Su unidad estaba comprometida a declararse lista para la defensa
en la tercera etapa y saludar el día del miliciano con la totalidad de sus
combatientes debidamente avituallados. Al pasar por el estanquillo compró el diario
local, que ahora salía una vez a la semana. En la primera plana de las cuatro que
tenía podía leerse en letras de enormes caracteres: DOMINGO: DIA DE LA DEFENSA.
Hojeó el periódico, lo dobló, y siguió caminando hasta su casa.

No había nadie. Al entrar, recogió un papelito que alguien había echado por debajo de la puerta. Escrito a lápiz, en letra de imprenta, el papelito decía: compañero, te recordamos que el domingo tenemos defensa. No faltes. Entró al dormitorio, colocó el diario y el papelito encima de la cómoda, se miró en el espejo, y se dijo que necesitaba un baño. Sacudió la cabeza y contrajo la nariz. Quitándose la ropa, recordó que el
primer domingo de ese mes había dedicado casi toda la mañana a recoger
papeles y basuras y a limpiar las yerbitas en el círculo, junto a algunas asistentas y a otros
vecinos de la cuadra, que se organizaron para cumplir la tarea # 17 del plan de
trabajo del trimestre de su comité de defensa. Encendió el radio y escuchó el final
de una canción de moda que repetían cada treinta minutos, por un cantante
extranjero que parecía tener un gato arañándole la garganta. Inmediatamente
que finalizó la canción el locutor lo hizo reaccionar: todos el domingo a la defensa
para alcanzar la condición de listos en la tercera etapa, no faltes a esta cita con la
patria. Apagó el radio. Recordó que el segundo domingo, o sea, el anterior, había
ido con sus compañeros de trabajo a una granja hortícola cercana a la ciudad,
donde se pasaron la mitad de la mañana esperando que apareciera algún jefe de
lote o algún responsable que les indicara lo que debían hacer y cómo y dónde. "Y ahora éste la defensa. ¡Manda pinga!".

Entró en el baño. "Menos mal que todavía me queda el último".  Volvió a mirarse en el espejo, encima del lavabo, y se pasó los dedos por las mejillas. "También tengo que afeitarme". No había agua en la ducha y comenzó a echarse jarritos sobre el cuerpo, de un cubo que su mujer siempre tenía lleno por si acaso. Se enjabonó con una astilla y pensó que ella y el niño gastaban demasiado jabón, y que la cuota de la bodega tenía ya cuatro meses de atraso. Miró la mitad de otro jabón colocado en la jabonera
de la ducha, aunque éste era de lavar, y lo tomó en sus manos, pero volvió a
colocarlo donde estaba. "Estos casi no hacen espuma, y la picazón que dan es del
carajo". Terminó de bañarse y al acercarse al espejo y buscar en el interior del
botiquín descubrió que no tenía ni una sola cuchilla de afeitar. “Menos mal
que todavía no hemos sacado las que nos tocan este mes en la bodega". Se secó y
salió del baño. Regresó al dormitorio. Volvió a encender el radio. Ahora la voz del
locutor insistía en la importancia de llegar puntualmente el domingo a la defensa.

Comenzó a vestirse, y se puso un short viejo sobre el calzoncillo y un pulóver desteñido que
usaba solamente para estar en la casa, pues no le gustaba tener el torso al aire.
Recordó la defensa: no se podía apartar de esa idea, porque el domingo había
pensado ir con su mujer y su hijo al monte, a casa de sus suegros, a pasarse el día
lejos de esta avalancha de tareas, actividades y reuniones que durante toda la
semana lo atosigaban, y a buscar frutas y viandas. La defensa, o sea, las prácticas de la llamada preparación combativa de todos los ciudadanos menores de cincuenta años, lo había marcado. "Total, ir allí a perder dos o tres horas, oyendo al sargento leer un mamotreto que nadie oye en realidad, y después repetir malamente una parte de lo que leyó". Pensó que si fueran prácticas de tiro se pasaría mejor. "El tiro le gusta a todo el
mundo, es entretenido y emocionante". Se dirigió a la cocina y calentó un poquito
de café. Encendió un cigarro y se sentó a leer el periódico. "Ahora sí estoy fresco. A
ver si este serial español de esta noche sirve para algo".

Su mujer demoraba. Pensó que probablemente la habrían citado para alguna reunión urgente de última hora, cosa que acostumbraban a hacer en su centro de trabajo, y no se preocupó. Vendría con el niño, seguro. Cuando terminó de leer el periódico volvió al dormitorio y mecánicamente apagó el radio que había dejado encendido al salir. Eran las
siete en punto y comenzaba el noticiario resumen de esa emisora, cuyos titulares no
llegó a oír. "Me vuelven a repetir lo del domingo en la defensa y lo reviento contra
el piso". No tenía nada que hacer y al llegar a la sala se le ocurrió encender el
televisor. Al aparecer la imagen vio el rostro lindísimo de una joven que anunciaba,
con énfasis, que esa noche la televisión retrasmitiría el discurso pronunciado por el
Primer Secretario del Partido en el acto de recibimiento a las tropas que habían
cumplido una misión internacionalista en un país de Africa. Apagó el televisor y se
quedó en el medio de la sala como en éxtasis. Se tocó las mejillas. Se asomó por
las persianas y al mirar afuera sus ojos se clavaron en el letrero de la cerca del
círculo: ESTE DOMINGO MI CITA ES CON LA PATRIA... Movió la cabeza, cerró las
persianas, se dirigió al dormitorio y se tiró en la cama. "Así que el discurso del
Primer Secretario otra vez. Al carajo el serial". Se recostó y cerró los
ojos. Pensó que tenía que cuidarse, porque el infarto había pasado a ser la segunda
causa de muerte en el país.

Augusto Lázaro


@augustodelatorr